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Tuesday, June 14, 2011

LX. Aramis Tras el Moro

LX.          Aramis Tras el Moro

Donde se discute si los reyes o la santa madre iglesia es mas generosa con los que le sirven


Billote, el criado de Aramis, reacciono violentamente, emitiendo gemidos como un alma en pena y jalándose los cabellos.

--¡Diablos! –contesto Aramis--.  A mí tampoco me apetece un viaje a través del océano.  Es por eso que debo interceptar a Santa Cruz antes de que salga de España.

--¡Dicen que en la Nueva España hay unos indios horribles que os comen vivo! –insistía Billote chillando y temblando como una novicia.

--¡So bruto!  ¡Cobarde!  --juro Aramis--.  ¡Os digo que no tiene que llegar a eso!  Ea, estoy perdiendo tiempo.  Ayudadme siquiera a encinchar mi caballo.  Me han indicado que se le vio a Santa Cruz en el camino a Compostela.  Se dirige al interior de la península.  Me será entonces fácil encontrarlo.

De mala gana Billote ayudo a su patrón a aprestarse a marchar.  No hizo, sin embargo, ningún esfuerzo en preparar su mula.

--Ah, ¿con que es así? –observo Aramis ya montado en su alazán.

Billote se rehusaba a ver a su patrón de frente.

--Os debería de atravesar con mi espada –dijo Aramis--.  Sabéis demasiado de mis secretos.  

Billote agacho la cabeza y se persigno como quien espera la muerte.

--Pero, ¿Cuánto tiempo me habéis servido?  ¿Veinte años?  ¿Y ahora me resultáis un poltrón y un cobarde?  Habla mal de mí por no haberos reconocido como tal antes.  Bien, si seguís queriendo estar a mi servicio, volveos a Arles.  Id con el obispo ahí.  Es jesuita también.  Poneos a sus órdenes y esperadme.

--Su señoría, yo… --intento decir Billote.

Por toda respuesta Aramis le dio una patada  que lo tumbo al suelo.  Luego Aramis arreo su caballo en dirección al sur.

Tenía razón Aramis en pensar que una vez dentro de España le sería fácil encontrar al moro.  En cada iglesia, cada parroquia que se encontraba en su camino era cuestión tan solo de presentarse y mencionar que estaba al servicio directo de su santidad para que se le dieran toda clase de facilidades.  En las iglesias donde un jesuita estaba a cargo Aramis mostraba discretamente su anillo, el mismo que había portado Loyola, el fundador de su orden.

--Vide a tal fulano pasar por aquí hace exactamente una semana, su señoría –le dijo un colega de la orden en un pueblo de La Mancha de cuyo nombre nadie parece acordarse--.  Viene acompañado de un criado, un fulano de este rumbo al cual reconocí.  Se llama Sancho Panza. 

--¿Hablasteis con el criado?

--Poco pero sustantivo.  Menciono que estaba al servicio de un almirante y se dirigía a la Nueva España donde regenteara sobre un harem de indias desnudas.  Sancho suele ser muy indiscreto.  Pero su amo se dio cuenta que estaba hablando conmigo y le callo la boca de un sopapo.

--¿No dijeron a donde se dirigían?

--No.  Y no pude preguntarle ya.  Sin embargo, sabed que no sois el único que ha estado preguntando por este fulano Santa Cruz.

--¿En verdad?

--Unos alguaciles se presentaron un día después y me buscaron para inquirirme si había visto al fulano.

--¿Alguaciles?

--Si.  Traían toda una escolta de alabarderos y hasta un notario.  Tal parece que este fulano Santa Cruz tiene enemigos poderosos también en la corte de nuestro rey, que Dios guarde.

Aramis se rio.  Aparentemente doña Catalina y sus hijos, que tenían contactos en la corte, también se habían enterado del regreso de Santa Cruz.

--Escuchad.  Pronto seguramente se presentaran otros dos forasteros.  Uno es un hombre barbón y formidable.  Viene acompañado de una mujer rubia bellísima.  Por el bien de la orden y de la santa madre iglesia, decidles que os habéis enterado que este Santa Cruz ha tornado al oriente, pues planea embarcarse ya sea en Vigo o en Portugal.

--Tal hare mi señor Aramis –dijo el jesuita inclinando la cabeza.

--Y si podéis, también avisad al santo oficio de la presencia de este hombre y esta mujer.  Son protestantes.  Ella es inglesa y él es hugonote.

--¡Por supuesto! –respondió el jesuita con horror.

Aramis continúo su camino y unos días más pernoctaba en la sacristía de otro pueblo polvoso.

Era de madrugada.  Aramis trato de seguir simulando que dormía.  Sabía por instinto que no estaba ya solo en la habitación.  Bajo su almohada estaba un pistolón.  Su espada se encontraba en la silla junto a su cama.  Pero era evidente que el intruso había sido capaz de entrar sin causar ruido.  Tan solo una leve e inevitable corriente de aire había alertado a Aramis que ya no estaba solo.

--Bien, señor de Aramis, sincerémonos –dijo una voz hablando francés con un acento que Aramis no reconoció--.  Vuecencia sabe que estoy aquí.  No tiene caso que busquéis el pistolón bajo vuestra almohada.  Está en mis manos.  Y no sois lo suficientemente rápido para haceros de vuestra espada antes de que os mate.

¿El hombre se había no solo introducido en su habitación sino que además había quitado el pistolón bajo su almohada sin despertarlo?  Aramis sintió por un momento una premonición de muerte.

Una bujía se prendió.  Aramis se incorporo de su lecho y encaro al intruso.

--Estoy a su disposición señor, quien quiera que sois –dijo Aramis con aplomo--.  Si me vais a matar, dejad siquiera que me persigne antes.

El intruso estaba esbozado y le apuntaba con el pistolón.  En su otra mano sostenía una cimitarra turca.

--¿Y dejar que al persignaros busquéis un cuchillo oculto en vuestro pecho y me lo aventéis?  No, señor Aramis, he estado en el gioco por años.  Conozco la clase de hombres que son los agentes al servicio de su santidad.  Repito, si os quisiera muerto ya estaríais en estos momentos en el purgatorio.

--¿Sois también un agente?  ¿Quién sois?

El hombre dejo caer el bozal y alzo la bujía para revelar su rostro.  Era un fulano cobrizo con una barba rala y ojos rasgados.

--Me dicen “el Mexicano”.  Vos me conocéis.  He servido a milady y a Rochefort.

--Ah, ciertamente.  Se que sois letal.  Obviamente ese apodo no es vuestro nombre, caballero.

--No.  Mi verdadero nombre es Xiucoatl.

--Bien, señor Xiucoatl, ¿Qué deseáis de mi?

--Seguís la huella de Santa Cruz.

Aramis se encogió de hombros.

--Media Europa sigue la huella de ese fulano, como ya os habéis dado cuenta.  Por cierto, ¿qué de vuestros patrones?

--Por lo que toca a mis patrones, huelga decir que la inquisición los persigue.  Andan desperdigados y a salto de mata.  Me imagino que el santo oficio recibió una denuncia de su presencia.  Seguramente usted fue el autor de esta, ¿verdad?

--Se me ha acusado de peores cosas, señor Xiucoatl –sonrió Aramis.

--Yo era la vanguardia de milady y Rochefort pues viajo más rápido a pie que ellos en su carroza.  Logre encontrar la pista de Santa Cruz e inclusive lo logre divisar a una legua tan solo de mí.  Sin embargo, el muy taimado se percato de mi presencia y espoleo sus caballos y se me perdió.

--¿Se dirige entonces todavía al sur?

--Definitivamente.  Creo que buscara embarcarse en el Guadalquivir.

--Igual creo yo.  Bien, señor Xiucoatl, ¿que buscáis de mi?

--Si os dirigís a la Nueva España me gustaría acompañaros.

--¿Entraríais a mi servicio?

--No, yo ya desperdiciado mis mejores años al servicio de europeos, reyes, obispos y demás poltrones.  Seguramente os imagináis la cantidad de lances, asesinatos, y duelos en los que he estad involucrado.  Y por toda recompensa solo tengo cicatrices y las ropas que porto.  No, señor Aramis, no seré vuestro criado pues soy también un caballero, tal como se estilan estos en mi patria.  Os ayudare, si, en buscar a este Santa Cruz y tal vez despacharlo antes de que se embarque a la Nueva España.  En todo caso solo deseo que el papa me recompense con un pasaje de regreso a mi patria y una pequeña gratificación extra que me permita morar sobre la tierra echando panza sin tener que involucrarme en mas san quintines.

--¿No era generosa entonces milady?

--Definitivamente no. 

--Bien, Roma no es tacaña y os sabrá recompensar.  Buscadme al amanecer y partiremos juntos.

Xiucoatl hizo una reverencia y salió en silencio de la habitación.


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