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Tuesday, May 24, 2011

LXXV El Asalto al Santo Oficio



Donde Lorenzo lamenta no poner unos versos en el papel.

Estáis que no os caliente ni el sol, Lorenzo, muy, como diríais, enchilado.  Esa noche habéis compuesto vuestro poema de muerte.  Vamos, la inspiración os vino en la noche, de la nada, a pesar que nunca habíais sido dado a hilvanar letras.  Tal vez haya sido los años que habíais estado al servicio de Sor Juana que os afectaron.  Y si, las letras fluyeron y fluyeron, ayudadas, tal vez, por el vaso de mezcal que os acompañaba.  Y juráis que hasta vuestro ancestro, el rey coyote Netzahualcoyotl, hubiera aplaudido vuestros versos.  Pero, ¡ay! cuando vuestra mano se poso sobre la el papel, con la pluma presta, fue que se os interrumpió vuestro insomnio y os avisaron, ¡maldita sea!, que las carretas y los macehuales habían llegado.

Os vestisteis para hacer la guerra con la presteza que os dan los años de preparación.  Portáis un peto de cuero bajo vuestras ropas y una concha que protege vuestras partes nobles.  En vuestra diestra se encuentra un acero de Toledo.  En la siniestra esta una macana, pesada, con piedras empotradas de obsidiana.  La practica os ha hecho ambidextro y con ambas armas podéis matar.  Completa este atuendo marcial vuestro traje de cuero negro con filigranas de hilos de plata.  Una rodela en vuestro brazo porta las armas de vuestra orden, con su águila y su serpiente.  Portáis una capa que os servirá, enrollada en vuestro brazo, para desviar las puntas de los aceros.  Buenas botas portáis, dignas de un rey.  Y vuestra testa la coronáis con el casco de águila de la orden.

Y es así como dais vuestras ordenes y mandáis a vuestro hijo y al moro por delante.  No podéis evitar, Lorenzo Ixtlixochitl, un sobresalto al ver a vuestro hijo saludaros y partir, sonriente, a la batalla.  Es inevitable que hacéis a un lado al moro y le murmuráis que os lo cuide.  Afortunadamente el hombre parece ser cabal y su mirada serena os sosiega hasta cierto punto.  Mas no podéis evitar seguir con vuestra vista hasta el ultimo momento la figura de vuestro hijo que se encamina rumbo a la plaza de Santo Domingo.

Y seria de esperar que en medio de los alborotos estuvierais nervioso.  Pero no, no lo estáis, para vuestra sorpresa, cosa que os complace pues vuestros hombres deben de ver entereza y aplomo en vos.  Eso si, estais enchilado.  ¡Si tan solo pudierais haber puesto esas rimas en el papel, carajo!  Ahora, sabéis, es demasiado tarde y las letras, que se os están escapando, morirán, lo sabéis, con vos.  Sea, pensáis, después de todo Guadalupe, si vive, será mejor rey que vos, que habéis cometido tantas torpezas y ni siquiera dejareis unas tristes rimas para atestiguar que habíais existido.

Como si supiera lo que pensáis, don Raúl se ha acercado a vos.

--Alteza, Guadalupe es el mejor guerrero que he entrenado.

--Don Raúl –ordenáis, tratando de no pensar en vuestro hijo—os encargo las carretas y estos macehuales.  En cuanto las carguemos con los papeles idos de aquí como si os persiguiera el diablo, ¿entendéis?  Si tal hacéis entonces este maldito baño de sangre valdrá la pena.

--Despreocúpese alteza.  Yo hare llegar el cargamento a Texcoco.

Y es así, Lorenzo Ixtlilxochitl, que os encamináis rumbo a la plaza de Santo Domingo, unos cuantos minutos detrás de la vanguardia, rodeado de vuestros caballeros y capitanes, y con las carretas y los macehuales a vuestra retaguardia.

Los pocos transeúntes que os ven, trajeados con visos que recuerdan las viejas legiones mexica, se hacen a un lado presurosos.  Sin embargo, mas de uno intuye lo que sois al oír el caracol.  Y los gritos de “viva el rey coyote” y “viva México” surgen de las gargantas de los indígenas que os viden y hacen eco acompañando el ordenado retumbar de los pasos del ultimo destacamento mexica sobre los adoquines de las calles de la vieja Tenochtitlan.

Entráis a la plaza donde se alzan las moles pétreas del palacio del santo oficio y la iglesia dominica.  Parecen dos titanes que duermen sobre la plaza y por un momento dudáis, Lorenzo Ixtlilxochitl, si realmente podéis hacer mella en el poder que representan.  Mas vuestras dudas las poneis a un lado, Lorenzo Ixtlilxochitl, pues adelante oís un griterío y maldiciones.  Y el olor acre de la pólvora llega a vuestras narices.

Pensando que ha ocurrido lo peor y que la vanguardia ha sido derrotada, ordenáis a vuestros hombres que carguen rumbo a las puertas del palacio del santo oficio.  Mas os encontráis en esta puerta con el moro, sonriente, que sostiene su cuchillo de Misericordia en el cuello del sosteniente Torres.  A sus pies hay varios guardias, muertos, y una docena mas se encuentra de rodillas, desarmados, guarecidos por vuestro hijo y dos de vuestros hombres.

--Los tomamos por sorpresa, alteza.

--¡Luego lo contáis!  ¡Seguidme!

Y es así como irrumpís en el lóbrego palacio de la inquisición, Lorenzo Ixtlilxochitl, seguido de vuestros hombres, todos gritando como demonios.

Los guardias que quedan se han apersonado y os esperan con las toledanas desenfundadas al pie de una gran escalinata.  Un par de ellos descarga unos arcabuces.  Oís a algunos de vuestros hombres gritar de dolor y caer.  El pasillo se llena de humo por la descarga. Gritáis de rabia y os abalanzáis sobre los guardias.  Su resistencia se derrite y ponen pies en polvorosa. No tenéis misericordia con los que alcanzáis.

Os lanzáis por la gran escalinata que lleva al segundo piso.  En este, sabéis, está la oficina del inquisidor mayor, Montoya.  Unos dominicos, esbirros del santo oficio, dan alaridos de terror al veros.  Tomáis a uno y lo hacéis arrodillaos frente a vos y le ponéis una daga en el cuello.

--¿Dónde esta Montoya?

--Al  fondo –indica el hombre.

Y le rebanáis el pescuezo lentamente a pesar de que os mira fijamente con ojos llorosos y os asombráis que no tenéis remordimientos al hacerlo, Lorenzo Ixtlilxochitl, y no teníais idea que un hombre pudiera tener tanta sangre o que todavía pudiera intentar hablar con el cuello abierto en canal.

Adelante se oyen mas gritos y pistoletazos.  Y entráis con vuestros hombres a los aposentos del inquisidor, Montoya.

--¡Hijo de la gran puta! –le gritáis pues el hombre sostiene en mano temblorosa un pistolón que ha descargado en uno de vuestros hombres el cual se retuerce de dolor a sus pies.

Con certera estocada lo herís y la pistola cae.  Luego le ponéis la daga en el pescuezo mientras gritáis ordenes.  La oficina esta llena de los documentos que buscáis.  Don Raúl se presenta ahí  con los macehuales y estos empiezan a llenar desordenadamente costales con los papeles, sin orden, sin importar, por la prisa, que algunos, pues son muy frágiles, se hagan pedazos.  Ya habrá tiempo de restaurarlos después si lográis salir de esta ratonera, Lorenzo Ixtlilxochitl.

--¿Dónde esta el Caracol?  ¿Lo habéis quemado?

--¡Vive Dios nunca haría eso!  Os reconozco, sois el criado de Sor Juana.  ¿Os mando ella?

Don Raúl le da un golpe que tumba a Montoya de rodillas y este escupe unos dientes.

--¡Insolente!

--Os vuelvo a repetir –le decís a Montoya--, ¿Dónde esta el caracol?

--Se lo llevo, el jesuita.  El desgraciado de alguna manera adivino que lo estaba escondiendo.  ¡No quería dárselo!  ¡Es un tesoro!

--¿Quién diablos es el jesuita?

--¡Por las barbas del profeta! –grita el moro--.  ¿Es un francés?

--Si, sirve al papa.  Recién llego a la Nueva España.

El moro levanta a Montoya en vilo.

--¿Dónde se fue ese desgraciado?

--Alteza –apunta don Raúl—debemos liberar a los presos.

--Moro, dejadlo, os lo ordeno.  Guadalupe, tomad diez hombres e idos con el moro a los sótanos.  Liberad a los presos.  ¡Idos ya!

El moro le da un golpe a Montoya que lo deja exiguo bajo una mesa.

--Alteza, este hombre tiene que morir –aconseja don Raúl apuntando a Montoya.

--No, Sor Juana no me lo perdonaría.  Conozco a mi patrona.  Atadlo y subidlo a una carreta.  Lo podemos usar de rehén.

Os acercáis a un ventanal, Lorenzo Ixtlilxochitl, y observáis con cuidado la calle.  Esta se encuentra curiosamente despoblada.  Los vecinos se han encerrado a piedra y lodo.  Pero a vuestros oídos llega un griterío lejano y algunas descargas.

--¡El virrey esta atacando a la gente en la plaza de armas!  --gritáis mientras aprestáis a los macehuales a que se apresuren a cargar los documentos.

Mientras tanto, el moro y Guadalupe y sus hombres han penetrado en los sótanos y abren las puertas de las celdas.  Hay un griterío ensordecedor.  Hay varios sótanos y están llenos de prisioneros.

--Príncipe, ¿los soltamos a todos? –pregunta un capitán.

--¡No hay tiempo!  --contesta Guadalupe y es entonces que el joven entiende lo crueles que son a veces las decisiones que toman los reyes.

Xochitl se abalanza sobre Guadalupe y lo abraza.

--Idos, madre, don Raúl os espera –dice Guadalupe retirando a su madre--.  No hay tiempo que perder.

Encabezados por Fray Mateo, los juaninos se apresuran a salir del sótano.  La gritería de los presos que quedan abandonados no se ha abatido.  Entonces el moro jura algo en su lengua.

--¡Lo vide al cabrón!

--¿A quien?

--¡Aramis!  ¡Se fue por ese pasillo!  ¡Trae el libraco ese!

El moro jura otra vez y se echa a correr tras el jesuita.  Guadalupe lo sigue.   Corren ambos por los pasillos solitarios y emergen en una gran terraza.  Frente a ambos esta un fulano vestido elegantemente en cuero negro que sostiene una toledana en la diestra y una espada corta en la siniestra.  A sus pies esta el Caracol.

El moro enrolla su capa en su brazo y se apresta prudentemente al combate.  Mas Guadalupe, cuya sangre esta muy caliente ya y tiene todo el vigor de la juventud se abalanza sobre el jesuita asestándole una estocada.

--¡No príncipe! –advierte el moro.

Cualquier otro hombre hubiera sido atravesado por esa estocada.  Mas el jesuita la desvía con facilidad y hasta con cierta elegancia.  Tiene una sonrisa glacial en sus labios.

--¡Carajos! –jura Guadalupe advirtiendo que ha sido herido sin darse cuenta.  Tal fue la rapidez y destreza de su adversario.  Su peto se mancha de sangre.

--¡Es el diablo!  --grita el moro cruzando acero con su adversario.

Guadalupe intenta cerrar pero sus piernas se doblan.

Aramis le asesta una estocada al moro que este apenas logra detener.  El jesuita lo mira con asombro.

--Bien, o me estoy haciendo viejo o algo le habéis aprendido a Gastón d’Artagnan.  Nadie antes había podido pararme ese golpe.

--Dadme el libro y os dejare ir.  Estáis rodeado.

--¡Bah!  Esto no es nada Santa Cruz.  De peores ratoneras me he escapado.

--¡Inshallah! –grita el moro asestándole otra estocada a Aramis.

--¡Fil de putain! –jura Aramis.  Algo de sangre se adivina en su brazo.

Los dos hombres se enfrascan en un duelo a muerte, sin cuartel.  El clamor de sus aceros chocando es constante.  Maniobran como gatos por la extensión de la azotea asestándose mandobles mal intencionados y lanzando juramentos ya en árabe como en francés.  Es casi un duelo de iguales mas la experiencia del jesuita se empieza a imponer.  Mientras tanto, Guadalupe ha caído al suelo en un charco de sangre.  Se arrastra lentamente, hacia el Caracol.

--¡Madre! –grita el moro sabiéndose herido.  Rueda a los pies de Aramis y evade caído una ultima estocada de este.  El moro tiene una herida de mal pronostico en el costado que mal desvió la capa que trae enrollada en el brazo.

Aramis se encamina adonde se encuentra Guadalupe y le da una patada a la mano del príncipe cuyos dedos acababan de tocar el Caracol.  El príncipe esta a su merced.

--¡Por vuestro honor, no lo toquéis! –implora el moro.

Aramis sonríe y levanta el Caracol.

--Señores, fue un placer –dice Aramis saludando con su toledana y desapareciendo con el Caracol.

El moro logra ponerse en pie y se apresura adonde esta Guadalupe.

--Escuchad –gime Guadalupe--, decidle a …

--¡No habléis con un carajo! --jura el moro.

El moro diestramente amarra su capa en el torso del príncipe deteniendo el fluir de la sangre.  Luego extrae de sus alforjas una botella pequeña y la abre.

--No queda mucho.  Acaso unas gotas –dice el moro mientras le da a beber al príncipe--.   Si os morís vuestro padre me hará empalar.  Conozco a los reyes.  Tomad.

--Sabe a limón agrio –contesta el príncipe--.  ¿Es veneno?  Sepa vuestra merced que no estoy dispuesto a dejarme capturar vivo.

El príncipe le muestra una daga.

--Escuchad, príncipe, iré por ayuda.  No os mováis de aquí, ¿entendéis?

--¿Qué del Caracol?

--El papa se va a limpiar el culo con él, me temo.  ¡Volveré!

El moro entra trastabillando y chorreando sangre en la oficina de Montoya.  Lorenzo lo confronta.

--¿Dónde esta el príncipe?

--Herido, en la azotea.

El rey palidece.

--¡Sea!  ¿Habéis liberado a los presos?

--Si, alteza.  Dadme hombres para bajar al príncipe y lo embarcaremos en una carreta.

--Me temo que ya es tarde, señor moro.  Observad.

En la calle se observa al sosteniente Torres que aparentemente se ha escapado en la confusión.  El hombre gesticula y apunta hacia el palacio del santo oficio.  Junto a él esta un capitán español y una compañía de alabarderos.

--Esos hideputas acaban de llegar.  Probablemente sean refuerzos que mando traer el virrey de Querétaro.  Están dispuestos frente a la puerta.  No hay otra salida.

El moro jura algo en su lengua.

--Seguidme, señor moro –ordena el rey.

En la puerta del palacio se encuentra don Raúl y los capitanes.   Los juaninos y los macehuales se congregan en un patio interior.

--Alteza, esto no pinta bien –apunta don Raúl.

--¿Y si los cargamos?

--Nos matarían antes de cerrar con ellos.

Y ahora, Lorenzo Ixtlilxochitl, os dirigís con pasos cansados hacia el patio.  Doña Xochitl os reconoce y os abraza.

--¿Y Guadalupe?

--Herido.  Escuchad, no tenemos escapatoria.

--No podemos capitular tampoco –responde doña Xochitl con estoicismo.

--Así es.  Trajimos pólvora y la descargamos –dice Lorenzo apuntando a unos barriles--.  Podemos volar el edificio.

--¿No hay otra opción?

--Es la única.

Quedamente, doña Xochitl habla con don Mateo y le explica la situación.  El monje se persigna y con todo sigilo explica la situación a los juaninos.  Luego estos juntan a a los a los macehuales y los sientan entre los barriles y los convocan a rezar el rosario.  Los macehuales, humildes indígenas de la montaña que han servido al Tetzacualco por generaciones, obedecen las instrucciones de los monjes sin preguntar.  Mientras don Raúl y los capitanes distribuyen barriles en puntos estratégicos del edificio y aprestan las mechas.

--En el momento que usted dicte, alteza –le anuncia don Raúl.

--¡Esperad! –dice Guadalupe haciendo acto de presencia.

A duras penas el príncipe se sostiene en pie.   Su herida se ha vuelto a abrir y sangra.  Sin embargo, el joven sonríe.  En sus manos están las llaves de las celdas.  Luego una turba de presos hace acto de presencia.

Lorenzo no tiene tiempo de decir nada.  Los presos se vuelcan hacia la puerta del palacio.  Nada los detiene.  Han estado por semanas sufriendo horrores.

--¡Deteneos!  --les grita don Raúl inútilmente.

Los presos salen cual marabunta de las puertas.  El capitán de los alabarderos grita ordenes.  Los presos, aullando, se abalanzan sobre estos.  Las saetas los atraviesan pero poco les importa.  Es mejor morir al aire libre que en las inmundas celdas del santo oficio.  Pisan a los caídos y cierran con los alabarderos y los hacen pedazos y los presos que quedan con vida huyen.  El sosteniente Torres, que vio la turba salir aullando prudentemente puso pies en polvorosa de inmediato.

--¡Don Raúl!  --ordena Lorenzo reconociendo la oportunidad que se le ha presentado-- ¡Cargad las carretas!

Y tal hacen los macehuales.

--Lleváoslo con vos –ordena Lorenzo sosteniendo a Guadalupe ante Xochitl--.  Sera buen rey.

--¿No vendréis con nosotros?

--No, mirad.

Y es que en efecto, por la calle que lleva a la catedral, hace acto de presencia el Tercio de la Nueva España.  Los peninsulares marchan en formación y con tambores marcando el paso y llevando en alto una bandera con la cruz de San Andrés.

--Los trataremos de detener para daros tiempo a escapar –explica Lorenzo mientras le da un beso de despedida.

--Alteza, me necesitáis aquí –dice don Raúl--.  Ya bastante he vivido y mejor rey no hay que vos para seguir al Mictlan.

--No, don Raul.  ¿Quién aconsejara a Guadalupe?  Idos ya con las carretas.  ¡Es una orden!

Lorenzo pasa revista a sus hombres.  Quedan acaso veinte en pie.

--Ordene usted alteza –dice un capitán.

--Señor moro, os podéis ir.

El moro escupe.  Trae un vendaje tinto en sangre.

--Alteza, no tenéis los suficientes hombres para detener a esos poltrones.   ¡Inshallah!  Aquí me quedo.

--Bien, caballeros, cerremos con ellos. No esperan tal cosa.  ¡Seguidme!

Y es así, Lorenzo Ixtlilxochitl, que guiais a vuestros hombres a la carrera en una carga que seria ridícula, dada la desigualdad de numero, si no fuera porque varios de los presos liberados toman alfanjes y toledanas de los alabarderos caídos y se os unen.  Y recordáis la conseja que alguna vez habíais leído en los archivos de Huexotxingo que tanto el miedo como el valor se contagia.  Y es así como cerráis con el Tercio de la Nueva España el cual reacciona tardíamente y podéis abriros paso, como cuchillo en mantequilla, entre sus filas.  Y por un momento, Lorenzo Ixtlilxochitl, sentís que el enemigo se va a quebrar y, carajos, a la mejor os podíais abriros paso hasta el mismo palacio del virrey, tomarlo, y haceros coronar ahí mismo y finalmente sacar a los españoles de esas tierras.  Mas sin embargo los capitanes del Tercio reaccionan y entre maldiciones y juramentos hacen que sus hombres no se quiebren.  Y sabéis entonces, Lorenzo Ixtlilxochitl, que es cuestión de tiempo antes de que vos y vuestros hombres caigan.  Mas alcanzáis a echar un vistazo a vuestra retaguardia, Lorenzo Ixtlilxochitl, y observáis las carretas salir ya a matacaballo y adivináis que el sacrificio valdrá la pena.

Oís a vuestros hombres jurar en mexicano al caer atravesados por las toledanas y las picas.  Vuestra rabia es tal, Lorenzo Ixtlilxochitl que no sentís las heridas que ya os han hecho y os abrís paso hasta donde esta el estandarte con la cruz de San Andrés.  Este es portado por un hombrón de barba cerrada, soldado viejo de los tercios del rey de Castilla, el cual atravesáis con vuestra toledana.  El hombre cae de rodillas ante vos pero no ha soltado el estandarte y maldecís que los hombres del rey de Castilla sean tan tercos .  Le dais con vuestra macana en la testa repetidamente hasta que le reventáis los sesos y finalmente suelta el estandarte y  lo tiráis al suelo y ponéis vuestro pie sobre el, y os reis, indómito,  ante los hombres de Castilla, cual es propio de un rey mejicano.  Y esta es vuestra ultima y postrera satisfacción, Lorenzo Ixtlilxochitl, pues los hombres del rey de Castilla aúllan de rabia ante la humillacion y os atraviesan repetidamente con sus aceros.  Es así como caéis y dais gracias a los dioses con vuestro ultimo aliento pues habéis visto ya a vuestro padre y a vuestro padrino y estos os sonríen y os aseguran que vuestra muerte ha sido hermosa y que el toltecayototl esta a buen recaudo.

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