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Tuesday, June 7, 2011

LXVII. El Tercio de la Nueva España


Nueva España, 1683


Imaginaos lector que es mediodía y nos encontramos en la muy real y señorial ciudad de Méjico.  Nos dirigimos a la gran plaza enfrente del palacio de los virreyes.  


Seguimos los pasos de don Raúl.  Vuecencias tal ves os acordáis de él.  Se trata del capitán del ultimo destacamento de los ejércitos mexicas, los caballeros águila que vigilan el tetzacualco, allá, perdido, entre las brumas que coronan el Tlaloc.  


Es don Raúl un indígena sesentón (el pelo lo trae cortado a rape, muy a lo militar, pero realmente para que no se vean sus canas).  Sabed que mis palabras al describirlo de ahora en adelante como un “anciano” no os deben de engañar.  Tal, ciertamente, no es mi intención a pesar de los embustes que os he contado.  


Os debo entonces advertir que Don Raúl es el tipo de viejo del cual ni vuecencia ni su servidor se atrevería a hacer mofa alguna.  Observad su brazos.  Son correosos.  Las manos son callosas.  El porte y el caminar es erguido y arrogante.  La piel, muy morena, tiene apenas pequeñas arrugas alrededor de los ojos.  No se detecta ningún indicio de que ha echado panza, cosa de esperar en un sesentón.  Una cicatriz vertical le nace en la frente, sobre el ojo izquierdo, y fenece en un cachete.  Viste don Raúl las ropas humildes de un arriero.  No porta armas, tan solo porta un pesado bastón en el que se apoya para tratar de dar la impresión de ser un sesentón común y corriente, es decir, en capilla para servir de banquete a los gusanos.  ¿Quién le prestaría mayor atención a un indígena viejo, seguramente derrotado por la vida?


Don Raúl camina entre la multitud.  Imaginaos la romería que son las calles de la capital de la Nueva España.  Ignora a las nubes de pordioseros.  Las busconas, mujeres de olfato fino, no se atreven a ofrecérsele.  Y mas de un matasiete que piensa en hacerse de la bolsa del anciano detiene sus pasos al hacer contacto con su mirada.  Esta es muy retadora y una sonrisa burlona se asoma en su boca.  Y los matasietes adivinan que el pesado y solido bastón que porta el “anciano” con ligereza puede ser letal.


La que seria, en siglos posteriores, llamada la Ciudad de los Palacios lo es en verdad.  Alrededor de don Raul se yerguen, cual titanes anclados en la tierra, los palacios construidos por los peninsulares.  Innumerables son los palacetes coronados por las armas de un noble de Castilla (o tal vez las de uno de los llamados “nobles de indias”, humildes soldados del extremeño que hicieron su fortuna en la Nueva España y a los que el rey vio conveniente darles patentes de nobleza).  Pero en todos estos altivos palacios de tezontle don Raúl observa los basamentos, muchos de los cuales consisten de piedras labradas extraídas del extinto palacio de los tlatoanis mexicas.


Hay uno en particular frente al cual don Raúl hace una pausa.  Se trata de un edificio semiderruido y ahora subdividido en múltiples covachas de notarios, buscones, picapleitos, prestamistas, y otras faunas que malviven del auge comercial de la ciudad.  Sobre la todavía imponente mole del edificio se distinguen altivas aunque carcomidas por el tiempo y los elementos las armas de la orden del águila: el águila y la serpiente.  Es el palacio del príncipe Axayacatl, gran maestre de la orden, y esta a un tiro de honda de la gran catedral.  


La multitud fluye cual un gran rio alrededor de don Raúl que se ha detenido por varios minutos a contemplar el dilapidado escudo que corona el palacio.  Nadie le presta atención al anciano indígena que contempla fijamente el escudo.  Don Raúl duda.  Dígame vuecencia si no dudaría usted.  Ha dedicado toda una vida al cuidado de una herencia que tal vez ninguno de los mexicanos que lo rodean valorarían, aun si supieran de su existencia.  ¿Y todo para qué?  Pues para entregársela a unas generaciones en siglos que ni siquiera  se pueden imaginar, que solo son suspiros de una profecía.  No seria humano don Raúl si no dudara.


Mas la disciplina de la orden se impone y don Raúl maldice quedamente.  El no es un erudito aunque ha tenido una fina educación y posee conocimientos de la antigüedad mexicana y europea que envidiaría cualquier egresado de las grandes universidades de Europa.  Mas bien es un soldado, y eso lo consuela y justifica su existencia.  Y hoy tiene que actuar como tal, haciendo un reconocimiento del enemigo.  


La misión de don Raúl hoy es clara.  Se ha recabado inteligencia que el virrey ha convocado a la formación del Tercio de la Nueva España reclutando elementos entre los peninsulares y criollos avecindados en la gran ciudad.  Y hoy es cuando comienzan a entrenar.   La gran plaza de armas frente al palacio virreinal será, en verdad, de armas.


En lontananza se divisan los altivos muros y almenas del gran palacio de los virreyes.  En lo alto de este ondea la bandera con la cruz de San Jorge, símbolo de las armas de España.  Se oye un continuo tamborileo y gritar de ordenes y se detecta el olor de la pólvora.  Un alférez se mantiene en pie, estoico e inmutable, aparentemente eterno, sosteniendo la bandera de España.  Esta plantado en el centro de la plaza.  Es en el mero corazón de Anahuac donde se posa su astabandera.


Don Raúl ha llegado a una esquina de la plaza.  Se planta bajo los arcos del gran mercado que ahí se alza, y observa con ojos entrecerrados como se ejercita el tercio de la Nueva España.


Alrededor de la enseña de Castilla se arremolinan los soldados de este tercio.  Los cuenta don Raúl.  Son como trescientos infantes y una treintena de cabos y jefes.  Mas no son los trescientos de Esparta.  Son mas bien los hijos de las mejores familias de la Nueva España.  Don Raúl los observa con cuidado.  Son jóvenes tal vez de unos veinte años, en la flor de la edad, de buena planta, altos, fornidos.  En su manos están pesados arcabuces.  En sus cintos portan sendas toledanas.    Unos sombreros de gran ala coronan sus testas.  Están cubiertos de sudor.  Han estado toda la mañana  evolucionando y descargando sus arcabuces contra un parapeto de pacas de paja.


La torpeza con que maniobran los delata.  Si, son soldados bisoños pero ese no es el problema.  Es evidente que no están hechos para las rudas tareas de la milicia.  En el tetzacualco se hubieran quebrado luego luego piensa don Raúl.


Don Raúl no puede evitarlo.  Deja ir un sonoro pedo, cosa que no es aconsejable si uno esta en estos menesteres de no atraer la atención y observar al enemigo de incognito.  Pero, ¿Qué se puede esperar de un anciano decrepito que tal vez ya no controla su esfínter?  


Y es que, ¡por Santiago!  --piensa don Raúl al contemplarlos--.  ¡Que bonitos mozos!  ¡Que bien vestidos!  ¡Que preciosos encajes!  Vive Dios, que esos guantes han de ser de piel de ante.  Mirad esos gloriosos peinados.  Seguramente es la ultima moda de Paris.  Ah, y mirad la mirada de arrogancia de todos ellos, de perdona vidas.  ¿Que somos nosotros?  Hombre, ¡pues tan solo unos gusanos!  Ellos, tan arriba de nosotros, nos contemplan cual insectos.


Y sin embargo don Raúl no deja de sentir cierta amargura.  Si son tan torpes, se pregunta, ¿Por qué todavía esta esa enseña plantada en el centro de la plaza con los colores de Castilla?  ¿Si son tan poquitos, por que los miles de indígenas a su alrededor no los avasallan en minutos?  


¡Cuantas veces ha imaginado don Raúl capturar esa bandera y tomar el palacio!  Y sabe que bien lo podría hacer, ¡con un carajo!, aun cuando los caballeros de la orden que comanda son aun menos en número que todo el tercio que se ejercita ante sus ojos.  Si, piensa don Raúl, seria cuestión de escoger bien el momento y actuar con sorpresa y presteza y, sobre todo,  de no tener misericordia.  La pregunta, y ahí vuelve a resurgir la amargura en don Raúl, es ¿el pueblo mexicano los seguiría?  


Es entonces que un hombrón gigantesco de barba cerrada y pelo entrecano, don Anselmo Bustos, le sorraja una tremenda cachetada a uno de los señoritos.  Don Raúl sonríe reconociendo a su contraparte y jefe de la guarnición de la muy real y señorial ciudad de Méjico.  Don Raúl siente cierta simpatía por Bustos.  Lo reconoce como un hombre hecho y derecho, todo un soldado.  Bustos es, como ya os había contado, un soldado viejo, veterano de los tercios del rey y ha dejado su sangre y sudor y algo de sus pellejos en Flandes, Nápoles, y en Levante.  Don Raúl intuye que, llegado el momento, tendrá que darle un macanazo a Bustos y colapsarle la bóveda del cráneo.  


--¡Nunca me apuntéis el arcabuz so bruto! –ruge don Anselmo al mozalbete que acaba de golpear.


A su lado, otro viejo soldado levanta bruscamente al señorito el cual ha sido derribado por el sopapo.


--¡Seguid entrenándolos, Ramírez! –ordena don Anselmo al sargento--.  ¡No les tengáis misericordia a estos poltrones!  ¡Por Belcebú!  ¡No servirían ni para limpiar las botas de los que cayeron en Rocroi!


--Despreocúpese su señoría –responde el sargento--.  Me encargare de que maldigan el día que nacieron.  ¡Ea cabrones!  ¡Rehaced vuestras filas con un carajo!  ¡Sois soldados del rey!  ¡Actuad como tales!  ¡Debéis saber morir gritando “Cierra España”!


Y dicho esto Ramírez aplica con saña su vara de mando sobre los lomos de los señoritos, enderezando y castigando las filas del tercio, pues es dogma en las artes militares que el tratar brutalmente a vuestros soldados los endurece y hace que teman mas a sus jefes que al enemigo.  ¿Y quienes somos nosotros para cuestionar tantos siglos de sapiencia militar?  ¿No solían los cesares decimar sus legiones de cuando en cuando para que así pelearan con mas celo?  Y es así que el Tercio de la Nueva España continua evolucionando bajo el sol abrazador, envuelto en sudor, maldiciones y el olor acre de la pólvora.  Y mas de uno de los señoritos, en efecto, maldecirá el día en que su santa madre los pario y mas aun el día en que pensó que en la milicia encontraría recompensas y gloria.


Don Anselmo camina pesadamente en dirección a donde se encuentra don Raúl.  Tiene el peninsular la garganta seca por rugir ordenes y respirar la pólvora.  Bajo los portales piensa encontrar un tarro de vino venido desde la península.


Don Raúl baja los ojos al paso del español y hace una pequeña reverencia, cual se espera de todo indígena al paso de un peninsular.  Este lo mira suspicaz.  Es su fino olfato de soldado viejo lo que lo hace recelar del indígena.   Su mano se posa instintivamente en su toledana.  Mas una voz le distrae la atención.


--¡Don Anselmo! 


--Señor conde, --responde Bustos volteando bruscamente y reconociendo al conde de la legión.  Al lado de este camina la gran perra negra que siempre lo acompaña.


--¿Qué del tercio?


Don Anselmo abre los brazos en señal de fastidio.


--Afortunadamente los indígenas no son guerreros, señor conde.  En unas semanas mas esos muchachos estarán lo suficientemente entrenados para por lo menos sostener la plaza.


-- Acabo de conversar con don Carlos de Sigüenza y Góngora.  Y me temo que no tiene vuecencia tanto tiempo.


--¿Por qué la urgencia?


--El chahuistle fue detectado en Chalco.


--¡Ave María!


--Correcto.  Algo conozco de estos menesteres de las plagas y gorgojos.  Son tan voraces como la langosta.  No tardara este chahuistle en desolar todas las milpas del valle.  Y lo que nos han mandado de maíz desde Guanajuato no es mucho.  Estamos, don Anselmo, montados sobre un polvorín.


La verdad, vuecencia lo sabe, al conde le importa un bledo la suerte de los mortales que pueblan la Nueva España.  Después de todo fue testigo de la muerte de Pericles durante la gran peste que hizo caer al imperio ateniense.  Y  también estuvo en Avignon mientras el papa ordenaba cerrar las puertas de la ciudad para que no entrara la peste negra ahí.  Si acaso el conde tomaría menesteres para asegurarse que no le ocurriera nada a Sor Juana.  Tal, bien sabe vuecencia, no conviene a sus planes.


Don Raúl, con su fino oído, alcanza a enterarse de estas nuevas.  Ni el conde ni don Anselmo les preocupa lo que oigan los indígenas, tal es su sentido de superioridad sobre estos y el desdén con que los tratan. Tan solo, instintivamente, les temen por su numero.  Prudentemente  don Raúl se bate en retirada y se dirige en dirección a la plaza de Santo Domingo.  


La mente de don Raúl hierve.  Estas noticias las debe de hacer llegar de inmediato al rey, don Lorenzo.  Don Raúl maldice quedamente.  Sabe bien que el rey y su hijo se han dirigido al Xinantecatetl o Nevado de Toluca por encargo de Sor Juana en busca de evidencia de un observatorio o tetzacualco.


--¡Con un carajos!  --murmura don Raúl.  


Entiéndase, don Raúl ha recibido entrenamiento somero en esos menesteres del caminar de los astros.  Pero don Lorenzo, como un rey mexica, tiene por obligación que adentrarse en esos menesteres.  Así siempre ha sido entre los reyes de Anahuac.   Para don Raúl, sin embargo, la idea de poner en riesgo los documentos del tetzacualco con tal de que la monja los estudie le parece ridícula.  Pero si así lo ha ordenado el rey, don Raúl obedece.


La plaza de Santo Domingo se encuentra a tan solo unas cuadras de la plaza principal.  Frente a la plaza se alza el edificio imponente del Santo Oficio y a su lado la majestuosa iglesia de los dominicos.


La plaza esta atiborrada.  Se trata de los familiares de los presos que la santa institución ha estado levantando.  Son mujeres y niños que esperan, con desesperación, una noticia de sus seres queridos ahora refundados en una de las mazmorras.  Una guardia de alabarderos resguarda la entrada.


Don Raúl camina entre los llantos y sollozos de las mujeres y las maldiciones de los ancianos.  Se abre paso hasta el atrio de la iglesia de los dominicos y respetuosamente se quita el sombrero.  Se adentra en la gran nave de la iglesia y se dirige a una pila bautismal donde toma agua bendita y se persigna ante el altísimo.  Luego se hinca en una banca y reza en silencio.   Da breves miradas a sus alrededores.


Al pie de la estatua de San Judas Tadeo un alto joven indígena vestido de peón inclina la cabeza y brevemente su mirada se cruza con la de don Raúl.  El joven se hinca ante la estatua y saca un rosario.  Es una señal convenida.  Don Raúl se levanta y sin volver a ver al joven sale de la iglesia y se dirige al poniente.


Camina don Raúl sin siquiera mirar hacia atrás.  A una distancia prudente lo sigue el joven indígena al cual se le ha unido otro.


Don Raúl ha llegado ante un edificio herrumbroso.  Se observa el escudo de armas de un noble de Castilla en su frontispicio.  Pesados barrotes resguardan las ventanas inútilmente pues estas han sido tapiadas.  


¿Qué historia desea vuecencia que le invente?  ¿Qué tal vez esta mansión derruida es donde un noble español  asesino por celos a su esposa?  ¿Qué tal vez ahí un caballero hizo un pacto con el mismo diablo a cambio de inmensurables riquezas pero que en una noche lluviosa el chamuco se presento a cobrarse lo debido?  O que tal esto: fue la casa solariega que un noble indígena se hizo construir a raíz de traicionar a la ciudad.  Traiciono este al emperador permitiendo la entrada de los españoles por un punto de las defensas que estaba a su cargo.  Cortes lo recompenso pero sobre este noble cargaba una maldición (tal vez emitida por un anciano sacerdote de Quetzalcoatl al momento de ser despedazado por los mastines de los peninsulares) y poco a poco la descendencia del traidor fue languideciendo y declinando hasta que toda su planta finalmente desapareció de la faz de la tierra.


La verdad es menos romántica.  Unas décadas antes, muerta la anciana viuda que ahí vivía (su marido había muerto de cirrosis por borracho unos veinte años antes y la mujer le había dado gracias a Dios por haberle quitado esa carga), sin hijos que reclamaran la propiedad, esta fue vendida por el ayuntamiento en subasta.  Y un representante de los juaninos compro la propiedad, a buen precio.  Nunca hicieron los monjes intento alguno de reparar la casona, si acaso se concretaron a tapiar todas las ventanas.  Irremediablemente, la propiedad se fue arruinando y no faltaron quienes empezaron a contar que ahí espantaban, que unas animas en pena rondaban dentro de esta pues a veces se oían ruidos y se apercibían luces dentro de la casona arruinada y misteriosos embozados tal vez venidos desde ultratumba se habían visto entrar y salir de la propiedad.  Mientras las habladurías de los ociosos del barrio no atrajeran la atención de las autoridades la orden del águila no tenia problema que inventaran mil y un cuentos sobre la casona, la cual era usada por ellos como “casa de seguridad”.


Don Raúl penetro en la casona hasta lo que alguna vez había sido un amplio salón comedor y encendió varias bujías pues solo una luz tenue penetraba desde un ventanal que daba a un melancólico jardín cuyo maleza casi tapaba la apertura.  El salón  estaba vacío, sin muebles.  El único vestigio de los antiguos dueños era un retrato ennegrecido por el tiempo que mostraba un fulano con cara patibularia.   En las paredes colgaban todo tipo de armas: toledanas, macanas, ballestas, etc.  Don Raúl selecciono una toledana y se planto en el centro de la sala a esperar.


No tardaron en presentarse los dos jóvenes que lo habían seguido.


--Mi capitán –dijo el mas alto dando el viejo saludo de las legiones mexicas, el puño en el pecho.


--Habéis sido indiscretos.  Mas os vale que no os hayan seguido.


--Teníamos que asegurarnos que vuecencia nos prestara atención.  Esto urge –dijo el segundo.


Don Raúl los contemplo.  Uno era muy alto, tal vez tan alto como un teutón.  El otro era bajo y fornido.  El primero, de nombre José, don Raúl sabia que era un gran corredor.  Siempre había llegado primero en la loca carrera de La Vida.  El segundo, Antonio, era excelente en el cuerpo a cuerpo.


--Explicaros.


--Esta mañana fuimos a misa en Santo Domingo como solemos hacer todas las mañanas, --explico José.


--Revisamos el pedestal de San Juan Bautista como siempre lo hacemos.


--Por lo general no hay mensaje alguno, capitán.  Pero hoy fue la excepción, --dijo José mientras le extendía un papel a don Raúl.


El papel era un trozo del que usaban los secretarios del Santo Oficio.  Las letras eran pequeñísimas.  La lengua era griego.


Don Raúl hizo una mueca.  Siempre tuvo dificultad con el griego.


--El contacto nos avisa que ha habido un cambio –se apresuró a aclarar Antonio cual si intuyera la dificultad de don Raúl con el griego--.  El sosteniente Torres y su gente han sido relevados de la custodia de la puerta.  Extrajeron un prisionero y se lo iban a llevar rumbo, se cree, a la casa del Inquisidor Montoya.


--¿Qué prisionero?


--Un tal Domitilo Núñez –menciono José.  


Luego con voz queda y tremulosa el joven añadió:


--Se trata de uno de los arrieros que fue parte de la caravana en que vinieron los juaninos a la ciudad de Méjico.


Don Raúl palideció por un momento pero sabia que tenia que serenarse y darle confianza a sus hombres.


--Bien, podemos concluir que Montoya ha encontrado una pista.  ¿Sabéis a ciencia cierta de que llevaron a este Núñez a casa de Montoya?


--Si capitán –afirmo Antonio--.  José se fue de inmediato por la ruta que seguirían.  Yo me quede observando la plaza como eran mis ordenes.  


--Alcance a interceptar a la compañía de Torres, --confirmo José--.  Trae por lo menos una docena de su gente.  Los vide bajar un prisionero en la casa del inquisidor.


--¿Cuándo fue eso?


--Tan solo hace un par de horas –contesto José--.  Os esperábamos de un momento a otro y en cuanto os vimos entrar en Santo Domingo buscamos contactaros.


--Montoya salió del Santo Oficio una hora antes de vuestra llegada, capitán –dijo Antonio--.   Lo vimos dirigirse rumbo al arzobispado.


Don Raúl medito por un momento.  Montoya pronto empezaría o tal vez ya había empezado el interrogatorio de Núñez, depende de que tanto tiempo perdiera en el arzobispado.  Era evidente que Núñez tenia que ser silenciado a toda costa.  ¿Qué tanto sabia este Núñez?  Los juaninos, recordó don Raul, traían su propia carreta y no habían contratado arrieros.  Además, sopeso don Raúl, la casa del inquisidor era toda una fortaleza.  Tenían información muy somera sobre sus interiores (en algún momento logro un agente de  la orden penetrar hasta la cocina simulando ser un pordiosero que solicitaba sobras para comer).


Don Raúl era de los jefes que pensaba que diferir una decisión solo empeoraba la situación.  El rey no estaba a la mano para ordenar.  La decisión le correspondía a él.


Don Raúl no dudo.


--Les ordeno que cuanto antes penetréis en la casa de Montoya y ajusticiéis a este Núñez.  Usad el ahuehuete que crece en su lado norte para saltar la barda que da al jardín principal.  No os esperéis a la noche.  Lo siento mucho.  No hay tiempo que perder.  Buena suerte, caballeros.


Era una misión suicida.  Los dos jóvenes lo sabían.  Pero eran caballeros águila.


--A sus ordenes, mi capitán –respondieron los dos al unísono.


De una alforja don Raúl saco dos capsulas que les entrego en las manos extendidas de los jóvenes.  Estos asintieron con la cabeza.   Sabían como usarlas.  Si eran capturados las morderían.  Actuaban en segundos.


Hecho esto los dos jóvenes dieron media vuelta y salieron.


Solo entonces don Raúl dejo ir un sollozo.  El mas alto, José, es su hijo.

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