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Monday, August 15, 2011

XVI. La Procesión de Sevilla

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se relata como un bicho en Maracaibo casi se come a un gitano.

Di media vuelta y me fui corriendo en dirección otra vez a la judería. Al doblar una esquina di de lleno con el zurdo Pérez que soltó una maldición y cayo a mis pies adolorido y sangrando.


--¡Perdón! --grité

--¡Hideputa! --gimió el zurdo sacando su espada y lanzando una estocada con su mano buena. De un salto logre evadir esta y reanude mi loca huida. Atrás de mí oía los gritos de la guardia. En su correr estos se habían atropellado al zurdo otra vez y el infeliz gemía de dolor.

Volví a torcer otra esquina y me encontré en una plazuela. Una procesión de penitentes encapuchados iba marchando por la calle en medio de una muchedumbre. Casi no se podía ver por la cantidad de incienso que se quemaba.

Me metí violentamente entre los penitentes, causando accidentalmente que uno de ellos, que era de los que sostenían una pesada estatua de un cristo sangriento, trastabillara y cayera. Los otros penitentes no pudieron sostener la estatua que había quedado desbalanceada y esta cayó por los suelos. Fue tal la confusión que resultó que logre confundirme entre la muchedumbre. Los gritos e insultos que se oían en la plazuela azulaban más el aire que el mismo incienso.

--¡Entrad aquí! --dijo una voz que salía de un callejón. Vide a un hombre con cara de bandido que de inmediato reconocí. Sostenía una puerta abierta y me hacia señales que me apresurara.

--¡Lucas Macanas! --exclamé reconociendo a un gitano que se había embarcado conmigo a las Indias.

Estando surtos en Maracaibo se le ocurrió darse un chapuzón y se puso a nadar de perrito alrededor del buque. Toco que yo estaba haciendo unas reparaciones en el velamen y desde lo alto del palo mayor noté la sombra de un bicho que se aproximaba bajo el agua adonde el gitano nadaba despreocupado. Le advertí con un grito y Macanas logro subirse al buque justo cuando una aleta inmensa rompió la superficie del mar detrás de él.

--¡Ja! ¡Parece que los alguaciles andan tras de usted don Pedro! --dijo Macanas cerrando la puerta tras de si.

El cuarto era una especie de bodega con un catre.

--Ayudadme Lucas, por favor, tengo que salir de Sevilla.

--No os preocupéis, os debo la vida --dijo Macanas--. Esperad aquí hasta que anochezca. Debo hacer unas diligencias pero regresare. Mientras estais en vuestra casa. Hay aquí vino y quesos. Tomad lo que queráis.

Esperé el resto del día oyendo con sobresalto cuando oía pasos en el callejón. Ya siendo de noche la puerta se abrió. Desenvaine mi espada. ¿Que tanto se podía confiar en un gitano? Pero no, el que entró no era un alguacil. Era Macanas. Sin decir más, me hizo señas que lo siguiera. Me llevó hasta una carreta cubierta de las que usan los gitanos en sus andanzas y me hizo señas de que me subiera en esta. Había dentro tres gitanas, jóvenes, de buenas carnes, que me sonrieron y me indicaron un espacio oculto donde metí mis alforjas y me guarecí.

--Micaela, Carmen, y Faustita son mis primas --explico Lucas mientras tapaba el recoveco--. Ellas os sacaran de Sevilla.

--¡Me voy a asfixiar aquí! --proteste.

--Hay unos agujeros por donde podréis respirar --dijo Lucas y fue lo último que vide pues quede en una obscuridad absoluta.

En efecto, había unos pequeñísimos agujeros por donde me entraba algo de aire, no mucho, debo añadir. La carreta se echó a andar. Tal vez por la falta de oxigeno o por los sobresaltos de ese día pero el caso es que me quede dormido.

Desperté en la obscuridad. No se sentía ya el movimiento de la carreta. De pronto entro una bocanada de aire fresco que me mareo y me dio un dolor de cabeza. La tapa de mi ataúd se abrió. A la luz de unas bujías pude ver a las tres gitanas que me sonreían.

--Ah bien, no habéis muerto --observo Carmen, la mayor.

--¿Por qué nos detuvimos? --pregunté.

--Estamos a un par de horas de Sevilla. Hicimos nuestro campamento --explicó Fraustita.

--Y queremos nuestro pago --acabó Micaela.

--Con gusto os daré algo de plata --accedí.

--No, ese no el pago que queremos --explicó Carmen.

--Si nuestro padre se entera que tenemos un hombre aquí… --continúo Fraustita.

--¡Os hará capar! --sentencio Micaela. Sus ojos brillaban--.  ¡Ya lo ha hecho con otros amantes que hemos tenido!

Debo añadir que mientras iban explicando todo esto se iban despojando de sus ropas. No eran ciertamente delgadas, mas bien se diría que eran bastante rollizas pero no despreciables aunque algo bigotonas. En suma, no había que explicar más.
Afortunadamente tenia yo tan solo 23 años y a esa edad se puede pagar las deudas con todas las de la ley.

Quede obviamente bastante exhausto, razón por la cual protesté cuando me despertaron en la madrugada.

--¿Otra vez? ¡Sois insaciables!

--Despertaos --dijo Carmen.

--Vestíos --ordeno Fraustita.

--Idos antes de que amanezca y nuestro padre os encuentre aquí --recomendó Micaela--.  Tiene un cuchillo nuevo y lo va a querer estrenar.

--Allá está el camino que va a occidente --explicó Carmen--.  Nosotros vamos al norte, hacia Madrid. Lucas me pidió que os recomendara ir a Cádiz. Ahí podréis encontrar un buque que os lleve a vuestro destino.

--¡Sea! Adiós diosas, ¡no os olvidare jamás! –dije besando a las tres.

Me encaminé entre las brumas de la mañana. Al mediodía paré en lo alto de una colina. Tuve la fortuna de divisar desde esta a un grupo de hombres a caballo que venían desde Sevilla. Me escondí y los vide pasar. Creí reconocer entre estos a uno de mis medios hermanos. Decidí doblar hacia el norte. No intentaría salir por Cádiz. Si era necesario caminaría hasta Francia.

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