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Wednesday, June 1, 2011

LXX El Rayo


Del libro de Pedro de Santa Cruz

Donde el moro tiene la mala fortuna de encontrarse con un personaje de gran renombre en este tipo de historias.

--¡Vela a sotavento! –grito el vigía desde la plataforma en lo alto del palo mayor, el llamado “carajo”.

Sancho y yo teníamos ya varias semanas en alta mar. Escoltados por don Iñigo fuimos llevados sin novedad a Sevilla.  Ahí habíamos embarcado a bordo de la “Nuestra Señora de los Remedios”, un buque comandado por un capitan, don Fulgencio Rodríguez, al cual yo conocía y que gozaba de una buena reputación. 

Hasta ese momento el viaje había sido sin incidentes.  Llegamos a Cuba y pronto nos encontrábamos en medio del gran golfo de Méjico.  Me eran aguas desconocidas mas el capitán aparentaba confianza.  No era tiempo de huracanes.  El mar estaba en calma y el viento era favorable y en esos rumbos poco se había oído de ataques de piratas.

La reina me había dado cartas credenciales que presente al capitán.  Este gentilmente me asigno un pequeño camarote (Sancho dormía en cubierta).  En la intimidad de mi cuarto memorice las instrucciones que había recibido.  De Veracruz me dirigiría a un lugar llamado Xalapa.  Debería de viajar de incognito, sin atraer atención, hasta llegar a la ciudad de Méjico.  Ahí preguntaría por una tal Sor Juana en el convento de las jerónimas ante la cual me identificaría como un enviado de un tal Bernoulli (no tengo idea quien sea este fulano).  Y esta me daría unos documentos.   Hecho esto, me regresaría a Europa lo mas pronto posible y entregaría el documento a la reina.  Don Iñigo me había proporcionado una bolsa pesada rebozando con monedas de oro.

Pero ahora se había divisado un buque desconocido.

La tripulación de la Remedios inmediato se apresto a soltar el trapo.  Estábamos a unos días, nos había dicho el capitán, de Veracruz.  Una vela desconocida era siempre de preocupar en la soledad del océano.

--¿Son piratas patrón? –pregunto Sancho.  El hombre se veía pálido.  Los primeros días abordo el infeliz había estado vaciando el buche pero finalmente se había acostumbrado a los vaivenes de la Remedios.

--No sabemos todavía.  –vide rumbo a la vela--.  Creo que sigue nuestro curso.  Podría ser otro buque español. 

El caso es que el capitán soltó todo el trapo por las dudas.  Era mediodía.  Faltaban muchas horas para que anocheciera. 

Pasaron un par de horas.  Era evidente la preocupación del capitán.  Ordenó que se aprestaran las culebrinas que traíamos a bordo.

--Señores, ¿hay algunos de ustedes que sepan manejar una espada? –nos preguntó el capitán a los pasajeros.  Varios asentimos que si.  Habían un par de españolas a bordo, esposas de los pasajeros.  Estas fueron confinadas al camarote del capitán.

--Patrón, si son piratas, ¿nos van a matar? –inquirió Sancho.

--Me temo que eso es muy posible –le explique--.  O tal vez simplemente nos desplumen y nos dejen ir.  También se acostumbra tomar rehenes para pedir rescate.

--¡Ave María!  ¡No tengo quien de dos duros por mi pellejo!

--Mirad, Sancho, el viento empieza a levantar.

--¿Y eso que, patrón?

--Las velas de la Remedios se han hinchado de lo lindo.  Tal vez dejaremos atrás a la nave esa.

El capitán pensó igual y ordeno empezar a tirar cuanto lastre fuera posible por la borda.  La Remedios en efecto respondió. 

Pero los perseguidores soltaron mas trapo.  La distancia se acortaba.

Observe que el capitán escudriñaba al buque desconocido a través de un catalejo.

--Permiso para subir al puente, capitán –le pedí.

--Suba, señor Santa Cruz.  Tenga, échele un vistazo.  Usted ha sido marino también.  ¿Qué opina de ese buque?

Observe al bajel con cuidado a través del catalejo que me paso el capitán.  Creí reconocer el escudo en sus velas.  Una cruz con una corona y unas llaves.

--Capitán, si no me equivoco, porta las armas del papa.

--¿Del papa?  ¿Pero que diablos anda haciendo en esta aguas una nave al servicio del papa y porque ese celo en seguirnos?

No quise decirle el por qué, aunque lo intuía: a bordo de ese buque estaba Aramis.  ¡El muy desgraciado me estaba siguiendo!

--Despreocupaos, Sancho –le dije quedamente a mi criado--.  No creo que sean piratas.  Abordo está uno de mis enemigos.  Vienen por mí.  Cuando nos aborden, haceos escaso, ¿entendéis?

--¿Os debo de negar, patrón?

--No viene al caso que derraméis vuestra sangre por mi.  No os buscan.  Vienen tras de mi.

Lentamente la nave del papa se fue aproximando.  Pronto estaría a tiro de cañón y pediría que la Remedios se pusiera al pairo.  No tenía duda que el capitán tal haría.

--¡Vela a occidente! –se oyó desde el carajo.

--¿Otra nave? –pregunte mientras escudriñaba al horizonte.

En efecto, tan centrada estaba nuestra atención en la nave del papa que no habíamos detectado al nuevo buque.  Este era un bajel de poca alzada y gran velamen, cual los prahos de la Malasia.  Estaba completamente pintado de negro y no se distinguía bandera alguna.

--¡Puta madre! –juró el capitán--.  ¡Conozco ese buque!  ¡Nos persiguió cuando íbamos en convoy desde Maracaibo!

--¿Quiénes son capitán?

--¡Piratas!

Oí a Sancho y a otros gemir.  Otros alzaron las manos al cielo o cayeron de rodillas implorando misericordia al cielo.

--Somos dos naves cristianas contra uno –concluyo el capitán--.  Tal vez la nave del papa nos apoyara.  ¡Poneos al pairo para que la nave del papa se nos acerque!

Vide con tristeza como arriaban el trapo.  Lentamente la Remedios fue perdiendo velocidad.  Pero la nave del papa no se acercó más.

--¡Maldición!  ¡Hideputas! –juro el capitán.  ¡La nave del papa está girando!  ¡Nos han abandonado a los piratas los mal paridos!  ¡Por lo que mas queráis, bellacos!  ¡Soltad todo el trapo! 

El corazón me dio un vuelco.  Conociendo a Aramis, no dudaba que traía abordo mercenarios, tal vez hasta suizos al servicio del papa, es decir, gente de guerra.  Sin embargo la nave del papa no había dudado en poner pies en polvorosa.  ¿Qué clase de corsarios eran los que causarían que hasta Aramis se arrugara?

Mientras la nave negra maniobraba con gran agilidad.  Cruzo a nuestra popa causando que perdiéramos el viento.  La Remedios se sentía modorra y lenta.

--¡Preparaos para vender caro el pellejo!  ¡Es el Rayo! –gritó el capitán.

--¿El Rayo?

--Si, señor de Santa Cruz, opera desde la isla de la Tortuga.  Esta al mando de un tal Ventimiglia que no tiene misericordia con los españoles.

--¿Qué hacemos patrón? –pregunto Sancho.

--Manteneos cerca de mí.  Tomad esta espada y esta rodela. 

Sabia yo de la lealtad del hombrecillo.  Por lo menos tendría quien me cubriera las espaldas.  Tal vez lograría llevar conmigo al Averno a algunos de esos piratas. 

El Rayo cruzo a nuestra proa como un tiburón que nada contento alrededor de un naufrago.  Nuestra dos tristes culebrinas no se equiparaban con los cañones que se observaban en los flancos del buque pirata.

--¡Están gritando algo! –exclamó el capitán.

En efecto, desde el buque pirata se oía gritar: “¡Buena guerra!  ¡Buena guerra!”

--¿Y eso que quiere decir patrón? –preguntó Sancho.

--Quiere decir que nos ofrecen la vida si nos rendimos –le explique.

Y eso fue, en efecto, lo que hizo el capitán.  Ordenó arriar el velamen.  La Remedios se rendía.  Mientras, la nave del papa se iba perdiendo en el horizonte.

--No tiene caso oponernos a ellos, señores –explico el capitán--.  No entiendo que quieren con nosotros.  Venimos desde España y no de las Indias.  No tenemos plata abordo.

El Rayo se acercó a nuestra banda y prontamente nos abordaron.  Al frente de un grupo nutrido de fulanos con pinta de maleantes estaba un tipo vestido elegantemente con traje de gentilhombre, todo en negro.

--¿Vos sois el capitán? –preguntó el gentilhombre subiendo al puente.

--Si, su señoría –contestó el capitán--.  Mi nombre es Fulgencio Rodríguez.  ¿Qué desea vuecencia de nosotros?  No traemos gran carga.  Vamos rumbo a las Indias.

-No os preocupéis, don Fulgencio.  Soy el señor de Ventimiglia y os doy mi palabra de gentilhombre que no se tocara a vuestros pasajeros.

--No entiendo, señor de Ventimiglia.

--No me interesa tomar rehenes.  Quiero vuestra nave para entrar a Veracruz, ¿no es ahí adonde os dirigíais?

--Si.

--Pues ahora lo haréis como la vanguardia de la flota del almirante Monsieur de Jacome. 

--¿Y quien es ese fulano?

--Ah, vos los españoles lo conocéis como Lorencillo.  Ved.

Y en efecto, de pronto el horizonte se cubrió de velas.  Era la flota pirata de la Tortuga.

--Con vuestro buque por delante tomaremos Veracruz.

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