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Tuesday, July 12, 2011

XLIX. La Misión del Moro

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde el rey le hace al moro una oferta que no puede rehusar.

Ya hasta me había olvidado yo del tal Luis XIV.  Estaba atardeciendo cuando vinieron por mi unos hombres que no conocía.

--Venid con nosotros --dijo uno de ellos.


Me apuntaban con pistolas. Alcance acaso a hacerle una señal al sargento d’Arnot. Este sacudió su cabeza como si fuera yo un desahuciado.

Me llevaron por varios pasadizos subterráneos. Subimos y bajamos escaleras, entramos y salimos por puertas falsas. Finalmente me encontré en una sala lujosa, rellena de libros, mapas, y un gigantesco globo terráqueo.

--Esperad aquí –me instruyeron.

Paso otra hora.  Finalmente entraron otros fulanos con pinta de espadachines aunque sin uniforme.  Me palparon buscando armas, cosa que no tenia.

--Hincaos –dijo uno--, mirad al suelo y no levantéis la vista.

Sentí sus manos sobre mis hombros.  Alcance a ver a un fulano entrar vestido lujosamente arrastrando una estola magnifica.  Este se sentó detrás de un gran escritorio.  Iba seguido de otro fulano vestido más modestamente.  Este era de mediana edad, regordete, de nariz muy colorada, calvo, y de anteojos gruesos.

--Dejadlo que se pare –dijo el regordete.

--Señores –dije haciendo una reverencia.

El fulano elegante me veía burlonamente.

--¿Así que sois el mejor espadachín de España? --me pregunto el regordete en buen español.

No lo desmentí. Tan solo hice una pequeña caravana.

Un paje le sirvió al elegante un cognac.

--¿Creéis que os servirá señor von Tschirnhaus? 

--Es lo mejor que os puedo conseguir, alteza –dijo el regordete.

Vide al elegante asombrado.  ¿Así que este amigo era Luis XIV?  Me temo que casi me reí pues era igualito a don Fernando Lucio, un matancero que conocí en Triana.  Claro está, este don Fernando se vestía mas modestamente y siempre andaba lamparoso con manchas de sangre.

El tal von Tschirnhaus me miraba escéptico.

--Según su expediente tiene experiencia como marino.  Ha visitado el nuevo mundo.  Por lo menos creo que sobrevivirá.

Luis XIV hizo una mueca de aburrimiento.  Evidentemente le importaba un bledo si vivía o no.

--Señores –me atreví a decir-- ¿de qué se trata todo esto?

Por toda respuesta, uno de los hombres que me sostenía me dio un sopapo.

--¡No habléis hasta que se os ordene, bellaco!

--Dejadlo hablar –ordeno Luis XIV.

--Señor Santa Cruz, os diré de que se trata -- explicó von Tschirnhaus--.  Tenéis que llevar unas cartas a la Nueva España y regresar con los pergaminos que os den.

--¿La Nueva España? ¿Méjico?

--En efecto –contesto von Tschirnhaus.

--Su alteza, ¿no estáis pidiendo que haga traición a mi rey?

--¡Bah! ---dijo Luis XIV con disgusto con otro dejo de aburrimiento--. Esto no tiene que ver nada con la lealtad a España.

--Pero si mucho con el tribunal del santo oficio --añadió von Tschirnhaus

--¿La inquisición?

--A cuyas santas mercedes podría entregar si así me placiera –amenazo Luis XIV--.  En un par de días os tendría en la frontera. La Inquisición os arrestara de inmediato acusándoos de traición y herejía.

--¡Pero, su alteza, no he hecho ningún acto tal! --protesté.

Luis XIV se rio.

--¿Estáis aquí no? ¿No es Francia el enemigo de España? ¿Y no sospecha Roma que el señor von Tschirnhaus es uno de los Iluminados?

--No sé de lo que hablan, su alteza.

--Por supuesto que no --continuo Luis XIV--.  Eso hará mas difícil las cosas para usted. La Inquisición no creerá que vos no sabéis nada.

--Bueno, su alteza, es evidente que no tengo alternativa sino aceptar.

Luis XIV sonrió.

--Bien, por lo menos no sois un bruto.

--Me imagino, su alteza, que lo que vuecencias me ha revelado es secreto.

--Oui.

--Y si lo revelo, alteza, no veré la luz del día.

--Raison de etat.  ¿Comprendéis?.

--¿Hay plata de por medio? Este asunto suena a uno en que se arriesga el pellejo.

--Se os pagara bien --contestó el regordete--.  Y como dijo su alteza, no cometeréis traición a vuestro rey al desempeñar esta tarea.

--No se diga mas, señores. ¿Que debo de hacer?

El regordete me vio fijamente.

--¿Sabéis algo de matemáticas?

--Se contar, conozco algo de geometría, aprendí a leer las estrellas navegando.

El regordete sacudió su cabeza.

--Tal vez así sea mejor.

--Es vuestra decisión, señor von Tschirnhaus --dijo Luis XIV--.   Podría mandar un mosquetero pero no hablan bien el español ni conocen como se cuecen las habas en los dominios del rey de España.

El regordete, que intuía se llamaba von Tschirnhaus, no dijo nada por varios momentos. Entendí que si no me aceptaba era prácticamente hombre muerto. Nada mas por haberme enterado de sus menesteres y aunque no entendía que diablos se traían entre manos, ya sabía yo demasiado.

Para mi alivio llamaba von Tschirnhaus finalmente dijo: --Creo que os usare. Partiréis mañana, señor de Santa Cruz. Buscad al abad Cirilo en el convento de la Rábida. El os dará los materiales que deberéis llevar a Nueva España. 

--¿El abad Cirilo en el convento de La Rábida?

--Si.  Dadle la clave “elipse”.  No conviene que sepáis más.

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