Donde el último de los Austrias es amado por una hija de la casa de Orleans.
Palacio del Escorial
María Luisa de Orleans, reina de España y esposa del rey Carlos II, entro en las habitaciones de este. Un olor a excremento le asalto el olfato. La reina de inmediato toco una campanilla. Un paje se presento. El rey roncaba sonoramente en su lecho.
Saturday, June 11, 2011
Friday, June 10, 2011
LXIV. Los Hermanos del Moro
Donde Doña Catalina le rinde cuentas a Belcebu
--¿Y bien? –pregunto Fernando de Santa Cruz.
Su hermano mayor, Alvaro, entrego a un paje su capa flecada de copos de nieve. Afuera de la casona de Sevilla arreciaba una tormenta invernal inusual. Alvaro se dirigió a una gran chimenea donde un tronco gigantesco ardia.
--¿Todavia esta viva mamá? –fue la contestación de Alvaro.
--Apenas. Pero, me teneis en ascuas. ¿Qué arreglasteis?
--El Andaluz acepto el encargo –dijo con voz queda Alvaro--. Nos va a costar un ojo de la cara pero creo que vale la pena. Si Pedro vive puede soltar la sopa acerca de nuestro linaje.
Alvaro contemplo la lujosa sala de la casona de la familia Santa Cruz.
--No me apetecería perder todo esto –continuo Alvaro--, o peor, acabar en la pira o sirviendo a nuestro amadísimo rey remando en las galeras.
--Tampoco a mi –admitio Fernando palideciendo al imaginarse estar remando encadenado en una galera.
El tercer hermano, don Luis, se presento.
--Hermanos, nuestra madre nos llama. Creo que es hora.
Los tres hermanos entraron a la alcoba de doña Catalina. La mujer estaba a punto de morir. Una sirvienta y un cura se encontraban junto a ella.
--Dejadnos solos –ordeno Alvaro.
Los tres hermanos se congregaron alrededor del lecho. Doña Catalina abrió los ojos.
--Madre –le dijo quedamente Alvaro--, ya me arregle con un matarife que llaman el Andaluz. Tiene muchos hombres a su mando. Estad tranquila. En cuanto el moro entre a Sevilla el Andaluz y sus hombres se encargaran de él.
La mujer no dijo nada pero un brillo de furia ilumino sus ojos al oir mencionar al moro. Luego pareció como si la luz de estos se fuera desvaneciendo poco a poco. Alvaro le cerro los ojos. Los tres hermanos se persignaron.
Luis, el menor, dejo escapar un sollozo.
--¿Tenemos que usar al Andaluz? –pregunto don Fernando, el cual estaba mas preocupado por el moro que por perder a su madre.
-- Todo parece indicar que nuestro queridísimo hermano pasara por Sevilla –contesto Alvaro--. Si tal hace, el Andaluz y su gente son nuestra mejor carta. Conocen todos los callejones de la ciudad y no tienen empacho en derramar sangre a cambio de plata.
--¿No hubiera sido mejor solicitar mas medios al conde? –insistio Fernando.
--No –dijo Alvaro--, acordaos que mi señor, el conde de Medinaceli, es el que verdaderamente gobierna España y tuvo por fuerza que aceptar el reto que Francia hizo en la proclama del gioco. Afortunadamente por mi cercanía con el conde me entere del regreso de nuestro querido hermano y se me concedió el encargo de eliminarlo.
-- Nuestro rey, que Dios guarde, es un idiota al que poco le importaría si un correo de Luis XIV se pasea por España –dijo Fernando.
--Cierto, pero Medinaceli sabe que no le conviene a su gobierno que Luis XIV nos humille otra vez –explico Alvaro--. Pero ya bastante de la plata del rey hemos gastado en buscar a nuestro hermano sin exito. Si le pido mas medios a Medinaceli, me los negara y me llamara incompetente. Y eso, Fernando, seria el principio de nuestro fin.
--Pero el caso es que Pedro sigue libre. El desgraciado se nos ha hecho ojo de hormiga. Se nos escapo igual hace años –recordo Fernando--. Acordaos del maldito jesuita nos dejo malferidos a los tres.
Alvaro maldijo quedamente recordando como Aramis había facilitado la huida del moro en la tienda de Bellini.
--Ademas, me preocupa nuestra cercanía con Medinaceli –añadio Fernando.
--¿Por qué? –pregunto Alvaro.
--No es el primer ministro que cae –respondio Fernando--. Acordaros de Nithard. La reina aborrece a Medinaceli.
--No importa –respondio Alvaro--. La reina tiene la desventaja de tener que cuidar a ese idiota, igual que Juana la Loca estaba atada el cadáver de su marido.
Fernando sacudió la cabeza.
--Cierto, pero no me queda duda que la francesita esta es formidable. Tiene la sangre de los Luises. Fue la que convenció al rey que mandara investigar a la inquisición por el auto de fe de 1680.
--¿Y que con ello? --pregunto con escepticismo Alvaro--. Los curas siguen haciendo chicharronizas y quemando infelices sin las suficientes pruebas.
--Si, pero no cualquiera se pone contra Roma como lo hizo la francesita –observo Fernando--. No dudo que doña Maria Luisa desee asumir el gobierno en nombre de su marido. Y ese seria el fin del conde y este nos arrastrara en su caída. Ademas, ¿estais seguro que Medinaceli no sospecha nada sobre nuestro linaje? Si caen en sus manos los papeles que porta Pedro de inmediato nos mandara a arrestar.
--Hermanos, ¡por favor! –interrumpio don Luis todo lloroso--. ¡Acaba de morir nuestra madre y vos pareceis mas interesados en matar al moro que en ver por ella!
Fernando se encogió de hombros. Era un hombre duro y suspicaz. Ademas, pensaba que Belcebu ya había recibido cariñosamente a su madre.
--Medinaceli no tiene por qué sospechar –contesto Alvaro ignorando también a Luis--. Siempre le hemos sido fiel y el conde nos ha recompensado por ello generosamente. Ademas, la ascendencia y limpieza de sangre de nuestra familia esta plenamente documentada en los papeles que nuestro padre dejo. Según estos somos cristianos viejos, descendientes de nobles visigodos. Buen dinero pagaron nuestros abuelos por hilvanar esas fabulas. No os preocupéis, hermanos. El Andaluz se encargara del moro y el secreto que porta nunca saldrá a la luz.
Thursday, June 9, 2011
LXV. El Trono de San Pedro
“Con el fin de que todos seamos uniformes en nuestras creencias…si la Iglesia define que algo es negro, aun si a nuestros ojos aparece blanco, nosotros de igual manera lo reconoceremos como negro…” – Regla 13 de “Las Reglas para Pensar de Acuerdo a lo que Dicta la Santa Madre Iglesia” de San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas.
Roma - en los días en que el moro regresaba a España.
El General de los Jesuitas, el llamado “papa negro”, Charles de Noyelles, se persigno antes de tocar en las habitaciones del papa.
--Nos encontramos, Giacopo –le dijo de Noyelles a su secretario, un joven sacerdote jesuita--, entre Scylla y Charibdis. Por una parte nuestro voto de obediencia a su santidad nos obliga a ser sus mas fieles soldados. Y por otra parte su alteza real, Luis XIV, insiste en la supremacía de la corona en tierras de Francia. Me temo que la Compañía acaba mal sirviendo a ambos señores. El papa me ha convocado con urgencia. Bien puede ser que hoy Su Santidad me ordene ajusticiar.
--Rezare por su señoria –contesto Giacopo en voz queda.
--Tal haced. Convertiros en una sombra y vigilad. Si me veis salir escoltado por los suizos y en grilletes haceos escaso y dad alerta a la orden.
De Noyelles fue escoltado con prontitud ante Su Santidad. El jesuita se hinco y beso el anillo que le extendió el papa.
El sucesor de San Pedro se llamaba Inocencio XI. Era un hombre sesenton, nativo de Como, y, a diferencia de sus antecesores del renacimiento, escaso de carnes y sobrio.
El papa miro suspicaz al jesuita.
--¿En que puedo servir a Su Santidad?
--Estais muy palido, de Noyelles –dijo sonriendo Inocencio--. ¿Quereis un vaso de vino?
Sin esperar respuesta el papa mismo lleno dos pesadas copas de plata con un vino tinto. De Noyelles tomo el vaso que el papa le paso sin tratar de dar mostrar su recelo. No hubiera sido la primera vez en que el veneno se utilizaría en el vaticano para deshacerse de alguien.
--Gracias, Su Santidad –dijo de Noyelles bebiendo un sorbo (y murmurando una plegaria). Inocencio XI lo vio fijamente mientras se lo tomaba, cosa que helo la sangre de De Noyelles.
--Decidme, De Noyelles, ¿Qué diablos se cree Luis XIV? ¿Habeis leído su edicto?
--¿La Declaration du Clergé de France? Si, Su Santidad.
El papa hizo una señal de fastidio.
--¿Qué carajos cree que esta haciendo ese fulano? ¿Habeis leído sus argumentos?
--Si. Insiste en limitar el poder de Su Santidad, aun sobre los obispos de Francia.
--Estoy meditando excomulgarlo –dijo con voz amenazante Inocencio.
--Su Santidad, es mi deber advertiros de los peligros latentes de tal acción. Luis bien buscaría igualar a Enrique VIII.
--¿Crear un cisma y fundar una Iglesia de Francia como la Inglesa?
--Es muy posible. Su alteza es un hombre caprichudo y muy celoso de sus prerrogativas.
--¿Y cuales serian esas? ¡Yo soy el sucesor de San Pedro, vive Dios!
--El origen de todo este embrollo, Su Santidad –explico De Noyelles con voz tremula--, es por culpa de los poderes que vuestros antecesores dieron a Carlomagno y sus sucesores. Según las crónicas en esos tiempos los nobles de Francia se adjudicaban los obispados y otros beneficios entre si, tomandolos a fuerza a punta de la espada a veces. Poca fuerza tenían entonces los papas para hacer valer la voluntad del papa en Francia pues esta era una tierra salvaje, llenas de las ruinas que había dejado Roma, y estos nobles apenas eran civilizados. De ahí que vuestros antecesores hicieran todo lo posible para fortalecer el poder de los reyes pues estos eran entonces sumisos con Roma.
--¡Pero, carajos, ya no estamos en tiempos de los barbaros! –maldijo Inocencio.
--No, Su Santidad, pero me temo que tampoco Luis XIV es un rey como los de entonces, que temian mas un anatema papal que una horda de hunos.
--Bien, y, a todo esto, ¿Qué puede hacer la Compañía para apuntalar el poco poder que me queda ahí?
--He estado en continua comunicación con Pere de la Chaise, un miembro de la compañía que tiene excelentes dotes diplomaticas. Este esta tratando de moderar las exigencias de Luis.
--¿Solo eso? ¿Y no es de la Chaise francés? ¿Qué tanta fidelidad le tiene a su soberano y que tanta a la iglesia?
--Su Santidad, yo meto la mano al fuego por el señor de la Chaise y por cualquiera de mis hombres. Su Santidad sabe que somos los mas fieles soldados de vuecencia. Ordene Su Santidad y con gusto nos haríamos matar por Roma y por su obispo.
--Bien, de Noyelles, veremos entonces. Por otra parte, en realidad no tengo queja de vuestros servicios.
--Estoy a su disposición Su Santidad –contesto de Noyelles con algo de alivio (si hubiera sido envenenado ya estaría muerto).
--Os llame también por el asunto este del gioco. He leído con atención los documentos que vuestro agente extrajo en Basilea. Muy hábil ha de ser este señor de Aramis.
--En efecto, Su Santidad, es tal vez el mejor de mis agentes. Fue en su juventud un mosquetero del rey. Pero ahora su fidelida a la Compañía de Jesus esta por encima de su lealtad al rey. Ha recibido el encargo de eliminar al correo que mando Luis XIV.
--Ah, muy bien –sonrio Inocencio--. Pero, decidme, de Noyelles, ¿leyó vuecencia el contenido de la información que este Aramis encontró en Basilea en casa del hereje Bernoulli?
--Someramente, Su Santidad.
--Me tome la libertad de consultar sobre el tema con Fray Venancio de Zamora. ¿Habeis oído de él?
De Noyelles palideció por un momento. Sabia de la desaparición de ese erudito de la Universidad de Roma. Se rumoraba que la Inquisicion lo había sujetado a tormentos.
--He oído de él, en efecto, Su Santidad. Franciscano, según recuerdo, y era maestro de astronomía en la Universidad de Roma.
--En efecto. La Inquisicion sospechaba que tendría que tendría menesteres con los Iluminados.
--¿Y tenia tales, Su Santidad? --se atrevió a preguntar De Noyelles.
--¡Diablos si sabre! –admitio Inocencio--. El infeliz estaba ya muy anciano y se murió durante el primer interrogatorio. Pero el caso es que antes de entregarlo al santo oficio lo hice llamar y lo consulte sobre lo que menciona Bernoulli. Creo que ustedes los jesuitas no tienen idea de la peligrosidad de la amenaza que nos acecha.
--Perdon, ¿su señoria? –pregunto con incredulidad De Noyelles.
--Mi querido De Noyelles, ¿Qué tanto sabeis de la filosofía natural, de las ciencias de las estrellas?
--No mucho, Su Santidad, lo admito. Mi entrenamiento fue en la ley canonica.
--Yo provengo de una familia de banqueros. Tengo cierta tendencia y facilidad por los números. ¿Sabeis del modelo de Ptolomeo?
--Explica el movimiento de los planetas alrededor del sol.
--En efecto, tal hace, pero de manera imperfecta. Lo cual es bueno.
--Su Santidad me confunde –admitio De Noyelles.
--Miradlo de esta manera, De Noyelles, si los hombres pudieran explicar y predecir el movimiento de los planetas, ¿adonde quedaría Dios? ¿Y que seguiría después de entender la mecánica de los cielos? Vamos, hombre, ¿para que necesitarían los hombres la fe? La verdad es que el modelo ptolemaico, con sus errores, permite mostrar a los hombres que no, no pueden conocer enteramente los designios de Dios. Claro, para explicarlos, pues estamos nosotros. Pero Bernoulli menciona una mujer que él llama Hypatia que vive en la Nueva España y que aparentemente esta a un paso de probar la validez del modelo del hereje Kepler. Si tal ocurre, el modelo de Ptolomeo no será ya aceptado. Y me temo que los hombres se ensoberberan y pensaran que pueden entender los designios y menesteres del santísimo tan solo a través de la observación, la lógica, y las matematicas, sin recurrir a la fe. ¿Entendeis?
De Noyelles se persigno.
--Y resulta muy conveniente que Luis haya mandado un correo precisamente a la Nueva España, donde ese peligro se esta cocinando –continuo Inocencio--. Y la correspondencia de Bernoulli con von Tschirnhaus demuestra que ese correo tiene la misión de traer la prueba que forja esta Hypatia a Europa. Si el imbécil de Luis no hubiera convocado un gioco no tendríamos manera de saber de la existencia de este correo.
--¿Qué podemos hacer Su Santidad?
--Escuchad. Me temo que el nombre de esta Hypatia no se encuentra en los documentos que Aramis extrajo de Bernouilli. A toda costa, vuestro agente debe de eliminar al correo, si. Pero eso no es todo. Por el bien de la santa madre iglesia y por la preservación de la fe, vuestro hombre Aramis debe de llegar hasta la Nueva España y eliminar a esta mujer que es un peligro para Roma. A toda costa, ¿entendeis De Noyelles? Nada importa mas que esto. Ni siquiera mis disputas con Luis XIV se comparan. Insisto, De Noyelles, no hay trabajo mas importante para la compañía de Jesus que identificar y eliminar a la tal Hypatia.
--Entiendo, Su Santidad. Creo que el santísimo protege a la santa madre iglesia. El arzobispo de la Nueva España, Aguiar, es jesuita también. Me asegurare que le facilite todos los medios posibles a Aramis para eliminar a esa mujer maldita, quien quiera que sea.
--Haced tal, De Noyelles, y no fracaseis, os lo advierto.
Minutos después De Noyelles salió de los aposentos del papa. Su mente ardia urdiendo planes. Su secretario, Giacopo, se materializo de entre las sombras y se le aproximo.
--¿Esta bien su señoria?
--¡No discutáis! ¡Seguidme! –ordeno De Noyelles.
El general de los Jesuitas y su secretario entraron en una de las oficinas de la Compañía en el vaticano. Ahí De Noyelles pidió papel y pluma y escribió rápidamente una carta que sello con cera. Luego De Noyelles le proporciono a Giacopo una bolsa pesada.
--Tened esto y estos documentos que os acreditan como mi enviado. Idos de inmediato a Napoles. Comandad una de las galeras que ahí tiene la Compañía y dirigiros con toda premura a Barcelona. Decidle al capitán que azote a los galeotes sin misericordia. Yo lo remunare por los muertos. Buscad a Aramis en Madrid y entregadle esta carta.
Al dia siguiente, en la madrugada, una galera de la Compañía de Jesus levanto anclas en la bahía de Napoles y se dirigió a occidente.
Wednesday, June 8, 2011
LXVI. La Reina
Quien, por curiosidad y algo de desprecio por la vida, la bolsa, y
el honor, extraviara sus pasos por la puerta norte de Sevilla y caminara entre
nubes de vagos, pordioseros, chulos, y prostitutas, observara una pareja insólita. Se trata de dos monjes dominicos que guían
dos mulas cargando sus alforjas e impedimenta de viaje. Los dos monjes no pueden ser mas
disimiles. Uno es bajo, rechoncho, muy
moreno, y observa beatíficamente a sus alrededores, repartiendo limosna y
bendición al que así lo solicita. El
otro monje es alto, de buena planta, y obviamente receloso pues con movimientos
nerviosos observa todo a su alrededor.
--¡Con un carajos! ¿Quién
diablos creéis que sois? ¿San Francisco
de Asís? –le dije quedamente a Sancho.
--Es que el infeliz tullido ese me dio lastima. ¿Qué son unos cobres?
--¡Que atraéis atención, carajos!
¿Cuándo se había oído que un monje sea generoso? Además, si veis a vuestro tullido, ya camina
con toda premura y la ligereza de un dervish turco alejándose de nosotros…
Tuesday, June 7, 2011
LXVII. El Tercio de la Nueva España
Nueva España, 1683
Imaginaos lector que es mediodía y nos encontramos en la muy real y señorial ciudad de Méjico. Nos dirigimos a la gran plaza enfrente del palacio de los virreyes.
Seguimos los pasos de don Raúl. Vuecencias tal ves os acordáis de él. Se trata del capitán del ultimo destacamento de los ejércitos mexicas, los caballeros águila que vigilan el tetzacualco, allá, perdido, entre las brumas que coronan el Tlaloc.
Monday, June 6, 2011
LXVIII El Filtro de Fierabras
Del Libro de Pedro Santa Cruz
Hoy escribo esto en un curato de un hermoso pueblo de las montañas
veracruzanas de la Nueva España. El
canto de los gallos en el patio de la sacristía, donde juegan mis nietos, me
recuerda la deliciosa semana que pase en la corte de España.
Y es que me porte como el que soy, diría un poeta, y en aquellas fechas
era yo un joven vigoroso, de buena pinta, no el vejete decrepito en queme he
convertido. ¡Con que facilidad solía
atraer con facilidad la mirada de las francesitas damas de compañía de la
reina, doña María Luisa de Orleans!
Si pensáis que cornamente al rey estaréis muy equivocado. La reina le era completamente devota y los
dos parecían estar en verdad muy enamorados.
Alcance a ver al rey desde lejos.
La reina lo sacaba a una gran terraza del palazuelo. Había sido a iniciativa de doña María Luisa
que el rey había venido a Andalucia, buscando que el sol de esta lo fortaleciera. Incluso una noche vide a la pareja real
observando las estrellas con un telescopio y discutiendo sobre las trayectorias
de los planetas. Esto me sorprendió pues
tenia entendido que el rey era tan solo un idiota babeante pero el hombrecillo
en silla de ruedas que discutía acaloradamente con la reina no parecía
tal. Era como si en verdad ella fuera
capaz de romper el “hechizo” que la plebe decía había caído sobre este rey.
La reina había insistido en que el rey venia en viaje de
recuperación. Y ella, mientras, seguía al
frente del gobierno. De vez en cuando
se presentaba un correo venido de Madrid con noticias urgentes. Era entonces la reina la que tomaba las
decisiones y ordenaba lo que correspondía.
No me cabe duda que las riendas de España estaban en esos momentos en
buenas manos con esta hija de los luises al mando.
Dos cosas empañaban mi gozo.
Mi criado, Sancho, agonizaba. El
medico encargado, un judío protegido de la reina, don Isaac de Brabante, no
tenia esperanzas.
--No ha recuperado la conciencia.
Es un cadáver con vida. Cada día
esta mas débil.
--¿Cuánto tiempo le quedara?
--Tal vez unos días mas. El
fulano es muy fuerte pero, mirad, --me dijo el hebreo descubriendo el cuerpo de
Sancho—su glúteo y parte de la pierna se ha ennegrecido.
Me persigne quedamente. El
hombrecillo me había sido fiel.
--Os seré franco –dijo el galeno viéndome fijamente--. La ciencia medica no puede hacer nada mas por
este hombre. Lo siento.
Lo segundo que empañaba mi gozo era don Iñigo Balboa. Adonde yo iba el viejo y sus hombres no
dejaban de estar cerca. Don Íñigo me veía
con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona.
--He tenido reportes sobre vos, Santa Cruz. Se reputa sois el mejor espadachín de España.
--¡No! ¡Os lo suplico! No me pidáis que cruce acero con
vuecencia. ¡Todo eso es un malentendido!
--Por supuesto que no, Santa Cruz.
De joven yo conocí al que en verdad era la mejor espada de las Europas. Lo vide morir en Rocroi gritando “Viva
España”. No le llegáis a sus talones
pero creo que si sois peligroso. Así
que, llegado el momento, me asegurare que mis hombres os vacíen un arcabuz y no
haya necesidad de desenvainar toledanas.
No os preocupéis, haremos el trabajito rápido y no sufriréis.
--¡Pero la reina me protege!
--Pues disfrutad de ello, por ahora. Los reyes suelen cambiar como el viento. Acordaos: la reina es hija de los
luises. En cualquier día cambia de
parecer y os manda ajusticiar y dirá tan solo que es “raison de etat”, --acabo
Balboa riéndose.
Una noche de madrugada, en que estaba yo abrazado a las tetas de
una hermosa sílfide, tocaron con gran insistencia a mi puerta.
Me vestí con premura y abrí.
Ante mi se encontraba don Iñigo y sus hombres. Me apuntaron con los mosquetes. Don Iñigo traía su toledana desenvainada.
--Bien, si es mi hora, sea –alcance a decir.
--No seáis bruto, seguidme y no hagáis bulla –advirtió el
viejo--. No os voy a ajusticiar. Y si lo fuera a hacer me hubiera esperado al mediodia. Nunca me han apetecido eso de arruinar la
mañana de alguien aplicándole el garrote.
Prefiero una hora mas decente para hacer tales menesteres. Además, no quiero despertar al rey con
detonaciones de arcabuz y vuestros aullidos de moribundo.
Para mi sorpresa nos dirigimos a la habitación donde languidecía
Sancho. Adivine que había tomado lugar
el desenlace. Mi fiel escudero había
muerto.
Pero al entrar a la recamara me encontré con Sancho sentado en su
cama, hablando por los codos.
--¡Estáis vivo!
--Así es, señor almirante.
--¿Almirante? –pregunto Balboa con sorna.
--¿Pero como? ¡Os hacia a
punto de engordar los gusanos!
El hebreo don Isaac sacudió la cabeza.
--¡Oy vey! Esto fue un
milagro.
--No fue tal –explico Sancho--.
Tengo la piel de marrano, es decir, muy dura. He estado tratando de decirle aquí a don
Isaac que me diera a beber lo que traía en mis alforjas. Pero me encontraba como paralizado. Quien sabe que ponzoña había en el dardo del
maldito mejicano ese. El caso es que a
base de mucho esfuerzo logre que el medico me hiciera caso. ¡No sabéis lo terco que es este fulano!
--¡Pero es que ya no teníais remedio!
--Pues si, --continuo Sancho--, pero vuecencia será muy erudito y
muy leído de las ciencias de los griegos y moros y judíos pero nunca ha oído
del filtro de Fierabras.
--Sancho, ¿de que habláis?
Vive Dios que me da gran alegría veros con vida pero esto es imposible.
--¿Seguro que vos o este hebreo no tienen pacto con el diablo?
–pregunto amenazadoramente don Iñigo.
--La poción que estaba en esta botella –dijo Sancho mostrándome
tal—es el milagroso filtro de Fierabras.
Me la dio el hidalgo loco al que tenia por amo antes. Él me decía: “si alguna vez la cimitarra de
un gigante me corta en dos, cosa que es muy común leer en los hechos de los
caballeros andantes, tomad mis dos pedazos, cosedlos juntos, (asegurándoos de
no poner mis pies apuntado a mi espalda), y luego derramad esta poción en mi
boca. Con ella volveré a estar completo
y sano. Se trata del fabuloso filtro de
Fierabras. Este era un mago de Levante
que le dio la receta al rey Alejandro Magno al caer Babilonia. Me lo hizo llegar un comerciante que lo
compro en Egipto a unos negros que habían venido en caravana desde las tierras
de Preste Juan donde se conserva su receta.”
El medico abrió los brazos sin comprender.
--El caso es que la inflamación y la necrosis casi han
desaparecido –exclamo con asombre el hebreo--.
Esto cambia toda la ciencia medica.
Olí la botella y la sostuve a la luz de una bujía. No quedaba nada. El olor era a limón.
El medico parecía a punto de llorar viendo la botella vacía.
--¡Carajos, si tan solo quedara lo suficiente para analizarlo y
reproducirlo! Mi reputación seria tal que
podría ir a dar catedra en Salamanca y la Inquisición me haría los
mandados. Desgraciadamente don Sancho se
bebió el ultimo trago.
Tape con cuidado la botella y me la guarde. Esa noche había tomado varias botellas de
vino y todavía trastabillaba de borracho.
Pero el liquido que había contenido era tan poderoso que mi mente se
había despejado con tan solo olerlo. Valdría
la pena conservar la botella, aunque sea para olerla.
--¿Creéis que vuestro paciente esta en condiciones de viajar?
–pregunto don Iñigo.
--¡Ciertamente! --asintió
el medico--. Válgame Dios, creo que el
fulano es inmortal.
--Bien, moro, vos y vuestro escudero aprestaos. Mañana de madrugada os llevaremos ahí bajo
escolta al Guadalquivir para que os embarquéis a la Nueva España.
--Bien, no me apetece tener otro encuentro con el tal Aramis.
--No dudéis que ese demonio os seguirá. En la corte las paredes tienen oídos –advirtió
don Iñigo.
Francamente en esos momentos no tenia ni idea que diablos iba a ir
a hacer en la Nueva España, a quien iba a buscar, y con qué iba a
regresar. Y el hosco don Iñigo no
parecía muy dispuesto a esclarecer todo esto.
Llego la mañana y yo y Sancho nos encontrábamos ya en el patio del
palazuelo con los caballos prestos. Fue
entonces que se presento la reina y todos hicimos respetuosa caravana.
--Moro, acompañadme unos momentos.
Tal hice sin chistar.
La mujer estaba esbozada pero se descubrió y la pude contemplar de
cerca. Me encaro con sus ojos grises
enmarcados por elegantes cejas. Su pelo castaño tenia visos de oro.
--Moro, creo que hay cosas que os debo de decir, aun si, como vos
mismo habéis dicho, sois solo un simple marinero y tal vez no las
comprenderéis.
--Señora, --dije haciendo una ligera caravana. No había mas que decir.
--Sabed que tengo muchos enemigos.
Por lo que había conocido de los reyes tal cosa no me sorprendió.
--Hace un tiempo el rey y yo asistimos a un auto de fe. Fue en la plaza principal de Madrid y la
asistencia del rey, me imagino, le daría gran solemnidad a la ocasión.
--Entiendo, señora.
--¿Habéis alguna vez visto un auto de fe, moro?
--No señora, no he visto tal espectáculo. Si por la iglesia fuera seria el invitado de
honor.
--Entonces entendéis nada, moro.
Los curas ajusticiaron a familias enteras, aun los jovencitos apenas salidos
de la infancia. Los alaridos de los
moribundos y el olor a carne quemada me hizo vomitar. Aun el rey, que no estaba en sus cinco, se
veía enfermo. Nos retiramos a mitad del
acto. Al día siguiente hice que el rey
firmara un edicto prohibiendo los autos de fe.
--Me imagino que eso no le gusto a la santa madre iglesia.
--Claro que no. Ahora
tienen que usar el garrote. No se si sea
una mejora. El caso es que ese día tome
una decisión. Creo que a veces, por amor
y lealtad a España, hay que defenderla, aun de ella misma y contra ella
misma. ¿Entendéis?
--No mucho, señora.
--No importa, moro.
Escuchad. Ahora mismo, las
riquezas de las Indias y de las Filipinas vienen y se descargan en el
Guadalquivir. Y es ahí donde los agiotistas
toman su parte. Y lo que le queda al rey
se va en guerras estériles en Flandes, Nápoles, y Levante, donde España
dilapida su mejor sangre en defensa de la iglesia. ¿Creéis que Roma le agradecerá algún día este
sacrificio a España?
--Lo dudo, señora.
Estimado lector, si vos estuvierais en mis zapatos y os sintieras
halagado de tener tal conversación con la reina os diré entonces que sois un
imbécil. La verdad los pelos se me
estaban poniendo de puntas conversando con la mujer. Mi mente ardía. ¿Por qué me confiaba todo esto la reina? ¿Qué esperaba de mi? Tenia yo la certidumbre que en cualquier
momento podía cometer un error y ella mandaría que don Iñigo me hiciera
empalar.
La mujer se dio cuenta de mi sobresalto.
--¿Por qué estáis tan pálido, moro? ¿Acaso os doy miedo?
Por momentos temí que se me vaciaría la vejiga. Finalmente decidí que por lo menos moriría
con dignidad.
--Señora, vuecencia sabe que solo soy vuestro súbdito. Si vos queréis, me podéis mandar al final del
mundo y tal hare.
La mujer hizo un ademan de aburrición.
--¡Bah! De esos tipos de
agentes tengo cientos, moro. Necesito
quien este dispuesto a servirme, aun si esto aparentemente es contra los
intereses de España, ¿entendeis?
El corazón me dio un vuelco.
--Pues eso soy, señora, creo, pues si vuecencia quiere perjudicar
a la iglesia estoy dispuesto a servirla --conteste armándome de valor--. Y si voy a serviros necesitare saber
exactamente que traeré de la Nueva España.
Me han dicho que son unos documentos.
La mujer me vio con curiosidad y sonrió.
--Correcto. Iréis hasta la
Nueva España y regresareis con los papeles que os dará la que llamamos
Hypatia. ¿Os interesa saber que
contienen esos papeles?
--Me han dicho que son cálculos de las orbitas de los planetas.
--En efecto. Sabed, moro,
que si los hombres pueden entender la mecánica celeste será el primer paso para
su liberación del yugo de la iglesia.
--Entiendo tal, señora. Y
entiendo que vuecencia tiene sus diferencias con Roma y, os aseguro, me honrare
en servirle.
--Correcto.
--Sin embargo, señora, si los hombres empiezan a cuestionar a
Roma, ¿Qué seguirá después? ¿Cuestionar
el derecho divino de los reyes?
Hecho. Me había
excedido. No dudaba que ahora iba a
morir. ¡Vive Dios que arrogante y
estúpido es uno de joven!
La mujer sonrió lentamente.
--Bien, creo que no me he equivocado, seréis un simple marinero
mas no un bruto --dijo dando media vuelta y dirigiéndose resuelta adonde se
encontraba don Iñigo y sus hombres.
--Moro, olvidaos del oro de los Fuggers –me dijo la reina
entregándome un sobre lacrado--. Aquí
está todo lo que necesitareis saber para llevar a cabo vuestra misión. Leed el contenido, memorizadlo, y luego
quemadlo. Si regresáis con vida os hare
tan rico como Creso y os considerareis el hombre mas afortunado del mundo.
Luego ella me miro fijamente y penetro cual serpiente en lo mas
recóndito de mi alma. Entendí por qué
decían que esta mujer era media bruja.
Solo una mujer así podía deshacer el hechizo que rodeaba al rey. Yo sentí que perdía el alma en esos ojos
grises tan fríos como un invierno de Flandes .
Avasallado y sin control ya de mi mismo caí a sus pies:
--¡Oui ma reine!
--Aseguraos que se embarque, don Iñigo –ordeno la reina.
Partimos rumbo a Sevilla.
En el camino don Iñigo se me acerco y me murmuro:
--Bien, moro, me habéis ahorrado un viaje a las Indias y el tener
que abriros en canal.
--Tal sospeche –admití.
Estaba bañado en sudor. Nunca
había estado mas cerca de la muerte que en esos breves instantes hablando con
la reina de España.
Sunday, June 5, 2011
LXIX El Interrogatorio del arriero Domitilo Núñez

Ciudad de Méjico - 1683
A una distancia prudente de la casona los dos caballeros águila que mando don Raúl, José y Antonio, contemplaban las idas y venidas de la ronda.
--Calculo unos cinco minutos entre sus vueltas, --afirmo Antonio--. Son siempre cinco y traen mosquetes y toledanas.
--Cinco minutos serán suficientes, si nos movemos con presteza, --respondió José--. Todo es cuestión de subirse al ahuehuete y saltar la tapia.
--Id por delante, yo os seguiré, --contesto Antonio sosteniendo su pesada macana.
Ahora bien, estimado lector, os podría contar una historia llena de lances, irremediablemente fútiles y en que los dos jóvenes serian sacrificados. ¿Cómo os apetecería la historia? Tal vez imaginaos entonces que estos dos jóvenes se batieron heroicamente, tal vez logrando matar al tal Núñez o al sosteniente Torres y todos sus hombres y así asegurando el secreto del toltecayototl. Mas tales patrañas no me apetecen hilvanar. Verán, en el camino Antonio había meditado muy bien lo que iba a pasar. José, hijo de don Raúl, no vacilaría en buscar la muerte con tal de cumplir su misión. Antonio tomo entonces una decisión que tal vez no aplaudirá vuecencia pero que espero comprenderá.
De ahí que, en cuanto José se adelanto unos pasos rumbo al ahuehuete, Antonio no tuvo empacho en darle tremendo macanazo a su compañero. El golpe, brutal, lo dejo aparentemente muerto. Hecho esto, Antonio lo jalo por los pies y lo dejo en un callejón cercano. A continuación, Antonio “se pelo” y no tendremos mas menesteres con este fulano.
A unas cuadras, su señoría el inquisidor Montoya también había tenido un cambio de parecer. ¿De que serviría ir a avisarle al arzobispo que tenia una pista sobre la localización de la hermandad blanca? Aguiar probablemente lo maldeciría y lo sacaría a patadas del arzobispado y tal vez ahí mismo lo haría arrestar y embarcar rumbo a un leprosorio en las Marianas.
La idea de andar cambiando los vendajes de los leprosos hizo que Montoya temblara. Ordeno a su cochero que lo llevara de inmediato a su casa. Le urgía interrogar al tal Núñez. Era su ultima esperanza. Y ciertamente no iba a dejar al prisionero en mano de un imbécil como el sosteniente Torres.
Nuestro amigo el sosteniente era el tipo de hideputa mas peligroso que existe: tenia iniciativa. Fue de él la idea de sacar al prisionero del Santo Oficio. Fue él el que había convencido a Montoya que la lealtad del personal de la Inquisición no era de confiar. Y ahora era él el que revisaba todos los puntos de la casona del Inquisidor indicando donde deberían de aprestarse sus hombres. La verdad es que, aun si Antonio y José hubieran penetrado al patio de la casona no hubieran dudado mucho tiempo sin ser descubiertos y ajusticiados.
Torres ahora se aprestaba calentando “los fierros” con que se iba a llevar a cabo el interrogatorio.
Por lo que toca a Núñez, este contemplaba los preparativos con ojos desorbitados.
--¡Le juro patroncito que no se nada!
--En cuanto venga el patrón comenzamos y nos vas a confesar todo, hasta admitirás que traicionaste a Cristo.
--¡Patrón! ¡Tengo mujer e hijos! ¡Siempre doy el diezmo!
--Ah, y encima sois un pendejo. Callaos y deja de estar chingando o os va a ir peor.
Ante esta amenaza Núñez hizo esfuerzos heroicos para no hablar mas. Tan solo sollozaba quedamente.
Montoya se apersono y examino cuidadosamente los instrumentos.
--Patrón, --dijo Torres descubriéndose--, todo esta listo. Usted nomas ordene.
--¿Este es el prisionero?
--Si patrón.
Montoya se le acerco y lo contemplo unos momentos.
--Hijo mio, mas os vale que confeséis.
--¡Pa-patron! ¡Le juro que no se nada!
--¡O sancta simplicitas! --respondió quedamente Montoya alzando los ojos--. Sois terco. Torres, comenzad.
--Con mucho gusto patroncito. Me asegurare de no derramar sangre.
--Podéis hacerlo si os apetece. No estamos en el santo oficio. Sus reglas no se aplican. Mas, sin embargo, si se os muere os garantizo que ocupareis su lugar. ¿Entendéis?
Torres palideció.
--No se preocupe patroncito, me iré con tiento. No dejare que se me muera el infeliz.
Dicho esto Montoya salió del recinto y se fue a su despacho y se sirvió un vaso de Rioja. No tardaron los alaridos de Núñez en llegar a sus oídos.
Después de un par de horas Montoya regreso a la sala del interrogatorio.
--¿Y bien? ¿Hablo?
Torres se veía preocupado.
--Me confeso donde estaba el tesoro de Cuauhtemoc. También admitió que Judas era su compadre y que le compartió de las treinta monedas. Y además admite culpa por esparcir el chahuistle en las milpas.
--¡Sois un imbécil!
Mientras tanto, Núñez, se había desfallecido. El preso estaba cubierto en sudor y múltiples llagas se observaban en sus miembros. Era evidente que había vaciado sus intestinos y su vejiga.
--Despertadlo, --ordeno Montoya.
Un cubetazo de agua revivió al infeliz preso.
Algo había leído Montoya sobre la idea de los orientales del Ying y el Yang. Pensó que tal vez habría un contraparte en los menesteres de hacer interrogatorios. El preso ya había visto la crueldad del Ying. Bien, ¿y si ahora viera la dulzura del Yang?
--Hijo mio, no sabéis cuanto me duele el estado en que os encontráis –dijo Montoya limpiándole la cara a Núñez con un trapo--. Creedme, sufro aun mas que vos al tener que ordenar vuestro suplicio.
Esa afirmación, por lo ridícula, termino de reavivar a Núñez.
Montoya le paso un tarro con vino y le hablo con dulzura paternal.
--Tomad, hijo mio, aun nuestro señor Jesucristo recibió una bebida de los romanos durante su sacrificio.
--Patrón, por mi alma no se nada sobre esa Hermandad Blanca. Tampoco conozco a los romanos, solo se de unos tlaxcaltecas que no son gente de fiar. Con gusto le diré todo sobre ellos.
--No me interesa saber de los tlaxcaltecas.
--Créame, patrón, si supiera entonces de los romanos se lo contaba. Creo que hay unos por el rumbo de Cuautitlan. Tienen una pulquería.
Montoya sacudió la cabeza. Estaba a punto de ordenar despellejar al preso. Pero controlo su impaciencia. El inquisidor ordeno traer un sillón y sentó frente al preso.
--Bien, recopilemos. ¿Habéis venido de Texcoco en un tren de arrieros, verdad?
--Así es patrón. El sosteniente me detuvo en el reten llegando a la ciudad de Méjico.
Núñez respiraba con dificultad pero prefería mil veces hablar con Montoya que sufrir el “interrogatorio” de Torres.
--Tened mas vino –dijo Montoya haciendo un ademan a Torres que le acerco el tarro a los labios del preso--. Intuyo que queréis cooperar con la santa madre iglesia. Si lo hacéis, os aseguro que no sufriréis mas.
--No sea tan terco, don Domitilo –le aconsejo Torres--. El patroncito será rete buena gente con usted pero pos nomas coopere.
--Bien, continuemos. ¿Esos monjes juaninos decís que se veían sospechosos?
--Eso note, patrón –contesto Núñez--. Nos tardo varios días llegar desde Texcoco. Pero no hablaban mucho con nosotros. Cuando les buscábamos platica se cerraban luego luego.
--¿Y notasteis que traían documentos?
--En un momento se cayo una de las cajas que traían y se derramo el contenido. Ya vide vuecencia que los caminos están rete malos. El caso es que pusieron el grito en el cielo y se escandalizaron. Yo y otros de la caravana nos acercamos a ayudarlos pero no nos dejaron acercarnos. Pero si alcance a ver que traían unos papeles viejos con dibujitos.
Montoya extrajo el documento que había sustraído de la sala de recibir de Sor Juana.
--¿Algo así?
--Creo que si, patrón.
--¿Me estáis mintiendo, hijo mio? Los monjes no fueron detenidos en el reten.
--El patrón esta en lo correcto –sostuvo Torres--. No vimos ningunos monjes.
--Dejaron la caravana unas leguas antes, en la desviación. Nosotros íbamos a la Villa. Es mas, fue de las pocas veces que hable con el que parecía ser su líder.
--¿Ah si?
--Es que no conocía el camino, patrón. Quería saber que rumbo tomar. Le juro por los huesos de mi madre que así fue, patrón.
--¿Y le dijisteis que rumbo tomar?
Esto causo un vuelco en el corazón de Núñez.
--Pues si, patrón, después de todo era monje --se apresuró a decir Núñez a manera de justificación--. Les dije que siguieran por la calzada y eventualmente verían las torres de catedral y que las siguieran.
--Ah, ¿iban a catedral?
--Ay patrón, pos no se. Solo sé que el hombre quería ir a un lugar cerca de esta.
--Continuad.
--Pos me pregunto si conocía la calle de La Moneda. Le dije que si, que estaba ahí cerquita de catedral y que ya llegando al centro lo orientarían.
Montoya y Torres intercambiaron miradas.
Una hora después Núñez fue sacado bruscamente de la casona y tirado a medio camino.
--Daos de santo que el patrón esta de buenas –le dijo el sosteniente Torres aventándole una bolsa con plata--. No digáis una palabra de lo que habéis visto aquí. Mis hombres y yo ya os conocemos la cara, Núñez, si os vemos aquí en la ciudad os ira mal, muy mal.
Núñez tomo el consejo fielmente. Recogió la bolsa y se fue cojeando y desaparece de nuestra historia.
A continuación Torres se presento en el despacho de Montoya. Este le sonrió y le alargo un tarro con vino.
--Sordenes patrón.
--Habéis hecho bien. Decidme, ¿Cuántos hombres tenéis ahora?
--Son ochenta, patrón.
--Reclutad cien mas. Tened esta bolsa. Instalad retenes en todos los caminos que parten de la ciudad. Si alguien os increpa decidles que actuáis en nombre del santo oficio, ¿entendéis? No quiero que esos monjes salgan de la capital.
--Despreocúpese patrón, así lo hare.
--Aprestad una docena de vuestros hombres. Que sean los mas bragados y fieles con que contáis. Aseguraos que estén bien armados. Buscad una carreta y en cuanto estéis preparados avisadme.
--¿Vamos a la calle de la Moneda?
--Lo mas pronto posible, si, a la yerberia.
Subscribe to:
Posts (Atom)





