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Tuesday, May 31, 2011

LXXI El Recinto del Huizachtecatl


El conde hojea con sumo cuidado el incunable de la Metamorfosis de Ovidio que el arzobispo Santa Cruz de Puebla le ha hecho llegar.  Sus dedos tocan con suavidad el pergamino iluminado y escrito en árabe medieval.  Sus autores, piensa, tal vez hayan sido los sabios al servicio del rey Alfonso el Sabio de Castilla.  Una nostalgia profunda lo invade al examinar el texto y sus descripciones de la Arcadia de los griegos.


--Habían recolectores de impuestos y charlatanes y pulgas y plagas como en cualquier otra época.  No toda Arcadia era ninfas y sátiros correteándolas –ríe el conde socarronamente.


Al oir al conde, que ha expresado este pensamiento en un griego arcaico que el mismo Homero entendería, Zenobia, que dormitaba a sus pies, abrió sus ojos y erizo su piel. El extraño animal empezó a caminar con cada vez mas frenesí por la habitación del conde.


El conde no dice una palabra. Interrumpe su lectura y se dirige al gran balcón de su habitación.  A lo lejos se divisan las luces de Coyoacan.  El cielo, claro y estrellado, ilumina el paisaje de Anahuac.  Una brisa fresca le lleva un olor a flores y orquídeas que crecen en la manigua cercana.


El conde observa el cielo con detenimiento.  Luego consulta sus tablas.  Hay cierta pesadez y tristeza en sus movimientos.  Cariñosamente le da de palmadas a la gran perra negra.


--Hoy es la noche indicada Zenobia.


El conde llama a sus criados y les da instrucciones precisas.


--Envolved con cuidado este tomo y aseguraos de que le llegue al obispo Santa Cruz.  Si no vuelvo en tres días idos con el alcalde de Coyoacan y entregadle esta carta.  Él os dara instrucciones.


A continuación, el conde se viste con sumo cuidado con ropas de lino blanquísimo y capitalizado todo por un elegante jubón cual amerita a un gentil hombre y cristiano viejo de la Nueva España.  Calza botas de ante con gran tacón que le da aun mayor altura.  Satisfecho con la imagen que ve reflejada en un espejo traido desde Venecia se dirige a la sala de armas.  Ahí escoje una toledana con guarda de plata y joyas.  Finalmente, se corona con un magnifico sombrero parisino, tal vez algo caduco pues todavía tiene las plumotas que denostó Bellini como pasadas de moda.


Zenobia mientras tanto gruñe y se agita nerviosa a sus pies.


A unas leguas de ahí, en el sotano de la hierberia de la Hermandad Blanca, Sor Juana, apersonada como don “Filoteo de la Cruz” repasa una vez mas los cálculos que ha plasmado en un gran cuaderno.


--¿Esta entonces satisfecha su señoria que ha caracterizado completamente a Rahu? –pregunta doña Xochitl.


--No tengo ya dudas.  El patrón es claro y las observaciones de los antiguos mexicanos que me habéis proporcionado lo confirman.  Mi estimado de la orbita de Rahu es de…84 años.  Me temo que tomara unos quince años mas para que se encuentre en una posicion visible a los instrumentos que hoy poseemos.


--En tal caso tendremos que verificar entonces desde lo alto del Tlaloc.


Sor Juana cerro el cuaderno.


--Tomadlo.  Lo llamo el Caracol.  


--¿El nautilus?


--No exactamente.  Aplique el modelo de Kepler de orbitas elípticas.  Si mi predicción es correcta y observáis a Rahu en unos quince años esto validara el modelo del teutón plenamente, --sor Juana suspiro--.  Finalmente la larga agonía de Tolomeo concluirá.  Entenderemos entonces plenamente la música de las esferas.


--Pos ya era tiempo que se muriera ese fulano, ¿no cree sor Juana?  Sabe Dios los dolores de cabeza que su modelo creo.


La monja se rio entonces con su risa argentina.


--Sera entonces lo que el santísimo dicte, doña Xochitl.  Ahora debo irme pues ya es muy tarde.  Os dejare encargado este manuscrito. Llevadlo al Tlaloc y conservadlo hasta el dia en que mi tesis pueda ser probada o no.  Dudo que viviré para saberlo.  Me he reservado una versión condensada que guardare entre mis papeles.


Doña Xochitl tomo con reverencia el tomo que le extendió la musa.


--Os hare escoltar por uno de los monjes, sor Juana.  Don Lorenzo todavía no ha regresado del Xinantecatl.


--Os lo agradeceré, --dijo Sor Juana haciendo una reverencia.


Don “Filoteo”, escoltado por uno de los monjes juaninos monta en su yegua y toma camino por las lóbregas calles de la ciudad.  Con cierto sobresalto se percata de un grupo de hombres en las inmediaciones de la catedral.  Estos, gracias a Dios, no le interrumpen su paso y la observan silenciosos.  Tienen los sombreros calados y portan toledanas.  Una premonición de muerte invade a la monja.


Sor Juana se arrodilla agradecida un tiempo después frente al altar en su claustro.   Se despoja de sus hábitos y se dispone a dormir.  Apaga la tenue lámpara y cierra los ojos y cae profundamente dormida.


Una ligera brisa trae un olor a flores y orquídeas desde la manigua que rodea la gran ciudad y penetra en su claustro.


Si paso algún tiempo tal no sabe Sor Juana cuando abre sus ojos.  Esta consciente que lo que observa esta fuera del tiempo y de su realidad.  Porta su habito y sus manos instintivamente se aferran a su rosario.  Ella se encuentra un cuarto magnifico y extenso, debajo de una gran bóveda, y hay un resplandor que ilumina todo.  Las paredes están decoradas con escenas que muestran reyes y poetas y guerreros y doncellas del México antiguo.  En un extremo del recinto se observaba un gran sarcófago adornado con glifos indígenas.   Era evidentemente la tumba de un rey.  Alguna apertura ha de haber en el recinto pues una brisa tenue trae el olor de las rosas y las orquídeas desde la manigua.


--¡Santo Dios! –exclama la monja.  


Luego la curiosidad la vence y se pone a estudiar con atención las pinturas que adornan el recinto.  Examina con igual cuidado el sarcófago y se da cuenta que muestra dos figuras, una masculina y otra femenina, que se indica duermen en su interior.


--No temáis –afirma el conde materializándose a sus espaldas.  Lo acompaña la gran perra negra.


--¡Señor conde!  ¿Dónde estoy?


--Este magnifico edificio, os confieso, me recuerda al panteón que construyo Agrippa en Roma.  Algunas discusiones, me atrevo a decir, tuve con él, específicamente respecto a la cimentación.  ¡Que soberbia la mía!  Mi contribución fue, acaso, modesta.  Me temo que soy un guerrero y no un ingeniero.


--Insisto, señor conde, ¿Dónde estoy?


--Los antiguos mexicanos lo llamaban el Huizachtecatl.


--¿El cerro de la estrella?  ¿Dónde se hacia la ceremonia del fuego nuevo?


--Correcto.  No, esta construcción esta bajo esa montaña y los hombres la han olvidado.  Tal vez sea lo mejor.


--Este lugar es sagrado a los mexicanos, señor conde –apunto la monja.


--No cometeré blasfemia al usarlo, os lo aseguro.  Nadie perturbara el sueño de los reyes de Culhuacan que duermen en ese sarcófago.  Decidme, hija de Apolo, ¿tengo acaso que recordaros de vuestra promesa?


--No sera necesario, señor conde.  Si no perturbaremos a los reyes con gusto me presto a vuestros designios.   ¿Cómo proponéis que redima a Zenobia?


El conde suspiro levemente.  


--En unos minutos mas la luna llegara a su zenit.


Una gran mesa se había materializado al lado de sor Juana.  Esta observo una taza en medio de esta.


--¿Adivináis lo que es este cáliz?


Sor Juana palidece.


--No puede ser.


--Tomadlo.


La monja lo hace, con mano temblorosa y reverente.  Es una taza burda, de obvia gran antigüedad, hecha de madera, cual seria acorde a un carpintero.


--¡Bendito sea Dios señor conde!  ¡Es el santo grial!


--Una de tantas cosas que he juntado en mi errar por la faz de este mundo –dice el conde con gravedad.  Luego sonríe--.  Estaba olvidado en un monasterio en el monte Atos.  No me tomo mucho convencer al abad que me lo diera.


--¿Qué sigue entonces?


--Esperad.  El proceso empieza –advierte el conde.


Zenobia ha empezado a temblar y aullar.  El animal cae exánime ante ellos.  La luz se vuelve equivoca.  Su cuerpo va cambiando lentamente aunque tremendas convulsiones torturan a la criatura.  Poco a poco el pelo de la bestia se va desvaneciendo y se empieza a adivinar la forma de una bellísima doncella.  Finalmente esta se alza magnifica y hermosa y desnuda ante ambos y les sonríe.


--Hete aquí a Zenobia, Sor Juana.  Creo que la habéis visto así antes.


La monja esta palida y su pulso es acelerado mientras observa embelesada a la hermosa doncella que se ha materializado ante ella.


--Ah, si, el encantamiento requerido, helo aquí, Sor Juana –le indica el conde extendiéndole un manuscrito escrito en griego antiguo--.  Dadme un minuto para llenar el caliz y leedlo a continuación por favor hija de Apolo.  Zenobia beberá el contenido.  Eso será suficiente para quitar el maleficio.


Sor Juana sostiene el pergamino que se cae a pedazos.  Rápidamente traduce.  Reconoce las cadencias de la lengua de Ática.


--Lo encontré en el pedestal de la esfinge después que el desafortunado rey de Tebas la había ajusticiado –explica el conde.


--¡Santo cielo!  ¡Que maravillas habéis presentado a mis ojos! –exclama Sor Juana.


El conde sonríe con algo de tristeza.  A continuación produce un cuchillo filoso, el que los españoles llaman de Misericordia y que todo gentilhombre porta. Acto seguido, el conde se remanga su brazo.  Sor Juana cree que oye el cantar de un búho, avatar de Minerva.  Y, otra vez, una ligera brisa trae las fragancias de la manigua.  El ambiente de magia embelesa los sentidos de la monja.


Mas el conde no llega a completar el sacrificio.  De pronto se siente un gran temblor que cimbra el recinto.  Una luz llena este y una gran masa se va materializando en medio de esta.  Sor Juana grita y presiona su rosario a sus labios.  Zenobia gime y se abraza horrorizada a los pies del conde.


Ante ellos se ha materializado un gigante vestido a la romana.  En sus manos se observa una gran spata.  Dos alas poderosas emergen de sus espaldas.


--Tribuno Eleazar, --dice quedamente el conde—vuestra presencia no podría ser mas inconveniente.


El gigante lo señala con la spata.


--Tenemos un asunto pendiente, señor conde.


--¿No podéis conceder a un viejo adversario siquiera la cortesía de unos cuantos minutos? –inquiere el conde--.  Ah, veo en vuestros ojos que sois tan inflexible como siempre.


--Os concedo la igualdad en armas –dice el gigante aventándole una spata y una rodela a sus pies.


--Estas mujeres no deben de ser tocadas.


El gigante observa con detenimiento a Zenobia y Sor Juana.


--La doncella es una blasfemia a los ojos del mismo Dios.  La hija de Apolo, si acaso peca de soberbia intelectual pero tiene razones para ello.  Bien, os concedo vuestra venia.  No las tocare.  Tales no son mis instrucciones y hacerlo seria contra mi honor.


El recinto es lo suficientemente grande que Sor Juana, abrazando a Zenobia, se refugian junto al sarcófago de los reyes.


Los dos adversarios se observan con detenimiento y caminan con cuidado uno frente al otro.  El tribuno se ha despojado de su armadura y lorica y porta tan solo una rodela y spata.  Sus cabellos caen como cascada de oro de su sien y su musculatura es la de una estatua de Fidias.


--Os perdi en Babilonia, conde


--Lo se bien.  Me confundí con los hombres del macedonio.


--Os busque entre sus lugartenientes.


--Me adherí a Tolomeo.  Egipto me cobijo por varios años.  A iniciativa mia fue que fundo la biblioteca.


--Retome vuestra pista en Roma.


--¿Qué queréis?  Hice campaña al lado de Pirro y llegue a conocer y admirar a Roma.  Pero fuisteis muy obvio en vuestra busqueda.  No me tomo mucho para saber cuando embarcar rumbo a Galia.  Llegue a ser tribuno de la decima.  La conocéis, ¿verdad?


--Si, la legión favorita de Cesar.  ¿Qué siguió de ahí?


--¿Cuántos soberanos del mundo contemple?  He perdido la cuenta.  Los flavios, Adriano, tal vez el mejor de todos: Marco Aurelio.  Y luego una procesión de hombres pusilánimes y torpes que causaron la ruina de Roma.  Conocí a Alarico, Aecio, al mismo Atila, y finalmente hice campaña comandando una tropa de catafracti a las ordenes del eunuco Narses, peleando por y entre las ruinas de un mundo que ya había desaparecido.  Los siglos pasaron cual agua bajo un puente.  Tuve un romance con la princesa Conmena y la acompañe mientras contemplaba ella horrorizada a los primeros cruzados que se arremolinaban al pie de los muros de Constantinopla.  No me quejo.  Ha sido una vida larga e interesante.  Tal vez demasiado larga.


--La peste…


--La pase en Avignon –sonríe el conde--, disfrutando de la hospitalidad de un príncipe de la iglesia que me adopto como su nepote y me heredo su fortuna.  De ahí pase a Florencia y me honro el Magnifico con ser su intimo.  Vuestro hombre, Savonarola, me vigilaba de cerca mas resulto demasiado bruto.  Decidme, tribuno, ¿Por qué buscáis siempre a esbirros tan torpes?


--¡Insolente! –grita el gigante con rabia lanzándole un sablazo.  Tiene la ventaja del alcance.  El conde sin embargo, posee el de la agilidad y evade el golpe con facilidad y hasta cierta elegancia.


Los dos hombres se enfrascan entonces en un torbellino furioso repartiéndose sablazos con mala intención.  Tal parece a Sor Juana que esta observando las cenizas revividas de una pugna antiquísima olvidada ya por los hombres.  Sus manos tiemblan mientras reza quedamente y sostiene abrazada a Zenobia.  Los hombres se enfrascan en su lucha dando y atajando mandobles mientras gritan y blasfeman y se dicen obvias injurias en una lengua que, a los finos oídos poliglotas de Sor Juana, es a la vez familiar y completamente extraña.  Sus finos instintos le advierten que se trata de la lengua original de los hombres: es la lengua del mismo Adan.


De pronto se interrumpe la danza violenta.  El gigante trastabilea y da un paso hacia atrás.  Su brazo levanta la spata y apunta al conde.   Hay sangre en el torso del gigante; no ha salido incólume de la batalla.  El gigante contempla fijamente al conde como esperando su reacción.  De las manos del conde cae la spata.  El conde esta bañado en sudor y muy pálido.  Su jubón, se da cuenta Sor Juana, chorrea de sangre.


--¡No!  ¡Menfis!- --grita Zenobia.


El gigante luego señala con su spata a ambas mujeres.  Luego levanta esta a manera de saludo hacia el conde.  Y se desvanece.


El conde trastabilea hasta la mesa y toma en sus manos temblorosas el cáliz.  Este pronto se llena con su sangre.


--Asi son estos menesteres, Sor Juana –apunta con voz triste el conde--.  No se puede hacer magia sin ofrecer un sacrificio.


El conde se aproxima a Zenobia y cae arrodillado a sus pies.  Ella se abalanza sobre él y lo abraza.


--¡Menfis!


--Sois tan hermosa.  Sor Juana, por favor, os lo suplico.  Leed el manuscrito.


Tal hace Sor Juana.  El conde le da a beber el cáliz a Zenobia.  Ella se rehúsa.


--No, a ese precio no, Menfis.


--Entonces el sacrificio es inútil.


Tales palabras convencen a la doncella y ella apura el cáliz rebosante con la sangre del conde mientras Sor Juana lee en voz alta el manuscrito.  Es una oración a los dioses, adivina ella, específicamente a Afrodita, diosa del amor.


La doncella ha bebido del cáliz.  Esta vez el recinto se estremece con un viento casi huracanado que causa que Sor Juana a duras penas se mantenga en pie.  El manuscrito vuela de sus manos y es levantado en un torbellino y desaparece en la oscuridad de la cúpula.


--¡Dios mio!  --exclama la monja.


--No temáis, hija de Apolo, --alcanza a advertir el conde--.  Los dioses son celosos de sus secretos.   Hay cosas que ni a las musas les son reveladas.


Mientras tanto Zenobia ha caído exánime a los pies del conde.  Su cuerpo brilla con una luz intensa que parece salir de sus mismas entrañas.  Finalmente, un halo de luz sale de ella y se desvanece en las alturas.


--Consumatum est –dice quedamente el conde.  A duras penas se sostienen de rodillas y esta en medio de un charco de su sangre.  Finalmente cae al lado de la doncella.  Esta recupera la conciencia.


--¿Menfis? –le dice ella mientras lo acaricia.


Los ojos del conde están fijos en ella.  Son lo ultimo que ve.  Poco a poco la luz en estos se va desvaneciendo.


--¡No!  --grita la doncella.


Sor Juana se persigna, aunque en su interior se pregunta si es valido rezar por el alma de un angel caído.


--El así lo quiso –se atreve a decir Sor Juana.  


Y las palabras fluyen con facilidad de su lira:


Ya que para despedirme, dulce idolatrado dueño, ni me da licencia el llanto ni me da lugar el tiempo, mira cómo ya el vivir me sirve de afán grosero; que se avergüenza la vida de durarme tanto tiempo, mira la muerte, que esquiva huye porque la deseo; que aun la muerte, si es buscada, se quiere subir de precio, mira cómo el cuerpo amante, rendido a tanto tormento, siendo en lo demás cadáver, sólo en el sentir es cuerpo, ya no me sirve de vida esta vida que poseo, sino de condición sola necesaria al sentimiento, en fin, te vas, ay de mi! dudosamente lo pienso: pues si es verdad, no estoy viva, y si viva, no lo creo.


La doncella es un mar de lagrimas.  Sus ojos brillan intensamente.  


--A ese precio, ¡no!  --gime ella.


Y acto seguido toma el cuchillo de Misericordia del conde y se lo entierra en el pecho.   Sor Juana no ha podido hacer nada para detenerla.  La doncella cae muerta sobre el cuerpo del conde y los dos quedan abrazados así por la eternidad, en el recinto olvidado en las entrañas del Huizachtecatl.


Es entonces cuando todo el tiempo y el espacio se desvanecen alrededor de Sor Juana.  De pronto se da cuenta ella que esta en su claustro.  Su camisón de dormir esta manchado de sangre.  Y reconoce esta como la sangre del conde.


Frenética, la monja va y se arrodilla frente al altar en su claustro.  Su mente hierve.  No puede ser, se trata de convencer, que un acto de amor sea blasfemia.  No, insiste, bajo ningún concepto es el amor jamás blasfemia.  Y así, poco a poco, logra calmarse.   Ella oye un gallo cantar y sabe que pronto vendrá el alba y tendrá que presentarse a rezar el matins.


Es entonces que su sirviente, Maria, toca insistentemente en su puerta.


--¡Sor Juana!  ¡Madre!  Despierte por favor.


Sor Juana le abre la puerta.


--Madre, --explica la sirviente--, don Lorenzo esta en la sala de recibir.  Dice que es urgente que hable con usted.


--Pero, van a tocar a los rezos matutinos.


--El hombre esta muy exaltado, madre.  Por favor, vaya a verlo.


Sor Juana se viste rápidamente y desciende a la sala de recibir.  Ahí esta Lorenzo Ixtlilxochitl y su hijo el príncipe Guadalupe.


--¿Por qué vuestra insistencia, don Lorenzo?


--Madre --explica este sin mas preámbulo--, durante el curso de la noche los hombres de Montoya catearon la hierberia.  


--¡Ave Maria Purisima!


--Arrestaron a los juaninos y a doña Xochitl y se los llevaron junto con los manuscritos a la Inquisicion –apunta Guadalupe.


--Digame Sor Juana –le inquiere Lorenzo mientras la mira fijamente--, el trabajo que estaba usted desarrollando, ¿existen copias?


--Si, tengo una en mi claustro.  ¿Por qué preguntais?


--Quiero saber si valdra entonces la muerte de todos ellos.  ¿Lo vale?


La magnitud de los acontecimientos de esa noche vencen a Sor Juana.  Cae pesadamente en un sillon.  Sus ojos se llenan de lagrimas.


--Por favor, Sor Juana, contésteme –insiste Lorenzo--, ¿vale ese trabajo la muerte de todos ellos?


--Creo que si –afirma calladamente la monja--.  ¿Acaso los vais a dejar morir en la hoguera?


--Ciertamente que no –dice don Lorenzo.


--Padre, ¿acaso hay algo que podamos hacer?


Lorenzo sonríe con amargura.


--Ciertamente.  Se le han ofrecido suficientes loas ya a Minerva. Es hora de hacer libaciones de sangre en honor a mi señor Huichilobos.

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