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Sunday, July 24, 2011

XXXVII. Rahu y Ketu

Donde el oír hablar del inquisidor causa ansiedad en Lorenzo.

Convento de las Jerónimas, Ciudad de Méjico – 1682

“Uno de los nuestros, de la compañía de Jesús, platico y diestro, junto a los ancianos de Tescucu y de Méjico, y confirió mucho con ellos, y le mostraron sus librerías e historias y calendarios: cosa mucho de ver.  Porque tenían sus figuras y jeroglíficos con que pintaban las cosas de esta forma, que las cosas que tenían figuras las ponían con sus propias imágenes, y para las cosas que no había imagen propia tenían otros caracteres significativos de aquello y de este modo figuraban cuanto querían y para memoria del tiempo en que acaecía cada cosa tenían aquellas ruedas pintadas, que cada una de ellas tenía un siglo, que eran cincuenta y dos años…” – relación de un fraile que vino a Méjico con los conquistadores

--¿Rahu y Ketu? –pregunto don Carlos de Sigüenza y Góngora.

--En efecto –contesto Sor Juana--, así se les llama en sanscrito a estos compañeros invisibles de los planetas.

--No sabía que habíais aprendido sanscrito.

Sor Juana sonrió.

--Cosas que uno se enseña mal e incompletamente, don Carlos.

Recientemente le había caído a Sor Juana los poemas en sanscrito de Bart’hari.  Estos incluían el texto original y la traducción al portugués.  Otros textos le habían llegado a través de la nao de china.    Estos iban a ser vendidos como curiosidades o adornos paganos tan solo por lo intrincado de su caligrafía.  Sor Juana había alertado previamente a Don Jacobo para que comprara de inmediato cualquier texto que tuviera tal caligrafía.  El hebreo los compro en cuanto los vio y se los había hecho llegar al convento de inmediato.  Armada con estos textos, la hija de Apolo pronto tuvo un dominio rudimentario del sanscrito.  ¿Por qué debemos de asombrarnos que el más grande intelecto parido en la Nueva España fuera capaz de esa hazaña? 

--¿Queréis decir que los Hindús conocían otros planetas aparte de los que conocemos en occidente?

--En efecto, don Carlos –explico Sor Juana--.  Para ellos Surva es el sol, Chandra la luna, Mangala es Marte, Budha es Mercurio, Brihaspati es Jupiter, Shukra es Venus, Shani es Saturno, pero además tienen a estos dos, Rahu y Ketu, vagando mas allá de Saturno.

--¿Aceptáis entonces que Saturno esta mas allá de Júpiter?

--¿Por qué dudar de los romanos?  Saturno es el titán que desbanco Júpiter, ¿no?  Es lógico que Júpiter lo haya desterrado a las profundidades.  Y, científicamente, vuecencia bien sabe que la órbita de Saturno es más lenta que la de Júpiter.  Luego entonces creo que es correcto afirmar que esta mas allá de Júpiter.

--¡Seria imposible ver a estos Rahu y Ketu a simple vista!

--Mi teoría es que perturbarían la órbita de Saturno.

--Tal vez, pero nos sería imposible determinar esto sin datos.

Sor Juana suspiro.  Igual que el inquisidor Montoya sabia que por el momento las teorías de Kepler eran tan solo una conjetura.

--En fin, habladme de lo que presentareis hoy.

--Mas allá de Texcoco, hay una ciudad entera, mayor que la capital, cubierta de maleza, de una antigüedad inimaginable.  Los indígenas la llaman Teotihuacan y dicen que ahí  los hombres se volvían dioses.  Me pase varias semanas recorriéndola y escarbando en ella.

--¡Ave María!  --suspiro Sor Juana-- ¡Que daría yo por poder verla!  ¿Trajisteis reliquias?

--En un recinto en la pirámide principal encontré tablillas de barro similares a las de Sumeria.

--¿No estáis diciendo que tienen caracteres babilónicos?

--No.  La escritura es completamente distinta e ininteligible.  Sin embargo, estas y otras reliquias que ahí encontré me llevan a conjeturar sobre el origen de esta ciudad.  No me cabe la menor duda.  Teotihuacan es una colonia de la antigua Atlántida.

--¿Atlántida?  ¿En que os basáis para afirmar tal cosa?

Sigüenza y Góngora saco un cuadernillo con apuntes.

--Esta es una tradición que recogió Sahagún sobre la migración tolteca a Chicomostoc, el lugar de las siete cuevas, desde Aztlan:

"…En un cierto tiempo que ya nadie puede contar, del que ya nadie puede ahora bien acordarse, quienes aquí vinieron a sembrar a los abuelos, a las abuelas, estos, se dice, llegaron, vinieron.
Por el agua en sus barcas vinieron, 
en muchos grupos, y allí arribaron a la orilla del agua, a la costa del norte, 
y allí donde fueron quedando sus barcas, se llama Panutla, sus sacerdotes los guiaban, y les iba hablando su Dios.
Los que allí estaban eran los sabios, 
los llamados poseedores de los libros de pinturas, pero no permanecieron mucho tiempo, los sabios luego se fueron, 
una vez más entraron en sus barcas…"
--A ver, don Carlos, ¿decís que “les iba hablando su Dios”?

--Es como si los estuviera guiando, si.

--Pues parece más bien la historia de los judíos del Éxodo.  ¿Os acordáis que Dios los iba guiando en forma de un pilar de fuego?

--¡Santo Dios!  ¡Tal vez esto se refiera a una de las tribus perdidas de Israel!

Sor Juana se rio y le contesto en hebreo:

--¡Oy vey, don Carlos!  Vos conocéis la lengua mexicana tan bien como yo.  No hay nada en esa lengua que recuerde en lo mínimo al hebreo.  Y tampoco la hay en la maya o totonaca.  Suena romántico, si, pero no creo que los mexicanos antiguos hayan sido colonia de la Atlántida o una de las tribus perdidas de Israel.

--Patrona –los interrumpió el mozo de Sor Juana, Lorenzo.  Este era un indígena de mediana edad, con bigote cano y nariz recia—ya llegaron sus invitados.

--Excelente, Lorenzo.

--Ah, Sor Juana, me tome la libertad de invitar a mi amigo, el conde de la legión.

Sor Juana dejo de sonreír al oír el nombre.

--Ah sí, lo conozco.

--También viene el inquisidor Montoya.  Espero que no objetareis.

Sor Juana se rio.

--¡De ninguna manera!  ¡Ja ja!  Si habéis invitado al conde, ¿pues por qué he de temer al inquisidor?

--No os entiendo.

--Cosas que aprende uno, don Carlos, mal e incompletamente –sonrió Sor Juana.

Los dos sabios no se percataron de cómo Lorenzo había palidecido al oír nombrar al inquisidor.

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