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Monday, August 1, 2011

XXX. La Vida

Monte Tlaloc – 1652

Donde Lorenzo recita los números mayas en orden descendente

--Levantaos alteza –rugió don Raúl.

--Si, mi capitán --Lorenzo trató de incorporarse, sin éxito.  Volvió a caer de bruces.  Escupió unos dientes y baba sanguinolenta.

Xiuhcoatl, la serpiente destructora, su adversario aguardaba frente a Lorenzo sonriente.  En sus manos estaba una macana de las que llamaban de entrenamiento.  Eran estas lo suficientemente pesadas para hacer estragos en la dentadura de un adversario.

--Valiente rey será este –se rio Xiuhcoatl.

Don Raúl le dio una cachetada.  --¡Callad!

Tiene razón, pensó Lorenzo, en la últimas semanas me han puesto como un santo Cristo.  Tal vez no tenga madera de rey.  Por un momento considero bajar del Tlaloc, huir.  Pero no, no hizo tal cosa, volvió a intentar levantarse, esta vez con éxito.  Se sostuvo en pie.  Sus piernas amenazaban con volverse a doblar.  Mas sin embargo Lorenzo encontró fuerzas que no sospechaba tener y agarró otra vez la macana que le pasó don Raúl y la azotó tres veces contra la rodela que portaba en su brazo para señalar que estaba listo para continuar.

Después del lance Lorenzo fue llevado a la enfermería.  El macanazo le había vuelto a dar de lleno en la quijada y estaba sangrando por la boca.

--¡Válgame Dios!  ¡Ahora si me lo desgraciaron!  --exclamo Xochitl mientras hacía que colocaran a Lorenzo en una litera con respaldo ajustable.  Xochitl de inmediato le lleno la boca con algodones.

--A primera vista creo que os rompieron un par de dientes más.  Me temo que la raíz todavía está ahí.  La tendré que extraer.  Si no aprendéis a agacharos pronto andaréis como un huehuenche sin dientes, alteza.

--mmmghg frhhhg –dijo Lorenzo.

Xochitl continúo preparando su equipo.  Lorenzo noto que este incluía varias piedras de obsidiana filosísimas.

--Tenéis suerte, alteza.  Hace un par de años  un pobre muchacho se cayó del cerro y me lo trajeron aquí conmocionado.  Le tuve que hacer una trepanación.

--rrththhg gghhhmm mffrrrff.

--No, pos se me murió el infeliz.  Fue mi primera trepanación.  La tuve que hacer mientras uno de los monjes sostenía abierto un amate de Monte Alban donde se ilustraba como se hacían.   Tal vez fue mejor que se muriera el pobrecito.  De lo contrario me temo que lo hubiera dejado tarado. 

--¡frffhgg!

--Bien, alteza, le voy a dar a tomar esta pócima para que se duerma mientras le saco las raíces de los dientes que perdió.  Una vez que la tome, quiero que me cuente los números mayas en orden descendente.

Era inevitable que todos los muchachos se enamoraran de Xochitl.  Lorenzo no era la excepción.  Si ella le hubiera pedido que bebiera acero fundido con gusto lo hubiera hecho.  Ahora el sentir los muslos de la mujer junto a él mientras ella le daba a tomar el brebaje le hizo olvidarse de sus dolores.

Xochitl contemplo al muchacho exánime.  Lorenzo había empezado a embarnecer con las duras fatigas a que don Raúl lo sometía.  Tenía Lorenzo, pensó Xochitl, el cuerpo de un Apolo.  ¿No había instruido la voz en el Coatzacoalcos que había que amarlo?   Xochitl sacudió la cabeza.  Habrá tiempo para todo, pensó.  Por ahora,  ella tenía que sacar esos pedazos de dientes.

En el Tlaloc Lorenzo conoció también el suplicio de La Vida.  Este era muy sencillo.  Se comenzaba corriendo cuesta abajo por la amplia calzada a la entrada del Tetzacualco por una distancia aproximada de dos kilómetros.  El que llegara al último de los siete muchachos recibía una tunda en ese punto. 

--Como veis, alteza, La Vida se inicia con muchos bríos –explico don Raúl, el cual, a pesar de su edad siempre llegaba entre los primeros al punto intermedio--.  El guerrero que no aprovecha todas las circunstancias, incluyendo la gravedad que nos asiste cuesta abajo, paga el precio de su decidía.

Lorenzo gimió.  Apenas podía ver a través de un ojo que traía hinchado por los golpes.

--El problema es cuando uno va en declive, como su servidor –continuo don Raúl mientras Lorenzo jadeante y adolorido por los golpes que le acababan de dar trataba de respirar en el tenue oxigeno de la montaña--.  Es por eso que el guerrero prefiere una muerte rápida,  de cara al enemigo, lo que llamamos una muerte hermosa o un belle mort de los franceses.  ¿Tiene su alteza la entereza de enfrentarse a la cuesta, donde todo le estará en contra y las fuerzas se os escurrirán como el agua?  Solo hay una manera de saberlo, alteza.

Y acto seguido don Raúl se lanzaba corriendo cuesta arriba seguido por sus pupilos.

Xochitl se quejó con don Raúl.

--No puedo hacer que se concentre el rey si llega sangrando y desmayando a mi clase.  ¡Y con tantos macanazos en la testa me lo vais a dejar bruto!

--Todos hemos llegado así –contestó secamente don Raúl--.  El rey debe de mostrar la dureza mental para poder avocarse a otra tarea, de súbito, con absoluta concentración y dedicación.  Además, no os quejéis doña Xochitl.  Hoy fue la primera vez que el rey no llego en último lugar al punto intermedio de La Vida. 

--Si, pero eso fue porque Nopaltzin se cayó y causo a su vez que Xipilli cayera. 

--¿Y eso qué?  El rey fue lo suficientemente ágil para saltar sobre los dos y no llegar al último.  Cual buen coyote el rey está aprendiendo a capitalizar todas las situaciones que le da una lid.  La tunda se la llevo Xipilli, lo cual no fue justo pero bien sabemos que la vida no lo es.  Además, hace dos días el rey logro tumbar a Nezahualpilli de un macanazo certero.  Ya es raro que lo agarren desprevenido en el pancracio.  Sus brazos y piernas se están encalleciendo de atajar los golpes, lo cual es correcto.  El muchacho se está endureciendo, doña Xochitl.  Sera un rey digno de seguir al Mictlan, se lo aseguro.

--El caso es que os prohíbo que corra Xipilli otra vez por los siguientes tres días.  Tiene el tobillo todo hinchado.

Don Raul accedió a regañadientes.  Xochitl solo sacudió la cabeza.  Para ella nunca había sido lógico cultivar el cerebro de los muchachos que se entrenaban en la orden del águila si por su parte don Raúl insistía en acabarles los sesos a golpes.

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