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Saturday, July 23, 2011

XXXVIII. La Fuga

Donde el rey don Lorenzo equivoca el camino en un malpaís.

Cerro Tlaloc - 1654

La disciplina del Tetzacualco es rígida.   Al amanecer dos monjes astrónomos toman nota del monte detrás del cual el sol emerge.  Este es saludado por el sonido de los caracoles.  Es asi como empieza el dia en el último territorio libre de Anahuac.

Don Raúl ha aguardado toda la noche en su habitación.  Ninguno de los muchachos ha venido a tocar a su puerta.  Don Raúl se siente contento.  Ha cumplido su misión.  Habrán, pensó, siete caballeros águila mas para cuidar el toltecayototl.  Un toquido insistente lo interrumpe cuando estaba a punto de salir de sus aposentos.

--¡Mi capitán!  --le anuncia Tlacaelel--.  ¡Venga por el amor de Dios!

--¡Calmaos, carajos!  ¿Qué os pasa?

--Es Xipilli, está mal herido.

--¿Dónde diablos está?

--En el puesto de guardia de la calzada. 

--¡Id y buscad al abad y doña Xochitl! –ordena don Raúl mientras se arma con su macana y se pone el casco de águila.

Don Raúl encuentra a Xipilli en un charco de sangre mientras sus compañeros presionan trapos sanguinolentos a su cuerpo.  Tiene múltiples heridas y un ojo ha sido vaciado.  Es evidente que el muchacho está agonizando.  Don Raúl le apura un frasco con mezcal.

--Dime, Xipilli, ¿Quién os hizo esto?

El muchacho apenas puede murmurar una palabra:

 --Xiucoatl.

Doña Xochitl y varios monjes se presentan ahí con una camilla.

--¡Oh Dios! –murmulla la mujer mientras suben al muchacho a la camilla.

La mujer se voltea a ver a don Raúl y sacude la cabeza.

--¿Quién lo encontró? –ruge don Raúl.

--Fui yo, capitán –dice Nopaltzin--.  Iba al retrete y oí un quejido.  Fue unos minutos antes del amanecer.

--¿Queréis decirme que Xipilli y Xiucoatl no estaban en el dormitorio?

--Yo vide a Xipilli pararse e irse –admitió Cipactli--.   Pero me volví a dormir.

--¿A qué horas seria eso?  --le preguntó don Raúl agarrándolo por un brazo.

--Ca-capitán, no se.  Tal vez un par de horas después del caracol de la media noche.

--¿Pero nadie vio a Xipilli levantarse?

Ninguno hablo.

--¿Sospecháis que serian amantes? –pregunta don Eusebio que se ha presentado en el lugar.

--Eso a veces pasa, don Eusebio.  Pero no, he visto a Xipilli darle igual de tunda a Xiucoatl y este a él.  Cuando hay algo se nota luego luego en que tratan de no hacerse daño.  No, ¡carajos!  ¡El caso es que aquí estamos hablando a lo pendejo y Xiucoatl nos lleva ya un par de horas de ventaja!  ¡Rápido!  ¡Aprestaos!  ¡Vestid peto y portad macana!  ¡Hay que ir a buscarlo!

Lorenzo se había presentado en el puesto de guardia ya vestido y presto en cuanto doña Xochitl fue llamada.

--Déjeme ir por delante, capitán –ofreció Lorenzo.

--Idos, alteza, yo os seguiré con el resto de los muchachos.

Y es así que agarráis a correr, Lorenzo Ixtlilxóchitl, por la amplia calzada que tanta veces habeis recorrido en La Vida y rodeáis el gran monolito de roca volcánica donde visteis por primera vez a don Raúl, y pronto llegáis, volando cual saeta, hasta el medio punto.  Y es entonces que os sentís estúpido pues os dais cuenta que por los últimos dos años no habíais recorrido más allá de ese lugar y realmente no os acordáis de lo que esta mas adelante, que solo habíais visto una sola vez previamente, cuando ascendisteis a la montaña.  Pero vuestras dudas se desvanecen y tomáis presto lo que creéis es el camino a Texcoco.  Pero pronto entráis a un mal país que no recordáis había en el camino y os das cuenta que habéis perdido el rumbo.  Maldecís quedamente.  Levantáis la vista al cielo y observáis la posición del sol.  Decidís entonces que si continuáis hacia el poniente, bajando del macizo montañoso, por lo menos volveréis a encontrar civilización.  Y es así que os adentráis por una vereda que se abre paso entre piedras basálticas titánicas.

Y de pronto un gran precipicio cortado a tajo se abre ante vuestros pies y casi caéis en él.  Oís claramente un rio turbulento que se abre paso entre peñascos.  Tomáis una rápida decisión y seguís rumbo al norte bordeando el precipicio.  Y de pronto observáis dos grandes arcos, antiquísimos, que sabéis bien no son obra de españoles, que emergen del precipicio.  Son los restos de un viejo puente que surcaba el rio.  Y en lo alto de uno de estos arcos veis a Xiucoatl.

Corréis tras de Xiucoatl y os detenéis cuando veis que entre el primero y segundo arco el puentha caído.  Hay una apertura de unos seis metros de ancho.  Xiucoatl lo ha cruzado, de alguna manera y está meditando sobre el segundo arco.  Entre lo alto de este y la orilla hay una distancia aun mayor y el puente ahí también ha caído.

Xiucoatl se percata de vuestra presencia.

--Ah, alteza, que gusto veros –dice Xiucoatl haciendo una caravana--.  ¿Desea que me perfore el pene con agujas de nopal y os haga ofrecimiento de sangre en honor a vuestra realeza?

--¿Estáis loco hombre?  ¡Regresaos!  ¡No tenéis escapatoria!

--¿Y qué creéis que haría don Raúl?  Seguro me molería a garrotazos.  ¿Para eso queréis que regrese? 

--¿Y  creéis que lograreis escapar?  Os prometo una muerte rápida.

--¿Y me daréis vuestra palabra de honor de soberano que tal sucederá?  --Xiucoatl hizo una señal obscena y escupió--.  Decidme una cosa, alteza, ¿por qué os prefirió Xochitl?  ¿Es solo porque vuestra sangre es noble y yo solo soy un descendiente de macehuales?  ¡Vive Dios que tantas veces os supere en el pancracio!  ¡Soy mejor hombre y vos lo sabéis!  Diablos, ¡hasta Xipilli ansina cojo como quedó lo era!

--¿Por qué matasteis a Xipilli?

--Era un acto de misericordia.  Xipilli está mejor en el Mictlan.  El imbécil me intentó detener.  Hice lo que tenía que hacer.  Yo prefiero irme al mismo infierno que pasarme el resto de mis días cuidando unos papeles viejos en lo alto de un cerro pelón.

En eso se oye un caracol.

--Bueno, alteza, esta charla no tiene caso.  Vos no tenéis los tanates o la destreza para saltar el primer vacio.  A mí me sobran para eso y más.  ¡Adiós!

Y Xiucoatl agarra entonces vuelo.  Y ante vuestros ojos, Lorenzo, Xiucoatl salta al vacio tratando de llegar a la otra orilla.  Pero no libra el espacio y lo veis caer y perderse entre la bruma que se alza del rio que surca las profundidades de la barranca.

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