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Thursday, July 21, 2011

XL. La Luna Llena

Donde visitamos los aposentos del conde de la legion…

Coyoacan - 1682

Dejemos al “sosteniente” Torres apostado entre las sombras de los ahuehuetes y entremos, lector, a la casona que tiene el escudo de un dragón.  No temáis.  Solo Judas temió, ¿verdad?

Crucemos las pesadas puertas y entremos a un amplio atrio.  Al fondo hay una sala de armas.  Observad el contenido: la armadura de un rey espartano, tal vez del mismo Leónidas, una lorica o armadura romana, tal vez la vistió Sulla en persona, toda clase de espatas, un águila legionaria con la enseña SPQR, cimitarras turcas, petos, katanas traídas de la lejana Cipango, malla de acero, lanzas, arcabuces, cascos españoles, una vitrina con diversas espadas toledanas, ballestas, etc., etc.  Obviamente se trata del domicilio de un coleccionista que se refocila clasificando las maneras en las que los hombres se matan entre sí.

Sigamos más adelante y nos encontramos en un hermoso patio con una fuente (seca) en medio.  Ah, ¿visteis eso?  Una sombra se escabullo.  Si, ahí al fondo.  ¿Sería acaso un criado?  No, esos no andan por los aposentos de su señoría a estas horas. 

Subamos por una magnifica escalera hasta el segundo piso.  Podéis ver la biblioteca, ¿magnifica verdad?  Los tomos ahí, sabed, son incunables.  Probablemente ahí se encuentra el Ovidio que le confió al conde el obispo de Puebla.  Observad los bustos griegos y romanos, de gran antigüedad, que la adornan.  Ah, otra vez esa sombra.  No os preocupéis.  Tal vez sea un gato.  Crecen muy grandotes en los pueblos que rodean a la muy noble y señorial ciudad de Méjico.

Caminemos por el amplio pasillo que se abre frente a nosotros.  Observad, otra vez, el escudo del dragón.  ¿Escuchasteis eso?  Parecía que un hombre gritó lleno de espanto desde afuera, tal vez de entre los ahuehuetes.  Tal vez se trata de un borracho, no os preocupéis, ya veis que ya borrachos los mexicanos se ponen a aullar.  Ah, sí, yo también lo oí.  Parecía el aullido de un lobo, ¿verdad?  Vamos, no hay lobos en el valle de México.  Tal vez es un coyote o un búho constipado, que se yo.  Os miráis alterado, querido lector.  Tomad un trago de esta botella.  Si, a veces ayuda, ¿verdad?

Ah, ya llegamos.  Aquí está la puerta que da a la habitación del señor conde.  ¿Tembláis?  Bueno, si queréis recemos antes.  ¿Ya estáis sosiego?  Tampoco me pida que rece el rosario.  Si hacemos tal estaremos aquí toda la santa noche.  ¡No sea tan cobarde!  Bien, no temáis, repito, nadie nos puede ver. Entremos.

Mirad al conde.  ¿Cuántos años tendrá? ¿Unos cuarenta?  No, tenéis razón, no parece español.  Más bien parece moro o judío, que se yo.  Dicen las malas lenguas que nació en Babilonia cuando Roma era un villorrio y México tenía ciudades más majestuosas que lo que se alzaba a orillas del Tigris.  Bueno, si la bata es media equivoca.  No, no creo que padezca del vicio griego.  Ah, sí creo que estáis en lo cierto, es un caftán.  Bien, ¿veis que no hay que temerle?  Esta ahí sentado en el balcón observando las estrellas a través de un telescopio.  Sentémonos aquí y veamos lo que acontece.  El conde busca a su perra o lo que sabrá Dios sea ese bicho.

--Hoy es luna llena.  ¿Dónde diablos estáis Zenobia?  Ah, ahí estáis.  ¿Qué es lo que tenéis en la trompa?  Acercaos.  Ah, es una mano humana.  Y por lo que veo la acabáis de cosechar pues todavía sangra.  No gracias, no me apetece, provecho Zenobia. 

Os digo que no temáis, estimado lector.  El conde no nos va a ver.  Ved, si querer me parare y hare piruetas ante él.  ¿Veis?  No tenemos problema, no nos ve.  Ah, ¿el asunto de la mano os ha enfermado?  ¿Queréis vomitar?  Bueno, si, el oír a la perra esa comérsela es horrible.  Válgame dios, se oye como rompe los huesos con sus mandíbulas.  Si, es un perrote.  Impone, ¿verdad?  ¿Ya vomito?  ¿Se siente mejor?  Qué bueno.  Ahora estese sosiego y sigamos viendo que ocurre.

--Bien, Zenobia, que bueno que ya acabasteis vuestra cena.  ¿Enterrasteis el resto del cristiano?  Más os vale que no me hayáis metido el cadáver a la casa.  Luego huelen horrible y se quejan los criados.  Mirad, Zenobia, es luna llena.  Sentaos aquí a mi lado, Zenobia, vamos a esperar unos minutos más.  Ah, veo que ya estáis transformándoos.

¿Vide vuecencia lo que paso?  ¡Válgame Dios que la doncella que se manifestó es hermosísima!  ¡Mire vuecencia esas piernas tan largas, ese cuerpo celestial, esa cara de diosa, la cabellera tan negra, esas aureolas en los pezones, esas nalgas!  Lástima que no está uno en los zapatos del conde pues este la lleva ya a la cama.  Bueno, dejemos que disfruten de lo suyo, a menos que vuecencia sea uno de esas personas que guastan de andar de fisgones.  Vamos a esperar aquí, en el balcón.  ¿Por qué?  Es que todavía me falta enseñarle a vuecencia otra transformación extraordinaria.

Mire usted, ya paso un buen tiempo.  Observe usted a la doncella.  Ha salido al balcón.  El aire nocturno acaricia su cuerpo desnudo.  Creo que hasta oigo algo de ronquidos.  No dudo que el conde este exhausto.  Pero observe bien a la doncella.  Vea como levanta los brazos.  Vea como la luna la ilumina, mire como su cuerpo fulgúrese y se hace vaporoso.  Y ahora la doncella es casi transparente y se eleva ante nuestros ojos como si no pesara nada y se deja llevar por el viento en dirección a la ciudad de México.  Extraordinario, ¿no le parece? 

Bien, estimado y paciente lector, creo que debemos retirarnos y dejemos de estudiar a estos seres sobrenaturales arriesgando nuestra alma en ello.  Así pues, digámosle adiós al Conde de la Legión por ahora.

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