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Wednesday, July 13, 2011

XLVIII. Succubus

Convento de las Jerónimas – 1682

Donde se sugiere que los baños de agua fría ayudan a controlar la lujuria.


Esa mañana, viendo que el confesor regular del convento había enfermado y había sido reemplazado por el anciano don Lucrecio Sor Juana vio la oportunidad de hacer confesión de lo que la atormentaba.  Don Lucrecio, ella sabía, era reputado por ser pragmático y se reputaba que había sido muy enamorado cuando joven.  Sor Juana confiaba en que no sería tan duro con ella.

--Acúsame, padre, de haber pecado.

--¿Y que fue hoy, Juana?  ¿Fuisteis soberbias y creísteis que el guiso no se os iba a quemar?  ¿O acaso fue gula y os acabasteis vos solita los buñuelos?

--Padre, hablo en serio.  Mi pecado fue de lujuria.

--¿Lujuria?  Ah, esa beldad la recuerdo con cariño.  A mi edad solo puedo vivir de los recuerdos, Juana.  Ah, ¡dulces recuerdos!  Vamos, hija, ¿Qué lujuria podréis encontrar aquí en el convento?  ¿Acaso os atrajeron los labios encarnados de una novicia y le robasteis un beso?  Eso no amerita ni confesión aunque si oiría con gusto los hechos, entre más detallados mejor.  En tales casos un baño de agua fría es aconsejable después, tanto para la pecadora como para su confesor.

--Ocurre cada luna llena, padre.  El patrón es innegable.

--Ah, ahora me resultáis lunática Juana.  Insisto, los baños de agua fría serian la solución.

--Estoy indefensa, padre, temo al calendario, y a la luz de la luna.  Esta me hechiza, me avasalla, y yo, gustosa, me le entrego.

--¡Uff!  El caso es grave.  Perdonad si os pregunto esto pero sois mujer y estáis en la flor de la edad.  Decidme, ¿menstruáis?

--Si padre.  Incluso sufro mucho de calambres por ello.  Me hago un té que me recetó doña Xochitl para darme cierto alivio.

--Ah, ¿la brujita?  Yo también la he ido a ver.  Aunque lo mío era una almorrana que me torturaba.  Pero bien, ¿no tendrá esto que citáis algo que ver con vuestros días de la luna?

--No padre.  Los ciclos no coinciden.  Calcule que lo harían cada 7.5 años.  No hay correlación.

--¡Muy bien!  ¡Muy bien!  Os creo.  No me atormentéis con vuestras matemáticas, que si los números no me entraron de niño menos me entraran de viejo.  En fin, ¿qué es lo que os causa lujuria entonces cada luna llena?

--Ese es el problema, padre.  Sé que pequé mientras dormía.  Pero me temo que no me acuerdo como pequé al despertarme.

--¡Válgame Dios Juana!  ¿Estáis confesándote o estáis quejándoos?

--No sé, padre, tal vez ambas o ninguna…o todo lo contrario.  ¡Vive Dios que no sé!

--¿Os estáis burlando de mi Juana? 

--Padre, no, definitivamente no.

--Si yo pecara de lujuria pero no me acordara como fue que pequé definitivamente yo si me quejaría.  ¡A mis años pecar seria de festejar!

--Padre, ¿Qué hago?

--¡Bah!  ¿Qué es bueno para la memoria?

--¿La memoria?

--Si, Juana, buscad algo que os permita por lo menos recordar cómo fue que pecasteis. 

--Deje le pregunto a doña Xochitl.  Seguro ella tiene algo.

--Eso, encontrar ese remedio, y un baño de agua fría os impongo de penitencia.

--¿Ni siquiera un Ave María?

--Bien, Juana, decid diez Aves María y diez paternosters mientras os bañáis con agua fría.  Y cuando sepáis que es bueno para la memoria, decídmelo o traedme parte del bebedizo que os de la brujita.  Hay algunos pecados de mi juventud que me gustaría recordar.

Del confesionario Sor Juana se dirigió a la cocina del convento y se puso a trabajar ahí.  Estaba muy contenta cocinando cuando le fueron a avisar que tenia visita.  Sor Juana salió de la cocina del convento limpiándose las manos.  Había estado rellenando un guajolote.

--¿Y ahora quien decís que me viene a visitar María?

--Es el gentilhombre ese que vino el otro día, madre, el que llaman el conde de la legión.

Sor Juana se persigno.

--Bien, pásalo a la sala de recibir.  Sor Luz, ahí le encargo el guajolotito.  Y no le ponga mucho chile al mole porque le quiero mandar una pata al Inquisidor y como es recién llegado de España luego luego se enchila.

El conde hizo una caravana al entrar sor Juana.  Traía consigo a la perra negra que siempre lo acompañaba.

--¿En qué le puedo servir, señor conde?

--Sor Juana, vengo a discutir un asunto delicado.

--¡Válgame Dios, señor conde!  ¿Qué más me va vuecencia a revelar?  Tal parece que todo mundo insiste en revelarme secretos de la kabala.  Os aseguro que el próximo fulano que me visite me va a asegurar que es el heredero al trono de Trapisonda o va a revelarme la localización de la Atlántida o del tesoro de Cuahtemotzin o que se yo.  ¿No os basta señor conde con andar espantándome como si fuerais una especie de ángel caído? 

La perra hizo ruidos lastimeros y fue a posarse a los pies de la monja.

--Pero dígame, vuecencia, ¿qué le paso a su animal?  Lo trae todo lleno de mataduras.  ¿La castigo?

--Precisamente, sor Juana, tuve que castigar a Zenobia.  Espero que ya haya aprendido su lección.

--¿Pues qué hizo su animalito? –pregunto Sor Juana acariciándole el lomo.

--Se porto muy mal.  Es muy traviesa.  Dígame, sor Juana, ¿ha dormido bien?

Sor Juana lo miro con suspicacia.

--¿A qué viene todo esto, señor conde?

--¿Conocéis el Malleus Maleficarum, sor Juana?  No mienta por favor.  No la voy a denunciar al santo oficio.

--¿El Malleus?  Bueno, tal vez don Diego me lego una copia.  Diantres, si lo he leído, señor conde, ¿y qué?  Es más, lo estuve consultando esta mañana.

--¿Ha tenido visitaciones nocturnas?  Estoy hablando de un succubus.

--Ah, ¿Mahlat, Naamah, Eisheth o tal vez la misma Lilith?  Válgame Dios, señor conde, no espera usted que admita yo tal cosa.

--Por supuesto que no.  Tal vez se lo dijo vuecencia a vuestro confesor y os dio por penitencia baños de agua helada.  Acepte sin conceder que las últimas noches de luna llena vos habéis tenido tales visitas en la forma de una doncella griega bellísima.

Sor Juana palideció. 

--Señor conde, al grano por favor.

--Vengo a ofreceros una disculpa, sor Juana, y a aseguraros que tales visitaciones cesaran.

Sor Juana se rio.

--Válgame Dios, señor conde, ¿insiste vuecencia en su fabula de que esta perra se convierte en doncella en las noches de luna llena?  Suponiendo, sin conceder, señor conde, que en efecto haya tenido tales visitaciones, os aseguro que el demonio que me visito no era tan peludo como este buen animalito.  Y además, si en efecto me visito un succubus, ¿cómo sabe si no le di la bienvenida?  ¡Ja ja!

--De todas maneras, sor Juana, creo que es mejor poner un alto a este embrollo y os ofrezco una disculpa.

--¿Es todo?  ¿No sois acaso el bastardo de don Juan de Austria o tal vez el general de los jesuitas?

--Nunca he querido gobernar a los hombres, Sor Juana.  Agrícola me hizo gobernador de Aqua Sulis pero fue tan solo mientras él navegaba en las Hebridas.  Cortez me dio la encomienda de Coyoacán pero francamente no me he involucrado en su gobierno.

--Y sin embargo me vinisteis con el cuento chino de ofrecerme el mundo.

--Para vuecencia el mundo sería si os diera acceso a la biblioteca de Alejandría, ¿verdad?  ¡Imaginaos si tuvierais acceso a toda clase de pergaminos que los hombres creen perdidos!  Válgame Dios, ¡qué cosas habrá quemado el obispo Landa en Yucatán!  ¿Os imagináis la clase de libros y textos que tendrían los antiguos mexicanos?  Tal vez tendrían observaciones astronómicas, que se yo.  Se reputa que su calendario era de gran precisión.  ¿Cómo sabéis si no he movido ya hilos ocultos para que así sea?

--No se de que me habla, señor conde –Sor Juana a duras penas se mantenía ecuánime.

--No os preocupéis, hija de Apolo.  Sin embargo, sabed que pronto tendréis necesidad de mis servicios.  Hay cosas que deben seguir ocultas y que ciertos hombres quisieran exponer y destruir. 

Sor Juana suspiro.

--Volviendo a suponer sin conceder, señor conde, que así son esos menesteres.  Dígame, ¿que busca vuecencia a cambio?  ¿Desea acaso mi alma?  ¡Lo que está en juego bien lo vale!

--¡Ciertamente que no!  Solo necesito vuestro perdón.

--¿Perdón?

--Si, os he reconocido, hija de Apolo.  Sois quien se me indico en la gruta en Delfi.  Necesito que me deis el perdón, que me redimáis.  O más bien, lo necesito para Zenobia.  Ella es lo que más, no, lo único, que quiero en este mundo.  ¿Podéis entender lo que afirmo?  ¿Podéis imaginaros lo que cargo a cuesta?  Ella sufre de una maldición y por esta yo también maldigo y sufro.  He recorrido el mundo buscando la cura.  He tirado fortunas, he derramado sangre inocente, he destruido reinos, he humillado a reyes, he hecho injusticias y ni siquiera he sacado provecho de mis fracasos.  Estoy convencido que solo si vos me dais el perdón para ella lograre que el maleficio se anule.

--Yo no soy nadie para daros redención, señor conde.  Eso solo Cristo.

--¿Cristo?  Tal se lo pedí a Cristo mismo en el Golgotha.  Yo era tribuno de la decima legión, la que luego destruyo Hierosolima y tomo Masada.  ¡Fui yo el que le puso la esponja con vinagre y agua a sus labios!  ¡Mas ni así tuve su agradecimiento o su perdón! 

--¡Santo Dios!  Si no os dio el perdón el crucificado, ¿qué esperáis que haga una triste monja jerónima?

--¿Triste?  No, vos sois una hija de Apolo y como tal sois poderosa.  No podéis negarlo, ved como vuestra pluma embelesa hasta a los ángeles caídos.  Hasta ahora el oráculo, repito, no me ha mentido.  Os encontré en el fin del mundo y os reconocí por vuestra lira.

--En verdad insistís en que acabe yo en la hoguera, señor conde.  Y a todo esto, bien, si queréis que os perdone a vuestra perra, sea.  Estáis perdonada Zenobia, ego te absolvo.  Dejad de ser traviesa.

--No es tan fácil, sor Juana.  Se necesita una ceremonia.

--Ah, ya salió el peine.  ¿Qué implica esto?  ¿Se necesita sacrificar un cristiano?  ¿Qué me desnude?  ¿Qué dibuje un pentagrama?  ¿O que recita el paternóster al revés?

--De ninguna manera os haría cometer una indecencia, sor Juana.  No voy a ser yo quien empañe el cristal.  Escuchad, obviamente no me creéis y no os culpo.  Sabed que hoy es luna llena.  Por una sola y última vez permitiré que Zenobia se apersone con vuecencia.  Si tal ocurre hoy ¿me creeréis?

--Válgame Dios, conde, admito que mi sueño ha sido turbado pero cada que me despierto no me acuerdo de lo que soñé.

--Esta noche tendréis memoria plena de la doncella fantasmal que os visita y atormenta y notareis que ella tiene marcas de latigazos relativamente frescos en la espalda y glúteos.  Si estáis dispuesta entonces a participar en la ceremonia para redimirla, prended esta veladora y yo lo sabré.

--Se ve muy rara.  ¿De qué está hecha?  ¿Manteca?

--Es cebo humano.

--Válgame Dios, señor conde, ha de oler de los mil diablos.

--Préndala y apáguela entonces Sor Juana.  Yo sabré que me creéis y que estáis dispuesta a redimir a Zenobia.  Luego, aseguraos de deshaceros de ella.  No quiero que mi única esperanza de redención arda en la hoguera.

En la madrugada sor Juana despertó violentamente.  La luz de la luna llena entraba e iluminaba su claustro.

--¡Ave María Purísima! –gimió la monja--.  ¡No me voy a atrever a confesar esto!

En la oscuridad busco cerillos y prendió la veladora que le había dado el conde.  En efecto, el olor era ofensivo.  Sor Juana la apago de inmediato.

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