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Sunday, July 10, 2011

LI. La Sugerencia del Inquisidor

Ciudad de Méjico - 1682

Donde el Inquisidor don Antonio Montoya planea una chicharroniza.

El arzobispo Francisco Aguiar jugaba con las cuentas de su rosario mientras oía con ojos entrecerrado el reporte del Inquisidor Montoya.  Por su parte, el conde de la legión, a quien el arzobispo había invitado para que fuera testigo y lo aconsejara encendía un habano.

--Abreviemos, don Antonio –dijo Aguiar--.  ¿Ha descubierto o no  la conspiración?

--Si y no, su ilustrísima.

Aguiar dio un puñetazo en su amplio escritorio.

--¡Don Antonio!  ¡Sus sofismas y requiebros déjelos para una clase de filosofía en Salamanca, carajos!

El conde se rio quedamente.  Pero Montoya tenía agallas y no se iba dejar intimidar.

--Su ilustrísima, insisto en lo que se.  Primero, la Hermandad Blanca existió, de eso no me cabe la menor duda.  Tengo evidencia que se escaparon de Tenochtitlan cuando la ciudad iba a caer.  Usaron un túnel que los llevo hasta Tlaltelolco.  Y ahora tengo más indicios, irrefutables, de que existen, todavía hoy, en nuestros días.

--¿Y si existe la Hermandad Blanca qué del rey coyote? –pregunto el conde.

--De ese no tengo ninguna evidencia, solo rumores.  O sea, señor arzobispo, creo que existen los posibles conspiradores.  Pero no, no tengo evidencia de que hayan conspirado.  Os aseguro que pronto la tendré.

--Tal vez no haya tiempo, señores –explico el conde--.  He recibido noticias del valle de Puebla.  La cosecha definitivamente fallo.  Al maíz le ha caído un chahuistle.  No dudo que este se presente pronto aquí en el valle de Méjico.

--Montoya, el conde tiene razón, no podemos dilatar y esperar a que usted encuentre algo.

--En tal caso –insistió Montoya—permita su Ilustrísima que forcé la mano de la Hermandad.

--Pamplinas –dijo el arzobispo.

--Con su venia, su ilustrísima –interrumpió el conde--, el Inquisidor Montoya creo que tiene una buena idea.  ¿En qué forma planea vuecencia forzarlos a manifestarse?

--Les quiero picar la cresta.  Quiero hacer unos arrestos y luego anunciar un auto de fe masivo.

¡Ja! –aplaudió el conde.

--Esperad, don Antonio –dijo el arzobispo--.  ¿Tenéis acaso pruebas para quemar a estos acusados?

--Señor arzobispo --apunto el conde--, para mi es evidente que en estos casos el que un fulano sea o no inocente mientras se le convierte en chicharrón realmente no importa.  ¿O no es asi, señor inquisidor?

--Mis hombres arrestaran, quemaran, y luego se “viriguara”, como ellos dicen.

--¡Santo Cristo –juro el arzobispo--.  ¿Y que esperáis lograr con esto?

--Anunciare que continuare quemando infelices hasta que o bien se entreguen los de la Hermandad Blanca o que se me den información para hacerlos arrestar.

--Don Antonio tiene futuro –dijo el conde sonriendo.

--¿Quemareis solo indios?

--Puedo arrestar a criollos y españoles también.  Estoy abierto a sus sugerencias.

El arzobispo medito por unos momentos sus palabras.

--Creo que podría mencionar a más de un hereje, incluyendo a ciertas monjas arrogantes.

El conde no pudo evitar notar que don Antonio palideció ante esta sugerencia.

--¿Entiende vuecencia don Antonio que estaréis arriesgando acabar como Conrado de Marburgo?

--¿Y ese amigo quien fue? –pregunto el arzobispo.

--Don Conrado era inquisidor en Worms, hoy país hereje, hace unos 300 años.  Cometió el error de acusar de hereje al príncipe Enrique II, conde de Sayn.  Se rumoraba que una vez que hiciera chicharrón al señor conde se iba a seguir con el resto de la nobleza del lugar.  Imaginaos entonces señores que aquí don Antonio en verdad arresta y quema a unos cuantos criollos o españoles o tal vez a cierta monjita arisca que es muy favorecida del virrey y la virreina.  La reacción del resto de los criollos seria igual que el de la nobleza de Worms, os lo aseguro.  Francamente, su ilustrisima, no quisiera estar entonces en el pellejo ni de don Antonio ni tal vez en el de vuecencia.

El arzobispo miraba a ambos hombres fijamente, sin decir palabra.

--Y creo que la historia ilustra lo que afirmo –continuo el conde--.  Don Conrado acabo mal.  Iba en camino de Mainz a Marburgo, su terruño, cuando fue detenido por un grupo de caballeros a orillas del Rio Lahn.  Huelga decir que ahí mismo lo ajusticiaron y lo hicieron picadillo.

--Muy interesante su historia, señor conde –dijo el arzobispo--.  Creo que no es conveniente tocar a los criollos o españoles entonces don Antonio.   Confinaos a la indiada. 

--¿No teme su ilustrísima que esto propicie una revuelta abierta? –pregunto el conde--.  Acordaos que el hambre pronto hará estragos en la Nueva España.

--No lo creo asi –respondió el arzobispo--.  Lo que he visto de los mejicanos no me impresiona.  Son la gente más sumisa y tibia que he conocido.

--En tal caso, su ilustrísima, deme la venia para comenzar los arrestos de una buena vez –pidió el Inquisidor.

--Si, sería buena idea –afirmo el conde--.  Sugiero un magno auto de fe como inicio, para que la indiada se enseñe a respetar.

--Hacedlo entonces y no perdáis más tiempo ni demostréis misericordia alguna –ordenó el arzobispo.

Esa noche el conde observaba las estrellas en su terraza.

--Creo que logramos desviar la atención del arzobispo hacia sor Juana, Zenobia. 

La perra lo miraba fijamente.

--Tengo que hacerle una visita.  Prendió la veladora y creo que está dispuesta a ayudaros.  Sabed, sin embargo, que el tiempo apremia.  Creo que hemos sido descubiertos.  Pero la ceremonia solo se puede hacer con la luna llena y todavía faltan semanas. 

El pelo de la perra se erizo.

--Ah, no os preocupéis, Zenobia, hemos estado en peores aprietos otras veces.  Pero, ¿Qué esperabais?  Vuestras visitas a Sor Juana iban a atraer la atención.  

La perra se tapo los ojos con las patas.

--¡Bah!  No os preocupéis.  Yo mismo he sido tentado por ella.  Lástima, este lugar, Coyoacan es en verdad delicioso, lo extrañare.  Que se yo, nos embarcaremos en Acapulco rumbo a Filipinas.  Siempre he querido conocer el oriente.  Por otra parte, sabedlo, dudo que don Antonio queme a un solo indio.  Conozco bien al virrey don Tomas de la Cerda.  Es un hombre probo y no creo que le apetezca convertir la plaza principal de la muy real y señorial Ciudad de Méjico en un quemadero de indios nada más para apaciguar los miedos y prejuicios del señor arzobispo.  En fin, que se peleen entre si estos mortales, me importa un bledo, con tal de que no nos toquen a la hija de Apolo, ¿verdad, Zenobia?

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