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Wednesday, August 24, 2011

VII. La Novicia

“Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad…” – la pastora Marcela en El Quijote

Donde se presenta la inconveniencia de que las novicias se dediquen a la minería.

Convento de las Carmelitas Descalzas - Ciudad de Méjico, 1668

La virreina, doña Leonor Carreto, entro en el despacho de la madre superiora.

--¡Doña Leonor! –dijo la madre superiora haciendo una caravana--.  Es para nosotros un gran honor, su alteza.

--Madre, me temo que esta no es una visita social.  Me han llegado noticias de que la novicia Juana de Asbaje no se ha adaptado a vuestra disciplina.

--Me temo que así es, su alteza.  Ya vide vuecencia que es casi una niña.  Tiene tan solo 16 años.  Estoy segura que con devoción y disciplina al final la carne se doblegara y cejara su rebeldía.

--Exactamente, ¿en que consiste la rebeldía de Juana?

La monja suspiró.

--Por principio, se presento aquí con varios libros profanos.  Los confiscamos y los regresamos a sus familiares. 

--¿Esta prohibido leer en las Carmelitas Descalzas?  ¿No leen acaso los evangelios?

--No, no nos esta prohibido leer.  Y ciertamente podríamos leer los evangelios.  Sin embargo, consideramos que es mejor permitir que los sacerdotes nos interpreten la palabra de Dios.  Pero eso no fue del agrado de Juana.  Ha pedido que le proporcionemos los evangelios, y si es una versión en griego, mejor.

--Todavía no entiendo madre. 

--Juana peca de soberbia y, peor, ha demostrado una gran curiosidad.  La encontramos escarbando en las paredes del claustro.  Aparentemente quería desenterrar una piedra labrada con jeroglíficos paganos de los indios.  La tuvimos que disciplinar.

--Entiendo y concuerdo.  La  minería no es menester de las novicias, ¿no cree?  De haberla usted consentido pronto tendría toda clase de galerías subterráneas y los cimientos del convento se vendrían abajo.  Dígame, sin embargo, ¿en que consistió la disciplina?

--Ayunos y me temo que tuvimos que darle azotes.   No muchos ni muy duros, sabe, pero si lo suficiente para hacerla que sufra.

--¡Santo Dios!  Permítame hablar con ella.

--Me temo, doña Leonor, que eso no es posible.

--Tal vez no he sido lo suficientemente clara, madre.  Es mi intención hablar con Juana de Asbaje.  Por favor, no hagamos de esto un problema.

Algo había en la manera en que la virreina había dicho esto que hizo que la monja recapacitara.

--Bien, doña Leonor, tratándose de usted, haré una excepción.  Sin embargo, os pediré que os llevéis a Juana con vos.  Es evidente que no se va a poder adaptar a nuestra disciplina. 

--¿A ese grado han llegado las cosas?

--Si, doña Leonor.  Es mas, la influencia de Juana ha causado toda clase de rebeldías entre las novicias.  Juana insiste en que estas deben de pensar.  Si el buen Dios quisiera que las mujeres pensáramos nos habría dado cerebro, ¿no cree vuecencia?

--Creo que en vuestro caso, madre, no disputare vuestra lógica.

Unas horas después, a bordo del carruaje de la virreina, esta contemplaba a Juana.

--Habéis perdido peso, Juana –dijo la virreina.

--Ahorita me recupero –dijo Juana con la boca llena mientras degustaba del itacate que su nana había mandado con la virreina--.  Estas gorditas están muy sabrosas.  ¿Gusta una, doña Leonor?

--Gracias –dijo la virreina tomando una de las viandas--.  Por Dios, Juana, ¿Por qué ingresasteis con esas locas?  Estamos en la modernidad, en el pleno siglo XVII, y esas locas viven en tiempos del rey Leovigildo el peludo o que se yo.

--Quería aprender a ser humilde, doña Leonor.  Y válgame Dios que ahí adentro supe lo que es ser humillada.  Vamos, ahí dentro se amansaba hasta Lars Porcena, reputado por ser un hombre soberbio.

--Tenéis que aprender a aceptar que sois lo que sois –dijo la virreina acariciándole una mejilla--.  Eres guapita.  No necesitáis recurrir a hipócritas hermosuras para engañar a los querubines que ensartan el corazón de los mozos.  ¡No os imagináis la cantidad de mancebos que preguntaban por vos en la corte y que se presentaban polidos y esperanzados de veros!  ¿Estáis segura que queréis haceros religiosa?

--No me apetece el matrimonio, doña Leonor.  No me considero suficientemente hábil para llevar tal carga.

--Justa excusa es.  No es correcto que los padres den estado a los hijos y, sabed, yo me considero vuestra madre.  Aun así, mucha sorpresa me causo veros amanecer monja.  Pero decidme la verdad, Juana, los muchachos de la corte os aburren, ¿verdad?  He visto que los toleráis pero los arrojáis de vos con trabucos e ingenios y mas de uno se queja de que se sienten emasculados por vuestro intelecto.

Juana suspiro.

--Pues la verdad si, doña Leonor.  Solo saben hablar de toros y de caballos.  Son puros hombres necios.  Y si no les doy reciprocidades me acusan de cruel y desagradecida. Y si lo hiciera seria falsa.  Luego pues de arpía o falsa peco y si fuera fácil de cruel me culparían.  ¡Opinión ninguna gana!  Además, bien sabe su señoría que ni siquiera tengo dote.

Doña Leonor sonrío.

--En tal caso os buscaran porque os aman bien.

--Sería sacrilegio, ¿no cree su señoria? –dijo Juana riéndose.

--¿Casarse por amor es sacrilegio?

--Según Galeno, el amor es una forma de locura.  Y la ley canoníca prohíbe que se casen los locos.

--¡Santo Dios, Juana!  --se carcajeo la virreina--.  No os presionare más para casaros.  Bueno, el único que he notado que os hace reír es el jesuita don Carlos de Sigüenza y Góngora.  Dime, Juana, como se llamaba esa pareja de clérigos, ¿Abelardo y Eloisa?

--¡No sea mala patrona! –contesto Juana--.  Y pues si, don Carlos me cae bien.  Tiene cerebro aunque no creo que sea tan buen matemático como don Diego.

La virreina palideció y se persigno.

--¡Ay Juana!  ¡No sabes lo mucho que me pesa tener que anunciarte esto!  No creo que haya otra manera de hacerlo.   Es evidente que esas locas no te enteraron de nada ahí dentro.  Escucha: mientras tú estabas en el convento don Diego murió.

--¡No! –exclamo Juana.

La virreina la abrazo. 

--Hija, don Diego no sufrió.  Ya estaba muy ancianito y Dios lo quería a su lado. 

Juana lloraba desconsolada.

--Escucha, Juana, don Diego me nombro su albacea.  En su testamento ordenaba que su biblioteca te fuera legada.  Ya se encuentra en casa de tus tíos.  También te dejo una carta que te entregara tu tía.

1 comment:

  1. ¿Pero donde habia estado escondida tanta herejía? Si he descubierto el placer de pecar al comer, yo regreso a la penitencia de leer con mucho placer... Ay Moro, que Juana te espera...y recorrer a cual más variopinta capirotada de personajes...

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