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Friday, July 22, 2011

XXXIX. Las Dos Opciones del Moro

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se discute el darle la ley fuga a nuestro protagonista…

--Os quedareis en las barracas de los mosqueteros --me indicó d’Artagnan--.     En la mañana vendré a buscaros. No intentéis escapar. Mis hombres os vigilaran.


Me señalo un catre y bajo este puse mis pocas pertenencias. Varios mosqueteros me miraban recelosamente. Sin embargo, esa noche tuve suerte en la baraja y logre desplumar a varios de ellos. Una buena bota de vino, sin embargo, hizo muy pasable la velada.

--El sargento d’Arnot me dice que Ud. es buen jugador --me dijo en la mañana d’Artagnan.

--Tuve suerte, capitán.

--Bien, el rey anda en la Lorena. Se le espera en un par de semanas. Por favor sígame.

D’Artagnan me llevó a un sala de esgrima. Porthos se encontraba ahí.

--Caballero de Santa Cruz --dijo d’Artagnan--, ¿me haría el favor de cruzar acero conmigo? He tenido queveres con otros espadachines españoles. Si usted es el mejor espadachín de España seria para mí un gran honor cruzar acero con usted.

--Por supuesto que no se os insultara poniendo una guarda en la punta --explicó Porthos ofreciéndome un florete.

--Ca-ca-balleros --dije con voz trémula--, seguro os estáis mofando de mi.

--Entiendo, señor de Santa Cruz --explicó d’Artagnan--, vuecencia está en una clase muy superior a la mía. Os estoy pidiendo que me hagáis la venia entonces de acceder a cruzar acero conmigo.

--¡No os hagáis del rogar! --dijo Porthos con voz algo amenazadora.

No tuve más remedio sino ponerme en guardia. D’Artagnan me contempló atónito.

--¿Esa es la que llaman la defensa siciliana ¿no? Porthos, ¿habías visto a alguien pararse de esa manera y sostener el acero de tal forma?

--Francamente no --contestó Porthos--. Guardaros capitán. El señor de Santa Cruz obviamente conoce técnicas nuevas.

Nuestros aceros se tocaron. Cinco segundos después había yo perdido el mío y la punta de la espada de D'Artagnan estaba en mi garganta.

--¿Me insultáis acaso, caballero de Santa Cruz?” --preguntó d’Artagnan--. ¿No consideráis digno el cruzar acero conmigo en buena lid?

--¡Explicaros Santa Cruz! --dijo Porthos rugiendo.

--Señores, no soy sino un humilde marinero que anda huyendo de la justicia de España. Lo poco que sé de esgrima lo aprendí de mis compañeros marinos. Ya se imaginaran.

--¿Pero no heristeis al zurdo Pérez, matasteis al Tudesco Herrman, e hicisteis huir a cincuenta alguaciles que os fueron a tratar de arrestar? --preguntó d’Artagnan.

Porthos me agarro del pescuezo y me levantó en vilo.

--¡Aramis juró que manejabais la espada como el mismo diablo!

--¿Conocéis al tal Aramis?” --alcance a gemir--. Tiende a exagerar.

El gigante me dejo caer.

--En efecto. Guardaros de él --aconsejó d’Artagnan.

Les dije entonces mi propia historia y los detalles de mi encuentro con el zurdo Pérez y el tudesco.

D’Artagnan sacudió su cabeza.

--Santa Cruz, estáis en un verdadero aprieto, ¿entendéis? El rey espera tratar con el mejor espadachín de España, sabrá el diablo para que propósito.

Porthos le murmuró algo en el oído.

--Santa Cruz, tenéis dos opciones --continuo d’Artagnan.

--¿Cuales son estas?

--Conociendo al rey, y bien que lo conozco --explico d’Artagnan--, si no sois quien decís que sois…

--Nunca dije que era el mejor espadachín de España, capitán.

Porthos gruñó. --Cierto, pero tampoco lo negasteis.

--En efecto, nunca lo afirmasteis –acepto d’Artagnan--.  Sin embargo, el rey es capaz de desquitarse no tan solo en vos sino también en mí. Hay razones políticas. Y bien, como decía, tenéis dos opciones. La primera es una muerte rápida, ahora mismo. Le diremos al rey que vuecencia intentó escaparse.

--Así no se llevara su alteza una decepción con usted --explicó Porthos. Me veía con sus ojos porcinos y había desenvainado su espada.

--¿Y cuál es la otra opción? --pregunté.

--Tenemos un par de semanas hasta que regrese el rey --dijo d’Artagnan levantando mi florete y ofreciéndomelo--. ¡En garde!

Fueron las tres semanas más penosas de mi vida. Entre d’Artagnan, Porthos, y el sargento d’Arnot (que también había sido reclutado para entrenarme) me tuvieron entrenando día y noche. Al final tenía yo innumerables punzones y cortaduras y caminaba dolorosamente (a puros golpes habían corregido la forma en que me plantaba). Pero yo creo que hasta al mismo zurdo Pérez le hubiera dado yo pelea (por lo menos por un minuto).

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