Tuesday, July 5, 2011

LVI. El Virrey

Donde los adversarios se contemplan desde la distancia…

Ciudad de Méjico – 1682

Tomás Antonio Manuel Lorenzo de la Cerda y Aragón, tercer marqués de la Laguna de Camero Viejo, Grande de España, caballero de la orden de Alcántara, comendador de la Moraleja, maestre de campo del Tercio Provincial de las Milicias de Sevilla, ministro del Consejo y Cámara de Indias, capitán general de mar Océano, del Ejército y Costas de Andalucía, Virrey de Galicia, Virrey gobernador y capitán general de Nueva España y presidente de su Real Audiencia, oía atentamente el reporte de don Carlos de Sigüenza y Góngora, catedrático de la Universidad Pontificia de la Muy Real y Señorial Ciudad de Méjico.

--¿Todo el valle de Puebla?

--En efecto, su alteza –contesto don Carlos--.  No hay una mazorca de maíz que quede en pie.  Los indios están bajando de la sierra por pura hambre.

--Santo Dios –dijo quedamente el virrey.

El virrey observo la gran plaza que se divisaba a través de la ventana de su despacho.  Si faltaba el maíz habría hambruna.  ¿Qué tanto tiempo antes de que se presentara ante el palacio una turba hambrienta?

--Estamos vigilando muy de cerca las milpas en el valle de Méjico –continuo don Carlos--.  Hasta ahora no hay indicación de la plaga en estas. 

Varios secretarios tomaban fielmente el reporte de don Carlos.  A la junta asistían todos los oidores de la Real Audiencia, el comandante de la guarnición de la Ciudad de Méjico, el Capitán don Anselmo Bustos, y el arzobispo don Francisco de Aguiar.

--Don Anselmo –indico el virrey--.  No dudo que pronto habrá disturbios.  Me temo que tarde o temprano necesitare de sus servicios.

--Alteza, cuando vuecencia lo ordene –contesto el viejo soldado de los tercios haciendo una reverencia.

--¿Con cuántos hombres cuenta don Anselmo?

--Alteza, me temo que no mas de 300, entre infantes, alabarderos, y jinetes. 

Apenas un par de años antes el virrey había tenido que formar un ejército que se encamino a Nuevo México a combatir una sublevación de los indígenas del lugar que habían prácticamente erradicado el gobierno de España en esos lares.  Esto había diezmado la guarnición española de la ciudad.  Para complementarlo, España había reclutado indígenas que acompañaron al ejército en calidad de tropas auxiliares.

--¿Podemos reclutar más gente entre los naturales? –pregunto el virrey.

El oidor Ceballos, criollo, y primus inter pares de la Real Audiencia, se paro frente al virrey e hizo una reverencia.

--Su alteza, creo que podemos contar con 1000 hombres más suministrados por los príncipes aliados a España y gobernadores de Republicas de Indios.  Sin embargo…

El virrey alzo una mano.

--Si, su lealtad podría ponerse a prueba.  Lo entiendo.  ¿Qué del rumor este del llamado Rey Coyote?

El arzobispo se paro.

--Alteza, tenemos indicación que si existe.  Si los mejicanos se alzan lo más probable será que este los acaudille.

--En efecto –admitió Ceballos--.  Toda sublevación necesita un líder y ese bien puede ser ese rey coyote.

--¿Y qué está esperando el Santo Oficio para arrestarlo? –inquirió el virrey con algo de exasperación.

--El Inquisidor don Antonio de Montoya está haciendo arrestos –aclaro el arzobispo--.  Tenemos planeado hacer un auto de fe para que los mejicanos se enseñen a respetar a España.

El virrey contemplo al arzobispo con ojos entrecerrados.

--¿Dice su ilustrísima un auto de fe?

--Si, alteza, este mismo domingo.

--¿Vais a quemar indios?

El arzobispo se encogió de hombros.

--Estamos sometiendo a tortura a los que hemos arrestado.  No dudo que Montoya pronto localizara el paradero de este rey coyote y de sus acólitos, unos brujos que se llaman la Hermandad Blanca.

Los ojos de virrey brillaron.  Se vio que había cambiado de color y ahora estaba muy colorado.

--¿Quién fue el grandísimo imbécil al que se le ocurrió semejante propuesta?

Los miembros de la audiencia intercambiaron miradas nerviosas.

Aguiar apenas se sostenía en pie.  Sentía tremenda presión en la vejiga y sus uñas le empezaron a torturar con gran fiereza.

--Me temo que don Antonio a veces peca de exceso de celo, alteza…

--¡Exceso de celo!  ¡Voto a Belcebú!  ¿Qué no ve el hombre que estamos sobre un polvorín?  ¿Y la solución que propone es quemar indios?

--Si su alteza lo considera conveniente, pospondremos el auto de fe.

--¡Carajos si! 

--Con su venia, alteza –dijo un gentilhombre.

--Hablad señor conde –contesto el virrey reconociendo al conde de la legión.

--El problema inmediato no es si van a haber disturbios o no.  Eso delo por hecho, alteza.  En tal caso si hay quema de indios o no poco cambiara este hecho. 

--Pero puede apresurar la sublevacion –indico el virrey.

--Definitivamente, de ahí que lo prudente seria posponedlo como ha sugerido su alteza.  Lo que se ganara entonces será tiempo. 

--¿Y de que nos vale tal?

--Alteza, tal vez lo suficiente para que don Anselmo Bustos y sus hombres empiecen a formar tercios con los mancebos criollos y españoles de esta ciudad.  Por lo menos asegurara la plaza.

--¿Qué pensáis don Anselmo?

--Alteza, en este palacio tenemos lanzas, arcabuces, pólvora y otros menesteres de guerra.  Lo que dice el señor conde es correcto.  Podríamos por lo menos doblar nuestro número.

--Bien –decidió el virrey--, hágase tal.  Secretario, tome nota.  También escribid una carta a los gobernadores de las provincias de occidente y del norte para que manden maíz a esta ciudad de inmediato.  Don Carlos, la plaga esta solo asola el valle de Puebla, ¿verdad?

--Hasta ahora si, alteza.

--Don Carlos, adjunte vuecencia una descripción de esta plaga a la carta que irá a los gobernadores.  Secretario, apuntad que si detectan esta plaga…¿cómo se llama esta don Carlos?

--Los naturales le llaman el chahuistle, alteza.

--Si, si detectan este chahuistle que nos lo hagan saber de inmediato.  Y por lo que toca a su Ilustrísima…

--Ordene alteza –contesto el arzobispo.

--Os prohíbo que hagáis hecatombe quemando indios, por ahora.  Sacad a pasear algún santo acorde, decid misas, etcétera, etcétera.  A falta de pan dadles circo a los mejicanos, ¿entendéis?  Es todo.

Los funcionarios hicieron una reverencia y salieron.

--Quedaos, señor conde –indico el virrey.

El conde hizo una reverencia.

El virrey se planto ante el gran ventanal de su oficina.  La plaza parecía una romeria.

--¿Por qué hay tanta gente ahí?

--Es día de mercado, alteza.  Además, si veis muchos se encaminan a la plaza de Santo Domingo.

--¿Qué con ello?

--Son familiares de los que ha levantado el Santo Oficio.

--Esos imbéciles nos perderán.  

--Peor, imaginaros, alteza –dijo el conde con algo de ironía--, ahí en esa plaza tal vez este el mismo rey coyote, viéndonos, esperando el momento justo para asestarle un golpe a España.

El virrey vio con recelo a la multitud de la plaza.

--¿Tal pensáis?

--Ciertamente, alteza.  Cuentan las crónicas –el conde mintió pues había sido testigo de los hechos—de que Bruto y sus co-conspiradores solían juntarse en el foro de Roma observando las idas y venidas de Cesar al senado, esperando el momento justo para actuar. 

--Poco sosiego me dan vuestras palabras, señor conde.  ¿Tendré acaso que gobernar escoltado siempre por alabarderos, espantándome de cualquier indígena que ose aproximarse, viviendo prisionero en mi palacio?

--Por otra parte, alteza, las lluvias pronto cesaran.  Si tal ocurre esto frenara el progreso de la plaga.

--Quiéralo Dios así –murmuro el virrey.

En medio de la plaza tres indígenas vestidos de arrieros contemplaban el palacio.

--¿Ese es el virrey? –pregunto Lorenzo.

Don Raúl agudizo su vista.

--Tal creo.

--¿Cuál de los dos es?

--El virrey es el de la izquierda, el de mediana edad.  El otro tiene más pinta de guerrero que de virrey.  Mirad como se planta.  

--En efecto, se ve de cuidado el amigo –Lorenzo, por la distancia, no reconoció al conde de la legión, pero instintivamente le temia.

--Alteza –dijo el príncipe Itzcoatl, también conocido como Guadalupe--, tal parece que están doblando la guardia del palacio.

En efecto, don Anselmo dictaba órdenes a la guarnicion.  La guardia en la puerta del palacio virreinal se había doblado.

Lorenzo contemplaba con cuidado el palacio.  Las murallas eran gruesas.

--Tendríamos que tomar esa puerta antes de que la cierren.  Una vez que tal hagan no tendríamos los medios de entrar.

--Observad las espingardas en las almenas, Alteza. Pueden barrer la plaza.

--¿Cuántos españoles creéis que estén ahí?

--Yo diría unos cien.  Alteza, no tenemos los hombres para intentar un alzamiento.

--Aparentemente la gachupinada no lo cree así –sonrió Lorenzo.

--¿Y que de estas gentes? –pregunto Guadalupe--.  Hay cientos de ellos y muy pocos españoles.

--Miradlos, príncipe –dijo don Raul con algo de amargura--, pocos creo que tendrían los huevos.  Han estado sometidos por generaciones.  Y por un pedazo de pan no dudo que gritaran ¡Viva España! y derramaran la sangre de sus hermanos.

Las campanas de catedral empezaron a doblar.

--¡Y esa es la peor enemiga de Méjico! –juró Lorenzo--.  Cría cuilones y poltrones.

--¡Pero la hambruna amenaza! –insistió Guadalupe--.  ¡No puede ser que estas gentes sean tan tibios que dejarían que sus hijos se mueran de hambre sin protestar!

Don Raúl sacudió la cabeza.

--Mi señor Itzcoatl –dijo don Raul--, vos habéis crecido como hombre libre.  Sois un caballero águila. Tenéis patria, si, aun si es tan solo la cima de un cerro frio.  Conocéis a vuestros ancestros y sus glorias.  Sois por lo tanto un hombre de valía.  Estos cuilones no son tal.  No conocen su historia.  Son esclavos.  Y los esclavos no tienen patria, tienen amo.

--Olvidad la idea de un alzamiento, señores.  Si la oportunidad se presenta la tomaremos –concluyo Lorenzo--, pero dudo que tal ocurra.  Nuestra obligación es clara, hacerles llegar el toltecayototl a los mexicanos para que la profecía se cumpla, aun si esto toma 400 años más.

--Alteza, ¿pero que si esos mejicanos futuros resultan ser igual de tibios y cobardes? 

--Ojala que para entonces ya tengan huevos –dijo don Raúl.

--Quiéralo Dios así –murmuro el rey.

Monday, July 4, 2011

LVII. El Moro y su Escudero

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se relata como el moro le explica a Sancho Panza las precauciones del caso cuando se le hace el amor a una sirena.

En verdad no podía tener queja de Sancho.  En cuanto llegábamos al lugar donde íbamos a pernoctar, sea este una venta o en despoblado, él se avocaba por ver por el bienestar de nuestras montas, dándoles su pienso y aguándolas.  Conocía el fulano el camino y tenía un fino instinto.  Por lo menos esa fue mi primera impresión.

--Cuidaos su señoría que creo que vide entre los ociosos al tal Gines –observo Sancho cuando íbamos pasando por la plaza de un pueblo polvoso.

--¿Y ese quién es? –le pregunte.

--No es persona de bien, os lo aseguro.

Vide a los ociosos que nos observaban.  Todos parecían prófugos de las galeras.  Debo apuntar que no podíamos dejar de llamar la atención.  Sancho y yo íbamos montados en buenos caballos.  Llevábamos una remonta y una mula cargaba nuestra impedimenta.  Viajaba, en suma, como un gran señor con la plata que me había dado Luis XIV.  Había llegado a la conclusión que la remonta era un mal necesario.  Con ella podría apresurar el paso y evadir a cualquier perseguidor.

Espoleamos los caballos y salimos del pueblo.  Nos detuvimos en lo alto de una colina a escudriñar si nos seguían.  No vi al tal Gines o siquiera un jinete.  La resolana era intensa.  Creí divisar algo.

--Sancho, ¿veis una figura que viene por el camino con un trote peculiar?

Sancho diviso haciéndose sombra con una mano.

--Creo que así es, su señoría.  Es un hombre.  Viene solo.

Maldije no tener mi catalejo de marino.

--¡Apresurad el paso Sancho!

--¿Es un enemigo de vuestra merced?

--¡No discutáis!  ¡Espolead los caballos!

Y es que creí haber reconocido al hombrecillo con aspecto de tártaro que estaba al servicio de milady.

Seguimos nuestro paso por un buen trecho.  Cambiamos de caballo.  Era mediodía cuando nos volvimos a detener en otra colina.

Volví a observar el camino.  Creía ver al hombrecillo a lo lejos aunque no estaba seguro.  Tal cosa hubiera sido algo inaudito.   Mantener tal trote no era de humanos.

--¿Veis al fulano que nos seguía, Sancho?

Sancho arrugaba la frente y escudriñaba.

--No estoy seguro su merced.  Hay muchos espejismos por el calor.

--¿Hay alguna venta adelante donde podamos cambiar los caballos?

--Me temo que no, su señoría.  Estamos a un día de camino de Córdoba.  De aquí hasta allá es puro despoblado.

Desmontamos y guiamos nuestros animales.  No quería reventarlos.

--¿Sabéis usar esto? –le pregunte a Sancho ofreciéndole un alfanje.

--He matado marranos, señor almirante.

Medite sobre su respuesta.  Bien le podría explicar sobre todos los finos detalles sobre el arte de la esgrima que me habían tratado de enseñar los mosqueteros.  Pero decidí que sería inútil.

--Básicamente, Sancho, todo el arte de la esgrima es igual a matar un marrano.  La diferencia, sin embargo, es que el marrano porta un arma y os quera despanzurrar primero.

--Su señoría, con todo respeto, pero, ¿Por qué estamos huyendo de ese fulano?  Es solo un hombre.  Nosotros somos dos.

--Es el que llaman “el Mejicano”.  Es sicario al servicio de mis enemigos y me han advertido que es peligrosísimo.  Prefiero evadirlo.

--¿El Mejicano?  ¿Y nos dirigimos a su tierra natal?  Perdone la impertinencia su merced, ¿vuecencia conoce esa tierra?  ¿Está llena de gente así de peligrosa?

Había llegado a la conclusión que no quería dispensar con los servicios de Sancho así que decidí alimentar su imaginación.

--He ido a indias pero no he visitado la Nueva España que es uno de los tantos reinos que ahí se encuentran.  De esta Nueva España se solo lo que cuentan las crónicas.  Y si, hay fieros guerreros ahí.  Pero, os insisto, si queréis haceros de un reino y tener un harem de indias desnudas solo lo podéis encontrar ahí.

--¿En verdad andan desnudas las indígenas su señoría?

--La mayor parte de ellas sí.  Me cuentan que hay indígenas que van de la cuna a la tumba vestidas cual nuestra madre Eva, si acaso portando tan solo unas plumas y pintura corporal. 

Los ojos de Sancho brillaron. 

--Perdone, su señoría, pero ¿estás nativas son de buen ver o rollizas?

--Hay de todos tamaños pues la fauna femenina en las Indias es de gran variedad.  Me cuentan que en las montañas de la Nueva España, donde es mas frio, se prefieren las gordas pues calientan mejor una cama.  Se reputa que el tal Motecuzoma dormía bajo una docena de gordas.

El hombre se entusiasmo, tal vez por tener preferencia por las gordas, cosa muy generalizada en España donde los inviernos son crudos.  Me temo, que yo le di cuerda hilando historias cual mas fantásticas sobre las Indias.  Saque del baúl de los recuerdos todas las charlatanerías que me habían contado en mis travesías.

--Pero si, en las Indias conocí verdaderas bellezas, muy esbeltas y garbosas.  Me acuerdo que en Maracaibo ellas mostraban sus desnudeces y cuerpos bronceados sin recato alguno.  Ah, y no son bigotonas como nuestras españolas.  Tienen además muy arraigada la costumbre de bañarse muy seguido, a veces a diario, y por tal razón no huelen a borrico como las europeas.

--¿Cómo?  ¿Se bañan a diario?

--En la indias, Sancho, abundan arroyos cristalinos donde los nativos acostumbran darse sus chapuzones.  De ahí que las indígenas prefieran andar desnudas pues así se pueden echar un clavado en estos arroyos sin tener que despojarse de ningún ropaje.

--¡Vive Dios que me muero por llegar, su señoría!

--Sin embargo entended, Sancho, que, si en el trayecto, que es muy largo y tedioso a bordo de los buques que bregan esos mares, deseáis desahogaros podéis apelar bien a vuestra mano, a un grumete acomodaticio o a una esposa de mar.

--¿Dice vuecencia una sirena?

--Si, tales hay.  Repito, los marinos las llamamos esposas de mar.

--Ah muy bien.  Sepa su señoría que no, no soy dado a vicios contra natura y dudo que me apetezca utilizar un grumete.  He oído contar que esas costumbres son muy populares en Levante y entre la nobleza de los ingleses.

--De los herejes ingleses se puede esperar cualquier cosa, Sancho.  Y tenéis razón cuando habláis de Levante, tierra que yo he asolado con las depredaciones de mis galeras.  Por ejemplo, esos vicios contra natura son muy buscados en las Grecias.  Incluso, según me acuerdo de lo que aprendí en la infancia, los griegos inventaron la llamada filosofía que consiste en una serie de diálogos muy doctos sobre la belleza de los efebos que siempre acaban cuando un protagonista bebe cicuta porque fue rechazado por su Antínoo.  Por ello es que los doctores de Salamanca, los cuales también son parciales a esos vicios, los consideran los padres de la civilización occidental.  Pero eso no viene al caso pues si no hay grumete o no le apetecen tales servicios el marino siempre puede recurrir a las sirenas, algunas de las cuales son tan bellas como la misma Venus.  Sin embargo, los marinos deben de cuidarse de ellas.

--¿Por qué?

--Imaginaros la cantidad de hombres, puros marinos, la escoria de los siete mares, con que ellas se aparean.  Aseguraros que no tengan chancros en la aleta.  Eso de inmediato las delata si están enfermas. 

--¿Las debe uno revisar entonces en la parte frontal o trasera de la aleta?

--En la parte trasera, Sancho, obviamente.  También observadles bien las agallas, que se vean sanas y no estén sanguinolentas.  Pero eso no es todo.  Sabed que las sirenas no toman oro o plata por pago a cambio de entregarse a un hombre.  Después de todo, su soberano, Neptuno, es dueño de inmensos tesoros que han naufragado y caído a los abismos.  No, ellas suelen exigir el pago con clavos y velamen.  ¡Válgame Dios!  He visto buques que muy a duras penas llegaban sin desfondarse a Cartagena de Indias pues los marinos, enloquecidos de lujuria por la belleza de las sirenas, habían arrancado la mayoría de los clavos que mantenían junta la nave.  Otras naves han quedado varadas en medio del océano por haber sus tripulantes pagándoles a estas sirenas con el velamen.  Y si tenéis curiosidad si estas criaturas son mujeres en todo el sentido de la palabra, sabed que si, tienen todos los atributos necesarios.  Sin embargo, como San Pablo, tendréis que hacer a un lado las escamas para contemplar la tierra prometida.

Me asombro en realidad la extrema credulidad de mi criado, el cual tomaba como verdad absoluta todo lo que afirmaba.  Si le hubiera dicho que habían gigantes y princesas encantadas en las Indias seguro que me hubiera creído.

En el curso de nuestras conversaciones descubrí, sin embargo, que Sancho tenia todos los prejuicios de mis compatriotas. Esto salió a la luz cuando me conto como se rehusó a ayudar a recuperar un tesoro a un vecino suyo que era morisco.

--¿Y rehusasteis ayudar al tal Ricote?

--Era un moro, mi señor.

--Había sido vuestro vecino.  El oro ese que menciono lo había ganado honradamente, ¿no es asi?

El hombre se quedo pensando, rascándose la testa.

--Bueno, ahora que me lo recuerda su señoría, me sorprende que haya ganado tal oro.  Le fiaba a todo mundo y muchos eran mala paga.  Creo que yo le quede debiendo algún dinero.

--Pero no importaba esa deuda pues era solo un morisco, ¿verdad?

El hombre estaba confundido.

--Su señoría me ha dicho que los habéis combatido.

--¿A los moros?  Cierto es, he mandado a los infiernos a cientos, si no miles, con mis galeras.  Vive Dios que, si los vientos no me hubieran sido contrarios, bien hubiera podido navegar al frente de mi flota a través de los Dardanelos para jalarle las barbas al mismo Gran Turco allá en Constantinopla.

--Entonces su señoría sabe la clase de gente vil que es.

Mi sangre empezó a hervir y tuve ganas de darle un sopapo al infeliz.  Pero me di cuenta que regañarlo no serviría para nada.

--Os aseguro que los moros son tan malos y tan buenos como cualquier otro hijo de mujer, Sancho.  Su sangre, que he vertido en ríos lo admito,  es tan roja como la nuestra. 

--Tal vez así sea y ojala el buen Dios los perdone por vivir en el error.

Fue así como nos sorprendió la noche.  No había visto ya mas evidencia del hombrecillo que nos seguía.  Estábamos ya cerca de Córdoba pero, como había afirmado Sancho, la campiña estaba muy solitaria, triste.  A lo lejos se distinguía una serie de colinas coronadas con ruinas.

--Pasemos la noche en esas ruinas, Sancho.

Sancho se persigno.

--Su señoría, se dice que ahí espantan.  Es el antiguo palacio de un rey moro que tenia pacto con el diablo.

--¡Pamplinas! –dije espoleando a mi monta y encaminándome hacia el lugar.  Me importaba un bledo si Sancho me seguía o no.  Una extraña atracción me impulsaba hacia esas ruinas melancólicas.

Thursday, June 30, 2011

LVIII La Visita de Leibniz

LVIII         La Visita de Leibniz



Basilea

Jacobo Bernoulli trastabillaba y hacia esfuerzos heroicos por mantenerse erecto.  Tenia ya años que no tenia la dicha de encontrarse con su amigo Gottfried Leibniz y ambos habían celebrado la reunión bebiendo y comiendo hasta altas horas de la noche.  Leibniz había descendido, cual Júpiter del Olimpo, desde la Alemania a presentar su nueva notación en la universidad.  La conferencia había sido todo un éxito.  La facultad de matemáticas de la universidad de Basilea, de la cual Jacobo era decano, abrazo con entusiasmo la notación de Leibniz

--¿De donde os inspiro el inventar tal notación? –le pregunto Bernoulli.

--Veras, Jacobo, –dijo Leibniz elevando un taro de cerveza y eructando--, a mi siempre me ha interesado el oriente.  Incluso me enseñe a leer y escribir en chino…

--¿En chino?  ¡Válgame Dios!

--No fue fácil –admitió Leibniz--, me tomo varios años y, claro, en Alemania hay muy pocos chinos.  Solía yo ir a Bremen de vez en cuando a ver si acaso veía desembarcar de un buque a un hijo del celeste imperio que estuviera dispuesto a ayudarme a aprender su lengua.  Me temo que las mas de las veces cuando me encontraba un chino se trataba de un fulano que no sabia leer y escribir.  Ah, pero en una ocasión me tope con todo un erudito, un tal Fang Tsen, embajador del emperador chino antes los príncipes alemanes.  Este amigo pertenecía a la clase de lo que allá llaman mandarines y son los burócratas que gobiernan en nombre del emperador.  Reciben una educación esmerada y tienen conocimientos de las ciencias y de las artes.

--Eso es muy interesante, Gottfried, pero, ¿Qué diablos tiene que ver con tu notación?

--Todo, tiene que ver todo, Jacobo.  Con la ayuda e instrucción y extrema paciencia de don Fang pronto conocí los rudimentos de su lengua.  Y el caso es que aprendí que su escritura consiste de ideogramas, de los cuales parece que hay miles.  Sin embargo, pueden presentar las ideas mas complejas con tan solo unos cuantos de estos.  Eso me inspiro que un ideograma seria la mejor representación de una idea matemática.

Jacobo levanto su tarro y brindo.

--¡Pues brindo entonces a la salud de don Fang!

Jacobo busco entre sus ropas la llave de su casa.  Después de mucho esfuerzo la encontró.  Vivía solo. 

Jacobo entro.  Prendió una bujía.  Normalmente, se hubiera ido directamente a su recamara a buscar refugio en su lecho mientras pasaban los efectos del alcohol.  Algo lo hizo vacilar.  Se dirigió a su despacho.

El lugar era un desorden, mas de lo acostumbrado.  Habían cajones abiertos y desparramados por todos lados.

A Jacobo se le helo la sangre.  El Gran Maestre de los iluminados tenia muchos secretos.  Y si se revelaran…habría muertos.

Jacobo se dirigió a su escritorio.  Este era un mueble formidable, de caoba, con múltiples cajones.  Busco en una esquina y presiono un botón oculto.  Se abrió un compartimiento de buen tamaño, inaccesible de otra manera e invisible a simple vista.  Jacobo alumbro dentro de este.

--¡Gott im Himmel! –juro y cayo pesadamente en su sillón presa de pánico y temblando.

Su correspondencia con von Tschirnhaus y las breves notas que le había mandado “Hypatia” desde la Nueva España faltaban.

Segundos después sus instintos lo impulsaron a alumbrar la habitación.  Quien quiera que haya descubierto el compartimiento tenia que ser un adversario formidable y tal vez letal.  Los pelos se le erizaron a Jacobo.  Bernoulli era un cincuentón, panzón, un erudito, no era un hombre de acción.  Si el ladrón estaba todavía dentro de su casa, Jacobo era hombre muerto. 

Jacobo recorrió con precaución el resto de su aposento.  A veces creía detectar un ruido leve.  Pero no, no encontró a nadie. 

Al final salio de su casa.  Desde el dintel de su puerta observo la lóbrega y solitaria callejuela.  Era invierno.  Había nevado.  Jacobo creyó detectar unas huellas en la nieve que no, no eran suyas.  Se dirigían hacia el centro del pueblo.  Jacobo se dirigió tras de estas huellas con toda la prontitud que su obesidad le permitía.  Eventualmente creyó divisar al autor.  Una figura vestida en negro se veía a lo lejos caminar con prestancia y agilidad.  Su traje recordaba algo la vestimenta de los jesuitas aunque el hombre portaba una espada. 

Tal vez el hombre de negro tenia ojos en su espalda pues se volteo y encaro a Jacobo a media cuadra.  Estaba esbozado.  El hombre de negro desenvaino su alfanje con una facilidad y elegancia y Jacobo tuvo una premonición de muerte.

El hombre de negro alzo un dedo como dándole una advertencia a Jacobo.  El mensaje era claro.  Si Jacobo quería seguir vivo mas vale que se diera media vuelta.  Jacobo no tenia arma alguna.  Sabiéndose vencido, Jacobo se regreso con premura a su casa y se encerró en ella a piedra y lodo.


Wednesday, June 15, 2011

LIX La Clepsidra de Mercurio

LIX          La Clepsidra de Mercurio


Donde hay un encuentro nocturno en una calle de la Ciudad de México Tenochtitlan

Ha caído la noche en el valle de México.  La oscuridad es casi total.  El chipi chipi de la tarde se ha convertido en una lluvia constante e inclemente.  Las gotas caen en los tejados de las casas señoriales adornadas con el escudo de un noble de castilla.  Igual mojan las torres de la catedral.  Caen sobre los modestos jacales de los indios y sobre las ruinas olvidadas de antiguos palacios y teocalis de los soberanos mexicas.  Las aguas se juntan y corren por las empedradas calles de la capital formando verdaderos arroyos que van a parar a la gran laguna que todavía rodea la ciudad.  El viento arrecia en esta y sus aguas se embravecen.  A bordo de las canoas de los trajineros que llevan toda clase de comercio a la ciudad desde los pueblos que bordean a la laguna los tripulantes se persignan y bogan con fuerza para buscar el cobijo de la orilla.  Apenas unas cuantas teas, protegidas de la lluvia, alumbran el primer cuadro de la ciudad.  La ronda de alabarderos hace su recorrido.  Se oye de vez en cuando una consigna con voz tétrica que emite uno de los de la ronda:

--¡Son las dos de la mañana y a Dios gracias no hay novedad!

Dos figuras esbozadas caminan por sigilo por las tétricas calles.  Evitan con éxito a la ronda y entran con toda precaución al patio de la yerberia de la calle de la Moneda.

--¡Abra doña Xochitl! –exclama Lorenzo tocando el pesado aldabón de la puerta.

Tal hace Xochitl reconociendo la voz del soberano de Anahuac y los dos esbozados entran, todos empapados al sótano de la yerberia.  Lorenzo se descubre y Xochitl lo abraza.

--¡Válgame Dios!  ¿De qué se trata esto?

Lorenzo sacude la cabeza.

--Cosas de mi patrona….ya viden lo terca que es.

El segundo esbozado se despoja de sus abrigos.  Es Sor Juana.  Esta vestida como un mozo y trae el cabello a rape.

--Tenia que venir hoy.  Son demasiadas mis dudas.

--¿Recibió madre nuestro último sumario? –pregunta el monje Fray Mateo.

--Precisamente, tal hice, Fray Mateo.  Y esa es una de las razones por las que vine  --dijo Sor Juana produciendo varios manuscritos de una alforja--.  El problema que tengo es que no entiendo la medición del tiempo.  Puedo aceptar, y probablemente aceptare, la medición tal y como se me presenta en estos pergaminos.  Pero me daría más confianza si entendiera  exactamente como lo median los mexicanos de la antigüedad.

--Se que dividían el día en veinte porciones –dijo doña Xochitl.

--Creo que yo puedo contribuir algo que recuerdo leí en los anales de Xochicalco –ofreció Fray Mateo.

El monje agarro un pedazo de papel en blanco y una pluma que mojo en tinta.

--Recuerdo leer una descripción de un aparato para medir el tiempo.  Utilizaba lo que los antiguos llamaban el agua de plata, la cual era aparentemente bastante pesada.

--¡Mercurio! –exclamo Sor Juana.

--Tal vez –admitió Fray Mateo— hay veneros de ese elemento en tierra de los chichimecas.  El caso es que mencionan un instrumento de flujo constante impulsado por el gotear de esa agua de plata.

--Suena a una clepsidra –dijo Xochitl.

--Ustedes me dirán –contesto Fray Mateo--, la crónica esa se estaba cayendo a pedazos cuando la copiamos.  Era yo muy joven y la recuerdo por que fue uno de mis primeros encargos.  El aparato funcionaba constantemente como en una especie de movimiento continuo.  Se mencionaba que todo el instrumento se ajustaba para apuntar siempre a Tollan y obtener la desviación temporal a partir de ese lugar.

--En tal caso se trata de un descubrimiento paralelo a lo que describe Isaac Ibn Sid en el Libro del Saber de la Astronomia –explico Sor Juana--.  Habla de una clepsidra de mercurio que igual permitía una medición del tiempo muy precisa y que siempre apuntaba a Toledo, donde el rey Alfonso el Sabio mantenía su observatorio.  El problema entonces es saber donde estaba Tollan.

--¿Y que de ello? –pregunto Xochitl.

--Verán, con los últimos sumarios creo tener bastantes datos ya para atreverme a usar el modelo de Kepler y predecir la órbita de Rahu.  Pero me ayudaría saber la localización de la mítica Tollan.  Tal parece que todas las observaciones se basan en un horario que varia a la distancia del meridiano en que se haya encontrado esta.

--Teotihuacan seria la más posible localización –sugirió Fray Mateo.

--¡Señores! –exclamo Lorenzo que hasta ahora no había dicho una palabra mientras los sabios discutían--.  Esa conversación ya la tuve una vez con mi padrino, don Diego.  Teotihuacan, él creía, no era Tollan.

--Tal es cierto –dijo Xochitl--.  Mi padre no creía que Teotihuacan tenía la antigüedad necesaria.

Fray Mateo extendió un mapa en papel amate del antiguo Anahuac.

--Este mapa lo preparo la hermandad para el emperador Moctezuma Xocoyotzin.  Muestra las rutas de los pochtecas, las guarniciones mexica en tierra caliente, y las ciudades del sur.

--Si la legendaria Tollan era tan importante –observo Sor Juana—debería de estar en un punto estratégico, accesible a todo Anahuac.

--Según mi padrino Tollan era un paraíso –añadió Lorenzo—y no frio como Teotihuacan.  Tiene que estar en tierra caliente.

--Solo hay una posibilidad entonces –sugirió Xochitl en voz queda--.  La ciudad Serpiente-Jaguar, aquí en el Coatzacoalcos.  Esta hoy en ruinas, todas cubiertas de maleza, sin embargo os aseguro que es un lugar donde los dioses todavía gobiernan.  Y si, es tierra caliente, el suelo es feraz y el agua abunda.  

Su dedo se poso en el mapa.  Era obviamente el centro de Anahuac, equidistante al altiplano, al mayab, y a Guatemala.

--Es posible –observo Lorenzo--.  Leí que Axayacatl mando una legión a conquistar el lugar y fueron rechazados en este punto, Cuilonimiquiztlan.  Los soldados mexicas se replegaron a los cerros de Catemaco y ahí se fortalecieron y establecieron una colonia.  Es evidente que los gobernantes de la gran Tenochtitlan seguían teniendo interés en el lugar si situaban una guarnición en su cercanía.

--Mas aun –recordó Fray Mateo--, el rey Ce Acatl Topiltzin Quetzacoatl hizo una peregrinación al lugar, la Ciudad Serpiente Jaguar, siglos antes de que surgiera la gran Tenochtitlan.  Hizo sacrificios a los dioses y recibió instrucción de los ancianos del lugar.  Fue así que obtuvo el derecho de añadir el nombre de Quetzacoatl a sus títulos.  Según las crónicas fue del Coatzacoalcos que el Quetzalcoatl original se embarco para no regresar mas.

--Sea entonces, basare mis cálculos en que todas las cronologías son a partir del meridiano del Coatzacoalcos –concluyo Sor Juana.

--¿Y qué si no es ahí madre? –pregunto Lorenzo.

--En tal caso, mi modelo se vendrá abajo.  O, si funciona, tendrá errores y la predicción de la órbita de Rahu será falaz –contesto Sor Juana.

--¿Requiere más datos madre entonces? –pregunto Fray Mateo.

--Dadme lo que juntéis esta semana y no mas –pidió Sor Juana--.  Estamos arriesgando mucho con tener estos papeles en este lugar y entre más pronto los regresen a Texcoco, mejor.

--Sea, el domingo empacaremos –anuncio Fray Mateo.

--Vámonos yendo entonces madre –dijo Lorenzo calzándose su abrigo y asegurando que su toledana estaba en su lugar--.  Las calles son muy peligrosas de noche.

Lorenzo y Sor Juana volvieron a adentrarse por la calle de la Moneda.

--Tenemos que abreviar el paso, Lorenzo –observo Sor Juana--.  Tengo que estar en el convento para el primer toque a misa.

--En tal caso tendremos que pasar por la calle de las cantinas, madre.  Están abiertas hasta altas horas de la noche porque el ayuntamiento recibe cochupo de estas.

--¡Válgame Dios!

--No dudo que nos encontraremos unos borrachos.  No les haga caso y camine cerca de mí, por el amor de Dios.

Afortunadamente la lluvia había amainado.  Pronto entraron Lorenzo y Sor Juana a la calle en cuestión desde donde varios establecimientos de mala muerte estaban todavía abiertos.  Algunos borrachos trastabillaban al salir de estos.   Sor Juana los contemplaba con cierto horror.

En eso salió un grupo bullicioso de uno de los lupanares.  Lorenzo y Sor Juana apresuraron el paso tratando de esquivarlos.  Pero no tuvieron éxito.

--¡Ese don Lorenzo!  ¡Vengase a tomar con los pobres!

A Lorenzo se le helo la sangre reconociendo al Faisán.  Con él se encontraba el Osito.  Pero lo que más lo hizo temblar fue reconocer al conde de la legión que sostenía al definitivamente alcoholizado inquisidor Montoya. 

--Tengan buenas noches sus mercedes –respondió Lorenzo--.  Siento mucho que no podemos dilatarnos con sus señorías.  Tengo que escoltar a mi patrón a su aposento.  Tal vez otro día, con mucho gusto.

--¡Y tiene razón!  ¡Jic! –exclamo el inquisidor trastabillando y acercándose a Lorenzo y Sor Juana--.  ¡Yo ya no valgo dos bledos!

--Patrón, por favor, no lo tome vuecencia como desaire --le suplico Lorenzo.

Pero el inquisidor era de esos borrachos tercos.  Se acerco a Sor Juana y la agarro por el abrigo, descubriéndola, y poniéndose a llorar en su hombro.

--¡Es que esa desgraciada…ya me desgracio!

--¿Qué tiene este buen hombre? –pregunto Sor Juana tratando de enronquecer la voz para aparentar ser un mozo.

--¿Y quién es su patrón don Lorenzo? –pregunto el Faisan.

--¡Es que estoy herido de muerte! –aulló el inquisidor.

--El patrón anda volando bajo –explico el osito.

--¿Lo conozco caballero?  --pregunto el conde.

--Ah, mi patrón es… --trastabillo Lorenzo.

--Don Filoteo de la Cruz, señores, cristiano viejo, caballero de la orden de Tais y de Lucrecia, recién llegado de España, para servir al rey y a Dios –contesto Sor Juana.

--Ah que don Filoteo –se rio el conde--.  Vera, aquí al amigo Montoya me lo acaban de regañar feo.  El señor arzobispo lo puso como al perico.  Creo que lo más probable es que lo embarquen en Acapulco para que esté a cargo de un leprosario en las Marianas.

--¡Y todo por culpa de esa musa!  ¡Ay!  ¡Mi suerte es tan funesta!  ¡Nacida de las sombras de la noche, jic, como mi destino!

--Pos le ofrecimos que si se echaba una cana al aigre antes de que se fuera al leprosorio nosotros lo escoltaríamos –explico el Faisán.

--¡Me negué a, jic, quemarla!  ¡Que se vaya al diablo el arzobispo!  ¡Cómo podría hacerle algo a ella, a ese, jic, intelecto!  ¡Tan rutilante, jic, como las estrellas!

--Una última parranda es lo menos que se merece el patroncito –añadió el Osito.

--No creo que llegue a Acapulco vivo –explico el conde--.  Se le ha roto el corazón.  Va a morir de amor.

-- Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano (jic).
Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece –recito el inquisidor.

--¡Válgame Dios!  --exclamo Sor Juana reconociendo sus rimas.

--¿No les digo?  La monjita trae volando bajo al patroncito –dijo el Faisán--.  Ya no piensa derecho y hace cada barbaridad.

--Es que la monjita esa esta guapita, no cabe duda –observo el Osito--.  Yo que él me la hubiera robado del convento y le hubiera puesto casa.

--¡Ya le dije antes que respete! –exclamo Lorenzo con indignación.  Su mano se poso en su toledana.

--¡Por Dios! –Exclamo Sor Juana--.  Esto no amerita que se derrame sangre.

--¿Sangre?  ¡Que se derrame la mía! –dijo el inquisidor--.  Dígame, don Filoteo, ¿usted es diestro con la toledana?  ¿Me haría vuecencia el gran honor de cruzar acero conmigo y matarme?

--Bueno –se rio el conde de la legión--, veamos la sugerencia del inquisidor desde el punto de vista que morir aquí en México sería mejor que ir a morir en las Marianas.  Es más, don Filoteo, tenga usted mi toledana.

El conde le extendió la toledana a Sor Juana y Sor Juana la agarro con mano temblorosa.

--¡Señores por favor!  --exclamo Lorenzo.

--Esto es asunto entre españoles –advirtió el conde.

--Si, don Filoteo –dijo el inquisidor agarrando la punta de la espada y poniéndosela en el pecho--.  Entiérremela vuecencia aquí mismo.  ¡No quiero acabar entre los leprosos!

--Seria una caridad si le da la muerte, don Filoteo –dijo el conde sonriendo.

--¡No me pida usted eso! –contesto Sor Juana.

--¿Me desprecia caballero? –dijo el inquisidor observando con cuidado a Sor Juana--.  Válgame, jic, Dios.  Vuecencia se parece a ella incluso.  ¿Sois acaso familia?  No se ofenda, caballero, pero sois bastante guapo.  Si yo fuera parcial al vicio griego le echaría, jic, los perros.   Deme la muerte entonces, así se me figurara que es ella la que me mata.

Sor Juana dejo caer la espada con horror.  Lorenzo desenvaino la suya.

--¡Acabemos señores con un carajo! –juro Lorenzo.

--¡Maldita sea mi suerte! –exclamo el inquisidor--.  Acabare entre los leprososos.

--Ni modo, tal parece que así será –dijo el conde carcajeándose y poniendo fin al lance--.  Baje esa espada, don Lorenzo, aquí no ha pasado nada.  Señores, dejemos ir a don Lorenzo y a su patrón don Filoteo.  Ademas, traigo conmigo todavía una bolsa llena y nos quedan todavía unas horas y mas cantinas que visitar.

--Ah, ¿le seguimos?  --exclamo el Osito sonriendo.

--Pos para eso estamos, ¿no?  --sentencio el Faisán.

Sor Juana se volvió a cubrir y se acerco al conde.

--Señor conde, si sois quien sois, sabéis quien soy…

--No hay más que decir…

--En tal caso, cuidad a ese infeliz bruto.

--Tal hare.  No os preocupéis.  Después de todo, ya sufren bastante los leprosos como para que encima les caiga este fulano.

Tuesday, June 14, 2011

LX. Aramis Tras el Moro

LX.          Aramis Tras el Moro

Donde se discute si los reyes o la santa madre iglesia es mas generosa con los que le sirven


Billote, el criado de Aramis, reacciono violentamente, emitiendo gemidos como un alma en pena y jalándose los cabellos.

--¡Diablos! –contesto Aramis--.  A mí tampoco me apetece un viaje a través del océano.  Es por eso que debo interceptar a Santa Cruz antes de que salga de España.

--¡Dicen que en la Nueva España hay unos indios horribles que os comen vivo! –insistía Billote chillando y temblando como una novicia.

--¡So bruto!  ¡Cobarde!  --juro Aramis--.  ¡Os digo que no tiene que llegar a eso!  Ea, estoy perdiendo tiempo.  Ayudadme siquiera a encinchar mi caballo.  Me han indicado que se le vio a Santa Cruz en el camino a Compostela.  Se dirige al interior de la península.  Me será entonces fácil encontrarlo.

De mala gana Billote ayudo a su patrón a aprestarse a marchar.  No hizo, sin embargo, ningún esfuerzo en preparar su mula.

--Ah, ¿con que es así? –observo Aramis ya montado en su alazán.

Billote se rehusaba a ver a su patrón de frente.

--Os debería de atravesar con mi espada –dijo Aramis--.  Sabéis demasiado de mis secretos.  

Billote agacho la cabeza y se persigno como quien espera la muerte.

--Pero, ¿Cuánto tiempo me habéis servido?  ¿Veinte años?  ¿Y ahora me resultáis un poltrón y un cobarde?  Habla mal de mí por no haberos reconocido como tal antes.  Bien, si seguís queriendo estar a mi servicio, volveos a Arles.  Id con el obispo ahí.  Es jesuita también.  Poneos a sus órdenes y esperadme.

--Su señoría, yo… --intento decir Billote.

Por toda respuesta Aramis le dio una patada  que lo tumbo al suelo.  Luego Aramis arreo su caballo en dirección al sur.

Tenía razón Aramis en pensar que una vez dentro de España le sería fácil encontrar al moro.  En cada iglesia, cada parroquia que se encontraba en su camino era cuestión tan solo de presentarse y mencionar que estaba al servicio directo de su santidad para que se le dieran toda clase de facilidades.  En las iglesias donde un jesuita estaba a cargo Aramis mostraba discretamente su anillo, el mismo que había portado Loyola, el fundador de su orden.

--Vide a tal fulano pasar por aquí hace exactamente una semana, su señoría –le dijo un colega de la orden en un pueblo de La Mancha de cuyo nombre nadie parece acordarse--.  Viene acompañado de un criado, un fulano de este rumbo al cual reconocí.  Se llama Sancho Panza. 

--¿Hablasteis con el criado?

--Poco pero sustantivo.  Menciono que estaba al servicio de un almirante y se dirigía a la Nueva España donde regenteara sobre un harem de indias desnudas.  Sancho suele ser muy indiscreto.  Pero su amo se dio cuenta que estaba hablando conmigo y le callo la boca de un sopapo.

--¿No dijeron a donde se dirigían?

--No.  Y no pude preguntarle ya.  Sin embargo, sabed que no sois el único que ha estado preguntando por este fulano Santa Cruz.

--¿En verdad?

--Unos alguaciles se presentaron un día después y me buscaron para inquirirme si había visto al fulano.

--¿Alguaciles?

--Si.  Traían toda una escolta de alabarderos y hasta un notario.  Tal parece que este fulano Santa Cruz tiene enemigos poderosos también en la corte de nuestro rey, que Dios guarde.

Aramis se rio.  Aparentemente doña Catalina y sus hijos, que tenían contactos en la corte, también se habían enterado del regreso de Santa Cruz.

--Escuchad.  Pronto seguramente se presentaran otros dos forasteros.  Uno es un hombre barbón y formidable.  Viene acompañado de una mujer rubia bellísima.  Por el bien de la orden y de la santa madre iglesia, decidles que os habéis enterado que este Santa Cruz ha tornado al oriente, pues planea embarcarse ya sea en Vigo o en Portugal.

--Tal hare mi señor Aramis –dijo el jesuita inclinando la cabeza.

--Y si podéis, también avisad al santo oficio de la presencia de este hombre y esta mujer.  Son protestantes.  Ella es inglesa y él es hugonote.

--¡Por supuesto! –respondió el jesuita con horror.

Aramis continúo su camino y unos días más pernoctaba en la sacristía de otro pueblo polvoso.

Era de madrugada.  Aramis trato de seguir simulando que dormía.  Sabía por instinto que no estaba ya solo en la habitación.  Bajo su almohada estaba un pistolón.  Su espada se encontraba en la silla junto a su cama.  Pero era evidente que el intruso había sido capaz de entrar sin causar ruido.  Tan solo una leve e inevitable corriente de aire había alertado a Aramis que ya no estaba solo.

--Bien, señor de Aramis, sincerémonos –dijo una voz hablando francés con un acento que Aramis no reconoció--.  Vuecencia sabe que estoy aquí.  No tiene caso que busquéis el pistolón bajo vuestra almohada.  Está en mis manos.  Y no sois lo suficientemente rápido para haceros de vuestra espada antes de que os mate.

¿El hombre se había no solo introducido en su habitación sino que además había quitado el pistolón bajo su almohada sin despertarlo?  Aramis sintió por un momento una premonición de muerte.

Una bujía se prendió.  Aramis se incorporo de su lecho y encaro al intruso.

--Estoy a su disposición señor, quien quiera que sois –dijo Aramis con aplomo--.  Si me vais a matar, dejad siquiera que me persigne antes.

El intruso estaba esbozado y le apuntaba con el pistolón.  En su otra mano sostenía una cimitarra turca.

--¿Y dejar que al persignaros busquéis un cuchillo oculto en vuestro pecho y me lo aventéis?  No, señor Aramis, he estado en el gioco por años.  Conozco la clase de hombres que son los agentes al servicio de su santidad.  Repito, si os quisiera muerto ya estaríais en estos momentos en el purgatorio.

--¿Sois también un agente?  ¿Quién sois?

El hombre dejo caer el bozal y alzo la bujía para revelar su rostro.  Era un fulano cobrizo con una barba rala y ojos rasgados.

--Me dicen “el Mexicano”.  Vos me conocéis.  He servido a milady y a Rochefort.

--Ah, ciertamente.  Se que sois letal.  Obviamente ese apodo no es vuestro nombre, caballero.

--No.  Mi verdadero nombre es Xiucoatl.

--Bien, señor Xiucoatl, ¿Qué deseáis de mi?

--Seguís la huella de Santa Cruz.

Aramis se encogió de hombros.

--Media Europa sigue la huella de ese fulano, como ya os habéis dado cuenta.  Por cierto, ¿qué de vuestros patrones?

--Por lo que toca a mis patrones, huelga decir que la inquisición los persigue.  Andan desperdigados y a salto de mata.  Me imagino que el santo oficio recibió una denuncia de su presencia.  Seguramente usted fue el autor de esta, ¿verdad?

--Se me ha acusado de peores cosas, señor Xiucoatl –sonrió Aramis.

--Yo era la vanguardia de milady y Rochefort pues viajo más rápido a pie que ellos en su carroza.  Logre encontrar la pista de Santa Cruz e inclusive lo logre divisar a una legua tan solo de mí.  Sin embargo, el muy taimado se percato de mi presencia y espoleo sus caballos y se me perdió.

--¿Se dirige entonces todavía al sur?

--Definitivamente.  Creo que buscara embarcarse en el Guadalquivir.

--Igual creo yo.  Bien, señor Xiucoatl, ¿que buscáis de mi?

--Si os dirigís a la Nueva España me gustaría acompañaros.

--¿Entraríais a mi servicio?

--No, yo ya desperdiciado mis mejores años al servicio de europeos, reyes, obispos y demás poltrones.  Seguramente os imagináis la cantidad de lances, asesinatos, y duelos en los que he estad involucrado.  Y por toda recompensa solo tengo cicatrices y las ropas que porto.  No, señor Aramis, no seré vuestro criado pues soy también un caballero, tal como se estilan estos en mi patria.  Os ayudare, si, en buscar a este Santa Cruz y tal vez despacharlo antes de que se embarque a la Nueva España.  En todo caso solo deseo que el papa me recompense con un pasaje de regreso a mi patria y una pequeña gratificación extra que me permita morar sobre la tierra echando panza sin tener que involucrarme en mas san quintines.

--¿No era generosa entonces milady?

--Definitivamente no. 

--Bien, Roma no es tacaña y os sabrá recompensar.  Buscadme al amanecer y partiremos juntos.

Xiucoatl hizo una reverencia y salió en silencio de la habitación.