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Friday, July 29, 2011

XXXII. Arles

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se presentan personajes de todo mundo conocidos.

Después de huir de España vague por el norte de Europa por varios años.  Me embarque en Hamburgo en un buque que visito Rusia y varios lugares de Escandinavia.  Francamente, me canse del frío de esos lares.  Decidí regresar a Francia.  Después de varios días de camino mi caballo me llevo hasta Arles en el sur de Francia.  Me hospede en una venta enfrente del viejo circo romano.  No había decidido hacia donde dirigirme a continuación.  Meditaba descender hacia Marsella y de ahí embarcarme hacia levante o tal vez las Indias.

Por lo pronto me avoque a tratar de no atraer atención. 

Era el anochecer del tercer día de mi estancia y me encontraba en una esquina del cuarto común de la venta, comiendo una opípara comida.  Estaba ya en mi segunda botella de vino y francamente, con la panza llena, me sentía muy en paz con el mundo.

Aparentemente la policía secreta de Luis XIV era más eficiente que la del rey de España.  Estaba yo muy contento devorando mi cena cuando vide a un hombre entrar vestido con el vistoso uniforme de los mosqueteros del rey.  Me vio fijamente por unos instantes y luego salio.  Ni siquiera disimulo.  Suspire.  ¿No podían esperar a que acabara mi cena?

Mire hacia la escalera.  Sentí flojera cuando visualice ir subiendo como rata huyendo por ella.  Además, si estos señores sabían lo que hacían, ya han de haber rodeado la venta.  Preferí mejor acabarme la botella de un par de tragos.

Inevitablemente entraron varios de estos fulanos, vestidos como mosqueteros, a través de las puertas de la venta.  Traian ya sus espadas desenvainadas.  Sin decir palabra se acomodaron a mí alrededor, aunque a una distancia respetable.  El resto de los comensales, al ver esto, se hicieron escasos.  Mastique lentamente un pedazo de queso.

Un fulano con galones de capitán de mosquetero, de mostacho cano, se acerco a mí.  No había desenvainado su espada pero había algo en la manera en que caminaba que me indicaba que, si tal hiciera yo con la mía, seria hombre muerto.

--¿Vos sois Pedro de Santa Cruz?

Eructe.

--Si lo soy.

El capitán de mosqueteros saco su espada y puso su punta en mi garganta.  Hizo esto con tal fluidez y rapidez que ni siquiera pude levantar una mano.  Si el hombre me hubiera querido atravesar el pescuezo lo hubiera hecho ahí mismo en segundos.

--He oído de lo peligroso que sois, Santa Cruz. Sabed que no os conviene intentar nada. ¿Me dais vuestra palabra de honor que no intentareis escapar? De otra manera os llevare esposado.

--¿A donde me lleváis?

--A Paris. Tenéis una cita con mi señor. ¿Y bien, que decís?

--¿Y quien diablos es vuestro señor?

--Luis XIV.

--¿El Rey?  ¿Qué diablos quiere el rey conmigo?

--Eso no me incumbe.  Yo solo lo sirvo.

--Sea. Llevadme con quien os plazca. Os doy mi palabra de honor que no intentare escaparme de vuestra custodia.

--Bien --dijo el capitán bajando su espada--.  Mi nombre es Gastón d’Artagnan. He oído de usted, Santa Cruz. Sois el mejor espadachín de España, ¿no es así?

Me reí. Aparentemente mi fama –espuria—había traspasado las fronteras. ¿Que tanto se deberá, pensé yo, a lo que haya dorado la píldora el jesuita Aramis?

--Si así lo queréis creer, señor capitán, no seré yo quien os desmienta –le dije entregándole mi espada.

D’Artagnan ordeno a uno de sus hombres que cargara mis alforjas.  Nos subimos d’Artagnan y yo abordo de un carruaje. También nos acompañaba uno de sus hombres, un gigante con cara de oso. Por un momento crei reconocer en el al tudesco Hermann. Ambos gigantes tenían las mismas proporciones descomunales.

--Porthos os vigilara si yo caigo dormido --advirtió d’Artagnan--. Guardaros de enfadarlo.

Escoltados por una docena de mosqueteros nos dirigimos a Paris.

--Capitán, ¿que diantres puede querer el rey conmigo? Yo soy tan solo un humilde marinero.

--Diablos si sabre --contestó d’Artagnan--.  Yo trato de no inmiscuirme en la política de los grandes señores. Solo cosecho desilusiones.

--A no dudarlo --se rió Porthos--. Sobre todo en vida de Richelieu.

--Richelieu era el mismo diablo, Santa Cruz, pero también era un caballero --contestó el capitán--.  Pero el rey, Dios lo guarde, acostumbra encerrar gente en la Bastilla si estornudan en su presencia.  Y de ahí nadie sale vivo.  Si vos sabéis algo que el quiera saber os aconsejo que soltéis la sopa.  Es posible que os torturen.

--¿Tortura? ¡Válgame Dios!

--A la larga todos hablan --aconsejó Porthos--.  Pero todo depende de que tan bueno sea el verdugo.  Hay unos muy torpes y se les muere el preso antes de soltar la sopa.

--Si usted sabe algo, Santa Cruz, le ruego, ¡no nos lo diga a nosotros! –advirtió d’Artagnan.

Después de varios días de camino finalmente llegamos a Paris.

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