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Sunday, July 17, 2011

XLIV. Revelaciones

Una vez lo consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe.” – Sor Juana, Respuesta a Sor Filotea

Convento de la Jerónimas – Cd. de Méjico – 1682

Si Lorenzo pensaba que iba a decirle los secretos a Sor Juana se equivoco.  Más bien, en cuanto Lorenzo volvió al convento a ver a su patrona esta lo sujetó a un interrogatorio.

--Lorenzo, tenemos que hablar –dijo Sor Juana pidiéndole a su mozo que se acercara.

--Usted dirá patrona.

Sor Juana lo observo atentamente.  Lorenzo tendría ya sus cincuenta años.  Todavía se veía vigoroso.  Su pelo y bigotes eran canos.  La nariz era aguileña y recia.

--¿Qué paso aquella noche de la tertulia?  No me neguéis que estabais bastante nervioso.  Os observe.  Y vos sabéis que soy muy cuidadosa en esos menesteres.  Afortunadamente ninguno de mis invitados se quejo.  Pero parecíais distraído y desatento.

--Me dolía la muela, patrona, voy a ver si el peluquero me la saca.

Sor Juana suspiro.

--Lorenzo, siéntate.  Mirad, acabamos de hacer estos buñuelos.  Tomad uno, por favor.

--Gracias patrona.  Están muy buenos.

--Me da gusto que la muela no os torture ya y podéis comerlos.  ¿Os la extrajeron?  Doña Xochitl en la Hermandad Blanca es muy buena muelera.  ¿La conocéis acaso?  ¿Fue ella quien os curó?

Lorenzo se sintió perdido.  Había caído en el garlito de la monja.

--Dime, Lorenzo, cuánto tiempo teneis trabajando para mí?  ¿Veinte años?

--Algo ansina, patrona, desde antes que usted se metiera a monja.

--Entonces, no seáis bruto, que os conozco bien y vos a mí.  Vamos, hombre, ¿Qué os aflige?  ¿Necesitáis dinero?  ¿Tenéis que esconderos de alguien?

--Ah caray, patrona.

--¡Jesús!  ¿No habéis acaso matado a alguien?

--Todavía no, patrona, a Dios gracias.  Pero si usted necesita que le de chicharrón a alguien pos cuente conmigo.

--Tomare en consideración vuestra generosa oferta, Lorenzo, una nunca sabe cuando se necesiten tales cosas, ¡ja ja!  Pero bien, repito, ¿qué paso esa noche?  ¿Os tenia nervioso el inquisidor, verdad?

Lorenzo no dijo nada por varios momentos.

--Patrona, el miedo no anda en burros.

--¿Qué?  ¿Habéis ofrecido una gallina a Huichilobos o que se yo?  ¡Vive Dios que yo he invocado a Minerva y a Apolo algunas veces!

--Algo de eso patrona.  También, pos don Carlos estaba diciendo puras sandeces.

--¿Sandeces?  ¿Acerca de que ese lugar Teotihuacán es colonia de la Atlántida?  ¿No sabéis acaso que don Carlos es todo un erudito, catedrático de la Universidad Pontificia?  Vamos, él fue el que heredo el puesto de vuestro padrino, don Diego.  ¿Por qué os atrevéis a afirmar que dice sandeces?

Lorenzo se puso a hablar en mexicano o nahuatl.

--Patrona, yo creo que ya es hora de sincerarnos.  La he observado por años y es usted la clase de persona que entendería de conocimientos herméticos.  Además, como vuecencia se acordara mi padrino, don Diego Rodríguez, me pidio que le hiciera saber a usted ciertos menesteres.  He esperado todos estos años pero creo que ya ha llegado el momento de hacerlo.

--Continuad –respondió intrigada Sor Juana en nahuatl.

--¿Conoce vuecencia mi apellido?

--¿Ixtlilxóchitl?  ¿Qué con ello?

--¿Ha oído vuecencia hablar de las antigüedades de Texcoco, de sus reyes?

--Solo lo que don Carlos me ha contado.  Me intriga conocer acerca del famoso rey coyote que ahí fue soberano pero no he tenido tiempo de hacerlo.

--El rey coyote, Netzahualcóyotl, era mi bisabuelo.  Soy su descendiente directo.  De ahí que tengo el derecho a usar el nombre de la familia real de Texcoco, Ixtlilxóchitl.

--¡Válgame Dios!  ¡Sois un príncipe!

Lorenzo hizo una mueca.

--Patrona, nunca lo fui.  Aunque según el finado don Diego soy el legitimo heredero de los tronos de Texcoco y México-Tenochtitlán.  Pero debo ser, antes que nada, humilde, tal como me lo impone mi código.  La realidad, patrona, es que soy tan solo un mozo al servicio de este convento. 

--¡Ave María Purísima!  Bien, aceptemos que vuestra familia ya no reina en Anahuac.  ¿Es esto lo que don Diego quería que me revelaras?

--No patrona, hay más.  Pero no puedo continuar a menos que usted entienda que si lo hago su vida peligra.

--¿Y eso?

--Sepa usted que la inquisición la vigila ya.

--¿A mí?  ¿Pero por qué?  ¡Santo Dios!  ¡Que yo no quiero ruidos con la Inquisición!  ¿Fue por las Redondillas verdad? 

Sor Juana empezó a caminar frente a Lorenzo toda agitada.

--¡Es verdad!  ¡Opinión ninguna gana!  ¡Bola de necios!  ¡Y todo sin razón!  ¡A algún patán le quedó el saco!

--Cálmese patrona, a todo mundo vigilan esos changos.   Si estornudas en misa ya te andan poniendo sambenito.

Lorenzo produjo una botellita.

--Tenga, tómese un trago, patrona.  Para el susto.

Sor Juana olio el liquido.

--¿Mezcal?

--Del bueno, patrona.

La monja tomo un sorbo pequeño, seguido de otro más pronunciado.

--Válgame Dios, tenéis razón Lorenzo.  Estoy poniéndome yo misma el coco y sucumbiendo al miedo.  Sea, si me han de quemar que valga la pena.  ¿Qué es lo que me tenéis que revelar?

--Júreme patrona que mantendrá todo lo que le diga en secreto.  No impongo yo esta condición, lo hace el finado don Diego.

La monja se tomo otro trago.

--Santo Dios, Lorenzo, don Diego siempre me andaba confiando secretos, libros prohibidos, que se yo, ¡ja ja! ¡Y aun después de muerto me sigue endilgando entuertos!

--Es en serio, patrona.  Esto podría hacer que acabe usted en la hoguera.  Es más, si se rehúsa usted lo mejor será que yo abandone vuestro servicio para no comprometerla más.

--No se diga más, Lorenzo.  La curiosidad me mata, literalmente, ¡ja ja!  Os juro que guardare el secreto.

--Bien patrona.  Primero debe usted entender que los texcocanos fueron los herederos del toltecayototl.

--¿El qué?

--Los conocimientos de los antiguos teotihuacanos y toltecas es lo que llamamos el toltecayototl, que nos legaron los cholultecas.

--Pero si en Cholula solo hay iglesias, Lorenzo.  ¡Te bautizan en cada esquina!  ¡Ja ja!  Yo creo que debo de ir ahí para que mes saquen el chamuco.

--Hoy si, patrona, Cholula está llena de iglesias –dijo Lorenzo quitándole discretamente la botella a la monja—y la población consiste de puros curas, monjas, y ratas de iglesia.  Pero antes la población eran puros sabios, filósofos, poetas, y astrónomos.  Los sabios de Cholula, patrona, los pocos que lograron escapar del holocausto que hizo ahí Cortez, se fueron a refugiar a Texcoco donde la familia real, los Ixtlilxóchitl, mis ancestros, les dio asilo y bienvenida.  Llevaron con ellos observaciones astronómicas que databan desde el tiempo de Teotihuacán, la misma que según don Carlos es colonia de la Atlántida.

--¡Santo Dios!  ¿Qué clase de observaciones?

--Posiciones de los planetas, eclipses, cometas y fecha y hora en que se observaron, todo asentado usando un calendario de gran precisión.

--No tenía idea que vuestra gente observaba los cielos.

--Patrona, debe entender que en fechas sagradas los reyes tenían que hacer personalmente ciertas ceremonias.  Si se predecía una eclipse el rey tenia que hacer los sacrificios correspondientes para asegurarse que el sol regresara.  Si aparecía un cometa el rey tenía que anunciar que implicaba.  El pueblo esperaba esto de sus gobernantes.  De ahí que los reyes de todo Anáhuac ponían sumo cuidado a lo que ocurría en los cielos.

--O sea, ¿observaban el cielo por razones políticas?

--Llámelo vuecencia así.  Cholula era entonces respetada por todas las republicas de Anáhuac porque ahí era de donde salían las observaciones celestes que los reyes requerían.  La reputación y sabiduría de sus astrónomos era conocida por todos los reyes.  Por eso nadie osaba levantar la mano contra Cholula.  Así fue hasta que llegaron los españoles y destruyeron la ciudad.

--Válgame Dios, Lorenzo, contadme más.  Pero primero, explicadme, ¿por qué me reveláis a mi todo esto hasta ahora?  ¿Qué buscáis de mí?

--Patrona: el toltecayototl todavía existe.

--¿Queréis decir que tenéis observaciones astronómicas de vuestros antepasados?

--Tenemos rollos y rollos de papel de amate con fechas y horas y posición en que se observo tal o cual planeta en los cielos.  ¿Os interesa?

--¡Bendito sea Dios!  ¡Por supuesto!  Pero todavía no me habéis explicado porque ponéis estos tesoros a mis pies.

--Patrona, por generaciones los descendientes de la Hermandad Blanca, los sabios del antiguo Anáhuac, han mantenido oculto estos conocimientos.  Mi padrino, don Diego, me decía que parecíamos los monjes de Casiodoro, cuidando y copiando los escritos pero sin tener ya entendimiento de lo que cuidábamos. 

--¿Queréis decir que esa hermandad blanca sobrevivió a la conquista?

--En efecto, patrona, y se avoco a preservar el toltecayotl.  Pero a la larga era inevitable que se cometieran errores al copiar un glifo o que las polillas se comieran los papeles antes de que pudieran ser copiados.  Se ha perdido mucho, si, pero bastante sobrevive.  Lo que más temo es que la Inquisición descubra estos archivos y los consigne a la hoguera.  Mal copiar y esconder no es suficiente ya.  Son 45 siglos de la historia de Anahuac.  En ella se encuentra toda la física, la matematica, la astronomía de los antiguos además de los hechos de nuestros reyes.  ¿Entendéis a lo que voy?

--Creo comprender.  A menos que este conocimiento se empiece a divulgar y utilizar a la larga está condenado a desaparecer, de una forma u otra.

--Don Diego me advirtió que se necesitaría una mente titánica para lograr recuperar estos conocimientos y volver a darles vida.  Y él pensaba que esa mente era usted, patrona.  Además, no nos hagamos, usted tiene muchas palancas con el virrey.  El que usted posea ese conocimiento lo protege de la Inquisición.

--¡Vive Dios pero si cada vez que aprendo algo me voy dando cuenta de cuan ignorante soy!

--Por favor, patrona, como dijo bien usted, nos conocemos bien.  Aun don Carlos no le llega a usted a los talones y usted lo sabe.  Le estoy dando a escoger, patrona.  Os pondré a vuestra disposición todos estos conocimientos para que volváis a darles vida.  Si vuecencia se rehúsa me temo que voy a tener que abandonar vuestro servicio y desaparecer.  Si la Inquisición nos descubre, y así parece que va a ocurrir, nos va a quemar y no quiero comprometerla.

--¿Nos?  Habláis en plural.  ¿Pertenecéis a esa hermandad blanca?

--Si, patrona.  Es más, yo, Lorenzo Ixtlilxóchitl, heredero al trono de México-Tenochtitlán y Texcoco y caballero de la orden del águila, soy el gran maestre de la hermandad blanca.

Sor Juana se persigno.  La magnitud de lo revelado era contundente.

--Que sea lo que Dios nuestro señor quiera, don Lorenzo.  En verdad que si voy a ser quemada este conocimiento bien lo vale.  Creo que si voy a tener acceso a estos tesoros en justicia me debo también sincerar con vos.  Sabed, don Lorenzo, que yo, Sor Juana Inés de la Cruz, monja jerónima, soy corresponsal y miembro de número de la secta de los Iluminados y me honro en aceptar vuestra propuesta.

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