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Saturday, July 30, 2011

XXXI La Hermandad Blanca

Donde se atestigua la milagrosa cura de un derrame cerebral que sufrió el primer virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza.

Ciudad de Méjico – 1682

El Inquisidor Montoya salió de la misa en la catedral.  Ante el se abría la amplia plaza principal de la ciudad.  Se dirigió rumbo a la calle de la Moneda.

Friday, July 29, 2011

XXXII. Arles

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se presentan personajes de todo mundo conocidos.

Thursday, July 28, 2011

Wednesday, July 27, 2011

XXXIV. El Sosteniente es Liberado

Cd. de Méjico - 1682

Donde se discute si la culinaria del Santo Oficio es digna de ser llamada “bocato di cardinale”…

Tuesday, July 26, 2011

XXXV. Consagradlo y Amadlo

Donde el rey, don Lorenzo, recibe un nuevo tipo de lección.

Cerro Tlaloc, 1654

En la cima del Tlaloc el tiempo pasa rápido, tan solo marcado por los monjes astrónomos que observaban como el sol se alzaba justamente sobre La Malinche y otros picos en una fecha específica.  Las fechas eran entonces cotejadas con las predichas en las tablas de papel de amate.  Y siempre coincidían.

Monday, July 25, 2011

Friday, July 22, 2011

XXXIX. Las Dos Opciones del Moro

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se discute el darle la ley fuga a nuestro protagonista…

--Os quedareis en las barracas de los mosqueteros --me indicó d’Artagnan--.     En la mañana vendré a buscaros. No intentéis escapar. Mis hombres os vigilaran.

Wednesday, July 20, 2011

XLI. La Tertulia

Donde don Lorenzo tiene una conversación interesante en una pulquería.

Ciudad de Méjico, 1682

Tuesday, July 19, 2011

XLII. Tlatelolco

Donde el Inquisidor Montoya pregunta sobre una cripta…


México – 1682

Era una mañana fría en el altiplano.  Al inquisidor Montoya le recordó algo el frio de Madrid.

Monday, July 18, 2011

XLIII. El Rey Busca Consejo

“El capitán prudente aprovecha toda arma que le cae a la mano; no desaprovecha ninguna oportunidad ni desprecia ayuda alguna.” – memorias de Tlacaelel, ministro del tlatoani (manuscrito en papel amate que reside en el Tetzacualco)

“Escoged el plan mas sencillo.” – Dichos del Rey Topiltzin Quetzalcoatl, señor de Tollan  (manuscrito en papel amate que reside en el Tetzacualco)

Sunday, July 17, 2011

XLIV. Revelaciones

Una vez lo consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe.” – Sor Juana, Respuesta a Sor Filotea

Saturday, July 16, 2011

XLV. El Despertar del Rey

Paris - 1682

Donde se relata como una mosca se para en una teta desnuda de una vicomtesse de quien sabe qué.

Friday, July 15, 2011

XLVI. La Huella de Rahu

Donde el Inquisidor, don Antonio de Montoya, hace una visita a Sor Juana

Convento de las Jerónimas – Cd. de Méjico – 1682

Dejad que os invite, lector, al convento jerónimo.  Claro, nosotros no podemos penetrar hasta los aposentos de Sor Juana (comodísimos por cierto, nada de camas de piedra como las locas de las Carmelitas Descalzas) pero no necesitamos hacerlo.  Entremos, entonces, hasta el salón donde Sor Juana suele hacer sus tertulias.  En una amplia mesa hay varios papeles de amate que la monja estudia con una lupa.  Junto a esta se encuentra doña Xochitl con un ábaco que maneja con gran prestancia.

Thursday, July 14, 2011

XLVII. La Amenaza de Roma

Basilea - 1682

Donde el alcalde de Basilea se deshace de dos matarifes que hacían demasiadas preguntas

Carta de Walter von Tschirnhaus a Jacobo Bernouilli llevada personalmente por M. Blondin, estudiante de la Sorbona, a Basilea.

Wednesday, July 13, 2011

XLVIII. Succubus

Convento de las Jerónimas – 1682

Donde se sugiere que los baños de agua fría ayudan a controlar la lujuria.

Tuesday, July 12, 2011

XLIX. La Misión del Moro

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde el rey le hace al moro una oferta que no puede rehusar.

Ya hasta me había olvidado yo del tal Luis XIV.  Estaba atardeciendo cuando vinieron por mi unos hombres que no conocía.

--Venid con nosotros --dijo uno de ellos.

Monday, July 11, 2011

L. El Cónsul

Vayamos a un lugar donde el tiempo es irrelevante, querido lector.  Ante nosotros se encuentran dos hombres mirando atentamente un tablero de ajedrez.  Ambos visten a la romana.  El que juega las piezas negras le llamaremos “El Cónsul”, tal es el honorifico que se usa al dirigirse a él, a pesar de haber sido el jefe de los rebeldes que perdieron en Megido o Armaggedon.  “El Cónsul” porta una elegante túnica consular.  Es en extremo bien parecido (antes de rebelarse se decía que su vista halagaba a su soberano).  En un anillo brilla un gigantesco rubí color sangre.

El otro hombre es todo un Aquiles, con miembros gigantescos surcados por cicatrices,  una recia nariz romana, y barba cerrada.  Porta lorica y a su lado cuelga una magnifica spata con guardia enjoyada.  Quien lo viera pensaría que es la encarnación del mismo Marte.  Su nombre es el tribuno Eleazar.

“El Cónsul”, estimado lector, ha sido exiliado a este lugar donde el tiempo es irrelevante.  Lo han seguido la mayoría de sus incondicionales.  Están, sin embargo, confinados al lugar.  Sus guardias están armados y los vigilan.  El tribuno Eleazar es el responsable de mantenerlos confinados.  Así han pasado lo que los hombres llamarían milenios pero son tan solo unos suspiros para estos personajes. 

Compañeros de armas que alguna vez fueron, es inevitable que “El Cónsul” y el tribuno Eleazar se entretuvieran en un juego de ajedrez.  La elegante mano de “El Cónsul” se posa sobre un alfil.

--¿Estáis seguro? –pregunta Eleazar.

--¿Por qué no?

--Siempre os atrajo la incertidumbre, señor cónsul.

--Eso os he hecho pensar.  Todo lo calculo de antemano.  No soy como Menfis.  El piensa mas con el corazón que con el cerebro.  Menfis es mas dionisiaco que apolonico.

--¿Menfis? –el tribuno suspiro.

--No me lo neguéis, don Eleazar.  Siento que sigue libre –“El Cónsul” movió su alfil al centro del tablero--.  ¿O no es asi?

--Ni lo niego ni lo afirmo, señor cónsul, --la frente de Eleazar se arrugo contemplando la nueva situación.

--Su amor por Zenobia lo va a delatar.  Es inevitable.

Eleazar no dijo nada.  Contemplaba todavía el tablero.

--Dígame, Eleazar, ¿ya se recupero usted?  Me afirman que tuvo problemas con Asmodeo.

Eleazar movió un peón para amagar al alfil.

--Como habéis oído, Asmodeo fue un hueso duro de roer.  No hablemos de los muertos, ¿le parece?  Y le agradezco su preocupación acerca de mi integridad física.  Me he recuperado lo suficiente para hacer mi deber, señor cónsul.

--Ah si, usted siempre fue muy celoso de esto.  Bien, y pensar que alguna vez usted y Menfis eran como hermanos… --el Cónsul movió su reina.

--Eso era antes –dijo quedamente Eleazar.  Su mano casi se posaba en el peón que amagaba al alfil--.  ¿En verdad quiere saberlo?

--¿Saber qué?

--Que si Menfis es el último.

--No dudo que lo sea.  Pero dígame, ¿lo es?

Eleazar lo vio fijamente.  Echo un vistazo a su alrededor.

--Si –murmuro Eleazar con voz queda.

--En el fallo sobre los que quedaron en el mundo no hubo ninguna misericordia –afirmo el Cónsul.

--No, ninguna –contesto Eleazar usando su peón para eliminar al alfil negro--.  Es el castigo justo a la rebelión.

El Cónsul sonrió ante la puya y movió su reina.

--Jaque, señor Eleazar.

Eleazar contemplo el tablero con asombro.  Su mano se poso sobre su alfil pero no la toco.  No le quedaba alternativa en realidad.

--Concedo –dijo Eleazar.

En eso entro un hombre vestido de legionario, saludo, y le entrego un despacho a Eleazar.  Este se paro y lo leyó cuidando que “El Cónsul” no se diera cuenta del contenido.

--Tengo que partir, señor cónsul.  Marcus estará a cargo de la guardia.

--¿Vais al fin del mundo?

--Tal vez, --contesto el tribuno.

--Saludadme a Menfis –dijo “El Cónsul” mientras volvía a colocar las piezas.

Sunday, July 10, 2011

LI. La Sugerencia del Inquisidor

Ciudad de Méjico - 1682

Donde el Inquisidor don Antonio Montoya planea una chicharroniza.

El arzobispo Francisco Aguiar jugaba con las cuentas de su rosario mientras oía con ojos entrecerrado el reporte del Inquisidor Montoya.  Por su parte, el conde de la legión, a quien el arzobispo había invitado para que fuera testigo y lo aconsejara encendía un habano.

--Abreviemos, don Antonio –dijo Aguiar--.  ¿Ha descubierto o no  la conspiración?

--Si y no, su ilustrísima.

Aguiar dio un puñetazo en su amplio escritorio.

--¡Don Antonio!  ¡Sus sofismas y requiebros déjelos para una clase de filosofía en Salamanca, carajos!

El conde se rio quedamente.  Pero Montoya tenía agallas y no se iba dejar intimidar.

--Su ilustrísima, insisto en lo que se.  Primero, la Hermandad Blanca existió, de eso no me cabe la menor duda.  Tengo evidencia que se escaparon de Tenochtitlan cuando la ciudad iba a caer.  Usaron un túnel que los llevo hasta Tlaltelolco.  Y ahora tengo más indicios, irrefutables, de que existen, todavía hoy, en nuestros días.

--¿Y si existe la Hermandad Blanca qué del rey coyote? –pregunto el conde.

--De ese no tengo ninguna evidencia, solo rumores.  O sea, señor arzobispo, creo que existen los posibles conspiradores.  Pero no, no tengo evidencia de que hayan conspirado.  Os aseguro que pronto la tendré.

--Tal vez no haya tiempo, señores –explico el conde--.  He recibido noticias del valle de Puebla.  La cosecha definitivamente fallo.  Al maíz le ha caído un chahuistle.  No dudo que este se presente pronto aquí en el valle de Méjico.

--Montoya, el conde tiene razón, no podemos dilatar y esperar a que usted encuentre algo.

--En tal caso –insistió Montoya—permita su Ilustrísima que forcé la mano de la Hermandad.

--Pamplinas –dijo el arzobispo.

--Con su venia, su ilustrísima –interrumpió el conde--, el Inquisidor Montoya creo que tiene una buena idea.  ¿En qué forma planea vuecencia forzarlos a manifestarse?

--Les quiero picar la cresta.  Quiero hacer unos arrestos y luego anunciar un auto de fe masivo.

¡Ja! –aplaudió el conde.

--Esperad, don Antonio –dijo el arzobispo--.  ¿Tenéis acaso pruebas para quemar a estos acusados?

--Señor arzobispo --apunto el conde--, para mi es evidente que en estos casos el que un fulano sea o no inocente mientras se le convierte en chicharrón realmente no importa.  ¿O no es asi, señor inquisidor?

--Mis hombres arrestaran, quemaran, y luego se “viriguara”, como ellos dicen.

--¡Santo Cristo –juro el arzobispo--.  ¿Y que esperáis lograr con esto?

--Anunciare que continuare quemando infelices hasta que o bien se entreguen los de la Hermandad Blanca o que se me den información para hacerlos arrestar.

--Don Antonio tiene futuro –dijo el conde sonriendo.

--¿Quemareis solo indios?

--Puedo arrestar a criollos y españoles también.  Estoy abierto a sus sugerencias.

El arzobispo medito por unos momentos sus palabras.

--Creo que podría mencionar a más de un hereje, incluyendo a ciertas monjas arrogantes.

El conde no pudo evitar notar que don Antonio palideció ante esta sugerencia.

--¿Entiende vuecencia don Antonio que estaréis arriesgando acabar como Conrado de Marburgo?

--¿Y ese amigo quien fue? –pregunto el arzobispo.

--Don Conrado era inquisidor en Worms, hoy país hereje, hace unos 300 años.  Cometió el error de acusar de hereje al príncipe Enrique II, conde de Sayn.  Se rumoraba que una vez que hiciera chicharrón al señor conde se iba a seguir con el resto de la nobleza del lugar.  Imaginaos entonces señores que aquí don Antonio en verdad arresta y quema a unos cuantos criollos o españoles o tal vez a cierta monjita arisca que es muy favorecida del virrey y la virreina.  La reacción del resto de los criollos seria igual que el de la nobleza de Worms, os lo aseguro.  Francamente, su ilustrisima, no quisiera estar entonces en el pellejo ni de don Antonio ni tal vez en el de vuecencia.

El arzobispo miraba a ambos hombres fijamente, sin decir palabra.

--Y creo que la historia ilustra lo que afirmo –continuo el conde--.  Don Conrado acabo mal.  Iba en camino de Mainz a Marburgo, su terruño, cuando fue detenido por un grupo de caballeros a orillas del Rio Lahn.  Huelga decir que ahí mismo lo ajusticiaron y lo hicieron picadillo.

--Muy interesante su historia, señor conde –dijo el arzobispo--.  Creo que no es conveniente tocar a los criollos o españoles entonces don Antonio.   Confinaos a la indiada. 

--¿No teme su ilustrísima que esto propicie una revuelta abierta? –pregunto el conde--.  Acordaos que el hambre pronto hará estragos en la Nueva España.

--No lo creo asi –respondió el arzobispo--.  Lo que he visto de los mejicanos no me impresiona.  Son la gente más sumisa y tibia que he conocido.

--En tal caso, su ilustrísima, deme la venia para comenzar los arrestos de una buena vez –pidió el Inquisidor.

--Si, sería buena idea –afirmo el conde--.  Sugiero un magno auto de fe como inicio, para que la indiada se enseñe a respetar.

--Hacedlo entonces y no perdáis más tiempo ni demostréis misericordia alguna –ordenó el arzobispo.

Esa noche el conde observaba las estrellas en su terraza.

--Creo que logramos desviar la atención del arzobispo hacia sor Juana, Zenobia. 

La perra lo miraba fijamente.

--Tengo que hacerle una visita.  Prendió la veladora y creo que está dispuesta a ayudaros.  Sabed, sin embargo, que el tiempo apremia.  Creo que hemos sido descubiertos.  Pero la ceremonia solo se puede hacer con la luna llena y todavía faltan semanas. 

El pelo de la perra se erizo.

--Ah, no os preocupéis, Zenobia, hemos estado en peores aprietos otras veces.  Pero, ¿Qué esperabais?  Vuestras visitas a Sor Juana iban a atraer la atención.  

La perra se tapo los ojos con las patas.

--¡Bah!  No os preocupéis.  Yo mismo he sido tentado por ella.  Lástima, este lugar, Coyoacan es en verdad delicioso, lo extrañare.  Que se yo, nos embarcaremos en Acapulco rumbo a Filipinas.  Siempre he querido conocer el oriente.  Por otra parte, sabedlo, dudo que don Antonio queme a un solo indio.  Conozco bien al virrey don Tomas de la Cerda.  Es un hombre probo y no creo que le apetezca convertir la plaza principal de la muy real y señorial Ciudad de Méjico en un quemadero de indios nada más para apaciguar los miedos y prejuicios del señor arzobispo.  En fin, que se peleen entre si estos mortales, me importa un bledo, con tal de que no nos toquen a la hija de Apolo, ¿verdad, Zenobia?

Saturday, July 9, 2011

LII. La Partida del Moro

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde hay otro San Quintin en una venta, sobresaltos propios de este tipo de historias.

Me encontraba yo en el patio de las barracas de los mosqueteros preparándome para el viaje. Mis alforjas colgaban de mi yegua. Dentro de estas se encontraban varias bolsas con plata que von Tschirnhaus me había proporcionado. D’Artagnan y Porthos me veían burlonamente.

--Bien, parece que el rey os dio una misión.

--Ciertamente no queremos saber de qué se trata --dijo Porthos a su lado--.  Le tenemos mucho amor al pellejo.

--Os agradezco las lecciones de esgrima, señores --les dije a los mosqueteros--.  En efecto, tengo que partir y no puedo deciros adónde voy.

--En efecto, así son estos menesteres. ¿Me aceptareis un consejo? -pregunto D’Artagnan.

--Viniendo de usted, definitivamente, capitán D’ Artagnan.

--Primero, sabed que el rey tiene enemigos --explicó Artagnan.

--Muchos --coreo Porthos.

--En efecto. Vuestra salida será reportada. Asumid que os seguirán. Es lo más conveniente.

--Entiendo mi capitán.

--Segundo, buscaros un criado. No es correcto embarcar en estas misiones si no se cuenta con un criado --explicó D’Artagnan.

--Así no tendréis que cuidar de los caballos y os podéis avocar a estar más vigilante --dijo Porthos.

A pesar de tener fama de tacaño, Luis XIV me había dotado con buena plata, suficiente para contratar un criado.

--Pero, si contrato a un criado, ¿no me ira este a traicionar?

--En efecto Santa Cruz --aclaró D’Artagnan--.  El requisito indispensable del criado en este tipo de misiones es la fidelidad. Tendréis que usar vuestro juicio para escoger uno que os será fiel.

--Por otra parte no necesitáis que sea muy inteligente –añadió Porthos--.  Pero tampoco busquéis a un imbécil.

Me subí a mi yegua.

--¡Sea! Señores, gracias una vez más. ¡Ojala nos volvamos a ver!

--¡Lo dudo señor Santa Cruz pero buena suerte! --contestaron los mosqueteros.

Salí de Paris, tomando el camino al sur, a Gasconia y de ahí rumbo a España, el mismo camino que, según me había contado D’Artagnan, él años antes había tomado siendo entonces un joven gascón montado en un jumento amarillo y portando una carta para el señor de Treville.

A la salida de la ciudad había un carruaje detenido por ninguna razón aparente. Varios criados se habían apeado y un fulano con pinta de gentilhombre hablaba con una persona dentro del carruaje. Junto a él había un hombrecillo moreno y rechoncho que inicialmente pensaba era un tártaro pero que luego reconocería como un nativo de las Américas. Al pasar yo junto vide adentro a una mujer rubia con ojos grises, guapísima. Me descubrí como se acostumbraba en esos tiempos. La mujer me sonrió. El gentilhombre junto a ella, un hombrón de barba cerrada me hizo una pequeña caravana. Al alejarme sentí, sin embargo, sus miradas sobre de mi.

A la tercera noche fue que intentaron asesinarme en la posada donde pernocte.  A propósito había pedido un cuarto con una ventana de donde se veían las caballerizas. Había cenado en el cuarto común y me dirigía a mi aposento cuando dos figuras fornidas se plantaron frente a mí en el corredor.

--Bien, acabemos señores --dije sosteniendo la bujía que portaba en alto mientras sacaba mi espada.

Los dos fulanos se abalanzaron sobre mí con las espadas desenvainadas. Por la manera en que se movían era evidente que eran tan solo unos matarifes acostumbrados a robar las bolsas de los ancianos. El primero solito se ensarto en mi espada y cayó pesadamente a mis pies sin decir ni una palabra. El segundo titubeo al ver a su compañero morir. Esto fue suficiente para que lo hiriera yo en el brazo y dejara caer su sable. Estaba completamente a mi merced.

--¿Quien os mandó? --le pregunte.

--Milady --dijo el hombre. Me veía con los ojos desorbitados--. ¡Soy hombre muerto si os digo más!

--¡Sois hombre muerto si no me decís más --le explique.

Lo lleve a empujones hasta uno de los balcones donde le podía ver la cara a la luz de la luna. El hombre estaba pálido y podía oler su miedo. Le planté la punta de mi espada en su garganta.

--¿Quien es esta milady?

--Milady… 

El hombre no dijo más. De pronto dio un grito de dolor.  Su ojos casi se salían de sus orbitas. Note que un dardo se le había clavado en la base del cráneo. El hombre empezó a echar espuma por la boca y cayó de rodillas frente a mi convulsionándose. Entre las sombras divisé al hombrecillo que había visto antes. Sostenía frente a su boca una especie de tubo. Instintivamente supe que lo había usado para lanzar el dardo fatal y supe que tenía que guarecerme. Apenas lo hice y vi como un dardo se clavaba en el dintel del balcón, cerca de mi testa. Recogí el dardo teniendo cuidado de no herirme. La punta estaba impregnada con una substancia aceitosa y tenía un olor algo fuerte. Me regrese apresuradamente a mi cuarto y me encerré a piedra y lodo a esperar el alba.

En la madrugada se oyeron gritos y juramentos. Los cuerpos de los matarifes habían sido descubiertos. Ya siendo de día me baje al cuarto común. El posadero había hecho llamar al alguacil de la localidad y este se había presentado con sus hombres. Estaban interrogando a todos los huéspedes. Los cuerpos de los dos matarifes estaban expuestos sobre unas mesas.

--¿Y vos quien sois? --me preguntó el alguacil.

Por toda respuesta le extendí una carta que me habían proporcionado:

A quien corresponda:

El caballero de Santa Cruz está a mi servicio. Si ha hecho lo que haya hecho lo hizo cumpliendo mis órdenes.

Luis XIV

--Bien, idos pues --dijo el alguacil sacudiendo su cabeza.

Un criado me trajo mi yegua. El patio de la posada hervía de alguaciles lo cual fue afortunado. Enfrente de la posada se encontraba el hombrón de barba cerrada y el hombrecillo con aspecto de tártaro. Era evidente que se encontraban frustrados pues no iban a poder echárseme encima. El hombrón me veía con odio no disimulado mientras que el hombrecillo tenía una sonrisa burlona. Espolie a mi yegua y me dirigí al sur. A unas leguas de la posada escondí mi yegua y espere. En efecto, pronto se apareció el carruaje y alcance a ver dentro de este al hombrón y a la mujer rubia. El hombrecillo “tártaro” seguía al carruaje montado en una mula.

Friday, July 8, 2011

LIII. La Muerte del Borrachin

Coyoacan – 1682

Donde el sosteniente Torres se ensucia sus calzones…

El miedo no anda en burros, mi sosteniente Torres.  Vos aguardabais pacientemente entre los ahuehuetes enfrente de la casona del conde de la legión cuando oísteis a un fulano, en obvio estado etílico, caminar trastabillando a lo largo de la calzada.

--¡Vieja desgraciada, jic!  ¡Traicionera!  ¡Te voy, ¡jic!, a partir la madre nomas que llegue!

--Es un pinche borracho –murmurasteis.

Pero la sangre se os congelo y los pelos se os erizaron cuando visteis a dos ojos, brillando como ascuas, que observaban al borrachín desde el otro lado del camino.

Fue cuestión de segundos.  La criatura emergió de entre las sombras.  Era un perro inmenso que se abalanzó sobre el borrachín.  Este apenas pudo dar un grito que fue cortado cuando las fauces del animal se cerraron en su garganta.  Y todo eso vos visteis, sosteniente Torres, mientras os ensuciabais vuestros calzones.

La creatura jalo el cuerpo y luego se detuvo.  Para vuestro horror se volteo y parecía como si sus ojos os taladraran el alma, sosteniente Torres.  Perdisteis todo control  Dando alaridos agarrasteis corriendo por la tétrica calzada y os parecía sentir ya las fauces de la criatura cerrarse en vuestra garganta.

Pero por alguna razón el animal no os ataco.  Tal vez tenía suficiente carne ya con el borrachito.  El caso es que lograsteis llegar, sosteniente Torres, en una pieza hasta Coyoacan y os encerrasteis a piedra y lodo en el cuartucho que habíais rentado en el mesón.

Al dia siguiente os atrevisteis a salir, muy temprano, mi sosteniente Torres, pues tenias la muy apremiante necesidad de ir a misa.  Caminabais rumbo a la iglesia cuando visteis a un jinete aproximarse y dirigirse hacia el camino que llevaba a la Ciudad de Méjico.  El jinete iba vestido elegantemente de gentilhombre y portaba una toledana al cinto.  Reconocisteis al conde de la legión y, como era costumbre en esos tiempos, os descubristeis a su paso.  El hombre ni os vio. Pero lo que más os perturbo es que siguiendo a su caballo iba un gran perro negro, similar al que habíais visto la noche anterior.  Este animal os gruño quedamente al pasar.

Huelga decir que los siguientes días que quedaban de vuestra encomienda los pasasteis, sosteniente Torres, todos en Coyoacan, sin atrever aproximaros a la casa del conde y asistiendo puntualmente a misa y al rosario todos los días. 

El susto os hizo emborrachaos a diario.  Pero os embrutecíais con todo cuidado, sosteniente Torres.  Os asegurabas de solo tomar en la pulquería al lado del mesón.  Y ya borracho os dirigíais directo a vuestro cuarto, no fuera que fuerais a extraviar el camino y pasar frente a la casa del conde.

Pero ahora os encontrabais otra vez, sosteniente Torres, en la Ciudad de Méjico, específicamente aguardando audiencia con vuestro patrón, el Inquisidor Montoya.

--Y bien, ¿Cómo os fue mi sosteniente? –pregunto Montoya. 

El Osito y el Faisán estaban a tu lado y tenían sus manos sobre vuestros hombros. 

--Jijos, patrón, no hay nada que reportar sobre ese conde de la legión.  Es muy respetado en el pueblo.  Nadie tenía queja de él.  No encontré nada que indique herejía.

--¡Por supuesto que no, imbécil!  El señor conde de la legión es un caballero respetabilísimo.  Acabo de estar en junta con él y el arzobispo.  El conde es muy sagaz y de inmediato apoyo la propuesta que le hice al señor arzobispo.  ¿Cómo carajos os atrevisteis a ir a investigarlo?  Que no se hable más de esto, ¿entiende Torres?  ¡Ni una palabra, carajos!

Torres casi se meaba.  El mismo Montoya lo había mandado a espiar al conde y ahora lo regañaba por ello.  El Osito le hizo una seña discreta a Torres que no protestara.

--Por supuesto patrón –contesto Torres con voz trémula.

--Ahora, escuchen bien, estas órdenes las avala el arzobispo.  No quiero ninguna discusión.  Voy a anunciar un gran auto de fe.  ¿Sabéis lo que es eso?

--Esa es una chicharroniza, ¿verdad patrón? –inquirió el Faisán.

--En efecto –confirmo Montoya.

--¿A quién vamos a tatemar?  Solo hay tres sospechosos en los sótanos ahora –indico el Osito.

--Precisamente, escuchad bien, empiecen a arrestar a cuantos puedan.  Si hay denuncia, tráiganlo.  Si ha estado aquí antes, tráiganlo.  Si se estornuda en misa, tráiganlo.  Quiero tener por lo menos unos mil prisioneros para quemar unos cien el primer día.

--¿Ansina nomas sin viriguación patrón? –se atrevió a preguntar el Osito.

--Ya oísteis al patrón, pendejo –se interpuso el Faisán--.  Vamos jalando cabrones y luego viriguamos.

--Usted, Torres, ¿Cuántos hombres tenéis? –pregunto Montoya.

--Tengo cincuenta hombres patrón.  Diez siempre están asignados a la casa de vuecencia.  Diez andan investigando encubiertos o haciendo arrestos.  Por lo general siempre tengo diez muchachos aquí vigilando.  El resto anda franco o están enfermos.

--Son demasiado pocos –observo Montoya--.  Doblad el número de vuestros efectivos.  No os preocupéis por la plata.  El arzobispado proveerá.

Thursday, July 7, 2011

LIV. El Gioco

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde un gitano le intenta levantar la bolsa al moro…

Llegue a Tolosa de Langedoc unos días después muy seguro de haberme escapado de mis perseguidores. Decidí esta vez quedarme en una posada de buena categoría pues estaba fatigado del viaje y cansado de que me andarán intentando navajear en un corredor. Ya guardadas bien mis cosas decidí ir a una de las fondas de la plaza principal para disfrutar de una buena cena.

En la plaza enfrente del antiguo circo romano había unos carruajes que se me hicieron familiares. En efecto, en medio de la plaza unas gitanas bailaban lúbricamente acompañadas de un tamborilete. Me les acerque entre la multitud. Las mujeres eran de carnes generosas y mostraban estas sin pudor. La gente, en su mayoría hombres, las veían hipnotizados.

El sacar mi daga y ponérsela en la garganta al fulano que trato de tomar mi bolsa fue cuestión de un suspiro. Y no, no fue por el entrenamiento que recibí de D’Artagnan que reaccione de tal manera.  Más bien fue por los años que había andado de marino que me había hecho tan ducho con el alfanje.

--¡Lucas Macanas! --dije reconociendo al hombre que pálido me miraba. Su mano todavía estaba posada sobre mi bolsa.

--¿Su señoría me conoce?

--Aparentemente os estáis poniendo viejo. Antes podíais quitarle la bolsa al mismo Belcebú sin que este se diera cuenta.

--¡Su señoría se equivoca!

--¿Tanto así he cambiado? ¿No me conocéis Macanas?  --Baje la daga que ya habia sacado una gota de sangre de su garganta.

El gitano se me quedo viendo fijamente.

--¿Pedro? ¿Sois Pedro de Santa Cruz?

--¡El mismo!

--Habéis embarnecido. Antes erais tan solo un jovencito. ¡Os debo una disculpa!

--Compradme un trago entonces.

Nos fuimos a una taberna cercana.

--En cuanto vide a Carmen, Micaela, y Fraustita bailando sabia que vos estarías cerca --le explique.

--Os dábamos por muerto. Después de que os sacamos de Sevilla se presentaron varios hombres preguntando por vos.

--¿Uno era un cura jesuita?

--En efecto. Lo conozco bien. Es un fulano muy peligroso.

--¿Que sabéis de una mujer rubia a la que llaman milady?

Lucas empezó a toser.

--¡Voto a Belcebú! Pedro, no me preguntéis mas, os lo ruego.

Le volví a llenar su tarro.

--No puede ser tan mal la cosa. Es evidente que la conocéis. ¿Qué me podéis decir de ella?

Macanas sacudió su cabeza.

--Hay cosas que no puede uno revelar.

--¿La habéis servido antes? --insistí.

De mala gana Macanas se bajo su trago.

--Si. Paga bien. Todos los que están en el juego pagan bien.

--¿Que juego es ese?

Macanas miro a su alrededor.

--Bien, Santa Cruz, nada más porque os debo la vida os contestare. Veras, el tal juego lo juegan los reyes. Ellos le llaman el “gioco”.  No es un juego para hombres comunes y corrientes. El tablero es toda la Europa. Lo juega el rey de España, el gabacho, el papa, hasta el mismo emperador lo juega.

--¿En qué consiste el dichoso juego?

--Bien, sabed que el inventor fue el mismo Richelieu. El juego consiste en demonstrar que podéis hacer y deshacer en los dominios de vuestro oponente. Generalmente eso significa mandar correos a través de los dominios de tu rival y luego alardear de que vuestro agente logro pasearse impunemente en tierras de vuestro oponente. Como os imaginareis, aquel que tenga la mejor red de espías y bocones tiene la ventaja. Richelieu tenía tal vez la mejor organización y se la heredo a Mazarino y este a Luis XIV. El papa le sigue en peligrosidad pues utiliza a los jesuitas como su servicio secreto.

--¿Correos? ¿Tanto empeño nada más en llevar un documento de un lugar a otro?

--Por lo general se trata de secretos de estado, evidencia de una infidelidad, que se yo. Lo que pasa es que los reyes se aburren. Tienen que divertirse a su manera. Mueven a sus agentes como piezas de ajedrez. La idea es que tus agentes le abran el buche al correo de tu oponente y quitarle lo que porta.

--¿Y que tiene esta milady que ver en todo esto?

--Hasta hace poco milady trabajaba para Mazarino. Ahora que murió este milady quedo desempleada. Luis XIV es muy tacaño y no quería pagar lo que ella pedía.  Milady decidió independizarse. Ofrece sus servicios al mejor postor.

--¿Y quién es el grandote que la acompaña?

--¿Un barbón fornido? Ese es Rochefort, su amante. Y si queréis saber cómo sé todo esto, dejadme decirte que a veces milady me ha subcontratado para hacerle trabajitos. Conozco todos los caminos entre España y Francia. Sé como entrar en ambos reinos sin que las autoridades se enteren. He llevado a más de un correo a través de la frontera. También he hecho a varios desaparecer. Es cuestión de plata y uno tiene que comer. Pero bien, si andáis preguntando sobre milady supongo que os habéis incorporado al juego. ¿No seréis tan bruto de ser un correo?

Empecé a toser.

--¿Porque decís eso?

--Parte de las reglas es que cuando se manda un correo se le avisa a los oponentes que este ya partió y hacia dónde se dirige, mas no se divulga que porta o que va a recoger. La idea es hacer el juego más interesante.

--¿Queréis decir que Luis XIV le avisaría a sus contrarios que mandó un correo?

--Si. Y también a milady. Por eso espero que no seáis tan bruto en tomar tal trabajo. Pocos sobreviven.

--¡Santo Dios! --fue todo lo que alcance a decir cuando tres pares de manos me agarraron bruscamente.

--¡Es él! --dijo Fraustita.

--¡Esta más gordo! --dijo Carmen.

--¡No, más bien yo lo vide mas flaco! --dijo Micaela.

Las tres habían sacado unas dagas y las tenían contra mis carnes. Sin más, las mujeres me sacaron de la taberna y me llevaron a empujones a su carruaje y de ahí nos dirigimos al campamento gitano en las afueras de Tolosa de Langedoc. Lucas me seguía riéndose a carcajadas.

En el campamente me acercaron dos niños y una niña. Eran muy parecidos y asumí que eran hermanos. Todos eran morenísimos, como yo. Junto a ellos estaba un patriarca viéndome fijamente y sin decir palabra.

--¡Este es Pedrito! --dijo Carmen acercando a un nino.

--¡Este también es Pedrito! --explico Micaela.

--Y la niña se llama Miriam --apuntó Fraustita--. Creo que así habíais dicho que se llamaba vuestra madre.

--¡Ave María! --fue lo que alcance a jurar. Era evidente que la noche que pase con las tres hermanas había estado yo muy brioso.

--¡Habéis deshonrado a mis hijas!  ¡Eran tan solo unas niñas inocentes! --anuncio el patriarca. En sus manos tenía un cuchillote--.  Solo con sangre podréis lavar su honor. ¡Bajadle los pantalones!

Unos mozos fornidos me agarraron y me levantaron en vilo y empezaron a desvestirme.

--¡Lástima! --dijeron las hermanas suspirando viendo mis vergüenzas.

--Cuando acabe no podrá deshonrar a más doncellas --explicó el patriarca.

--¡Lucas! ¡Ayúdame os lo imploro!

Los mozos me sostenían firmemente y estaba yo en pelotas y expuesto.

--Casaros con ellas Santa Cruz y todo estará bien.

--¿Con las tres?

Macanas se rio.

--No podéis hacer bastardos a dos de estos niños y legitimar solo a uno. ¿Por qué no? Nuestras leyes lo permiten.

--¡Sea! --contesté.

--¡Hijo mío! --dijo el patriarca abrazándome y dándome de besos.

Los tres niños se me echaron encima también abrazándome. Los gitanos me ayudaron a vestirme y me pasaron una bota. De algún lugar empezaron a tocar música y la fiesta se armó.

La ceremonia era muy sencilla. Las tres mujeres portaban unos ramilletes de rosas en la testa y me dieron cada una a beber una taza de vino. Hecho esto, el patriarca nos nombro marido y mujeres.

--¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! --dijo Aramis aplaudiendo y entrando al campamento gitano--. ¿Y que tenemos entonces aquí? Una ceremonia pagana en tierras del rey de Francia. ¡Qué interesante!

--Es el jesuita ese que os buscaba. Es un agente del papa --explicó Lucas.

Aramis vestía todo de cuero negro elegantísimamente. Caminaba despreocupado entre los gitanos, varios de los cuales ya habían sacado alfanjes y macanas.

--¿Que queréis, señor de Aramis? --pregunto mi nuevo suegro que aparentemente lo conocía.

--Tan solo quería cerciorarme de que en efecto se había iniciado un nuevo juego. Me habían dicho que el correo era Santa Cruz. No pensaba que era así de bruto.  Pensaba que había muerto.  Han pasado varios años ya desde que lo conocí en Madrid y quería verle el rostro para poder reconocerlo.

--¡Lo sabia Santa Cruz!  --se rio Macanas--. ¡Solo a vos se os ocurre tomar ese trabajo!

--Desgraciadamente lo voy a tener que matar --explicó Aramis--. Pero os hago una propuesta, señor Santa Cruz. ¿Por qué mejor no me dais lo que portas, incluyendo los papeles de vuestra familia, y os dejo vivo como hice en Sevilla?

--¡No tengo nada todavía! --protesté.

--¡Pamplinas! --dijo Macanas--. De todas maneras Aramis os matara.  Si os perdona la vida en tal caso el papa no tendría los veinte puntos!

--¿De qué puntos habláis? --le pregunte incrédulo.

--Vuestra muerte le ganaría veinte puntos al papa. Cada punto consiste en una barra de oro macizo.

--¡No os atreveréis a tocar a mi yerno! --exclamó el patriarca--. ¡Difícil fue encontrar un valiente que se casara con mis tres hijas!

--Pero os dirigís a la Nueva España ¿verdad? --preguntó Aramis--. Os tendré que matar antes de que salgáis de Europa. No me gustan los viajes por mar. La sal del mar es mala para mi cutis.

Maldije a Luis XIV por toda respuesta. ¿Qué clase de juego estúpido era este donde todos los detalles eran divulgados?

Los gitanos rodearon a Aramis. Este parecía no preocuparse. Aunque eran veinte contra uno yo no tenía la seguridad de que pudieran matar al jesuita.

--Tened cuidado con él --les advertí--. Es un maestro con la espada.

--Pues yo tengo un arcabuz --contesto Macanas sacando tal y apuntando a Aramis.

--¡Vaciadle el arcabuz! –aconseje--. ¡Ese hombre es el mismo demonio!

--¡No os atreváis a tocarlo! --juro el patriarca interponiéndose frente al jesuita--. Dejad que Aramis se vaya sin que lo molesten.  Nosotros no somos parte de este gioco.  ¡Si matamos a un agente, sobre todo a este jesuita, tened la seguridad que o el rey o el papa nos mandaría despellejar a todos!

Aramis hizo una elegante caravana y salió del campamento de los gitanos.

--¡Diablos! –juro Macanas bajando su arcabuz--.  Me temo que lo mejor será si continuáis vuestra misión señor Santa Cruz.

--¿Continuar? ¡Si ya toda Europa sabe que voy en camino!

--Seria lo mejor --dijo Fraustita.

--Por el bien de nuestros hijos --sostuvo Carmen.

--Les podréis dejar una herencia --confirmó Micaela.

--¿Herencia? ¿De dónde?  ¡Yo no tengo  plata!

--La recompensa de los correos son diez barras de oro por cada viaje --explicó mi nuevo suegro--. Los reyes tienen este oro guardado en la casa de los Fuggers, los banqueros. El premio está garantizado. Sin embargo, pocos correos lo reclaman.

--¡Hazlo por nuestros hijos! --me imploraron las mujeres.

Mis manos se habían posado sobre las cabelleras de los zagales que eran mis hijos.

--Bien –accedí--. Lo hare por ellos. Pero necesitare ayuda para cruzar la frontera.

--Eso no es problema --dijo Lucas.

--Bien, dejadme ir a recoger mis alforjas.

--¡No seáis bruto! --me regaño Carmen.

--Mandaremos a uno de nuestros hermanos a ver si el camino está libre --explicó Fraustita.

--Si Aramis sabe que estáis aquí en Tolosa para estas horas también milady lo sabe --continuo Micaela.

En efecto, unas horas después regresó uno de los gitanos con nuevas.

--Lo estaban esperando –explicó el que resulto ser mi cuñado--. Vide al mejicano ahí.

--¿Quien es el mejicano?

--Es un indio al servicio de milady. Es un experto con la cerbatana y la navaja. No tiene misericordia. Le temo más que a Rochefort --me aclaró Macanas--.  La caravana partirá en la madrugada hacia el occidente. Tal vez la sigan pensando que queréis entrar a España por el rumbo de la Biscaya. Dejaremos que se adelante. Tu y yo, Pedro, nos vamos a esconder un dia en una finca arruinada en las afueras de Tolosa. A ver si asi los podemos despistar. Tomaremos al sur e intentaremos entrar por el rumbo de Barcelona.

--Por ahorita es nuestro --dijo Carmen.

--Es nuestra noche de boda --apuntó Fraustita.

--Niños, váyanse al carruaje de su abuelito y no nos molesten --acabó Micaela.

En la madrugada sentí moverse el carruaje. La caravana se puso en camino.  Macanas me despertó y todo ojeroso y entre besos y juramentos de amor eterno me despedí de mis esposas y me deje caer del carruaje. Macanas me llevo a las ruinas de una venta y ahí esperamos el amanecer. En efecto, primero vimos pasar a Aramis seguido por su criado. Después vimos el carruaje de milady y su sequito.

--Parece que los despistamos --dijo Macanas.

Sacó los caballos y nos dirigimos al sur, hacia los Pirineos.

Sacudí la cabeza.

--No por mucho tiempo. Aramis seguramente se dará cuenta del ardid pronto.

Seguimos el viejo camino de los peregrinos a Compostela hasta que topamos con las montañas. De ahí Macanas me llevo por veredas extraviadas y bordeando precipicios en dirección generalmente al sureste.

--En el camino habrían espías --me explicó.

--Luis XIV no me dijo nada de que podía ganarme diez barras de oro --protesté.

Macanas se rio.

--El hideputa no hubiera tenido empacho en reclamarlas en vuestro nombre si sobrevivierais.

--Le daré tres barras a cada una de mis esposas y yo me quedare con una. Creo que es lo justo. Después de todo, soy yo el que está arriesgando el pellejo. ¿Dónde puedo reclamar el premio en caso de que sobreviva?

--Los Fuggers tienen una oficina en Génova. Lo tendréis que hacer ahí.

Me acorde del consejo de D’Artagnan. Macanas era hombre de confiar, por lo general.

--¿Queréis ser mi compañero de viaje? Puedo pagaros bien.

--¡Definitivamente no! No sé cuantos años me queden antes de que el diablo me lleve a los infiernos. Pero no quiero facilitar mi ida siendo despanzurrado por Aramis o Rochefort.

--Bien, de todas maneras necesito un criado que me ayude en el camino.

--Adelante hay una venta donde pasaremos la noche. Este camino solo lo conocen los contrabandistas. Dejad que pregunte a ver si hay un valiente dispuesto a ir con usted hasta la Nueva España.

La venta era una posada de mala muerte llena de tipos con caras patibularias, fugitivos del garrote les llamaba Macanas. Todos parecían conocer al gitano pues lo saludaron amablemente.

--¡No os habéis muerto Lucas!

--¡Ea Macanas! Que oí que los corchetes os buscan.

--¡Y también la inquisición!

--Va a haber chicharroniza!

Macanas me sentó en una esquina obscura del cuarto común mientras hablaba con sus conocidos.

Eventualmente Lucas regresó. Lo acompañaba un individuo rechoncho, lamparoso, y bajo.

--El amigo aquí está dispuesto a entrar en vuestro servicio --me dijo Macanas--. Os sugiero que habléis con él a ver que os parece.

--¿Lo conocéis? --pregunte, viendo con escepticismo al hombre.

--Es primo lejano del compadre de mi compadre --explicó Macanas--. Pero dan buenas recomendaciones acerca de él.

--¡A ver! Acérquese buen hombre --le dije ofreciéndole la bota. El hombre aceptó gustoso el ofrecimiento y se sentó frente a mí.

--Estoy dispuesto a servir a su señoría. Pero…

--¿Pero qué?

--¿No le importaría a su señoría contestarme una pregunta?

--El señor no va a revelar su nombre --le explicó Macanas--. Es, sin embargo, un hidalgo y cristiano viejo.

--Bueno, yo también soy cristiano viejo.

El fulano tenia, sin embargo, tal pinta que no dudaba que tenía ancestros que no comían tocino.  Pero, ¿quién era yo para tirar la primera piedra?

--Pero no –continuo el fulano--, no quiero saber detalles sobre adonde va el caballero o por qué. Solo quisiera saber si es aficionado a las lecturas, específicamente de libros de caballería. 

--¿Libros de caballería? –le pregunte atónito.

--Vera, su señoría, yo estaba al servicio de otro hidalgo, cristiano viejo también, pero este enloqueció leyendo libros de caballería. Yo le seguí la corriente pues mi esposa pensaba que mi amo nos heredaría bien al morir. Tal sucedió hace poco. Pero desafortunadamente ¡por toda herencia recibí los mismos libros de caballería que enloquecieron a mi amo! Mi esposa me aventó a la testa un Amadis de Gaula y me abandonó. Francamente no la culpo. Si supiera usted todas las desventuras que sufrí siguiendo a ese infeliz loco ¡y pensar que por toda recompensa recibí unos libracos malditos! 

--No os preocupéis por eso.  Yo solo leo cartas de navegación pues he sido almirante y he tenido 5,000 galeras a mi mando.

--Pues mis respetos, señor almirante, pero con su venia tengo que saber también que clase de adversarios tiene vuecencia.  ¿No hay gigantes entre vuestros enemigos? ¿O va acaso a rescatar a princesas encantadas?

--Todos mis muchos enemigos son de carne y hueso –aclaré--. E infantas solo las he visto en la corte y todas son bigotonas y con el labio austriaco. No valen la pena arriesgar el pellejo para rescatarlas.

--El caballero os recompensara bien --dijo Macanas.

--¿El señor almirante me hará acaso gobernador de una ínsula?

--No os prometo tal cosa. Pero la ocasión, que pintan calva, bien podría dar pie a que os de tal gracia.

--¿En serio?

--Mirad, buen hombre, os sincerare con vos.  Aquí en estas Españas no llueven reinos de los cielos.  No os puedo prometer en tal caso un condado o que se yo.  Sin embargo, dejadme recordaros las palabras que le dijo Cortes al mismo emperador don Carlos cuando este lo había desconocido: “¿Qué quién soy?  Sabed que yo he dado a su señoría mas reinos que ciudades os heredaron vuestros abuelos”.  De ahí entonces que si en verdad queréis ser gobernador de una ínsula lo mejor sería si me seguís a las Indias, donde en verdad los reinos son más abundantes que las pulgas en los perros.  Hay, sin embargo, muchísimos peligros para llegar.  Es temporada de tifones en el Caribe.  Y ahí abundan los piratas y corsarios.  Y si, me siguen la huella diversos y peligrosísimos enemigos.  ¿Aun así queréis seguirme entonces?

El hombre sacudió su cabeza.

--¡Santo Dios!  ¡Entonces se juega el pellejo!

Punto a su favor.  Por lo menos el fulano no era totalmente imbécil.

--Idos si lo que os ofrezco no os apetece.  Sabed, sin embargo, que sí, es solo cuestión de suerte y vos podéis acabar de señor de un reino en las Indias, con cientos de indias desnudas haciéndoos piojito y dándoos a beber ese brebaje que ellos llaman chocolate y que os darán a beber en tarros de oro, igual que hacia el tal Moctezuma.

Los ojos del fulano brillaron.

--¡Sea!  ¡Una ínsula así bien vale arriesgar el pellejo!  ¡Si vuecencia me toma, yo Sancho Panza seré vuestro más fiel escudero!

Y fue así como este fulano, Sancho, entro a mi servicio.

Wednesday, July 6, 2011

LV. El “Operativo” de los PGRs

Donde una voz celestial embelesa a los transeúntes de la calle de la Moneda…

Ciudad de Méjico – 1682

--A ver oste, ¡recíteme el padre nuestro en latín! –ordeno el sosteniente Torres.

El fulano al que se dirigía era un ranchero provinciano que acababa de llegar a la capital y salía de misa de uno de los muchos templos en el centro de la ciudad.  El infeliz estaba rodeado de los sicarios PGR (Por Gracia del Rey) de Torres, todos portando unas toledanas desenvainadas.

--¿Perdón, patrón?

--¿No se lo sabe? 

--¡No la chingue patrón!  ¡Si a duras penas hablo español!

--Además, ¡rezonga y le falta al respeto a las autoridades que Diosito le endilgo!  Y encima de eso vos traíais el machete al cinto cuando entrasteis al templo.

--¡Patrón!  ¡Es mi herramienta de trabajo!

--Es sacrilegio entrar armado a un templo y además es delito portar armas de uso exclusivo del ejército.  ¡Vas pa dentro cabrón! –ordeno Torres.

 Varios de sus sicarios subieron al infeliz ranchero a una carreta con jaula donde ya languidecían otros presos.

--A ver usted, recíteme los diez mandamientos –ordeno Torres indicando a un indígena que pasaba por ahí llevando un costal en su lomo.

El hombre se le quedo viendo confundido.

--No ‘pañol –dijo el indígena.

--¡Ah desgraciado!  ¡Si no habla español como Jesucristo entonces es un hereje!  ¡Entambenlo!

A Torres le indicaron un borrachito que dormía la mona en un callejón.

--Súbanlo también, que se despierte en el palacio del Santo Oficio, que caray, a ver si el susto le quita lo borracho.

--¡Ya se lleno esta julia, patrón! –le avisaron a Torres.

--Bien, ¡llévenselos al tambo!  Se regresan con la julia vacía y los espero en el mercado.

Doña Xochitl contemplaba con ansiedad el “operativo” desde la puerta de la yerberia “La Hermandad Blanca”.

--¡Hijos de su mal dormir! –murmuro la bruja. 

Torres se quedo después de que sus hombres se fueron.  Saludo con malicia a doña Xochitl.  El sosteniente estaba esperando que pasara por el pan una muchacha de no malos bigotes.

A lo lejos, viniendo de catedral, el sosteniente observo a Sor Juana caminar por la acera.

--Es principio de mes.  Dejaron salir a la monja para ir a cobrar las rentas del convento.

El sosteniente la vio con atención.  Por unos momentos medito sobre la conveniencia de asaltarla y quitarle la plata.  Pero luego recordó que la monja tenía muy buenas palancas con el virrey.  Si lo agarraban acabaría en el garrote después de que le dieran sus calentaditas.   Sor Juana caminaba muy quitada de la pena.  En sus manos había unos papeles que iba leyendo y hacia ademanes con su otra mano, como quien dirige una orquesta que solo oía ella.

--Lo dicho –murmuro Torres--, a esa monjita o bien la queman por hereje o por loquita.

Mientras tanto, doña Xochitl también escudriñaba la calle, pero en sentido contrario.  En eso vio una carreta acercarse.  A bordo iban varios hombres vestidos como monjes juaninos.

--¡Aquí muchachos! –les dijo Xochitl indicándoles el callejón que daba a un establo donde guardarían la carreta y los caballos.  Hecho esto, los hombres bajaron varias cajas de la carreta.

--Instálense aquí –les indico Xochitl llevándolos a un amplio sótano bajo la yerberia--.  Entra poca luz, me temo, tendrán que usar veladoras, pero es más seguro.

--Trajimos lupas, plumas, tinta, papel, ábacos, y otros menesteres –explico uno de los monjes, un fulano indígena chaparrón y ya canoso.

--Gracias Fray Mateo. 

--¿Qué era eso que se traían los alguaciles?

--No son alguaciles.  Son los PGR’s de la policía del Santo Oficio.  Están haciendo lo ellos llaman quesque un “operativo” pero nomas están levantando infelices a lo pendejo.  Temía que los iban a levantar a ustedes también.

--¡Pero si somos frailes!

--Si, pero ustedes son indios y eso es, aparentemente, delito suficiente para esos desgraciados.  Noté que los condenados no están tocando a los españoles.  Hasta les presentan armas y se cuadran cuando pasa uno.

--¿Y qué diablos están buscando?

--Lo que les oí decir es que iban a torturar a los presos a ver quién sabe algo sobre la Hermandad Blanca.

--¡Ave María! –se persigno el fraile.

--Ya le mande avisar al rey.  A ver qué medidas toma.

--¿Exactamente que tenemos que hacer doña Xochitl?

--Mire –dijo Xochitl apuntando a las paredes donde habían cajas llenas de pergaminos--, sor Juana quiere que busquen toda mención del glifo de Tlaloc, el planeta.  Aquí está un ejemplo del glifo que buscamos.  Estúdienlo bien. 

--¿Quién es esa sor Juana?

--Luego le explico, don Mateo.  Es por orden del rey, don Lorenzo, que debemos darle toda la información que ella requiera.  La monjita quiere que le copien la posición en el cielo, y fecha y hora en que se observo al tal Tlaloc.  Si les falta uno de esos datos pongan una mención de ello.

--¡Ah caray!  Eso va a llevar su tiempo.  Hay cientos de pergaminos.

--Pos más razón para que usted y sus frailes empiecen a talachar –les indico Xochitl--.  Aquí tendrán que comer y dormir.  No salgan para nada, no los vayan a levantar los PGR’s en uno de los “operativos”.  No quiero más líos con la Inquisición.

El fraile hizo una ligera caravana y empezó a organizar a sus subalternos.

Doña Xochitl regreso a la tienda y encontró al Ruiseñor practicando una melodía que no le había oído antes.  Frente a él estaba sor Juana corrigiéndolo.

--¿Y eso que es sor Juana?

--Es el Orfeo, doña Xochitl.  Toco que tengo que cobrar rentas y decidí pasar por aquí.  Siempre había querido que el Ruiseñor cantara el papel de Orfeo y encontré la partitura entre mis papeles.

La lección continúo bajo la experta dirección de Sor Juana.  La música inundo la yerberia y broto e inundo la Calle de la Moneda.  El tráfico se detuvo.  Los transeúntes se detuvieron oyendo esa voz celestial.  Incluso el sosteniente Torres se detuvo a escucharla asombrado.  Los monjes juaninos en el sótano, oyendo la voz, se persignaron y arrodillaron en éxtasis.

Doña Xochitl oía con lágrimas en los ojos la magnífica voz con que su hijo minusválido había sido bendecido. 

--Dudo mucho los señores de la Inquisición me permitan escenificar el Orfeo, --dijo Sor Juana una vez que termino la lección--.  Hay una novicia a la que también enseño y que tiene una  voz igual de magnifica que sería perfecta para el papel de Euridice.

Xochitl se disponía a decirle a sor Juana de la llegada de los juaninos cuando entro en la yerberia un hombre vestido de gentilhombre.

--Yo con gusto hablare con el arzobispo para permitir que se escenifique el Orfeo  –dijo el conde de la legión entrando en el lugar, acompañado como siempre por su perra.

Sor Juana palideció al ver al hombre y su animal.  Xochitl vio al conde con extrañeza.

--¿Qué le despacho a su señoría?

--Nada, gracias.  Vide a sor Juana entrar aquí y quería presentarle mis respetos –contesto el conde haciendo una caravana--.  Además de que sucumbí a la tentación de ver de qué bendita garganta surgía esa voz angelical.  Culpad, Sor Juana, a la Música de mi presencia pues ella encamino mis pasos adonde reina el Merito y la Diligencia.  La voz esta me recordó aquella frase que hilvanan los poetas de Alemania: “und der cherub este vor Gott”.

--¿Hay en verdad tal querubín, señor conde? –pregunto Sor Juana sucumbiendo a su vez a su curiosidad.

--Tal hay, Sor Juana, es el cantor principal del coro de ángeles.  Dichoso es quien lo haya oído.  Pero me atrevo a decir que la voz de este muchacho se le equipara.

--¿Y desdichado es quien ya no oye ese coro?

--¡Ja!  Alguna vez pensé, en mi juventud, que la libertad bien vale todos los sacrificios.  Pero ese sentir, ese idealismo, me lo corrigió a golpes la vida.  Ahora sé que la única dicha que importa es contemplar a la mujer amada.

--¿Y sacrificaríais incluso la libertad por conseguir tal?

--No solo sacrificaría mi libertad sino hasta mi misma existencia.

--Doña Xochitl, permítame un momento a solas con el señor conde –le pidió sor Juana.

--Vente Ruiseñor –dijo Xochitl--, ayúdame a bajar unos costales que tengo en la bodega.

Ya solos Sor Juana confronto al conde.

--Prendí su veladora.

--Lo sé.

--¡Santo Dios que estoy diciendo!  Bien, estoy dispuesto a ayudar a su…perra.  Y vuecencia parece estar dispuesto a todo con tal de lograr el objetivo deseado.  ¿Qué hay que hacer?

--Por ahora, solo esperar.   La ceremonia solo se puede hacer en luna llena.

--Faltan un par de semanas entonces.  ¿Adónde tengo que ir, señor conde?  Entienda que si me dan venia de salir del convento es solamente para ver sobre los dineros de la orden, nada más.  No me puedo andar paseando por la ciudad o saliendo del convento cuando se me ocurra hacerlo.

--No os preocupéis, hija de Apolo, yo me encargare de llevaros a donde tomara lugar la ceremonia.  No temáis.  Os repito, no seré yo quien empañe el cristal.  Vos conjugáis el Merito y la Diligencia y eso es lo que os hace digna de redimir a mi amada.

--Os olvidáis de Fortuna y el Acaso. 

--En efecto.  He ofrecido votos a Fortuna para propiciarla.  Y acerca del Acaso, solo podemos armarnos contra ella en la medida que se es posible.

--Mas vale que así sea, señor conde –dijo sor Juana acariciándole el lomo a la perra.