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Saturday, August 6, 2011

XXV. El Inquisidor y el Conde

Palacio del Santo Oficio, Ciudad de Méjico – 1682

Donde se confirma aquello de que el que no oye consejo no llega a viejo.

El conde de la legión hizo una reverencia al entrar y beso devotamente el anillo que don Antonio Montoya, Inquisidor Mayor, le extendió.

--Gracias por haber aceptado mi invitación, señor conde.

--Es de prudentes ponerse a la disposición del Santo Oficio cuando este lo requiera.

Montoya sonrío.  Sus ojos no.

--Tengo entendido que usted es cristiano viejo, señor conde.

--En efecto, su señoría, los nombres de mis ancestros se encuentran asentados en el Libro Becerro.

--Y un conde de la legión recibió múltiples canonjías del cardenal Borja.

--En efecto, su señoría.  Los Borjas hicieron tales reconocimientos a mis ancestros.  Por supuesto, usted ha de recordar que luego esta familia italianizo su nombre y se hizo llamar Borgia. 

--Es por eso que he decidido confiar en vuecencia caballero.  Como vos habéis de saber tengo poco tiempo en la Nueva España.

--Tiene usted una gran responsabilidad, su señoría.  Estoy a sus órdenes.

--No quiero hablar mal de mi antecesor, Fray Pedro Soarez, que en paz descanse, pero me da la impresión que fue laxo en algunos aspectos.  ¿No cree usted, señor conde?

--No soy nadie para juzgar a la labor del finado Fray Pedro.

--Por supuesto y yo tampoco.  Sin embargo, hace poco asistí a la celebración de la fiesta de la guadalupana.  Francamente me encontré con un espectáculo pagano.  Los indígenas se habían emplumado todos y le bailaban a la señora en el mismo atrio de la capilla.

El conde suspiro.

--Su señoría, considérelo un acto de pragmatismo que la corona ha sancionado por muchos años ya.  Vera, en toda la Nueva España habrán tal vez solamente cinco mil familias criollas, un millón de indígenas, y otro millón de africanos.  Creo que esos números pesan.  Ni siquiera nuestro arzobispo, su ilustrísima don Francisco Aguiar, se atrevería a evitar que los indígenas se emplumen y bailen en el Tepeyac.

--Entiendo, señor conde.  Sin embargo, demasiado pragmatismo lleva a la herejía, ¿no cree?

--No soy experto, su señoría, en menesteres de dogma.

--Tengo reportes también que los indígenas persisten en la veneración de sus demonios.  ¿Qué sabe usted de eso?

--Solo lo que uno oye en la calle, su señoría.  En efecto, hay muchas grutas donde uno puede encontrar un idolillo que representa a Huichilobos o Quetzalcoatl…

--¿Huichilobos?  ¿Es este un demonio?

El conde sonrío.

--No creo que llene la definición de tal, su señoría, ciertamente no es uno de los Ángeles caídos.  Pero si, este Huichilobos es  una deidad pagana.  Y como decía no es infrecuente encontrar una ofrenda reciente enfrente de esos idolillos.  Si me permite una recomendación…

--Diga usted.

--Fray Pedro era ya entrado en años, su señoría.  Es decir, sin ambiciones.  Fray Pedro no soñaba en un capelo de cardenal o príncipe de la iglesia como lo hacen otros, generalmente los mas jóvenes.

Aun sin quererlo, Montoya suspiro profundo.  El conde se sintió satisfecho.  Era evidente que el hombre ante el era ambicioso.

--Claro está –continúo el conde— esa sería la recompensa muy merecida a los que son celosos guardianes de la santa madre iglesia, aun en tierra de indios, su señoría.

--¿Y su recomendación, señor conde?

--Ah, si, su señoría, no veo que quemar unos indígenas seria admirado ni por la corona ni por Roma, aun si le han ofrecido una gallina al tal Huichilobos.  Como le apunte, su señoría, podrían haber complicaciones políticas y, francamente, los criollos son muy pocos en esta tierra.

--Continúe, por favor, señor conde.

--Si se busca erradicar la herejía en estas tierras yo me avocaría a buscarla entre los que no tienen la excusa de ser ignorantes del dogma católico como los indígenas.

--Entiendo.  Pero eso a su vez causaría otras complicaciones, ¿verdad?

--En efecto.  Es cuestión de ser muy cuidadoso en donde se descubre la herejía.  Un poco de prudencia puede cimentar una reputación de defensor de la fe verdadera que llegaría hasta oídos de la misma curia en Roma.

--Buen consejo me dais, señor conde.

--Tal trato de hacer, su señoría.

--Lo sopesare con cuidado.  Sin embargo, es natural que estando tan lejos de Europa los habitantes aquí, y en eso incluyo tanto a españoles como a indígenas, caigan en herejías.  Y en el santo oficio no podemos darnos el lujo del pragmatismo.  Por esa rendija se mete el maligno.

--Tal he oído, su señoría.

--Créame, señor conde, que mi mano no temblaría en hacer los necesarios arrestos, aun entre estos indígenas que tanto nos aventajan en número.  A mis oídos me ha llegado noticias de algo que los indígenas llaman la Hermandad Blanca.  ¿Qué sabe usted de ellos, señor conde?

--¿En verdad existen, su señoría?

--Tal me afirman gente de mi confianza.  Y algunos reos así nos lo han afirmado cuando los interrogamos.

--En tal caso, muy taimados han de ser estos fulanos, su señoría.  Según tengo entendido estos fulanos de la Hermandad Blanca eran los sabios que residían en el templo pagano que los mexicas llamaban la Casa Negra.  Eran los consejeros del tlatoani o emperador mexica.  El extremeño, don Hernán, no tuvo misericordia con ellos.

A la mente del conde vino el recuerdo de cómo la gente de Alvarado había entrado en el templo.  Sacaron a patadas a los ancianos que ahí se encontraban y los aventaron ante los mastines o perros de guerra para ser despedazados.

--Esa es la gente que busco, señor conde.  Mi intención es extirpar toda esa estirpe maldita.  Inducen a los indígenas a conservar sus tradiciones y recordar su pasado.  ¿Entiende vuecencia por qué son tan peligrosos?

--Me imagino que si, su señoría.  Los esclavos no deben recordar su pasado.

--En efecto, señor conde, y el recuerdo de su pasado es un peligro para la corona y para la santa madre iglesia.  Hay necios en la metrópoli que no entienden esto y recomiendan que tengamos mano tibia con los indígenas.  Pero si no mostramos mano dura con ellos nos comerán vivos.  He oído que han sido antropófagos.

--Algo había de eso, su señoría, si.

--Decidme, ¿habéis oído hablar acaso de un rey coyote que los alzaría contra España?

--Esa leyenda tiene muchos años, créame.  Yo no me preocuparía por eso.  Los nobles indígenas que sobrevivieron a la conquista tuvieron muy a bien jurarle fidelidad a España.  A cambio recibieron encomiendas y se les reconocieron sus feudos.  Aun hoy encontrara vuecencia pueblos aquí en la Nueva España que llaman “republicas de indios” y que siguen bajo el mando de sus senados y señores y obedecen sus usos y costumbres.  No, yo no temo un alzamiento.  Si lo hay, será porque la cosecha de maíz fracase.  Y solo será por hambre, su señoría, no para eliminar el mandato del rey en estas tierras.

Una vez que termino la entrevista con el conde de la legión, el inquisidor Montoya emergió del palacio del santo oficio.  Ante él se extendía la plaza de Santo Domingo y su  magnífica iglesia dominica.  El “sosteniente” Torres regresaba con sus jenízaros escoltando a una cuerda de infelices.  El militar hizo una reverencia.  Montoya suspiro y contesto el saludo.  Los presos eran evidentemente mas indígenas que se habían atrevido a ofrecer un guajolote (ave que los españoles llamaban pavo) al tal Huichilobos.  Montoya vio la escena con cierto asco e hizo una señal y un carruaje se acerco.  El mozo lo ayudo a subir.

--Llevadme a mi casa –indico Montoya. 

La casa que había sido proporcionada al inquisidor era una magnifica estructura a unas cuantas cuadras de la catedral.

--Traedme de cenar y que nadie me moleste –ordeno Montoya.

Una hora después Montoya subió hasta la azotea de su casa.  Ahí se encontraba un cuarto asegurado con una pesada cerradura.  Montoya la abrió con una llave que colgaba de su cuello.

Dentro de la habitación había numerosos pergaminos, un astrolabio, cartas astrológicas, mapas, y varios libros.

El inquisidor abrió con la misma llave un cajón.  De ahí extrajo con reverencia un libro.

--Bien, Baruch, hoy tú y yo comulgaremos y continuaremos nuestra discusión –dijo Montoya--.  Pero antes, es menester consultar los astros.

Montoya abrió otro cajón y de ahí extrajo un telescopio rudimentario, copiado del modelo que Galileo había demostrado ante el papa (y por cuya invención casi acaba el sabio en la hoguera).  Montoya transporto el aparato fuera de la habitación, habiéndose cerciorado que antes que nadie lo observaba.  Acerco una silla y comenzó a escudriñar las alturas.

--Marte brilla con gran intensidad.  Si he de creer el modelo ese de Kepler esto indica que se encuentra en su punto más alejado de la tierra –observo Montoya--.  ¡Diantres!  ¿Cómo verificar esto?  ¿Seguirá siendo ese modelo más que las conjeturas de un maldito hereje?  ¡Con gusto vendería mi alma a Belcebú con tal de saber!

Soplo un viento frío que hizo titiritar a Montoya.  Por alguna razón el nombre de Belcebú le hizo recordar su conversación con el conde.  Francamente, si, si tenia ambición por escalar mayores puestos.  ¿Por qué no?  Incluso si, sonaba con la mitra papal.   ¡Imaginaos si tuviera acceso a todas las bibliotecas de Roma!  ¡A los libros prohibidos!  ¡A las confesiones de los Iluminados!  Pero la realidad era otra.  Ahora se encontraba en la Nueva España, persiguiendo infelices, que como le había dicho el conde, tal vez solo eran culpables de ofrecerle una gallina a Huichilobos.

¿Y que de esta Hermandad Blanca?  ¿Existiría en verdad?  ¿Serian como la secta de los Iluminados?  De estos no había duda de su existencia.  Galileo, Baruch de Espinoza, Descartes, todos, sabia Montoya, habían pertenecido a esta.  Y si, la iglesia los perseguía y algunos habían sido ajusticiados por ella.  No, se corrigió Montoya.  Tan solo los entregamos a la justicia seglar para que sufran su castigo.  La iglesia no derrama sangre, ¿verdad? 

Y, como San Pablo, Montoya había participado en esas persecuciones.  Pero aparentemente su celo no había sido estimado ser suficiente.  En castigo sus superiores le habían concedido el dudoso honor de ser ayudante del inquisidor Soarez, recientemente fallecido.  Y a raíz de esa muerte y bajo presión del arzobispo ahora tenía que desempeñarse como el inquisidor en jefe, por lo menos hasta que llegara su reemplazo desde España.

Montoya suspiro.  Tal vez nunca más podría tener entre sus manos los libros que la Inquisición había confiscado a los Iluminados.  Tener acceso a esos libros hubiera sido su mayor recompensa.  ¡Con cuanto gusto los estudiaba y leía y releía!  Es menester, argumentaba si alguien inquiría, conocer las falacias de estas gentes.  La verdad era otra: Antonio de Montoya admiraba secretamente a los Iluminados.

Bueno, si los Iluminados tenían libros, ¿los tendrían también estos indios de la Hermandad Blanca?  Algo recordó Montoya sobre un franciscano, Landa, que en Yucatán había quemado los libros de los mayas.  Si, ciertamente los indios tendrían pergaminos o códices o algo así.  Pero, ¿valdrían la pena o serian tan solo textos con invocaciones a Huichilobos y semejantes sandeces?

Recordó su llegada al continente.  La nave había tocado tierra primero en Yucatán.  El capitán le había indicado unas ruinas que había llamado Tulum.  Montoya las observo con un catalejo.  Por la forma de una de ellas era evidente que se trataba de un observatorio astronómico.  ¡Sí!  ¡Los indígenas habían estudiado los cielos! 

Y su conclusión se afianzo cuando oyó mencionar que estos tenían un calendario más preciso que el europeo.  Luego entonces, afirmo Montoya con confianza, tendrán bitácoras de observaciones astronómicas y estas estarán identificadas con la fecha y hora en que se observaron, ¡por medio de un calendario aun más preciso que el europeo!  ¿Cómo hacerse de esas bitácoras, si es que todavía existían?

Solo hay una manera de saberlo, concluyo Montoya.  Tenía los medios.  Primero habría que encontrar a esta Hermandad Blanca, establecer a ciencia cierta si existe.  Démonos un tiempo, pensó Montoya.  Si la descripción es correcta se trata de ancianos de pelo blanco que tal vez se dediquen a la curanderia para ganarse el pan.  En el poco tiempo que había pasado en la Nueva España Montoya había observado que los médicos o brujos indígenas abundaban.  Se tendrían que empezar a hacer cateos o “viriguaciones” como las llamaban los secretarios del santo oficio.

Esto tenía sus riesgos.  Si no producía resultados prontamente, el arzobispo podría objetar y mandar un reporte desfavorable a la metrópoli acerca de Montoya.  O peor, la indiada se alzaría y él y el resto de los españoles acabarían sacrificados en el altar del demonio Huichilobos.  ¿Cómo asegurarse de que esto no ocurra? 

Montoya empezó a dudar.  ¿Qué si no existe esa legendaria Hermandad Blanca?  O si existían y eran débiles, ¿Cómo podría haber tal alzamiento?  ¿No sugirió el tal conde de la legión que sería más rentable buscar herejes tal vez entre los mismos españoles?

No, concluyo Montoya.  Algo había en el conde de la legión que le repelía.  El hombre tenía una mirada penetrante.  Tal parecía que había leído su alma.  Un hombre así era peligroso.  ¿No me estaría desviando acaso?  ¿Estaba ocultándome algo sobre la Hermandad Blanca? 

No, señor conde, concluyo Montoya.  No me desviareis.  Hare algunos arrestos precautorios entre los curanderos usando toda la discreción posible para no antagonizar al virrey.  Y no, no usare la tortura.  Será tan solo una invitación a charlar.  Usare los métodos de los jesuitas para confundir y hacerlos caer en contradicciones.  Los dejare ir si no hay indicio de que sepan algo más.  Me iré con tiento.  Atare cabos lentamente.  Poco a poco.  Con paciencia.

Montoya oyó un aullido lejano de un lobo.  ¿Había lobos en el valle de Méjico?  La piel se le enchino.  ¡Pamplinas!  ¡Ha de ser un coyote!  Montoya recogió su telescopio y regreso al cuarto.  Abrió el libro de Baruch de Espinoza y se sirvió un vaso de vino.

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