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Wednesday, August 17, 2011

XIV. El Zurdo Perez

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se relata como un matasietes resulta ser hombre de honor.

La judería de Sevilla, antiguo barrio de los hebreos, es muy semejante a los barrios de las ciudades de medio oriente. Las casas que ahí se asientan cuentan con bardas altas y portones firmes. Una que otra tiendecilla se encuentra en su laberinto. Sus callejones a veces se encuentran solitarios aun en mitad del día. Al día siguiente partí de la Taberna del Oso e iba yo caminando por uno de estos callejones cuando vide frente a mi surgir un hombre esbozado.


No había necesidad de palabras. Ambos sabíamos lo que vendría. Sin pensarlo más saque mi espada. El hizo lo mismo, con un movimiento parco y elegante que me indicó que se trataba de un profesional del arma blanca. Peor, note que portaba su espada con la zurda, cosa que lo haría un oponente aun más letal.

--Caballero, ¿sois don Pedro de Santa Cruz? --me preguntó.

--Lo soy.

Era inútil negarlo. Aun si no lo fuera el hombre me iba a matar de todas maneras.

--¿Quien os manda, doña Catalina?

--En efecto –dijo con voz lacónica.

El hombre caminaba con la ligereza y fluidez gato. Me sabía hombre muerto. La punta de su espada ligeramente tocó la de la mía. Tenía una sonrisa glacial.

--Heridme --dijo el hombre.

--¿Que decís?

--Os pido que me hieras --dijo poniendo su espada en el suelo--. Se me ha pagado bien. Pero sabed que debo ciertos favores a vuestro padre, el finado don Tomas Santa Cruz. A pesar de las hambres me han llevado a convertirme tan solo en un asesino a sueldo me considero todavía un hombre de honor. Si os perdono la vida creo que la deuda quedara más que saldada.

--¿Y no teméis que os mate ahora que estáis desarmado?

Por un momento note desconcierto en el hombre.

--Si en verdad sois el hijo de vuestro padre no haréis tal. Venid, sugiero una herida leve en mi brazo izquierdo, suficiente para que no se empañe mi reputación. Habrías notado que soy zurdo.

--¿Como os llamáis?

--Me dicen el zurdo Pérez.

--¡Sea! --dije dándole una estocada en el brazo que ofrecía.

Tal vez porque realmente no era yo muy diestro con el acero o porque estaba nervioso pero el caso es que me temo que herí severamente al hombre.

--¡Diablos!  ¡Imbecil! --juro el hombre cayendo a la tierra sosteniéndose el brazo--. ¡Grandísimo hideputa! ¡No tenias que herirme tan profundamente! ¡Con este brazo le doy de comer a mis hijos! ¡Idos ya desgraciado o os atravieso con mi otra mano! ¡La próxima vez que os vea juro que os atravesare!

Sin preguntar más me alejé corriendo. Mi primer instinto era ir a los muelles. Tomaría la primera nave disponible, a donde fuere. Entre más lejos de Sevilla huyera, mejor.

Al rodear una esquina entré en la explanada que daba a los muelles. Había un carruaje estacionado frente a un buque. Tres hombres esbozados hablaban con el hombre que reconocí como uno de los capitanes, el que llamaban el Lusitano. Me detuve súbitamente pues creí reconocer la planta de los esbozados. No tenia ya la menor duda. Eran mis medios hermanos. Y seguramente dentro del carruaje se encontraba doña Catalina. El Lusitano sopesaba una bolsa en su mano y departía sonriente con los esbozados. Seguro que ya habían esparcido plata entre todos los capitanes surtos en el puerto. Por mar no iba yo a salir de Sevilla. Uno de los esbozados volteo en dirección a donde yo estaba y vide que sus ojos se abrieron asombrados.

--¡Es él! --gritó el embozado que me reconoció.

--¡Maldición! --dijo otro.

Hizo una señal y unos hombres se aproximaron corriendo desde el otro lado de la explanada.  Traían el uniforme de la guardia de la ciudad. 

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