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Thursday, August 11, 2011

XX. El Regreso del Rey Coyote

“Canto a la Llegada de la Primavera

En la casa de las pinturas
Comienza a cantar,
Ensaya el canto,
Derrama flores,
Alegra el canto.
Resuena el canto,
Los cascabeles se hacen oír,
A ellos responden
Nuestras sonajas floridas.
Derrama flores,
Alegra el canto.
Sobre las flores canta
E
l hermoso faisán,
S
u canto despliega
E
n el interior de las aguas.
A él res
ponden
Variad
os pájaros rojos.
E
l hermoso pájaro rojo
Bellamen
te canta” -- Netzahualcoyotl

Texcoco – 1652

El Texcoco al que llegasteis, Lorenzo Ixtlilxóchitl, ciertamente no parecía la Atenas indígena que os había descrito vuestro padrino.  Más bien era una villa polvorienta, pobre, y triste.  Peor, llegasteis en medio de una tolvanera proveniente de los llanos de Apam y del lago que se iba desecando. 

--Adivino que no os impresiona mucho este lugar, alteza.

--Padrino, tiene usted razón.  Esta igual de pobre que mi viejo San Juan Teotihuacan.  ¿Adónde vamos ahora?

--Iremos al convento de los juaninos.  Se alza en donde estuvo el palacio de vuestros ancestros.

Los juaninos era una orden hospitalaria, es decir, cuidaban de los enfermos y daban posada a los viajeros.   Que tremenda sorpresa os llevasteis, Lorenzo, al ver que en el atrio del convento os esperaba el abad y los frailes.

--Alteza, os quiero presentar a Fray Eusebio de Toledo.  Fray Eusebio es el abad de este lugar.

--Hemos esperado con ansia su llegada, su alteza.  Bienvenido.

Cortésmente aceptasteis la bienvenida, Lorenzo Ixtlilxóchitl, y permitisteis que os lavaran ritualmente las manos y os vistieran con una elegante toga yucateca para cubrir vuestras humildes ropas.  Pero en cuanto tuvisteis la oportunidad jalasteis a un lado a vuestro padrino.

--No entiendo, padrino, ¡este Fray Eusebio es un español!

--Si, lo es, alteza, y también es un hermano de la hermandad blanca.

--Pero…

--En la hermandad blanca no reconocemos diferencias entre los hombres, alteza.  Todo aquel que busca la sabiduría es nuestro hermano.  Os aseguro que Fray Eusebio se haría desollar antes de revelar los secretos del toltecayototl.  Alguna vez fue catedrático en Salamanca y os puedo asegurar que es todo un erudito.

Fue así que Fray Eusebio y sus acólitos os escoltaron y conocisteis lo que quedaba del palacio de tus abuelos.

--Alteza, esta era la sala donde los reyes conducían los asuntos del reino y daban audiencia a los poetas de la corte.  Ahora es una de nuestras salas de convalecencia. Como puede ver su señoría, algunos de los murales todavía son discernibles aunque me temo que el tiempo y la humedad los han deteriorado mucho.

Gran emoción os embargo al conocer la sala donde vuestros abuelos gobernaban y juzgaban y seguramente discutían las obras de los poetas y de los sabios de la corte, Lorenzo Ixtlilxóchitl.  Pero más admiración os causó los murales.  Con vuestras manos tocasteis los deteriorados frescos.  Estos mostraban chinampas y flores y jaguares y doncellas caminando entre flores. 

Mucho os había enseñado vuestro padrino de arte.  Conocíais, a través de grabados, el arte renacentista de Italia.  Para vos era evidente que el tlacuilo que había pintado este fresco fue un genio.  Y os enojasteis con ti mismo, Lorenzo Ixtlilxóchitl, por asombraros de tal hecho.  Después de todo, tus ancestros veneraban todas las manifestaciones artísticas.  ¿Por qué extrañarse de que tuvieran a un genio pictórico adornando su palacio?

Y fue entonces que vuestros ojos se posaron sobre una figura que evidenciaba gran nobleza y porte real.  La humedad había deteriorado la cara del personaje.  Pero por  su elegantísima toga y pectoral era evidente que se trataba de un rey.  En sus manos portaba un manojo de rosas y recordasteis que este era un sacrificio a Quetzalcoatl.  Y reconocisteis al personaje por su glifo.  Era un coyote.

--Netzahualcoyotl –dijisteis en voz baja.

Y una gran tristeza os embargo al ver los efectos de la humedad pues supisteis que nunca podríais conocer la cara del primer rey coyote.

Y por un momento, Lorenzo Ixtlixochitl, os vino a la mente las frases que el primer rey coyote había escrito mientras huía de los asesinos de su padre:

“¿Habré de erguirme sobre la tierra?
¿Cuál es mi destino?”

Y supisteis entonces que compartías las mismas dudas y temores que el primer rey coyote.   Y eso animo tu celo, Lorenzo Ixtlilxóchitl, y fue entonces que no dudasteis mas y supisteis que cumplirías al pie de la letra vuestros juramentos.

--Estos murales reflejan el mundo perdido.

--Si alteza.

--¿Creéis que algo se puede hacer para restaurarlos?

--Si su alteza da la venia consultare con maestros pintores –dijo Fray Eusebio--.  Y si también lo queréis, alteza, esta sala no será usada más por los convalecientes.

Vuestros ojos, Lorenzo Ixtlilxóchitl, cayeron sobre los infelices indígenas que yacían en sus lechos de dolor.  Algunos os contemplaban admirados.  Otros lo hacían con terror.  El convento juanino era tal vez el único lugar en leguas a la redonda adonde podían venir a curar sus enfermedades.  ¿Qué decidiría, os preguntasteis, el primer rey coyote?  Y después de meditar así unos momentos no dudasteis de vuestra decisión.

--No, Fray Eusebio, dejad que esta sala siga sirviendo de hospital.  Es obvio que los pobladores necesitan la atención.  Ved que se puede hacer, sin embargo, para restaurar los murales.  Y si no es posible evitar su deterioro, pues, tal es la voluntad de Dios.

Tu mente ardía en preguntas, Lorenzo Ixtlilxóchitl.  Todavía hace unos días sabias de reyes lo que leíais en los anales de Roma y Grecia que vuestro padrino insistía en meteros con sangre en vuestra mente.  Pero ahora aquí estabas, Lorenzo Ixtlilxóchitl, y estos ancianos os llamaban “alteza” con todo respeto, aun a pesar de vuestros quince años.  Y oísteis a más de uno de los convalecientes murmurar vivas al rey coyote que ha vuelto.  Y supisteis entonces, sin que nadie os lo aconsejara, que estos hombres esperaban que os portaras con la gravedad y prudencia de un rey de la antigüedad.  Y eso, Lorenzo Ixtlilxóchitl, la verdad, como descubristeis para vuestra alegría y tranquilidad, os resulto fácil.  ¡Vive Dios que la sangre ayuda en esos menesteres!

--Muéstreme el resto, Fray Eusebio, por favor –dijisteis con gentileza y los frailes inclinaron la cerviz en obediencia.

Esa noche cenasteis con el abad y con vuestro padrino y ellos os clarificaron muchas cosas.

--Os contaremos, alteza –os dijo el abad don Eusebio mientras os llenaba un vaso con vino de Castilla--, lo que paso al caer Tenochtitlan.

--La ciudad había sido destruida –os explico vuestro padrino--.  Pero desde Tlaltelolco los ancianos de la casa negra lograron escaparse.  Sus piraguas fueron detenidas por los bergantines que Cortez mando construir. 

--¡Deteneos! –ordeno el almirante de los bergantines.  Y un pedrero soltó una salva que cruzo la proa de las piraguas.

--¡No disparéis! –contesto el comandante de las piraguas texcoqueñas.

--¿Quién sois y a quien lleváis abordo?

--Nuestro señor es el rey de Texcoco, aliado de Castilla.  Ved el estandarte del coyote en nuestras popas.  La flota de mi señor puede navegar por el lago por donde le plazca y sus menesteres son su negocio.  Si os oponéis, os sugiero que vayáis a preguntarle a vuestro capitán Malinche si esto no es tal.

Hubo un momento de duda a bordo de los bergantines de Castilla al oír la manera tan asertiva con que se había expresado el capitán de las piraguas.  El almirante prefirió no arriesgarse a incurrir el enojo del capitán Malinche, es decir Cortez.

--¡Seguid adelante entonces!

Fue así que los ancianos de la casa negra llegaron aquí a Texcoco y el rey les dio su protección.  Ya había aquí muchos otros refugiados, de Cholula, de Huejotzingo, de Atzcapozalco, de Xaltocan, y otros lugares que habían sufrido los estragos de la guerra.

Sin embargo, no tardo sino unas cuantas semanas más en que se presento la viruela en la ciudad.

Don Eusebio saco unas crónicas y leyó:

--La ciudad de Texcoco contaba con tal vez cien mil habitantes.  Era la segunda ciudad del valle.  Estaba intacta.  Su rey era aliado de los españoles.  Había sido reconocido como vasallo de Carlos V.  Eso no importo.  En unas cuantas semanas la población de la ciudad fue reducida a la mitad por la peste.

--¡Santo Dios!

--La epidemia se agravo con la llegada de muchos refugiados mexica.  Estos venían infectados con la viruela y débiles por el hambre.  Llegaron a Texcoco a morir.  El rey ordeno a la hermandad blanca que hiciera lo que fuera posible para salvar a su pueblo y a los refugiados.  Alteza, fue entonces que este palacio real se convirtió en hospital, por orden del rey de Texcoco. 

La ciudad sobrevivió, aunque diezmada, pero ya no era ni la sombra de lo que alguna vez había sido.  Nunca más sus poetas declamaron sus composiciones enfrente del rey.  Una gran melancolía embargo a la ciudad y hubo quienes murieron de tristeza junto con los que perecieron a causa de la viruela.

Entonces vuestro padrino empezó a recitar en náhuatl y al reconocer las letras más emoción os embargo, Lorenzo Ixtlilxóchitl:

“Estoy triste, me aflijo,
Yo, el s
eñor Nezahualcóyotl.
Con flores y c
on cantos
Rec
uerdo a los príncipes,
A los q
ue se fueron,
A Tezozomoc
tzin, a Quaquauhtzin.
En verdad viven,
Allá en donde de algún modo se existe.
¡Ojala pudiera yo seguir a los príncipes,
llevarles nuestras flores!
¡Si pudiera yo hacer míos
los hermosos cantes de Tezozomoctzin!
Jamás perecerá tu nombre,
¡oh mi señor, tú, Tezozomoctzin!
Así, echando de menos tus cantos,
Me he venido a afligir,
Sólo he venido a quedar triste,
Yo a mí mismo me desgarro.
He venido a estar triste, me aflijo.
Ya n
o estás aquí, ya no,
E
n la región donde de algún modo se existe,
Nos d
ejaste sin provisión en la tierra,
Por es
to, a mí mismo me desgarro.”

Don Eusebio ofreció rellenaros la copa, Lorenzo Ixtlilxóchitl, pero tapasteis esta con vuestra mano.  No era correcto que un rey fuera débil y usara la excusa de estar embargado por la emoción para abusar del alcohol. Y por la sonrisa de vuestro padrino supisteis que estabais desempeñando correctamente vuestro papel.

--Continuad, por favor, don Eusebio.  ¿Cómo fue que la hermandad sobrevivió entonces?

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