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Thursday, August 4, 2011

XXVII. El Interrogatorio del Sosteniente Torres

Ciudad de Méjico – 1682

De cómo el inquisidor va atando cabos…

Pasaron varias semanas infructuosas en que el inquisidor Montoya no tuvo avance alguno en encontrar el mínimo indicio de la Hermandad Blanca.

--¿Le traemos mas curanderos, patrón? –pregunto el “sosteniente” Torres.

--Olvídelo.  Estos indios infelices no saben nada.  Además, la mayoría no habla castellano y no confío en los traductores.

--¿Qué hacemos con los que tenemos entambados entonces patrón?

--¡Bah!  Dejadlos ir, carajos.  Tened.  Dadles estos pesos y advertirles que se queden callados.

Los ojos porcinos de Torres brillaron al recibir los cobres.  Montoya dedujo de inmediato que solo una fracción caería en manos de los presos.  Sea, pensó Montoya, con tal de que los indios no fueran a quejarse al virrey.

--Torres, explíqueme una cosa.

--Sordenes patrón.

Montoya sacudió la cabeza.  Era difícil comprender el castellano que estos fulanos hablaban aquí.

--¿Por qué os presentáis siempre como “sosteniente PGR Hipólito Torres”?  ¿Que diablos significa eso de PGR?

--Por Gracia del Rey, patrón. 

--Ah, comprendo.

--Todos los muchachos aquí nos hacemos llamar PGR, a mucho orgullo, patrón.  Si viera oste como tiembla la gente cuando nos ven entrar a una pulquería y les muestro mi charola y les digo que soy PGR.  ¿Se le ofrece algo más, patrón?

--Dejadme solo.

Montoya vio al fulano salir de su oficina.  El inquisidor medito el incidente con Domínguez.  Analicemos, se dijo Montoya.  El caso es que Torres lo trae preso.  Domínguez tenía fama de subversivo.  ¿Qué fue lo que dijo Torres?  Ah si, que este Domínguez siempre hablaba mal del virrey cuando anda borracho.  Técnicamente la borrachez lo excusaría.  Pero, ¿Por qué su celo de no hablar?  ¿Quién diablos se muerde la lengua para no hablar?  ¿Qué le hubiera costado admitir que si, había hablado mal del virrey pero que estaba borracho al hacerlo?  Hubiera salido libre después de los latigazos de rigor.  Como decían los mexicanos, no había por que hacerla tanto de tos.

¡Y sin embargo se mordió la lengua para no hablar y luego se murió del dolor y de la hemorragia!

Montoya probó mordiéndose la lengua.  El dolor era tremendo.

Válgame Dios, pensó Torres, aquí hay gato encerrado.  Nadie sufre tal dolor si no es por algo o por defender a alguien.

Hizo traer el expediente de Domínguez.

--Patrón –le explico el secretario--, como se murió el reo quemamos el expediente junto con el cadáver.   Ansina que sea la corte celestial la que lo juzgue con todos los expedientes a la mano.

Montoya juro quedamente.

--Decidme, carajos, ¿Por qué lo arrestaron?  ¿Os acordáis?

--Según recuerdo, patrón, fue denuncia anónima, como es rutina. 

--Diablos.

--Claro, Torres le traía ganas.

--¿Torres?

--Si, el “sosteniente”.

--¿Se conocían?

--Si patrón.  Eran rivales por el amor de una mujer, la Poncianita, según entiendo.  ¿Usted conoce a la Poncianita?  Es una mulata nalgona que vive por la calle de Plateros.

--¿Qué insinuáis?  ¿Qué este santo tribunal se presta a venganzas personales?

El secretario palideció.

--Jijos, patrón, ya vide oste como son las malas lenguas.  Son chismes que le paso al costo.

--¿Chismes?

--Rumores, patrón.

--Llamadme a los que llamáis el Osito y el Faisán.

Estos dos eran los verdugos de planta.  Montoya se encerró en su oficina con ellos.  Despues de una hora Montoya emergió y ordeno que el sosteniente Torres se le presentara.

--Ah, mi “sosteniente” –sonrío con afabilidad Montoya.

--¿Dígame patrón? –contesto Torres con desconcierto.

--Sígame, Torres, por favor.

Los dos hombres descendieron a los sótanos del palacio de la santa inquisición.

--Créame, Torres, con mis conocimientos de medicina creo que podría avanzar la ciencia de la tortura.

--Oste es chingón, patrón, siempre lo he dicho.

--Asumo que eso es un cumplido, Torres.  Pero bien, decía yo, el dolor es, según algunos autores, no es más que el sistema nervioso respondiendo a intromisiones o violaciones al cuerpo.  Es como una especie de vigilante que nos alerta cuando algo hay mal.

--Pos si, patrón.

--La clave de un interrogatorio exitoso es entonces aplicar dolor y luego esperar un tiempo prudente, a que el cuerpo se adapte a este.

--O sea, ¿dar la madriza, tomar un descanso, y seguirle luego?

--Algo así, Torres, si.  El cuerpo se adapta.  Es inevitable.  Y esto se aplica aun a todos los hombres en conjunto.  Si no, ¿Cómo es posible que un mal gobernante puede ser sucedido por otro y que la sociedad no se queje?  La clave es, Torres, que se debe de aplicar no solo el dolor sino también el mal gobierno con mesura.

--Bien decía yo, patrón, que Dios aprieta pero no ahorca.

Los dos hombres entraron finalmente a una sala de tortura.  El Osito y el Faisán estaban ahí.

--Bien, Torres –dijo Montoya mientras los verdugos agarraban violentamente a Torres--.  Creo que mis conocimientos me permitirán llevar a cabo esto de manera científica.

--¡Patroncito!  ¿Qué me anda haciendo?

Torres se encontraba ya afianzado en el potro.

--Es una pregunta valida, Torres.  Por principio vamos asentando ciertas reglas, ¿estamos?

--¡Lo que oste pi-pida patrón!

--Entiende antes que nada que mentir no os servirá de nada.  También, tened la seguridad de que, si cooperáis, podréis salir de aquí sin mayor problema.  Como decís vos los mejicanos, nadie la quiere hacer de tos.  Tan solo tenéis que contestar mis preguntas. 

--¡Pa-patrón oste nomás dígame que quiere saber!

--Bien, bien.  Primero, a ver, Osito, dadle media vuelta, justamente media vuelta a la rueda.

Torres gimió al sentir la presión en sus miembros.

--¡Patroncito!  ¡Por esta cruz! 

--No blasfeméis.  Déle otra media vuelta a la rueda, señor Osito, por la blasfemia. 

Torres dio un alarido y se meo.  Montoya dejo que se estabilizara el preso.  El dolor se aplicaría científicamente, con mesura.

--Patrón –gimió Torres--, por mi madrecita…¿Qué desea saber?

--Tenías diferencias con Domínguez, ¿verdad?

--Pos si, patrón.

--¿Por culpa de una mujer?

--Patrón, yo…

--Dadle otra media vuelta Osito.

--¡Patrón!  Si arreste a Domínguez por culpa de la Poncianita.  Por favor, ¡no le siga, patroncito!

Montoya detuvo al Osito.

--Daos de santos que estoy de buenas, Torres.  Pero en adelante espero que me contestareis de inmediato y sin vacilar.  ¿Entendéis?

--¡Si patroncito!

--Bien, ¿Qué sabéis de la Hermandad Blanca?

--Nomás que oste los busca patroncito, quesque son curanderos.

--Ay imbécil, bien, Osito…

--¡Patrón!  ¡Espérese!  ¡Creo que se donde esta!

--¿La Hermandad Blanca?

--¡Esa patrón!  ¡Si!

--Explicaos.

--Aquí a unas cuadras, patrón, cerquita de catedral.

--Osito… --dijo Montoya quedamente.

--¡Es una yerbería patrón!  --gimió Torres--.  ¡Domínguez era curandero!  ¡Ahí se surtía!

--Esperaos, Osito…a ver.  ¿Decís que la Hermandad Blanca es una yerbería?  ¿Os atrevéis a insultar mi inteligencia?

--¡Ansina se llama, patrón!  ¡La Hermandad Blanca!  ¡Cerca de la calle de la Moneda!

--¿Lo descuartizamos patrón? –pregunto el Osito.

--Esperad.  ¿Conocen ustedes esa yerbería?

--Claro, patrón –explico el Faisan--.  Ansina se llama, “La Hermandad Blanca”.  Tenía yo unos barros con ponzoña en el escroto y la bruja ahí, doña Xochitl, me los exprimió y curo.

--A mi doña Xochitl me curo una comezón en la cola –explico el Osito.

--Eso es por joto, compadre.

--No, eran hongos, compadre.  La bruja me puso unos polvos y la sarna esa se me quito.  Eso me pasa por usar los retretes aquí en el Santo Oficio.

--¡Callaos imbeciles!  Escuchad, encerrad a Torres hasta mi regreso.  Iré yo en persona a visitar el lugar.

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