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Monday, August 8, 2011

XXIII. El Inquisidor

“Si hacemos lo que hacemos no es para salvar el alma de los que apresamos sino para esparcir el terror entre el resto de la población” – Bernardo Gui, inquisidor

Donde se presenta a uno de tantos hideputas de los que es de rigor encontrarse en historias como esta.

Palacio del Santo Oficio (La Inquisición), Cd. de Méjico, 1682

--¿Ese es el fulano? –pregunto don Antonio Montoya, Inquisidor Mayor, viendo por una rendija al reo.

--En efecto, su señoría.  El “sosteniente” Torres lo arresto en la mañana.

--Esta hecho un santo cristo –observo Montoya.

--Le dimos su calentadita –explicó Torres--.  Es un indio muy rejego.

Montoya vio con cierto desden al teniente de alabarderos que también tenia pronunciados rasgos indígenas.  Por lo que toca a Montoya, este tendría unos treinta años, alto, delgado, muy moreno, salido, en suma de un cuadro de El Greco.

--Aquí no hemos derramado su sangre –aclaro el secretario--.  La madriza se la pusieron los jenízaros del sosteniente Torres.

--¡Válgame Dios! –juró Montoya--.  ¡Calentaditas!  ¡Madrizas!  ¡Habladme en castellano, carajo!

Montoya solo tenía un par de meses en la Nueva España y todavía no entendía muy bien los modismos de los naturales.  Hace unas semanas había tenido una junta con el arzobispo, don Franciso Aguiar.  Su ilustrísima no midió sus palabras: a toda costa la inquisición tenía que descubrir los detalles de un presunto alzamiento indígena.  Se sospechaba, explico Aguiar, de un tal rey coyote que actuaria de cacique y de una secta de brujos llamados la Hermandad Blanca que planeaba ofrecer los corazones de los españoles en el altar del demonio Huichilobos.

Había una amenaza apenas velada en las palabras de su Ilustrísima.  Básicamente, Montoya intuía que bien podría ser regresado, en grilletes, a España y de ahí refundido en las galeras del rey si no se avocaba a la tarea de descubrir la conspiración. 

El Inquisidor actuó con toda diligencia y con gran celo, al que no estaban acostumbrados sus subalternos.  El inquisidor anterior, Soarez, se había dedicado a echar panza y de vez en cuando hacia juzgar a un indio que ofrecía una gallina a sus dioses.  Pero con una multa se arreglaba el asunto. 

Ahora bajo Montoya y bajo las amenazas de Aguiar las cosas cambiaron.  Todo era actividad en el tétrico palacio del Santo Oficio en la plaza de Santo Domingo.  Cuerdas de presos llegaban continuamente y, claro, raramente salían.  Las celdas en los subterráneos del palacio estaban llenas.

--Perdón, su señoría –se apresuro a decir el secretario—le quería asegurar que no hemos roto la carne del preso una vez que fue recibido en esta santa institución.

--Mas vale que no.  La iglesia no debe derramar sangre.  Para eso esta la justicia seglar.  Bien, ¿podemos empezar su interrogatorio?

--Cuando usted lo quiera, su señoría.

Como todo interrogatorio que se hacia en el palacio del santo oficio habían presentes varios secretarios para tomar nota de toda pregunta, respuesta, confesión, gritos, y alaridos que tomaran lugar.  Esto se hacia con estricto rigor pues bajo las reglas de la iglesia la inquisición podía confiscar a su favor los bienes de sus acusados.  La inquisición no quería que hubiera sospecha alguna sobre su honestidad y detallaba con sumo cuidado todo lo dicho durante un interrogatorio.  Así podría el santo oficio disfrutar en santa paz de los bienes incautados.

Al acusado no se le explicaba por que estaba preso.  Tan solo se le pedía que confesara su crimen.  Por lo general, los acusados al no saber de que se les acusaba, procedían a negar tercamente de que tuvieran algo que ocultar.  El santo oficio hacia asentar que si obviamente el preso no entendía “por las buenas” que debía confesar era menester entonces aplicarle tormento para que de una buena vez confesara. 

El preso en cuestión, un mestizo aindiado de nombre Tomas Domínguez, sin embargo, no se comporto de la manera esperada.

--Yo a ustedes curas hijos de la chingada no les tengo que confesar ni puta madre.

--Apuntad que este Domínguez nos ha venido muy gallito –indico el secretario principal.

Montoya tan solo cerró los ojos y suspiro.

--Insisto además de que se me proporcione un abogado o de perdida un coyotito y que se me explique de que carajos se me acusa.

--Válgame Dios –dijo el secretario--.  ¿El preso quiere también su nieve de limón? 

--Dejadle saber de que se le acusa –apunto Montoya.

El secretario se encogió de hombros.  La instrucción no era muy común.  Tal vez este Montoya estaba todavía muy verde, pensó el secretario, pero definitivamente el no se iba a poner al brinco con el inquisidor mayor.

--Se le acusa de hacer sacrificios a Huichilobos y de esparcir calumnias acerca de la corona de España.

--¡Pos no se nada sobre ese Huichilobos!  Lo que si se es que ¡me cago en la corona de España y en la puta de Babilonia, la iglesia católica!

--¿Admitís que andáis alzando a la indiada contra el rey? –pregunto el secretario.

--Lo admito y con gusto descabezaría a toda la gachupinada de mierda que aquí nos explota.

Los escribanos tomaron fielmente la admisión.

--¿Quiénes son vuestros contactos?  ¿Cuántos más hay en vuestras filas?  ¿Donde os reunís?  ¿Qué estáis planeando hacer? 

Montoya observaba el interrogatorio sin decir palabra.  Sin embargo, decidió interrumpir al secretario.

--¿Sois acaso de la Hermandad Blanca?

El reo tembló y tan solo sacudió su cabeza.

--Por mi sangre, ¡no diré nada!

--¡Ja! –se rió con sorna el secretario--.  Al rato nos cantas hasta las mañanitas, cabrón.

--Bueno, ya sabe usted que hacer, señor secretario –observo Montoya--.  Pero acuérdese, que no haya derramamiento de sangre.

--Llévense al preso a la sala de interrogatorio –índico el secretario a unos gorilas que servían de verdugos--.  No se preocupe patrón.  Tenemos callo en estos menesteres.

El potro es un risueño instrumento que esta diseñado para desarticular los miembros del infeliz que es puesto en el.  Básicamente se empieza a estirar al preso hasta que sus brazos y piernas se desarticulan.  El verdugo tiene cuidado de no arrancar el miembro.  Como apunto Montoya, la santa madre iglesia no podía derramar sangre pero si podía causar dolores espantosos.

Montoya vio con asco como Domínguez vació sus intestinos violentamente.  Los verdugos limpiaron la mierda con un cubetazo de agua. 

--Es evidente que ha perdido control de su cuerpo –explico Montoya que alguna vez había estudiado medicina en Salamanca--.  Vea si quiere confesar ahora o si no le seguimos.

El preso aullaba de dolor.  Afortunadamente las paredes del palacio del santo oficio eran gruesas.  De lo contrario más de un vecino hubiera emulado a Domínguez de puro miedo al oír sus aullidos.

--Vamos Domínguez, confiesa –dijo el secretario—si lo haces te aseguro que traeremos un doctor y te daremos opio para que no sientas dolor.

--¡Idos al diablo! –alcanzo a jadear Domínguez--.  ¡No hablo!

--Ah, pero que terquera –observo el secretario.

Domínguez los vio con ojos que brillaban como ascuas.  Después cerró sus ojos y su boca se movió.  Acto seguido una bocanada de sangre broto de su boca.  Montoya vio con asco como la sangre salpico su inmaculado traje de dominico.  Había un pedazo de carne sanguinolento adherido por sangre y baba a su hábito: la punta de la lengua de Domínguez.

--¡Santo Dios!  ¡Se mordió la lengua para no hablar! –exclamo Montoya.

--¡Hijo de puta!  --exclamo el secretario haciéndoles una señal a los verdugos--.  ¿Cómo te atreves a manchar la sotana del patrón?

Los verdugos le dieron golpes a Domínguez pero de pronto se detuvieron.

--Ya se nos desmayo, patrón –dijo uno de los verdugos.

--Usted dice si lo revivimos –apunto el otro verdugo.

--Es inútil, llévenselo –dijo Montoya.

--Perdone usted, su señoría –dijo todo zalamero el secretario--.  Esto nunca nos había ocurrido.  Deje busco como limpiar esa sangre.

--Sois unos brutos.

--Si patrón.

--¡Imbeciles!  La interrogación debe hacerse de manera científica y precisa y el preso debe de llegar vivo a la hoguera.

En defensa propia el secretario recordó el interés del inquisidor en la Hermandad Blanca.

--Es que esos cabrones de la Hermandad Blanca son muy tercos, patrón.

--¿Hay muchos herejes en esa cofradía?

--Nomás díganos cuantos quiere que le juntemos, patrón.

--¡No imbecil!  ¡No quiero que me inventéis acusados!  Si en verdad estos amigos están azuzando a la indiada entonces peligra el gobierno de su majestad en estas tierras.

--Pues a este Domínguez ya lo teníamos en la mira desdenantes, patrón.  Siempre hablaba mal del virrey, sobretodo cuando andaba borracho. 

--¡Dejadme, carajos! –dijo Montoya haciendo a un lado con asco el trapo sucio con que el secretario quería lavar la sangre de Domínguez.

Mientras tanto, el infeliz de Domínguez fue aventado exánime en una celda lóbrega.  Unas horas después entro un fulano embozado a esta y con una linterna alumbro a Domínguez.

Domínguez gemía de dolor y tosía sangre.  El embozado se acuclillo junto a él.

--Os habéis comportado muy valiente, el mismo Axayacatl estaría orgulloso de vos –dijo el hombre descubriéndose la cara--.  ¿Me reconocéis?  Soy, como vos, un hermano de la orden del águila.  Vengo a abreviar vuestros sufrimientos.

Domínguez creyó reconocerlo, pero no podía hablar.

--Tened,  --dijo el embozado dándole un frasquito--.  Actúa rápido.  Me temo que no tenemos otra opción.  Yo mismo tengo uno para mí en el caso de ser descubierto.

Domínguez alzo el frasco a la luz de linterna.

--Os prometo llevar vuestras cenizas al tetzacualco, hermano.

Domínguez asintió con la cabeza, abrió el frasco, y se lo tomo de un sorbo.

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