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Monday, June 6, 2011

LXVIII El Filtro de Fierabras



Del Libro de Pedro Santa Cruz

Hoy escribo esto en un curato de un hermoso pueblo de las montañas veracruzanas de la Nueva España.  El canto de los gallos en el patio de la sacristía, donde juegan mis nietos, me recuerda la deliciosa semana que pase en la corte de  España.  Y es que me porte como el que soy, diría un poeta, y en aquellas fechas era yo un joven vigoroso, de buena pinta, no el vejete decrepito en queme he convertido.  ¡Con que facilidad solía atraer con facilidad la mirada de las francesitas damas de compañía de la reina, doña María Luisa de Orleans!

Si pensáis que cornamente al rey estaréis muy equivocado.  La reina le era completamente devota y los dos parecían estar en verdad muy enamorados.  Alcance a ver al rey desde lejos.  La reina lo sacaba a una gran terraza del palazuelo.  Había sido a iniciativa de doña María Luisa que el rey había venido a Andalucia, buscando que el sol de esta lo fortaleciera.  Incluso una noche vide a la pareja real observando las estrellas con un telescopio y discutiendo sobre las trayectorias de los planetas.  Esto me sorprendió pues tenia entendido que el rey era tan solo un idiota babeante pero el hombrecillo en silla de ruedas que discutía acaloradamente con la reina no parecía tal.  Era como si en verdad ella fuera capaz de romper el “hechizo” que la plebe decía había caído sobre este rey.

La reina había insistido en que el rey venia en viaje de recuperación.  Y ella, mientras, seguía al frente del gobierno.   De vez en cuando se presentaba un correo venido de Madrid con noticias urgentes.  Era entonces la reina la que tomaba las decisiones y ordenaba lo que correspondía.  No me cabe duda que las riendas de España estaban en esos momentos en buenas manos con esta hija de los luises al mando.

Dos cosas empañaban mi gozo.  Mi criado, Sancho, agonizaba.  El medico encargado, un judío protegido de la reina, don Isaac de Brabante, no tenia esperanzas.

--No ha recuperado la conciencia.  Es un cadáver con vida.  Cada día esta mas débil.

--¿Cuánto tiempo le quedara?

--Tal vez unos días mas.  El fulano es muy fuerte pero, mirad, --me dijo el hebreo descubriendo el cuerpo de Sancho—su glúteo y parte de la pierna se ha ennegrecido.

Me persigne quedamente.  El hombrecillo me había sido fiel.

--Os seré franco –dijo el galeno viéndome fijamente--.  La ciencia medica no puede hacer nada mas por este hombre.  Lo siento.

Lo segundo que empañaba mi gozo era don Iñigo Balboa.  Adonde yo iba el viejo y sus hombres no dejaban de estar cerca.  Don Íñigo me veía con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona.

--He tenido reportes sobre vos, Santa Cruz.  Se reputa sois el mejor espadachín de España.

--¡No!  ¡Os lo suplico!  No me pidáis que cruce acero con vuecencia.  ¡Todo eso es un malentendido!

--Por supuesto que no, Santa Cruz.  De joven yo conocí al que en verdad era la mejor espada de las Europas.  Lo vide morir en Rocroi gritando “Viva España”.  No le llegáis a sus talones pero creo que si sois peligroso.  Así que, llegado el momento, me asegurare que mis hombres os vacíen un arcabuz y no haya necesidad de desenvainar toledanas.  No os preocupéis, haremos el trabajito rápido y no sufriréis.

--¡Pero la reina me protege!

--Pues disfrutad de ello, por ahora.  Los reyes suelen cambiar como el viento.  Acordaos: la reina es hija de los luises.  En cualquier día cambia de parecer y os manda ajusticiar y dirá tan solo que es “raison de etat”, --acabo Balboa riéndose.

Una noche de madrugada, en que estaba yo abrazado a las tetas de una hermosa sílfide, tocaron con gran insistencia a mi puerta. 

Me vestí con premura y abrí.  Ante mi se encontraba don Iñigo y sus hombres.  Me apuntaron con los mosquetes.  Don Iñigo traía su toledana desenvainada.

--Bien, si es mi hora, sea –alcance a decir.

--No seáis bruto, seguidme y no hagáis bulla –advirtió el viejo--.  No os voy a ajusticiar.  Y si lo fuera a hacer me hubiera esperado al mediodia.  Nunca me han apetecido eso de arruinar la mañana de alguien aplicándole el garrote.  Prefiero una hora mas decente para hacer tales menesteres.  Además, no quiero despertar al rey con detonaciones de arcabuz y vuestros aullidos de moribundo.

Para mi sorpresa nos dirigimos a la habitación donde languidecía Sancho.  Adivine que había tomado lugar el desenlace.  Mi fiel escudero había muerto.

Pero al entrar a la recamara me encontré con Sancho sentado en su cama, hablando por los codos.

--¡Estáis vivo!

--Así es, señor almirante.

--¿Almirante? –pregunto Balboa con sorna.

--¿Pero como?  ¡Os hacia a punto de engordar los gusanos!

El hebreo don Isaac sacudió la cabeza.

--¡Oy vey!  Esto fue un milagro.

--No fue tal –explico Sancho--.  Tengo la piel de marrano, es decir, muy dura.  He estado tratando de decirle aquí a don Isaac que me diera a beber lo que traía en mis alforjas.  Pero me encontraba como paralizado.  Quien sabe que ponzoña había en el dardo del maldito mejicano ese.  El caso es que a base de mucho esfuerzo logre que el medico me hiciera caso.  ¡No sabéis lo terco que es este fulano!

--¡Pero es que ya no teníais remedio!

--Pues si, --continuo Sancho--, pero vuecencia será muy erudito y muy leído de las ciencias de los griegos y moros y judíos pero nunca ha oído del filtro de Fierabras.

--Sancho, ¿de que habláis?  Vive Dios que me da gran alegría veros con vida pero esto es imposible.

--¿Seguro que vos o este hebreo no tienen pacto con el diablo? –pregunto amenazadoramente don Iñigo.

--La poción que estaba en esta botella –dijo Sancho mostrándome tal—es el milagroso filtro de Fierabras.  Me la dio el hidalgo loco al que tenia por amo antes.  Él me decía: “si alguna vez la cimitarra de un gigante me corta en dos, cosa que es muy común leer en los hechos de los caballeros andantes, tomad mis dos pedazos, cosedlos juntos, (asegurándoos de no poner mis pies apuntado a mi espalda), y luego derramad esta poción en mi boca.  Con ella volveré a estar completo y sano.  Se trata del fabuloso filtro de Fierabras.  Este era un mago de Levante que le dio la receta al rey Alejandro Magno al caer Babilonia.  Me lo hizo llegar un comerciante que lo compro en Egipto a unos negros que habían venido en caravana desde las tierras de Preste Juan donde se conserva su receta.”

El medico abrió los brazos sin comprender.

--El caso es que la inflamación y la necrosis casi han desaparecido –exclamo con asombre el hebreo--.   Esto cambia toda la ciencia medica. 

Olí la botella y la sostuve a la luz de una bujía.  No quedaba nada.  El olor era a limón.

El medico parecía a punto de llorar viendo la botella vacía.

--¡Carajos, si tan solo quedara lo suficiente para analizarlo y reproducirlo!  Mi reputación seria tal que podría ir a dar catedra en Salamanca y la Inquisición me haría los mandados.  Desgraciadamente don Sancho se bebió el ultimo trago.

Tape con cuidado la botella y me la guarde.  Esa noche había tomado varias botellas de vino y todavía trastabillaba de borracho.  Pero el liquido que había contenido era tan poderoso que mi mente se había despejado con tan solo olerlo.  Valdría la pena conservar la botella, aunque sea para olerla.

--¿Creéis que vuestro paciente esta en condiciones de viajar? –pregunto don Iñigo.

--¡Ciertamente!  --asintió el medico--.  Válgame Dios, creo que el fulano es inmortal.

--Bien, moro, vos y vuestro escudero aprestaos.  Mañana de madrugada os llevaremos ahí bajo escolta al Guadalquivir para que os embarquéis a la Nueva España.

--Bien, no me apetece tener otro encuentro con el tal Aramis.

--No dudéis que ese demonio os seguirá.  En la corte las paredes tienen oídos –advirtió don Iñigo.

Francamente en esos momentos no tenia ni idea que diablos iba a ir a hacer en la Nueva España, a quien iba a buscar, y con qué iba a regresar.  Y el hosco don Iñigo no parecía muy dispuesto a esclarecer todo esto. 

Llego la mañana y yo y Sancho nos encontrábamos ya en el patio del palazuelo con los caballos prestos.  Fue entonces que se presento la reina y todos hicimos respetuosa caravana.

--Moro, acompañadme unos momentos.

Tal hice sin chistar.

La mujer estaba esbozada pero se descubrió y la pude contemplar de cerca.  Me encaro con sus ojos grises enmarcados por  elegantes cejas.  Su pelo castaño tenia visos de oro.

--Moro, creo que hay cosas que os debo de decir, aun si, como vos mismo habéis dicho, sois solo un simple marinero y tal vez no las comprenderéis.

--Señora, --dije haciendo una ligera caravana.  No había mas que decir.

--Sabed que tengo muchos enemigos.

Por lo que había conocido de los reyes tal cosa no me sorprendió.

--Hace un tiempo el rey y yo asistimos a un auto de fe.  Fue en la plaza principal de Madrid y la asistencia del rey, me imagino, le daría gran solemnidad a la ocasión.

--Entiendo, señora.

--¿Habéis alguna vez visto un auto de fe, moro?

--No señora, no he visto tal espectáculo.  Si por la iglesia fuera seria el invitado de honor.

--Entonces entendéis nada, moro.  Los curas ajusticiaron a familias enteras, aun los jovencitos apenas salidos de la infancia.  Los alaridos de los moribundos y el olor a carne quemada me hizo vomitar.  Aun el rey, que no estaba en sus cinco, se veía enfermo.  Nos retiramos a mitad del acto.  Al día siguiente hice que el rey firmara un edicto prohibiendo los autos de fe.

--Me imagino que eso no le gusto a la santa madre iglesia.

--Claro que no.  Ahora tienen que usar el garrote.  No se si sea una mejora.  El caso es que ese día tome una decisión.  Creo que a veces, por amor y lealtad a España, hay que defenderla, aun de ella misma y contra ella misma.  ¿Entendéis?

--No mucho, señora.

--No importa, moro.  Escuchad.  Ahora mismo, las riquezas de las Indias y de las Filipinas vienen y se descargan en el Guadalquivir.  Y es ahí donde los agiotistas toman su parte.  Y lo que le queda al rey se va en guerras estériles en Flandes, Nápoles, y Levante, donde España dilapida su mejor sangre en defensa de la iglesia.  ¿Creéis que Roma le agradecerá algún día este sacrificio a España?

--Lo dudo, señora.

Estimado lector, si vos estuvierais en mis zapatos y os sintieras halagado de tener tal conversación con la reina os diré entonces que sois un imbécil.  La verdad los pelos se me estaban poniendo de puntas conversando con la mujer.   Mi mente ardía.  ¿Por qué me confiaba todo esto la reina?  ¿Qué esperaba de mi?  Tenia yo la certidumbre que en cualquier momento podía cometer un error y ella mandaría que don Iñigo me hiciera empalar.

La mujer se dio cuenta de mi sobresalto.

--¿Por qué estáis tan pálido, moro?  ¿Acaso os doy miedo?

Por momentos temí que se me vaciaría la vejiga.  Finalmente decidí que por lo menos moriría con dignidad.

--Señora, vuecencia sabe que solo soy vuestro súbdito.  Si vos queréis, me podéis mandar al final del mundo y tal hare.

La mujer hizo un ademan de aburrición.

--¡Bah!  De esos tipos de agentes tengo cientos, moro.  Necesito quien este dispuesto a servirme, aun si esto aparentemente es contra los intereses de España, ¿entendeis?

El corazón me dio un vuelco.

--Pues eso soy, señora, creo, pues si vuecencia quiere perjudicar a la iglesia estoy dispuesto a servirla --conteste armándome de valor--.  Y si voy a serviros necesitare saber exactamente que traeré de la Nueva España.  Me han dicho que son unos documentos.

La mujer me vio con curiosidad y sonrió.

--Correcto.  Iréis hasta la Nueva España y regresareis con los papeles que os dará la que llamamos Hypatia.  ¿Os interesa saber que contienen esos papeles?

--Me han dicho que son cálculos de las orbitas de los planetas.

--En efecto.  Sabed, moro, que si los hombres pueden entender la mecánica celeste será el primer paso para su liberación del yugo de la iglesia.

--Entiendo tal, señora.  Y entiendo que vuecencia tiene sus diferencias con Roma y, os aseguro, me honrare en servirle. 

--Correcto.

--Sin embargo, señora, si los hombres empiezan a cuestionar a Roma, ¿Qué seguirá después?  ¿Cuestionar el derecho divino de los reyes?

Hecho.  Me había excedido.  No dudaba que ahora iba a morir.  ¡Vive Dios que arrogante y estúpido es uno de joven!

La mujer sonrió lentamente.

--Bien, creo que no me he equivocado, seréis un simple marinero mas no un bruto --dijo dando media vuelta y dirigiéndose resuelta adonde se encontraba don Iñigo y sus hombres.

--Moro, olvidaos del oro de los Fuggers –me dijo la reina entregándome un sobre lacrado--.  Aquí está todo lo que necesitareis saber para llevar a cabo vuestra misión.  Leed el contenido, memorizadlo, y luego quemadlo.  Si regresáis con vida os hare tan rico como Creso y os considerareis el hombre mas afortunado del mundo.

Luego ella me miro fijamente y penetro cual serpiente en lo mas recóndito de mi alma.  Entendí por qué decían que esta mujer era media bruja.  Solo una mujer así podía deshacer el hechizo que rodeaba al rey.  Yo sentí que perdía el alma en esos ojos grises tan fríos como un invierno de Flandes .  Avasallado y sin control ya de mi mismo caí a sus pies:

--¡Oui ma reine!

--Aseguraos que se embarque, don Iñigo –ordeno la reina.

Partimos rumbo a Sevilla.  En el camino don Iñigo se me acerco y me murmuro:

--Bien, moro, me habéis ahorrado un viaje a las Indias y el tener que abriros en canal.

--Tal sospeche –admití.  Estaba bañado en sudor.  Nunca había estado mas cerca de la muerte que en esos breves instantes hablando con la reina de España.

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