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Thursday, June 30, 2011

LVIII La Visita de Leibniz

LVIII         La Visita de Leibniz



Basilea

Jacobo Bernoulli trastabillaba y hacia esfuerzos heroicos por mantenerse erecto.  Tenia ya años que no tenia la dicha de encontrarse con su amigo Gottfried Leibniz y ambos habían celebrado la reunión bebiendo y comiendo hasta altas horas de la noche.  Leibniz había descendido, cual Júpiter del Olimpo, desde la Alemania a presentar su nueva notación en la universidad.  La conferencia había sido todo un éxito.  La facultad de matemáticas de la universidad de Basilea, de la cual Jacobo era decano, abrazo con entusiasmo la notación de Leibniz

--¿De donde os inspiro el inventar tal notación? –le pregunto Bernoulli.

--Veras, Jacobo, –dijo Leibniz elevando un taro de cerveza y eructando--, a mi siempre me ha interesado el oriente.  Incluso me enseñe a leer y escribir en chino…

--¿En chino?  ¡Válgame Dios!

--No fue fácil –admitió Leibniz--, me tomo varios años y, claro, en Alemania hay muy pocos chinos.  Solía yo ir a Bremen de vez en cuando a ver si acaso veía desembarcar de un buque a un hijo del celeste imperio que estuviera dispuesto a ayudarme a aprender su lengua.  Me temo que las mas de las veces cuando me encontraba un chino se trataba de un fulano que no sabia leer y escribir.  Ah, pero en una ocasión me tope con todo un erudito, un tal Fang Tsen, embajador del emperador chino antes los príncipes alemanes.  Este amigo pertenecía a la clase de lo que allá llaman mandarines y son los burócratas que gobiernan en nombre del emperador.  Reciben una educación esmerada y tienen conocimientos de las ciencias y de las artes.

--Eso es muy interesante, Gottfried, pero, ¿Qué diablos tiene que ver con tu notación?

--Todo, tiene que ver todo, Jacobo.  Con la ayuda e instrucción y extrema paciencia de don Fang pronto conocí los rudimentos de su lengua.  Y el caso es que aprendí que su escritura consiste de ideogramas, de los cuales parece que hay miles.  Sin embargo, pueden presentar las ideas mas complejas con tan solo unos cuantos de estos.  Eso me inspiro que un ideograma seria la mejor representación de una idea matemática.

Jacobo levanto su tarro y brindo.

--¡Pues brindo entonces a la salud de don Fang!

Jacobo busco entre sus ropas la llave de su casa.  Después de mucho esfuerzo la encontró.  Vivía solo. 

Jacobo entro.  Prendió una bujía.  Normalmente, se hubiera ido directamente a su recamara a buscar refugio en su lecho mientras pasaban los efectos del alcohol.  Algo lo hizo vacilar.  Se dirigió a su despacho.

El lugar era un desorden, mas de lo acostumbrado.  Habían cajones abiertos y desparramados por todos lados.

A Jacobo se le helo la sangre.  El Gran Maestre de los iluminados tenia muchos secretos.  Y si se revelaran…habría muertos.

Jacobo se dirigió a su escritorio.  Este era un mueble formidable, de caoba, con múltiples cajones.  Busco en una esquina y presiono un botón oculto.  Se abrió un compartimiento de buen tamaño, inaccesible de otra manera e invisible a simple vista.  Jacobo alumbro dentro de este.

--¡Gott im Himmel! –juro y cayo pesadamente en su sillón presa de pánico y temblando.

Su correspondencia con von Tschirnhaus y las breves notas que le había mandado “Hypatia” desde la Nueva España faltaban.

Segundos después sus instintos lo impulsaron a alumbrar la habitación.  Quien quiera que haya descubierto el compartimiento tenia que ser un adversario formidable y tal vez letal.  Los pelos se le erizaron a Jacobo.  Bernoulli era un cincuentón, panzón, un erudito, no era un hombre de acción.  Si el ladrón estaba todavía dentro de su casa, Jacobo era hombre muerto. 

Jacobo recorrió con precaución el resto de su aposento.  A veces creía detectar un ruido leve.  Pero no, no encontró a nadie. 

Al final salio de su casa.  Desde el dintel de su puerta observo la lóbrega y solitaria callejuela.  Era invierno.  Había nevado.  Jacobo creyó detectar unas huellas en la nieve que no, no eran suyas.  Se dirigían hacia el centro del pueblo.  Jacobo se dirigió tras de estas huellas con toda la prontitud que su obesidad le permitía.  Eventualmente creyó divisar al autor.  Una figura vestida en negro se veía a lo lejos caminar con prestancia y agilidad.  Su traje recordaba algo la vestimenta de los jesuitas aunque el hombre portaba una espada. 

Tal vez el hombre de negro tenia ojos en su espalda pues se volteo y encaro a Jacobo a media cuadra.  Estaba esbozado.  El hombre de negro desenvaino su alfanje con una facilidad y elegancia y Jacobo tuvo una premonición de muerte.

El hombre de negro alzo un dedo como dándole una advertencia a Jacobo.  El mensaje era claro.  Si Jacobo quería seguir vivo mas vale que se diera media vuelta.  Jacobo no tenia arma alguna.  Sabiéndose vencido, Jacobo se regreso con premura a su casa y se encerró en ella a piedra y lodo.


Wednesday, June 15, 2011

LIX La Clepsidra de Mercurio

LIX          La Clepsidra de Mercurio


Donde hay un encuentro nocturno en una calle de la Ciudad de México Tenochtitlan

Ha caído la noche en el valle de México.  La oscuridad es casi total.  El chipi chipi de la tarde se ha convertido en una lluvia constante e inclemente.  Las gotas caen en los tejados de las casas señoriales adornadas con el escudo de un noble de castilla.  Igual mojan las torres de la catedral.  Caen sobre los modestos jacales de los indios y sobre las ruinas olvidadas de antiguos palacios y teocalis de los soberanos mexicas.  Las aguas se juntan y corren por las empedradas calles de la capital formando verdaderos arroyos que van a parar a la gran laguna que todavía rodea la ciudad.  El viento arrecia en esta y sus aguas se embravecen.  A bordo de las canoas de los trajineros que llevan toda clase de comercio a la ciudad desde los pueblos que bordean a la laguna los tripulantes se persignan y bogan con fuerza para buscar el cobijo de la orilla.  Apenas unas cuantas teas, protegidas de la lluvia, alumbran el primer cuadro de la ciudad.  La ronda de alabarderos hace su recorrido.  Se oye de vez en cuando una consigna con voz tétrica que emite uno de los de la ronda:

--¡Son las dos de la mañana y a Dios gracias no hay novedad!

Dos figuras esbozadas caminan por sigilo por las tétricas calles.  Evitan con éxito a la ronda y entran con toda precaución al patio de la yerberia de la calle de la Moneda.

--¡Abra doña Xochitl! –exclama Lorenzo tocando el pesado aldabón de la puerta.

Tal hace Xochitl reconociendo la voz del soberano de Anahuac y los dos esbozados entran, todos empapados al sótano de la yerberia.  Lorenzo se descubre y Xochitl lo abraza.

--¡Válgame Dios!  ¿De qué se trata esto?

Lorenzo sacude la cabeza.

--Cosas de mi patrona….ya viden lo terca que es.

El segundo esbozado se despoja de sus abrigos.  Es Sor Juana.  Esta vestida como un mozo y trae el cabello a rape.

--Tenia que venir hoy.  Son demasiadas mis dudas.

--¿Recibió madre nuestro último sumario? –pregunta el monje Fray Mateo.

--Precisamente, tal hice, Fray Mateo.  Y esa es una de las razones por las que vine  --dijo Sor Juana produciendo varios manuscritos de una alforja--.  El problema que tengo es que no entiendo la medición del tiempo.  Puedo aceptar, y probablemente aceptare, la medición tal y como se me presenta en estos pergaminos.  Pero me daría más confianza si entendiera  exactamente como lo median los mexicanos de la antigüedad.

--Se que dividían el día en veinte porciones –dijo doña Xochitl.

--Creo que yo puedo contribuir algo que recuerdo leí en los anales de Xochicalco –ofreció Fray Mateo.

El monje agarro un pedazo de papel en blanco y una pluma que mojo en tinta.

--Recuerdo leer una descripción de un aparato para medir el tiempo.  Utilizaba lo que los antiguos llamaban el agua de plata, la cual era aparentemente bastante pesada.

--¡Mercurio! –exclamo Sor Juana.

--Tal vez –admitió Fray Mateo— hay veneros de ese elemento en tierra de los chichimecas.  El caso es que mencionan un instrumento de flujo constante impulsado por el gotear de esa agua de plata.

--Suena a una clepsidra –dijo Xochitl.

--Ustedes me dirán –contesto Fray Mateo--, la crónica esa se estaba cayendo a pedazos cuando la copiamos.  Era yo muy joven y la recuerdo por que fue uno de mis primeros encargos.  El aparato funcionaba constantemente como en una especie de movimiento continuo.  Se mencionaba que todo el instrumento se ajustaba para apuntar siempre a Tollan y obtener la desviación temporal a partir de ese lugar.

--En tal caso se trata de un descubrimiento paralelo a lo que describe Isaac Ibn Sid en el Libro del Saber de la Astronomia –explico Sor Juana--.  Habla de una clepsidra de mercurio que igual permitía una medición del tiempo muy precisa y que siempre apuntaba a Toledo, donde el rey Alfonso el Sabio mantenía su observatorio.  El problema entonces es saber donde estaba Tollan.

--¿Y que de ello? –pregunto Xochitl.

--Verán, con los últimos sumarios creo tener bastantes datos ya para atreverme a usar el modelo de Kepler y predecir la órbita de Rahu.  Pero me ayudaría saber la localización de la mítica Tollan.  Tal parece que todas las observaciones se basan en un horario que varia a la distancia del meridiano en que se haya encontrado esta.

--Teotihuacan seria la más posible localización –sugirió Fray Mateo.

--¡Señores! –exclamo Lorenzo que hasta ahora no había dicho una palabra mientras los sabios discutían--.  Esa conversación ya la tuve una vez con mi padrino, don Diego.  Teotihuacan, él creía, no era Tollan.

--Tal es cierto –dijo Xochitl--.  Mi padre no creía que Teotihuacan tenía la antigüedad necesaria.

Fray Mateo extendió un mapa en papel amate del antiguo Anahuac.

--Este mapa lo preparo la hermandad para el emperador Moctezuma Xocoyotzin.  Muestra las rutas de los pochtecas, las guarniciones mexica en tierra caliente, y las ciudades del sur.

--Si la legendaria Tollan era tan importante –observo Sor Juana—debería de estar en un punto estratégico, accesible a todo Anahuac.

--Según mi padrino Tollan era un paraíso –añadió Lorenzo—y no frio como Teotihuacan.  Tiene que estar en tierra caliente.

--Solo hay una posibilidad entonces –sugirió Xochitl en voz queda--.  La ciudad Serpiente-Jaguar, aquí en el Coatzacoalcos.  Esta hoy en ruinas, todas cubiertas de maleza, sin embargo os aseguro que es un lugar donde los dioses todavía gobiernan.  Y si, es tierra caliente, el suelo es feraz y el agua abunda.  

Su dedo se poso en el mapa.  Era obviamente el centro de Anahuac, equidistante al altiplano, al mayab, y a Guatemala.

--Es posible –observo Lorenzo--.  Leí que Axayacatl mando una legión a conquistar el lugar y fueron rechazados en este punto, Cuilonimiquiztlan.  Los soldados mexicas se replegaron a los cerros de Catemaco y ahí se fortalecieron y establecieron una colonia.  Es evidente que los gobernantes de la gran Tenochtitlan seguían teniendo interés en el lugar si situaban una guarnición en su cercanía.

--Mas aun –recordó Fray Mateo--, el rey Ce Acatl Topiltzin Quetzacoatl hizo una peregrinación al lugar, la Ciudad Serpiente Jaguar, siglos antes de que surgiera la gran Tenochtitlan.  Hizo sacrificios a los dioses y recibió instrucción de los ancianos del lugar.  Fue así que obtuvo el derecho de añadir el nombre de Quetzacoatl a sus títulos.  Según las crónicas fue del Coatzacoalcos que el Quetzalcoatl original se embarco para no regresar mas.

--Sea entonces, basare mis cálculos en que todas las cronologías son a partir del meridiano del Coatzacoalcos –concluyo Sor Juana.

--¿Y qué si no es ahí madre? –pregunto Lorenzo.

--En tal caso, mi modelo se vendrá abajo.  O, si funciona, tendrá errores y la predicción de la órbita de Rahu será falaz –contesto Sor Juana.

--¿Requiere más datos madre entonces? –pregunto Fray Mateo.

--Dadme lo que juntéis esta semana y no mas –pidió Sor Juana--.  Estamos arriesgando mucho con tener estos papeles en este lugar y entre más pronto los regresen a Texcoco, mejor.

--Sea, el domingo empacaremos –anuncio Fray Mateo.

--Vámonos yendo entonces madre –dijo Lorenzo calzándose su abrigo y asegurando que su toledana estaba en su lugar--.  Las calles son muy peligrosas de noche.

Lorenzo y Sor Juana volvieron a adentrarse por la calle de la Moneda.

--Tenemos que abreviar el paso, Lorenzo –observo Sor Juana--.  Tengo que estar en el convento para el primer toque a misa.

--En tal caso tendremos que pasar por la calle de las cantinas, madre.  Están abiertas hasta altas horas de la noche porque el ayuntamiento recibe cochupo de estas.

--¡Válgame Dios!

--No dudo que nos encontraremos unos borrachos.  No les haga caso y camine cerca de mí, por el amor de Dios.

Afortunadamente la lluvia había amainado.  Pronto entraron Lorenzo y Sor Juana a la calle en cuestión desde donde varios establecimientos de mala muerte estaban todavía abiertos.  Algunos borrachos trastabillaban al salir de estos.   Sor Juana los contemplaba con cierto horror.

En eso salió un grupo bullicioso de uno de los lupanares.  Lorenzo y Sor Juana apresuraron el paso tratando de esquivarlos.  Pero no tuvieron éxito.

--¡Ese don Lorenzo!  ¡Vengase a tomar con los pobres!

A Lorenzo se le helo la sangre reconociendo al Faisán.  Con él se encontraba el Osito.  Pero lo que más lo hizo temblar fue reconocer al conde de la legión que sostenía al definitivamente alcoholizado inquisidor Montoya. 

--Tengan buenas noches sus mercedes –respondió Lorenzo--.  Siento mucho que no podemos dilatarnos con sus señorías.  Tengo que escoltar a mi patrón a su aposento.  Tal vez otro día, con mucho gusto.

--¡Y tiene razón!  ¡Jic! –exclamo el inquisidor trastabillando y acercándose a Lorenzo y Sor Juana--.  ¡Yo ya no valgo dos bledos!

--Patrón, por favor, no lo tome vuecencia como desaire --le suplico Lorenzo.

Pero el inquisidor era de esos borrachos tercos.  Se acerco a Sor Juana y la agarro por el abrigo, descubriéndola, y poniéndose a llorar en su hombro.

--¡Es que esa desgraciada…ya me desgracio!

--¿Qué tiene este buen hombre? –pregunto Sor Juana tratando de enronquecer la voz para aparentar ser un mozo.

--¿Y quién es su patrón don Lorenzo? –pregunto el Faisan.

--¡Es que estoy herido de muerte! –aulló el inquisidor.

--El patrón anda volando bajo –explico el osito.

--¿Lo conozco caballero?  --pregunto el conde.

--Ah, mi patrón es… --trastabillo Lorenzo.

--Don Filoteo de la Cruz, señores, cristiano viejo, caballero de la orden de Tais y de Lucrecia, recién llegado de España, para servir al rey y a Dios –contesto Sor Juana.

--Ah que don Filoteo –se rio el conde--.  Vera, aquí al amigo Montoya me lo acaban de regañar feo.  El señor arzobispo lo puso como al perico.  Creo que lo más probable es que lo embarquen en Acapulco para que esté a cargo de un leprosario en las Marianas.

--¡Y todo por culpa de esa musa!  ¡Ay!  ¡Mi suerte es tan funesta!  ¡Nacida de las sombras de la noche, jic, como mi destino!

--Pos le ofrecimos que si se echaba una cana al aigre antes de que se fuera al leprosorio nosotros lo escoltaríamos –explico el Faisán.

--¡Me negué a, jic, quemarla!  ¡Que se vaya al diablo el arzobispo!  ¡Cómo podría hacerle algo a ella, a ese, jic, intelecto!  ¡Tan rutilante, jic, como las estrellas!

--Una última parranda es lo menos que se merece el patroncito –añadió el Osito.

--No creo que llegue a Acapulco vivo –explico el conde--.  Se le ha roto el corazón.  Va a morir de amor.

-- Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano (jic).
Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece –recito el inquisidor.

--¡Válgame Dios!  --exclamo Sor Juana reconociendo sus rimas.

--¿No les digo?  La monjita trae volando bajo al patroncito –dijo el Faisán--.  Ya no piensa derecho y hace cada barbaridad.

--Es que la monjita esa esta guapita, no cabe duda –observo el Osito--.  Yo que él me la hubiera robado del convento y le hubiera puesto casa.

--¡Ya le dije antes que respete! –exclamo Lorenzo con indignación.  Su mano se poso en su toledana.

--¡Por Dios! –Exclamo Sor Juana--.  Esto no amerita que se derrame sangre.

--¿Sangre?  ¡Que se derrame la mía! –dijo el inquisidor--.  Dígame, don Filoteo, ¿usted es diestro con la toledana?  ¿Me haría vuecencia el gran honor de cruzar acero conmigo y matarme?

--Bueno –se rio el conde de la legión--, veamos la sugerencia del inquisidor desde el punto de vista que morir aquí en México sería mejor que ir a morir en las Marianas.  Es más, don Filoteo, tenga usted mi toledana.

El conde le extendió la toledana a Sor Juana y Sor Juana la agarro con mano temblorosa.

--¡Señores por favor!  --exclamo Lorenzo.

--Esto es asunto entre españoles –advirtió el conde.

--Si, don Filoteo –dijo el inquisidor agarrando la punta de la espada y poniéndosela en el pecho--.  Entiérremela vuecencia aquí mismo.  ¡No quiero acabar entre los leprosos!

--Seria una caridad si le da la muerte, don Filoteo –dijo el conde sonriendo.

--¡No me pida usted eso! –contesto Sor Juana.

--¿Me desprecia caballero? –dijo el inquisidor observando con cuidado a Sor Juana--.  Válgame, jic, Dios.  Vuecencia se parece a ella incluso.  ¿Sois acaso familia?  No se ofenda, caballero, pero sois bastante guapo.  Si yo fuera parcial al vicio griego le echaría, jic, los perros.   Deme la muerte entonces, así se me figurara que es ella la que me mata.

Sor Juana dejo caer la espada con horror.  Lorenzo desenvaino la suya.

--¡Acabemos señores con un carajo! –juro Lorenzo.

--¡Maldita sea mi suerte! –exclamo el inquisidor--.  Acabare entre los leprososos.

--Ni modo, tal parece que así será –dijo el conde carcajeándose y poniendo fin al lance--.  Baje esa espada, don Lorenzo, aquí no ha pasado nada.  Señores, dejemos ir a don Lorenzo y a su patrón don Filoteo.  Ademas, traigo conmigo todavía una bolsa llena y nos quedan todavía unas horas y mas cantinas que visitar.

--Ah, ¿le seguimos?  --exclamo el Osito sonriendo.

--Pos para eso estamos, ¿no?  --sentencio el Faisán.

Sor Juana se volvió a cubrir y se acerco al conde.

--Señor conde, si sois quien sois, sabéis quien soy…

--No hay más que decir…

--En tal caso, cuidad a ese infeliz bruto.

--Tal hare.  No os preocupéis.  Después de todo, ya sufren bastante los leprosos como para que encima les caiga este fulano.

Tuesday, June 14, 2011

LX. Aramis Tras el Moro

LX.          Aramis Tras el Moro

Donde se discute si los reyes o la santa madre iglesia es mas generosa con los que le sirven


Billote, el criado de Aramis, reacciono violentamente, emitiendo gemidos como un alma en pena y jalándose los cabellos.

--¡Diablos! –contesto Aramis--.  A mí tampoco me apetece un viaje a través del océano.  Es por eso que debo interceptar a Santa Cruz antes de que salga de España.

--¡Dicen que en la Nueva España hay unos indios horribles que os comen vivo! –insistía Billote chillando y temblando como una novicia.

--¡So bruto!  ¡Cobarde!  --juro Aramis--.  ¡Os digo que no tiene que llegar a eso!  Ea, estoy perdiendo tiempo.  Ayudadme siquiera a encinchar mi caballo.  Me han indicado que se le vio a Santa Cruz en el camino a Compostela.  Se dirige al interior de la península.  Me será entonces fácil encontrarlo.

De mala gana Billote ayudo a su patrón a aprestarse a marchar.  No hizo, sin embargo, ningún esfuerzo en preparar su mula.

--Ah, ¿con que es así? –observo Aramis ya montado en su alazán.

Billote se rehusaba a ver a su patrón de frente.

--Os debería de atravesar con mi espada –dijo Aramis--.  Sabéis demasiado de mis secretos.  

Billote agacho la cabeza y se persigno como quien espera la muerte.

--Pero, ¿Cuánto tiempo me habéis servido?  ¿Veinte años?  ¿Y ahora me resultáis un poltrón y un cobarde?  Habla mal de mí por no haberos reconocido como tal antes.  Bien, si seguís queriendo estar a mi servicio, volveos a Arles.  Id con el obispo ahí.  Es jesuita también.  Poneos a sus órdenes y esperadme.

--Su señoría, yo… --intento decir Billote.

Por toda respuesta Aramis le dio una patada  que lo tumbo al suelo.  Luego Aramis arreo su caballo en dirección al sur.

Tenía razón Aramis en pensar que una vez dentro de España le sería fácil encontrar al moro.  En cada iglesia, cada parroquia que se encontraba en su camino era cuestión tan solo de presentarse y mencionar que estaba al servicio directo de su santidad para que se le dieran toda clase de facilidades.  En las iglesias donde un jesuita estaba a cargo Aramis mostraba discretamente su anillo, el mismo que había portado Loyola, el fundador de su orden.

--Vide a tal fulano pasar por aquí hace exactamente una semana, su señoría –le dijo un colega de la orden en un pueblo de La Mancha de cuyo nombre nadie parece acordarse--.  Viene acompañado de un criado, un fulano de este rumbo al cual reconocí.  Se llama Sancho Panza. 

--¿Hablasteis con el criado?

--Poco pero sustantivo.  Menciono que estaba al servicio de un almirante y se dirigía a la Nueva España donde regenteara sobre un harem de indias desnudas.  Sancho suele ser muy indiscreto.  Pero su amo se dio cuenta que estaba hablando conmigo y le callo la boca de un sopapo.

--¿No dijeron a donde se dirigían?

--No.  Y no pude preguntarle ya.  Sin embargo, sabed que no sois el único que ha estado preguntando por este fulano Santa Cruz.

--¿En verdad?

--Unos alguaciles se presentaron un día después y me buscaron para inquirirme si había visto al fulano.

--¿Alguaciles?

--Si.  Traían toda una escolta de alabarderos y hasta un notario.  Tal parece que este fulano Santa Cruz tiene enemigos poderosos también en la corte de nuestro rey, que Dios guarde.

Aramis se rio.  Aparentemente doña Catalina y sus hijos, que tenían contactos en la corte, también se habían enterado del regreso de Santa Cruz.

--Escuchad.  Pronto seguramente se presentaran otros dos forasteros.  Uno es un hombre barbón y formidable.  Viene acompañado de una mujer rubia bellísima.  Por el bien de la orden y de la santa madre iglesia, decidles que os habéis enterado que este Santa Cruz ha tornado al oriente, pues planea embarcarse ya sea en Vigo o en Portugal.

--Tal hare mi señor Aramis –dijo el jesuita inclinando la cabeza.

--Y si podéis, también avisad al santo oficio de la presencia de este hombre y esta mujer.  Son protestantes.  Ella es inglesa y él es hugonote.

--¡Por supuesto! –respondió el jesuita con horror.

Aramis continúo su camino y unos días más pernoctaba en la sacristía de otro pueblo polvoso.

Era de madrugada.  Aramis trato de seguir simulando que dormía.  Sabía por instinto que no estaba ya solo en la habitación.  Bajo su almohada estaba un pistolón.  Su espada se encontraba en la silla junto a su cama.  Pero era evidente que el intruso había sido capaz de entrar sin causar ruido.  Tan solo una leve e inevitable corriente de aire había alertado a Aramis que ya no estaba solo.

--Bien, señor de Aramis, sincerémonos –dijo una voz hablando francés con un acento que Aramis no reconoció--.  Vuecencia sabe que estoy aquí.  No tiene caso que busquéis el pistolón bajo vuestra almohada.  Está en mis manos.  Y no sois lo suficientemente rápido para haceros de vuestra espada antes de que os mate.

¿El hombre se había no solo introducido en su habitación sino que además había quitado el pistolón bajo su almohada sin despertarlo?  Aramis sintió por un momento una premonición de muerte.

Una bujía se prendió.  Aramis se incorporo de su lecho y encaro al intruso.

--Estoy a su disposición señor, quien quiera que sois –dijo Aramis con aplomo--.  Si me vais a matar, dejad siquiera que me persigne antes.

El intruso estaba esbozado y le apuntaba con el pistolón.  En su otra mano sostenía una cimitarra turca.

--¿Y dejar que al persignaros busquéis un cuchillo oculto en vuestro pecho y me lo aventéis?  No, señor Aramis, he estado en el gioco por años.  Conozco la clase de hombres que son los agentes al servicio de su santidad.  Repito, si os quisiera muerto ya estaríais en estos momentos en el purgatorio.

--¿Sois también un agente?  ¿Quién sois?

El hombre dejo caer el bozal y alzo la bujía para revelar su rostro.  Era un fulano cobrizo con una barba rala y ojos rasgados.

--Me dicen “el Mexicano”.  Vos me conocéis.  He servido a milady y a Rochefort.

--Ah, ciertamente.  Se que sois letal.  Obviamente ese apodo no es vuestro nombre, caballero.

--No.  Mi verdadero nombre es Xiucoatl.

--Bien, señor Xiucoatl, ¿Qué deseáis de mi?

--Seguís la huella de Santa Cruz.

Aramis se encogió de hombros.

--Media Europa sigue la huella de ese fulano, como ya os habéis dado cuenta.  Por cierto, ¿qué de vuestros patrones?

--Por lo que toca a mis patrones, huelga decir que la inquisición los persigue.  Andan desperdigados y a salto de mata.  Me imagino que el santo oficio recibió una denuncia de su presencia.  Seguramente usted fue el autor de esta, ¿verdad?

--Se me ha acusado de peores cosas, señor Xiucoatl –sonrió Aramis.

--Yo era la vanguardia de milady y Rochefort pues viajo más rápido a pie que ellos en su carroza.  Logre encontrar la pista de Santa Cruz e inclusive lo logre divisar a una legua tan solo de mí.  Sin embargo, el muy taimado se percato de mi presencia y espoleo sus caballos y se me perdió.

--¿Se dirige entonces todavía al sur?

--Definitivamente.  Creo que buscara embarcarse en el Guadalquivir.

--Igual creo yo.  Bien, señor Xiucoatl, ¿que buscáis de mi?

--Si os dirigís a la Nueva España me gustaría acompañaros.

--¿Entraríais a mi servicio?

--No, yo ya desperdiciado mis mejores años al servicio de europeos, reyes, obispos y demás poltrones.  Seguramente os imagináis la cantidad de lances, asesinatos, y duelos en los que he estad involucrado.  Y por toda recompensa solo tengo cicatrices y las ropas que porto.  No, señor Aramis, no seré vuestro criado pues soy también un caballero, tal como se estilan estos en mi patria.  Os ayudare, si, en buscar a este Santa Cruz y tal vez despacharlo antes de que se embarque a la Nueva España.  En todo caso solo deseo que el papa me recompense con un pasaje de regreso a mi patria y una pequeña gratificación extra que me permita morar sobre la tierra echando panza sin tener que involucrarme en mas san quintines.

--¿No era generosa entonces milady?

--Definitivamente no. 

--Bien, Roma no es tacaña y os sabrá recompensar.  Buscadme al amanecer y partiremos juntos.

Xiucoatl hizo una reverencia y salió en silencio de la habitación.


Monday, June 13, 2011

LXI. El Renacimiento del Moro

LXI. El Renacimiento del Moro


Del Libro de Pedro de Santa Cruz

Sancho diezmo una conejera que encontramos entre las ruinas del palacete moro.

--Os hare un buen guiso para cenar, señor almirante –ofrecio Sancho.

--Me parece excelente –conteste--.  Os dejare trabajar.  Mientras inspeccionare este lugar.

--¿Teme su señoría que vuestros enemigos estén aquí también?

--Lo dudo.  Creo que estamos a buen recaudo.  Además, como decís, este lugar no lo frecuenta nadie por estar encantado.

--Tal afirman, su señoría. 

--Son cuentos de viejas ociosas creo yo. 

--Sin embargo, cuidaos de las víboras.  Abundan aquí, haciendo estragos entre los conejos, tal y como nosotros hemos hecho.

--Tal hare.  Avocaos al guiso Sancho y regresare en una hora.

Camine entre las ruinas con cierta precaución.  El palacio arruinado había coronado una gran colina y esta había sido convertida en una serie de terrazas en donde se encontraban las ruinas de diversas construcciones.  Definitivamente el lugar hubiera sido esplendoroso cuando estaba intacto.

Ante mi se encontraba un gran arco semiderruido.  Estaba adornado enteramente con caligrafía árabe.  Vacile por un momento en atravesarlo.  Algo me hizo contemplar con detalle las ruinas.

Los años de estar observando las estrellas para orientarme en la mar me habían enseñado a observar y reconocer patrones.  Esto a pesar de que nunca me entraron mucho los números.  Pero algo había en la construcción que atrajo mi ojo.

Levante una mano para confirmar lo que observaba.  En efecto,  había definitivamente una proporción constante entre la altura y ancho de un capitel y el que a su vez lo coronaba.  Y el patrón se repetía una y otra vez en lo que podía dilucidar de las ruinas. 

Era evidente, concluí, que toda la construcción había sido diseñada con reglas geométricas que privilegiaban las proporciones entre sus componentes.  De ahí que el ojo humano no pudiera sino evitar ser embelesado al contemplar la construcción, pues instintivamente y sin pensarlo el cerebro dilucidaba estos patrones.

La luna salió entre las nubes que la cubrían y su luz ilumino el arco.  Parecía una invitación a penetrar.  Tal hice.  Un viento frio se levanto entonces y me hizo temblar.  Oi el cantar de un búho.  Mi mano se fue instintivamente a mi toledana.

Cruce el arco.  Tras de este se abría un gran atrio o plazuela.  Las sombras blasfemaban de la luz de la luna y buscaban el cobijo de las esquinas mas recónditas. 

Ante mi se alzaban las ruinas de una gran construcción.  Tal era el brillo de la luz de la luna sobre estas ruinas que parecían hechas de plata. 

Me dirigí al complejo.   El viento volvió.  Oí su paso en el fragor de los pinos que habían surgido y enraizado de entre las ruinas.

--Si su señoría nos hace la venia os escoltaremos cual os merecéis –me dijo un anciano que pareció materializarse a mi lado.

Mi corazón dio un vuelco.  Instintivamente desenvaine mi espada y lo encare.

--¿Quién sois?

El hombre hizo una reverencia.  Dos gigantescos negros con el pecho desnudo y portando gigantescos turbantes y cimitarras estaban a su lado.

--Su servidor no tiene duda de quién es: Hassan Ibn Tarek, chambelán.  Lo que adivino, sin embargo, es que vuecencia no sabe exactamente quien sois vos.

--Mentís.  Mi nombre es Pedro de Santa Cruz, cristiano viejo, originario en Sevilla.

--¿Y quién es entonces Yusuf Bin Omar, el hijo de la mujer que portaba el nombre de Miriam?

Reconocí el nombre de mi madre y el nombre que mi padre me habia dicho era mi verdadero nombre.  ¿Sabía este anciano mi secreto? 

--Despreocupaos –dijo el anciano alzando una mano cual si hubiera leído mi mente--, Yusuf Bin Omar, sois bienvenido como un huésped y por tal razón vuestra persona es sagrada.

Dos hermosas mujeres se materializaron.  Una portaba una gran paila de plata y la otra una garrafa.  Instintivamente ofrecí mis manos y derramaron agua cristalina sobre estas y luego las secaron con mullidas toallas.  Incline mi cabeza dándoles las gracias y ellas me sonrieron y sus ojos brillaron burlones en la luz de la luna.

 --Estoy a vuestras ordenes, don Hassan –le dije al anciano.

Este inclino la cabeza y se dirigió hacia un portal envuelto en sombras oscurísimas.  Yo lo seguí junto con los negros y las dos mujeres, las cuales ahora portaban teas para iluminar nuestro camino.

Entramos en una gran galería cuyo techo se había venido abajo.  Conforme avanzábamos se iban prendiendo teas empotradas en la pared.  La luz de la luna continuaba iluminando también nuestro camino.  A mi alrededor yo solo veía desolación y sugerencias melancólicas de lo que había sido el lugar. 

Las preguntas hervían en mi mente.  Sabia instintivamente que lo que me acontecía violaba toda lógica pero no me atrevía a admitirlo.  Preferí embelesarme en  la locura que aparentemente me había embargado.

--Entrad, la reina os espera –dijo el anciano mostrándome una puerta.

Abrí la puerta lentamente.  Sentía un sudor frio recorriéndome pero a la vez sentía una gran curiosidad.  Entre.

El aposento era otra gran sala.  Eran también ruinas melancólicas y la luz de la luna se filtraba a través del agujero donde una bóveda se había colapsado.  En un divan sentada entre colchones vide una figura femenina.  Portaba un velo y solo podía verle sus ojos.  ¡Pero que ojos!  Tuve un sobresalto cuando se posaron sobre mí.  Brillaban cual los de un búho.  Me hipnotizaban y me avasallaban.  Su figura femenina se adivinaba entre los sedajes que portaba.  Sus pies eran pequeños, hermosos, besables incluso.  Sea, me dije, si mi alma se va a condenar bien vale perderla por semejante mujer. 

Sentí las manos pesadas de los negros forzarme de rodillas frente a ella.

--Señora –dijo Hassan Ibn Tarek haciendo una reverencia—hete aquí a Yusuf, el hijo de Omar.

--Levantaos –me dijo la mujer riéndose en voz argentina--.  No os voy a comer Yusuf hijo de Omar. 

Me pare.  Sentía un sudor frio recorrer mi cuerpo.  Esto tenía que ser un sueño.  A nuestro alrededor solamente habían unas ruinas melancólicas asediadas por las sombras.  La luz mortecina de las teas complementaba la luz de la luna que penetraba por un gran agujero en el techo del recinto.

--Se que todo esto os ha de confundir.  Os habéis portado, sin embargo, a la altura.  Cualquier otro ya habría huido.

--Si sois demonios sabed que pecados tengo, si, pues hombre soy.  Pero no renegare jamás de mi Cristo.

--¡Ja! –exclamo la mujer--.  ¿Y de dónde saca tal celo cristiano este descendiente de Boabdil?

--¡Insolente! –me espeto Hassan Ibn Tarek.

Para coronar esto, uno de los negros me dio un golpe que me hizo trastabillar.  Caí de rodillas otra vez.

--Dejadlo ser –ordeno la mujer--.  Después de todo es de nuestra sangre.

Esto me hizo alzar la cabeza y contemplarla asombrado.

--En efecto –explico ella--, sois descendiente de Boabdil, el último rey moro.  Sois de mi sangre, aunque me entristece reconocerlo.  Tal os lo dijo vuestro padre en su última carta.  ¿Os acordáis?

--Aun hoy escondéis vuestra ancestria y hacéis creer a los cristianos lo que no sois –añadió Hassan Ibn Tarek. 

--Admitidlo, Yusuf hijo de Omar, vivís atribulado de preocupación de que algún día se os identifique como lo que sois, un mal converso—dijo ella--.  Vivís de puras mentiras, Yusuf Ibn Omar.  ¡Ni sois cristiano viejo ni tampoco el mejor espadachín de las Españas!  ¡Y encima renegáis de la sangre de los viejos reyes de Al Andaluz! ¿Qué sois, Yusuf Ibn Omar?  ¿En verdad merecéis llamaros hombre?

Baje mis ojos.  No me atrevía a verla de frente.

--No lo toméis tan en serio, carajos.  Después de todo, no sois el primer hombre que se enfrenta a sí mismo, Yusuf Ibn Omar –dijo Hassan.

--Pero si os preocupa tanto vuestra alma, no temáis –dijo ella--.  Sabed que todo lo que ocurre aquí es tan solo una fiebre en vuestra mente.  Aprended de ella.  Decidme, ¿os acordáis de lo que vuestros padres os dijeron de este palacio?

--No, nunca…

--Concentraos, Yusuf hijo de Omar –me conmino Hassan Ibn Tarek.

Las ruinas y las sombras se desvanecieron.  Todo se lleno de sol.  Era yo otra vez un niño, en Triana, al otro lado del rio en Sevilla.  Estaba en el patio de la casa de mi madre.  Frente a mí, sentados en un diván estaba mi padre y a su lado mi madre.

--Ven Yusuf, os contare una historia –dijo él.

Me senté en el regazo de mi madre.  Ella me sonrió y me acaricio los bucles negrísimos de mi cabellera.

--Hay a una jornada de Cordoba un palacio encantado.  Lo ordeno levantar un rey moro por el amor a una mujer.  Hoy solo moran ahí los lobos y las lechuzas.  Sabed sin embargo que tiene este palacio un hechizo poderosísimo. 

--¿Sabéis porque Yusuf? –pregunto mi madre con dulzura.

Sacudí mi cabeza.  Poco entendía de lo que me hablaban ellos.  Hoy me esfuerzo en recordar cada palabra dicha por ellos pero el olvido es una barrera fatal que me niega su voz.

--Tan grande era el amor del rey moro a su mujer que mando construir ahí un palacio digno de los cesares de la antigüedad –dijo mi madre. 

--Esto no es de extrañarse, hijo mío –dijo mi padre--.  Dichoso es el hombre que se ve impulsado por el amor a hacer grandes hazañas.

--Pero era, sin embargo, en este rey moro mayor era su amor por la verdad y la sabiduría –continuo explicando mi madre--.  Ahí en ese palacio, Yusuf, este rey convocaba a los más grandes poetas, sabios, y eruditos de sus tiempos.  Y no le importaba al rey si eran moros, cristianos, o judíos pues pensaba él que esta diversidad era voluntad del santísimo y que ningún hombre podía juzgar lo que Dios había mandado.  Fue asi que las musas, las hijas de Apolo, encontraron refugio en ese palacio después de vagar por siglos desamparadas y proscritas.  Y fue tal el celo por indagar y encontrar la verdad que había en ese palacio que el mismo lugar adquirió un aura mágica.  Y todo aquel que entra en sus ruinas, aun hoy, obtendrá conocimiento. 

--Aunque hay quienes reniegan de lo que se les ofrece y maldicen lo que se les muestra –añadió mi padre--.  ¿Os imagináis por qué, Yusuf?

Volví a sacudir la cabeza.

--Es que lo que ahí los hombre conocen es a si mismos –explico mi madre--.  Ha habido otros lugares así.  La Delfi de los griegos era tal, un lugar de embrujo y magia, aposento de las musas también, donde reinaba igual la verdad.

--Pero pocos son los hombres que están a gusto con lo que ven –dijo mi padre--.  La mayoría de nosotros, y no dudo que tu también lo harás Yusuf, preferimos no vernos tal como somos.  Vivimos con una idea de lo que quisiéramos ser, si somos idealistas, y de lo que quisiéramos aparentar, si somos vanidosos.  Y no aceptamos lo que otros ven en nosotros pues pocos hombres hay lo suficientemente honrados y fuertes para hacer tal. No, Yusuf, el conocerse a si mismo puede ser una navaja de doble filo.

--Y tal conocimiento siempre será incompleto –concluyo mi madre—pues sabedlo entero solo es don del buen Dios.  Pero buscarlo es ya merito suficiente para justificar el haber vivido y ennoblece a cualquier hombre que tal conocimiento busque.

Oí otra vez la risa de la mujer.  Una vez mas estaba yo frente a ella.

--¿Entendéis ahora donde estáis, Yusuf, hijo de Omar?

--¡Santo Dios! –fue todo lo que alcance a decir.

--Dios no tiene nada que ver con esto –dijo ella--.  Escuchad, sin embargo, que tal es mi generosidad y misericordia y tolerancia a vuestras faltas que os daré un gran don.  Sentado en el regazo de vuestra madre, siendo aun un bebe, se os dieron enseñanzas que solo duermen dentro de vos y que todavía conserváis pero de las que no os acordáis. 

--Teneos por bienaventurado, Yusuf Ibn Omar –dijo Hassan ibn Tarek sonriendo--.  Si se os da esta venia es tan solo por portar la sangre de esta señora.

La mujer se paro y se planto frente a mi.  Era muy alta.  Su mano se poso sobre mi frente.  Era cálida.  Parecía en verdad estar viva, esta criatura fantástica.  Me le quede viendo fijamente, embelesado por el embrujo de sus ojos.  No supe mas de mi.

Cuando volví  en mi me encontraba acurrucado junto a una fogata agonizante.  Era todavía oscuro.  Sancho roncaba ruidosamente.  Una bota de vino vacía estaba en mis manos. 

Me incorpore con dificultad.  Busque con ansia entre mis alforjas hasta encontrar lo que buscaba, el viejo koran de mi madre.  Lo sostuve en mis manos por un tiempo.  Sentía ya el frio que presagia el amanecer en esas montañas.  Levante la vista a las estrellas que ya brillaban tenues.   Busque en ellas el oriente.  Caí de rodillas e hice mis primeras oraciones a Meca.  Y si, las palabras, en árabe, fluyeron con facilidad de mi boca pues, en efecto, esta lengua, la primera que mame en la leche de mi madre, me había sido restaurada, y sabia que si abría el koran de mi madre no me serian ya inteligibles los símbolos en él escritos.

--Ala es Dios y Mahoma es su profeta…

Y si hice esta simple afirmación no fue por amor a Dios o al profeta pues bien sabia que ambos se podían rascar sus propias pulgas y no requerían de mi homenaje.   Lo hice, mas bien, en conmemoración de mi sangre y de la memoria de mis padres.

Igual concluí que si Ala era en verdad justo me perdonaría mis flaquezas.   Y que si no lo era entonces no merecía que lo venerara.  Supe que mis faltas hasta ahora eran hijas de mi ignorancia y temores pero no iba a ser tan bruto de alardear de mi nueva religión entre tanto cristiano intolerante.  Ya habría tiempo para morir, como seguramente sería mi destino, en una fogata de la inquisición.   Pero mientras haría lo que a mis pocas luces considerare justo, no por amor a la verdad o la justicia pues eso no estaba en mi, sino porque tal era lo que mi sangre esperaría de mi.

Regrese al campamento.  Sancho ya se estaba despertando.  Lo contemple.  En medio de su simpleza el hombre me había sido fiel hasta ahora.  Bien valdría la pena tolerar sus prejuicios a cambio de tener un escudero fiel que me cuidara las espaldas.

--¡Ea Sancho!  ¡Espabilaos!  ¡Ensillad los caballos y aprestémonos a marchar!

--¡Al momento su señoría!  ¿Durmió bien su señoría?

--En verdad que si.  Me siento renacido.

Y fue así que abandone el palacio encantado situ a una jornada de Córdoba.

Sunday, June 12, 2011

LXII. Los Arrieros de la Villa de Guadalupe

Donde Montoya encuentra una posible pista de la Hermandad

Montoya no regreso al palacio de la inquisición durante los siguientes tres días.  Había oído el consejo del Osito que, para evitar la cruda lo mejor era continuar la borrachera.

--Bien me valdría morir, jic, de una congestión alcohólica que rodeado de leprosos –se decía lloriqueando su dolor.

Eventualmente el hombre se hastió del alcohol.  Sufrió pacientemente la cruda que lo ataco inmisericorde.  Su cocinera le sirvió un plato bastante chiloso y, para su sorpresa, Montoya, un peninsular recién llegado de España, tolero el platillo.  Tan solo sudo a mares y tal parece que eso limpio su organismo.

Ya con la cabeza despejada la tercera noche Montoya se dirigió a su cuarto en la azotea.

--Carajos, ojala pueda llevar esta biblioteca conmigo a las Marianas –se dijo contemplando los pesados tomos a su alrededor.

Empezó a leer otra vez su copia de Baruch de Espinoza.  Eventualmente la cerro con cierto enojo.

--Bien, Baruch, os lo aceptare.  Todo lo que existe es infinito.  Sea, para el caso el mar entre Acapulco y las Marianas lo es.  Y os acepto que el tiempo existe solo porque hay movimiento dentro de la existencia.  Vos lo adjudicáis a las olas.  Decís que el tiempo es la consecuencia del movimiento de estas.  Sin movimiento no hay tiempo.  Sea.  Os lo acepto también.  Eso me lleva a pensar.  Válgame Dios, en las Marianas estaré rodeado de olas.  No hay tierra firme a diez mil leguas de esas playas olvidadas.  De ahí que habrá mucho movimiento y por lo tanto tiempo será lo que más me sobrara.  Ahora bien, Baruch, dialoguemos.  Habláis del movimiento.  Decidme, ¿qué tanto tiempo crea el movimiento de una nariz de un leproso al caerse?  ¿Es o menos tiempo que el que se crea cuando a este se le cae la parte viril?  ¡Voto a Belcebú que me volveré loco con tanto tiempo en mis manos si no me llevo estos libracos conmigo!  ¡Y mis aparatos astronómicos!  ¡Esos tienen también que acompañarme!  ¡Maldita sea mi suerte!  Tal vez si sería mejor buscar la muerte aquí en la Nueva España.

Cavilando así su desgracia fue que quedo dormido y lo sorprendió el amanecer.  Fue con gran desgano que se vistió y se dirigió al palacio de la inquisición en la plaza de Santo Domingo.

A la entrada de la plaza un piquete de alabarderos le hizo el alto a su carruaje.

--¿Qué diablos queréis conmigo?  ¡Soy todavía el inquisidor mayor y no se me detiene en la calle!

--¡Su señoría ha regresado! –exclamo el “sosteniente” PGR Torres--.  ¡Ea!  ¡Abridle paso a monseñor!

--¡Que no soy un monseñor, so bruto! –lo regaño Montoya--.  Decidme qué diablos está pasando.

La plaza estaba atiborrada de gente.

--Ay, su señoría, es que tantito mas y se nos arma un tumulto.

--¿Por qué hay tanta gente aquí?

--Pos son los familiares de los presos, su señoría.

--¿Cómo?  ¿No han liberado a los presos?  El virrey específicamente ordeno que no se hiciese chicharroniza.

--Pos no nos ha llegado tal orden, su señoría, tal vez  porque vuecencia no estaba para ordenarlo.  Es más, apenas ayer todavía metí otra cuerda de presos.

--¡Válgame Dios!

--Y como el maíz esta por las nubes ya la indiada anda muy enchilada, su señoría.  Por eso es que de que vide al carruaje de su señoría luego luego pensé: “Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús, mas os vale que aseguréis que entre bien al palacio vuestro patrón no le vaya un macehual a faltarle el respeto”.

Los alabarderos escoltaron el carruaje entre la turba amenazante y presentaron armas cuando bajo Montoya.  Este rápidamente entro en el palacio del santo oficio seguido de cerca por Torres que parecía su sombra.

Al caminar por los pasillos Montoya no pudo evitar notar la frialdad con que lo veía la burocracia del santo oficio.

--Malditos hipócritas –juro Montoya--.  Es evidente que ya saben que he caído en desgracia.  Antes me hacían caravana a diestra y siniestra y me sombreaban y me decían “tenga su merced muy buenos días” y “que el santísimo ilumine y bendiga mucho a su merced el día de hoy” y se aprestaban a dejarme todo goteando de saliva la mano entre tanto beso.  ¡Carajos!  ¡Y hoy parezco un apestado o que vendí a Cristo!

--Ay patrón, ya vide oste que cuando cae un gallón luego naiden quiere admitir que lo conocían.

--¿Y vos, por qué me seguís tan zalamero?

--Jijos patrón…

--Vamos, hombre, hablad.

--Pos patrón, a mi me pasa igual.  Todo mundo me señala como vuestro instrumento.  Si no me mandan igual a las Marianas me pelo para mi pueblo.

Montoya juro.

--¿Qué tanto se sabe de ese rumor?

--Pos está en la jeta de todos.  Unos dicen que vuecencia será mandado a Egipto de anacoreta.  Otros quesque el arzobispo lo hará estilita y le van a levantar su pilar ahí en la plaza mayor.  Pero el chisme que mas corre es que pronto sale oste para Acapulco.

Los dos hombres entraron en el despacho del inquisidor.

--Todavía no se me ha pasado sentencia, carajos.

--Pos si oste lo dice.  El caso es que yo me puse a pensar…

--Os hará mal hacer eso.

--Pos tal vez, ya vide que uno no es gente de razón y no está acostumbrado a esos trotes.  Pero decía que concluí que, aunque vuecencia también me puso como al perico torturándome pos he tenido patrones mas hideputas antes.

--No sé si interpretar eso como un cumplido, Torres.  Continuad.

--Bien, decía, me senté a cavilar y cavilar.   Mire patrón, ¿pos cuanta gente cree vuecencia que hemos levantado?

--¡Como carajos voy yo a saber!

--Pos no, patrón, no tiene su señoría por qué llevar esas cuentas.  Pero a mí me late que han sido un carajal.

--¿Y qué con ello?

--Pos ¿no se le hace sospechoso patrón que no hemos encontrado nada en concreto sobre la mentada hermandad esa?

Montoya se sentó detrás de su amplio escritorio y lo contemplo fijamente.

--Seguid.

--Bien, como su señoría sabe pos yo mis muchachos pos los levantamos en los retenes y traemos a toda la indiada aquí.  Y es aquí donde los secretarios los interrogan.  Claro, la mayoría de los presos no hablan cristiano.

--Entiendo, dependemos de los traductores.

--Pos si, patrón, y esos pos también son indios.

--Seguid.

--Y luego le diré que a los que interrogan pos la mayoría se nos muere.  Ya vide oste que el Osito y el Faisán tienen la mano rete pesada.

--Eso es porque los dos son muy animales.  Vive Dios que les he tratado de enseñar sobre los humores del cuerpo y como estos deben de balancearse y como se debe de aplicar el dolor de manera científica  --dijo Montoya incorporándose y paseándose por su oficina--.  Pero vos los mejicanos sois muy refractarios a las ciencias europeas.  ¿Cómo diablos os vamos a civilizar si no queréis aprender los más refinadas artes de occidente, incluyendo el de la tortura?  ¡Vive Dios que si tuviera aquí uno de los maestros torturadores que tiene el papa no se nos moriría tanto infeliz!

Torres lo contemplaba con la paciencia de Job.

--Ay patrón, pos si, semos rete refectorios como dice vuecencia pero también semos rete mañosos.

--¿Qué queréis decir?

--¿Oste de verdad cree que semos puro indio torpe que no sabe torturar?  ¿Qué seguridad tiene vuecencia que el Osito y el Faisán no nomas están petateando a los presos para callarlos?  ¿O que los traductores le están diciendo la verdad a los señores secretarios?  Digo, ya es para que hubiera salido una pista sobre la hermandad esa, ¿no cree?

Montoya se dejo caer pesadamente en su sillón.  La lógica del hombre no admitía disputa.

--Tenéis razón, Torres, aquí hay gato encerrado.

--Es lo que yo pensé, patrón.  Y como a mí ya me va a cargar el payaso por servir a vuecencia pos empecé a sospechar que había conjura para haceros fracasar.  Y hace unos días mis dudas se confirmaron.

--A ver…

--Pos vera, patrón, tenemos un reten por la villa.  Ahí levantamos a unos arrieros que se me hicieron sospechosos.  Traían los ojos todos pelones y sudaban a chorros. 

--No es de dudar.  Ya van varias veces que a uno de vuestros hombres se le escapa un saetazo y hay muertito.

--Son daños colaterales, patrón.  El caso es que los arreste en el acto y decidí darles su calentadita 

--¡Santo Dios!

--Perese, patrón, que valió la pena.  Uno de estos arrieros se llamaba Toribio Zaldívar y el otro era José Núñez.  Ambos eran de Texcoco.  Zaldívar soltó la sopa que hace unas semanas habían venido en un tren de mulas que incluía unas carretas con unos monjes juaninos.

--¿Y que con ello?  Si pagaron las alcabalas del caso pos no hay razón de levantar sospechas contra un clérigo.

--Pos según Zaldívar estos juaninos estaban todos nerviosos y alcanzo a ver que traían rollos y rollos de papel de amate.  Digo, si estuvieran metiendo aguardiente de contrabando a la capital entendería si estaban nerviosos, pero, ¿Por qué estaban ansina nomas por unos papeles?

--¿Qué es eso de amate?

--Donde los mejicanos de la antigüedad escribían sus rezos a Huichilobos o que se yo.

--Bien podían tener hoy los evangelios, Torres.

--Pos si, pero estaba Zaldívar soltando la sopa cuando Núñez hizo como a amenazarlo.

--¿Y qué hicisteis?

--Pos me los traje a ambos aquí al santo oficio para hacer las viriguaciones en forma científica y con todas las de la ley.  Los puse en celdas separadas.  Ayer Zaldívar fue llamado a ser interrogado.  Yo como quien no quiere la cosa me quede en el interrogatorio.  ¡Y habría usted que ver que cuando el secretario le preguntaba sobre la hermandad el traductor se hacía pendejo y le hacia otra pregunta.  Como yo hablo mexicano a mi no me hacen pendejo.  Y como no le sacaban ansina nada a Zaldívar pos lo mandaron a extraer confesión.  ¿Y ya adivino que paso entonces, patrón?

--Creo intuirlo.  ¿Quién hizo la tortura de rigor?

--Pos el Osito.  El Faisán andaba franco ese día.   Y, por supuesto, Zaldívar paso a mejor vida durante el interrogatorio.

--¡Carajos!

--Pos lo mesmo dije yo, patrón.  

--¿Y el otro arriero, Núñez?

--Esta todavía en su celda, patrón.  Lo van a interrogar pasado el receso del mediodía.

--¡Me cago en Cristo antes de que eso ocurra! –maldijo Montoya.

El inquisidor saco papel y mojo la pluma y escribió unas cuantas líneas y le extendió el documento a Torres.

--Tened esto.  Os autoriza para sacar al preso.  Lo llevareis a mi residencia bajo escolta.  Decidme, ¿tenéis hombres en los que confiáis?

--Pos, patrón –dijo Torres haciendo una señal bien conocida.

--Ah, sí, no hay más que poderoso caballero.  Bien, tomad –dijo Montoya extendiéndole unas bolsas pesada--.  Asegurad la lealtad de esos hombres.  Ya no tengo más que perder.  Pero, escuchad, juro que si me traicionáis os hare desollar vivo antes de que me manden a las Marianas.

--Patrón, yo estoy con oste.

--Igual decía Judas.

--Jijos, patrón, ¡es la primera vez que tiene oste una pista en firme sobre esos cabrones!

--Tenéis razón.  Mas razón para irse con tiento con Núñez.

--¿Quiere vuecencia que lleve fierros?

--¿A qué os réferis Torres?

--Instrumentos de tortura, patrón, para hacer hablar a Núñez.

Montoya vacilo.  El había estudiado con detenimiento la ciencia del dolor.  Incluso había observado al gran maestro, Marranelli, el torturador principal del papa, hacer confesar a unos herejes.  Pero nunca en su vida había ensuciado sus manos aplicando fierros candentes en la partes nobles de un infeliz.

--Veremos –dijo con voz queda Montoya--.  Id a la bodega y tomad todos los instrumentos que juzguéis conveniente.  Si os dan problemas, decidles que vengan a hablar conmigo, carajos, todavía soy el inquisidor mayor.

--Sobres, patrón, sacare a Núñez y se lo llevare a su residencia.

--Si, haced eso.  Esperadme en unas horas.  Si no regreso para el anochecer, escapad e idos a vuestro pueblo.  En verdad me habéis sido fiel y eso no lo olvidare.  Escribiré una carta de recomendación para que entréis al servicio del conde de la legión, este es buen amigo.

Ahora fue Torres el que palideció.  Servir al conde no le apetecía, especialmente después de lo que había presenciado frente a la casona de este.

--Idos ya Torres y aseguradme a Núñez.  

Ya que se fue Torres el inquisidor toco su campanilla y un secretario se presento de mala gana.  Montoya no lo increpo saboreando como podría reivindicarse y como haría que todos los que lo despreciaban pagar sus ofensas varias veces.

--Mandad aprestad mi carruaje –ordeno Montoya--.  Iré a ver al arzobispo.