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Friday, August 12, 2011

XIX. Los Cilicios del Arzobispo

Ciudad de Méjico – 1682

Donde conocemos el valor de mortificar la carne para salvar el alma…

Hay que mortificar la carne.  Esta es la raíz del pecado.  Esta era la firme creencia del arzobispo Francisco de Aguiar.  Bajo su atuendo de príncipe de la iglesia, su ilustrísima utilizaba un cilicio, o túnica hecha de tela áspera con finos alambres que mortificaban su carne.  Su cuerpo estaba cubierto de llagas.  Igual, el arzobispo había hecho la manda de nunca más cortarse las uñas de los pies.  Como consecuencia varias de estas se habían enterrado y mortificaban su cuerpo.  De ahí sus dificultades para caminar.

A veces estas llagas se infectaban pues el arzobispo, como la mayoría de los españoles, no se bañaba (esta práctica, el baño, la había condenado San Isidoro de Sevilla como invento del demonio).  Debido a las llagas purulentas que cubrían su cuerpo y sus pies, el arzobispo tenía lo que se consideraba “olor de santidad”.  La feligresía que asistía a su homilía dominical en catedral podía olerlo, aun sobre el incienso que sahumaba el templo.

Contemple entonces, estimado lector, a este santo varón.  Es de mediana edad, bajito, casi calvo, muy blanco, porta el habito de los jesuitas.  Camina lentamente (las uñas lo atormentan) apoyándose en un bastón a través de los amplios pabellones del recientemente inaugurado hospital para enfermos mentales que ha construido.  A su lado camina el doctor Carreño, renombrado especialista en tratar los trastornos de la mente, y Josef Rubio, S.J., su secretario particular.

--Excelente, excelente –dice el arzobispo.

Unas mujeres indígenas hicieron una reverencia al pasar el arzobispo.  Este las vio con cierto asco.

--¿Por qué permitís mujeres aquí?

--Son de la servidumbre, su señoría.

Rubio le murmuro quedamente al doctor:

--A su señoría le dan asco las mujeres.

Las mujeres se acercaron a tratar de besarle el anillo al arzobispo y pedirle su bendición.  Este se hizo para atrás con asco.

--¡Largaos! ¡Sáquense! –les grito bruscamente Carreño a las mujeres.

Las mujeres ahuecaron el ala y la comitiva continuo su camino a través de los pabellones.

--Esta es una de las salas de tratamiento, su ilustrísima, --le indica Carreño.

Se trata de una amplia sala de cuyo techo cuelgan cadenas.

--¿En qué consiste el tratamiento?

--Tratamos de restaurar el balance de los humores que causa el mal mental, --explica Carreño--.  Previa a su llegada aquí los hemos sangrado para que no tengan tanta fuerza y puedan sacar mayor provecho del tratamiento.

Unos loqueros entraron llevando a un infeliz indígena.

--Ah, mire su señoría, vamos a poder ilustrar lo que le dije.

Los loqueros rápidamente colocaron unas pulseras de acero en las muñecas del loco.  Estas estaban unidas a unas cadenas.  Luego los loqueros jalaron las cadenas de tal manera que los pies del infeliz “paciente” apenas si tocaban el suelo.

--¿Y luego?  --pregunto escéptico el arzobispo--.  Ese infeliz esta temblando.  ¿No tendrá acaso fiebre?

--A veces el sangrado puede ser excesivo y se presentan convulsiones, sobre todo en estos indígenas cuya alimentación es muy pobre.  Pero eso pone al paciente mas dispuesto a recibir el tratamiento.

--Ah, bueno, usted es el médico.  Proceda.

Acto seguido unos loqueros trajeron una cubeta grande, llena de agua hirviendo.  Forzaron loa pies del infeliz “paciente” en esta.  Sus alaridos eran horribles.

--¿Este es el tratamiento? –pregunto el arzobispo viendo la escena con algo de horror.

--Si, su ilustrísima.  Los humores volverán a entrar en balance al aplicarse el agua hirviendo.  Es la técnica más moderna.  La aprendí en Salamanca.

El doctor hizo una señal y los loqueros soltaron las cadenas.  El infeliz “paciente” se colapso en el suelo, gimiendo.

--¿Y ya quedo curado? –el arzobispo se acerco con curiosidad al infeliz.

--Pues no, su señoría, va a requerir toda una serie de estos tratamientos, --explico el médico.

--¿Y que tenía el infeliz este?

--Era un caso típico.  Sufría de alcoholismo.  Los alguaciles lo trajeron aquí pues lo encontraron durmiendo en la calle.

El “paciente” abrió los ojos y se percato de que el arzobispo estaba a su lado.  Este se inclino hacia él.

--¿Cómo os llamáis, hijo?

--José, patrón.

Tal cosa no era sorpresa.  La mitad de los indios los bautizaban como “José”.  El hombre tenía una espuma sanguinolenta que le salía de la boca.  El arzobispo empezó a darle la bendición.  Pero en eso el indígena saco fuerzas de la nada y escupió, atinando a darle al arzobispo de lleno en su cara.

--¡Hijo de tu grandísima…! –juraron los loqueros que acto seguido molieron a golpes al tal José.

--¡Como se atreve! –exclamo con horror el doctor Carreño.

El tal José daba de alaridos. 

--¡Pronto sabrán lo que es amar, ¡ay!, a Dios en tierra de indios!  Gachupines, ¡ay!, de mierda!  ¡Ay!

Los loqueros lo estaban pateando y el hombre había quedado exánime.  Rubio se apresuro a limpiarle la baba de José al arzobispo.

--¡Este infeliz no está loco!  --juro el arzobispo--.  ¡Tiene el diablo adentro!

--¡Ya se nos murió patrón! –exclamo uno de los loqueros.

En efecto, el infeliz José ya había acabado sus días y miraba fijamente al techo de la sala. 

--¿Le va a dar los oleos? –pregunto el doctor Carreño al arzobispo.

--¡Olvídenlo! ¡Que se pudra en los infiernos! –contesto el arzobispo.

Aguiar se salió violentamente del hospital (ignorando el dolor de sus uñas, tal era su muina) seguido de Rubio.  Ambos emergieron del hospital y Rubio hizo una señal a sus mozos que lo ayudaron a subirse a su carruaje.

--Rubio, a cada rato oigo rumores sobre un levantamiento de indios.

--Igual rumores me han llegado a mis oídos, su ilustrísima, --contesto Rubio, que no era tal pues era un indigena prieto, egresado del colegio que los jesuitas tenían en Tepoztlan.

--Escucha, manda llamar a Montoya.  Lo quiero en mi oficina mañana a primera hora.  Más le vale que la inquisición tome cartas en el asunto.  Mi única preocupación es que lo veo muy verde para estos trotes.

--Viene muy bien recomendado, su señoría.  Se supone que es muy buen predicador y atrajo la atención del cardenal Robles, de Toledo.  Este lo mando a estudiar en Roma.  Ahí fue asistente en el tribunal superior del Santo Oficio.

--Si es tan bueno, ¿Por qué carajos vino a acabar en la Nueva España?  Seguro tiene cola que le pisen.  En fin, con estas mulas tengo que arar.  Estos malditos indios deben de enseñarse a respetar.

Aguiar se le quedo viendo fijamente.  El hombre tenía la piel cobriza, bigotes de aguamiel, y una nariz aguileña.  Rubio bajo sumisamente la vista.

--Por supuesto, su ilustrísima, --dijo calladamente Rubio.

2 comments:

  1. El incidente donde Aguiar mando retirar unas mujeres que se le acercaban es verídico.

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