Wednesday, June 15, 2011

LIX La Clepsidra de Mercurio

LIX          La Clepsidra de Mercurio


Donde hay un encuentro nocturno en una calle de la Ciudad de México Tenochtitlan

Ha caído la noche en el valle de México.  La oscuridad es casi total.  El chipi chipi de la tarde se ha convertido en una lluvia constante e inclemente.  Las gotas caen en los tejados de las casas señoriales adornadas con el escudo de un noble de castilla.  Igual mojan las torres de la catedral.  Caen sobre los modestos jacales de los indios y sobre las ruinas olvidadas de antiguos palacios y teocalis de los soberanos mexicas.  Las aguas se juntan y corren por las empedradas calles de la capital formando verdaderos arroyos que van a parar a la gran laguna que todavía rodea la ciudad.  El viento arrecia en esta y sus aguas se embravecen.  A bordo de las canoas de los trajineros que llevan toda clase de comercio a la ciudad desde los pueblos que bordean a la laguna los tripulantes se persignan y bogan con fuerza para buscar el cobijo de la orilla.  Apenas unas cuantas teas, protegidas de la lluvia, alumbran el primer cuadro de la ciudad.  La ronda de alabarderos hace su recorrido.  Se oye de vez en cuando una consigna con voz tétrica que emite uno de los de la ronda:

--¡Son las dos de la mañana y a Dios gracias no hay novedad!

Dos figuras esbozadas caminan por sigilo por las tétricas calles.  Evitan con éxito a la ronda y entran con toda precaución al patio de la yerberia de la calle de la Moneda.

--¡Abra doña Xochitl! –exclama Lorenzo tocando el pesado aldabón de la puerta.

Tal hace Xochitl reconociendo la voz del soberano de Anahuac y los dos esbozados entran, todos empapados al sótano de la yerberia.  Lorenzo se descubre y Xochitl lo abraza.

--¡Válgame Dios!  ¿De qué se trata esto?

Lorenzo sacude la cabeza.

--Cosas de mi patrona….ya viden lo terca que es.

El segundo esbozado se despoja de sus abrigos.  Es Sor Juana.  Esta vestida como un mozo y trae el cabello a rape.

--Tenia que venir hoy.  Son demasiadas mis dudas.

--¿Recibió madre nuestro último sumario? –pregunta el monje Fray Mateo.

--Precisamente, tal hice, Fray Mateo.  Y esa es una de las razones por las que vine  --dijo Sor Juana produciendo varios manuscritos de una alforja--.  El problema que tengo es que no entiendo la medición del tiempo.  Puedo aceptar, y probablemente aceptare, la medición tal y como se me presenta en estos pergaminos.  Pero me daría más confianza si entendiera  exactamente como lo median los mexicanos de la antigüedad.

--Se que dividían el día en veinte porciones –dijo doña Xochitl.

--Creo que yo puedo contribuir algo que recuerdo leí en los anales de Xochicalco –ofreció Fray Mateo.

El monje agarro un pedazo de papel en blanco y una pluma que mojo en tinta.

--Recuerdo leer una descripción de un aparato para medir el tiempo.  Utilizaba lo que los antiguos llamaban el agua de plata, la cual era aparentemente bastante pesada.

--¡Mercurio! –exclamo Sor Juana.

--Tal vez –admitió Fray Mateo— hay veneros de ese elemento en tierra de los chichimecas.  El caso es que mencionan un instrumento de flujo constante impulsado por el gotear de esa agua de plata.

--Suena a una clepsidra –dijo Xochitl.

--Ustedes me dirán –contesto Fray Mateo--, la crónica esa se estaba cayendo a pedazos cuando la copiamos.  Era yo muy joven y la recuerdo por que fue uno de mis primeros encargos.  El aparato funcionaba constantemente como en una especie de movimiento continuo.  Se mencionaba que todo el instrumento se ajustaba para apuntar siempre a Tollan y obtener la desviación temporal a partir de ese lugar.

--En tal caso se trata de un descubrimiento paralelo a lo que describe Isaac Ibn Sid en el Libro del Saber de la Astronomia –explico Sor Juana--.  Habla de una clepsidra de mercurio que igual permitía una medición del tiempo muy precisa y que siempre apuntaba a Toledo, donde el rey Alfonso el Sabio mantenía su observatorio.  El problema entonces es saber donde estaba Tollan.

--¿Y que de ello? –pregunto Xochitl.

--Verán, con los últimos sumarios creo tener bastantes datos ya para atreverme a usar el modelo de Kepler y predecir la órbita de Rahu.  Pero me ayudaría saber la localización de la mítica Tollan.  Tal parece que todas las observaciones se basan en un horario que varia a la distancia del meridiano en que se haya encontrado esta.

--Teotihuacan seria la más posible localización –sugirió Fray Mateo.

--¡Señores! –exclamo Lorenzo que hasta ahora no había dicho una palabra mientras los sabios discutían--.  Esa conversación ya la tuve una vez con mi padrino, don Diego.  Teotihuacan, él creía, no era Tollan.

--Tal es cierto –dijo Xochitl--.  Mi padre no creía que Teotihuacan tenía la antigüedad necesaria.

Fray Mateo extendió un mapa en papel amate del antiguo Anahuac.

--Este mapa lo preparo la hermandad para el emperador Moctezuma Xocoyotzin.  Muestra las rutas de los pochtecas, las guarniciones mexica en tierra caliente, y las ciudades del sur.

--Si la legendaria Tollan era tan importante –observo Sor Juana—debería de estar en un punto estratégico, accesible a todo Anahuac.

--Según mi padrino Tollan era un paraíso –añadió Lorenzo—y no frio como Teotihuacan.  Tiene que estar en tierra caliente.

--Solo hay una posibilidad entonces –sugirió Xochitl en voz queda--.  La ciudad Serpiente-Jaguar, aquí en el Coatzacoalcos.  Esta hoy en ruinas, todas cubiertas de maleza, sin embargo os aseguro que es un lugar donde los dioses todavía gobiernan.  Y si, es tierra caliente, el suelo es feraz y el agua abunda.  

Su dedo se poso en el mapa.  Era obviamente el centro de Anahuac, equidistante al altiplano, al mayab, y a Guatemala.

--Es posible –observo Lorenzo--.  Leí que Axayacatl mando una legión a conquistar el lugar y fueron rechazados en este punto, Cuilonimiquiztlan.  Los soldados mexicas se replegaron a los cerros de Catemaco y ahí se fortalecieron y establecieron una colonia.  Es evidente que los gobernantes de la gran Tenochtitlan seguían teniendo interés en el lugar si situaban una guarnición en su cercanía.

--Mas aun –recordó Fray Mateo--, el rey Ce Acatl Topiltzin Quetzacoatl hizo una peregrinación al lugar, la Ciudad Serpiente Jaguar, siglos antes de que surgiera la gran Tenochtitlan.  Hizo sacrificios a los dioses y recibió instrucción de los ancianos del lugar.  Fue así que obtuvo el derecho de añadir el nombre de Quetzacoatl a sus títulos.  Según las crónicas fue del Coatzacoalcos que el Quetzalcoatl original se embarco para no regresar mas.

--Sea entonces, basare mis cálculos en que todas las cronologías son a partir del meridiano del Coatzacoalcos –concluyo Sor Juana.

--¿Y qué si no es ahí madre? –pregunto Lorenzo.

--En tal caso, mi modelo se vendrá abajo.  O, si funciona, tendrá errores y la predicción de la órbita de Rahu será falaz –contesto Sor Juana.

--¿Requiere más datos madre entonces? –pregunto Fray Mateo.

--Dadme lo que juntéis esta semana y no mas –pidió Sor Juana--.  Estamos arriesgando mucho con tener estos papeles en este lugar y entre más pronto los regresen a Texcoco, mejor.

--Sea, el domingo empacaremos –anuncio Fray Mateo.

--Vámonos yendo entonces madre –dijo Lorenzo calzándose su abrigo y asegurando que su toledana estaba en su lugar--.  Las calles son muy peligrosas de noche.

Lorenzo y Sor Juana volvieron a adentrarse por la calle de la Moneda.

--Tenemos que abreviar el paso, Lorenzo –observo Sor Juana--.  Tengo que estar en el convento para el primer toque a misa.

--En tal caso tendremos que pasar por la calle de las cantinas, madre.  Están abiertas hasta altas horas de la noche porque el ayuntamiento recibe cochupo de estas.

--¡Válgame Dios!

--No dudo que nos encontraremos unos borrachos.  No les haga caso y camine cerca de mí, por el amor de Dios.

Afortunadamente la lluvia había amainado.  Pronto entraron Lorenzo y Sor Juana a la calle en cuestión desde donde varios establecimientos de mala muerte estaban todavía abiertos.  Algunos borrachos trastabillaban al salir de estos.   Sor Juana los contemplaba con cierto horror.

En eso salió un grupo bullicioso de uno de los lupanares.  Lorenzo y Sor Juana apresuraron el paso tratando de esquivarlos.  Pero no tuvieron éxito.

--¡Ese don Lorenzo!  ¡Vengase a tomar con los pobres!

A Lorenzo se le helo la sangre reconociendo al Faisán.  Con él se encontraba el Osito.  Pero lo que más lo hizo temblar fue reconocer al conde de la legión que sostenía al definitivamente alcoholizado inquisidor Montoya. 

--Tengan buenas noches sus mercedes –respondió Lorenzo--.  Siento mucho que no podemos dilatarnos con sus señorías.  Tengo que escoltar a mi patrón a su aposento.  Tal vez otro día, con mucho gusto.

--¡Y tiene razón!  ¡Jic! –exclamo el inquisidor trastabillando y acercándose a Lorenzo y Sor Juana--.  ¡Yo ya no valgo dos bledos!

--Patrón, por favor, no lo tome vuecencia como desaire --le suplico Lorenzo.

Pero el inquisidor era de esos borrachos tercos.  Se acerco a Sor Juana y la agarro por el abrigo, descubriéndola, y poniéndose a llorar en su hombro.

--¡Es que esa desgraciada…ya me desgracio!

--¿Qué tiene este buen hombre? –pregunto Sor Juana tratando de enronquecer la voz para aparentar ser un mozo.

--¿Y quién es su patrón don Lorenzo? –pregunto el Faisan.

--¡Es que estoy herido de muerte! –aulló el inquisidor.

--El patrón anda volando bajo –explico el osito.

--¿Lo conozco caballero?  --pregunto el conde.

--Ah, mi patrón es… --trastabillo Lorenzo.

--Don Filoteo de la Cruz, señores, cristiano viejo, caballero de la orden de Tais y de Lucrecia, recién llegado de España, para servir al rey y a Dios –contesto Sor Juana.

--Ah que don Filoteo –se rio el conde--.  Vera, aquí al amigo Montoya me lo acaban de regañar feo.  El señor arzobispo lo puso como al perico.  Creo que lo más probable es que lo embarquen en Acapulco para que esté a cargo de un leprosario en las Marianas.

--¡Y todo por culpa de esa musa!  ¡Ay!  ¡Mi suerte es tan funesta!  ¡Nacida de las sombras de la noche, jic, como mi destino!

--Pos le ofrecimos que si se echaba una cana al aigre antes de que se fuera al leprosorio nosotros lo escoltaríamos –explico el Faisán.

--¡Me negué a, jic, quemarla!  ¡Que se vaya al diablo el arzobispo!  ¡Cómo podría hacerle algo a ella, a ese, jic, intelecto!  ¡Tan rutilante, jic, como las estrellas!

--Una última parranda es lo menos que se merece el patroncito –añadió el Osito.

--No creo que llegue a Acapulco vivo –explico el conde--.  Se le ha roto el corazón.  Va a morir de amor.

-- Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano (jic).
Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece –recito el inquisidor.

--¡Válgame Dios!  --exclamo Sor Juana reconociendo sus rimas.

--¿No les digo?  La monjita trae volando bajo al patroncito –dijo el Faisán--.  Ya no piensa derecho y hace cada barbaridad.

--Es que la monjita esa esta guapita, no cabe duda –observo el Osito--.  Yo que él me la hubiera robado del convento y le hubiera puesto casa.

--¡Ya le dije antes que respete! –exclamo Lorenzo con indignación.  Su mano se poso en su toledana.

--¡Por Dios! –Exclamo Sor Juana--.  Esto no amerita que se derrame sangre.

--¿Sangre?  ¡Que se derrame la mía! –dijo el inquisidor--.  Dígame, don Filoteo, ¿usted es diestro con la toledana?  ¿Me haría vuecencia el gran honor de cruzar acero conmigo y matarme?

--Bueno –se rio el conde de la legión--, veamos la sugerencia del inquisidor desde el punto de vista que morir aquí en México sería mejor que ir a morir en las Marianas.  Es más, don Filoteo, tenga usted mi toledana.

El conde le extendió la toledana a Sor Juana y Sor Juana la agarro con mano temblorosa.

--¡Señores por favor!  --exclamo Lorenzo.

--Esto es asunto entre españoles –advirtió el conde.

--Si, don Filoteo –dijo el inquisidor agarrando la punta de la espada y poniéndosela en el pecho--.  Entiérremela vuecencia aquí mismo.  ¡No quiero acabar entre los leprosos!

--Seria una caridad si le da la muerte, don Filoteo –dijo el conde sonriendo.

--¡No me pida usted eso! –contesto Sor Juana.

--¿Me desprecia caballero? –dijo el inquisidor observando con cuidado a Sor Juana--.  Válgame, jic, Dios.  Vuecencia se parece a ella incluso.  ¿Sois acaso familia?  No se ofenda, caballero, pero sois bastante guapo.  Si yo fuera parcial al vicio griego le echaría, jic, los perros.   Deme la muerte entonces, así se me figurara que es ella la que me mata.

Sor Juana dejo caer la espada con horror.  Lorenzo desenvaino la suya.

--¡Acabemos señores con un carajo! –juro Lorenzo.

--¡Maldita sea mi suerte! –exclamo el inquisidor--.  Acabare entre los leprososos.

--Ni modo, tal parece que así será –dijo el conde carcajeándose y poniendo fin al lance--.  Baje esa espada, don Lorenzo, aquí no ha pasado nada.  Señores, dejemos ir a don Lorenzo y a su patrón don Filoteo.  Ademas, traigo conmigo todavía una bolsa llena y nos quedan todavía unas horas y mas cantinas que visitar.

--Ah, ¿le seguimos?  --exclamo el Osito sonriendo.

--Pos para eso estamos, ¿no?  --sentencio el Faisán.

Sor Juana se volvió a cubrir y se acerco al conde.

--Señor conde, si sois quien sois, sabéis quien soy…

--No hay más que decir…

--En tal caso, cuidad a ese infeliz bruto.

--Tal hare.  No os preocupéis.  Después de todo, ya sufren bastante los leprosos como para que encima les caiga este fulano.

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