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Tuesday, August 30, 2011

I. Delfi

“Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados…” – el Quijote

Donde una ofrenda en la cueva de la sibila despierta a Apolo de su sueño.

Grecia, 1515

El jinete porta un gran turbante a la turca y monta un magnifico caballo percherón negro.  Lo acompaña una gran perra negra que camina junto al caballo.  El jinete hace un alto en el camino y se apea.  La perra negra se echa bajo el caballo para aprovechar su sombra.  El sol es inmisericorde. 

El jinete mira a su alrededor.  No hay señas de vida humana excepto por el viejo camino romano en que viaja y un monolito semi arruinado al pie de un barranco que cae al mar.  El lugar huele a azufre y hay un ojo de agua hedionda e hirviente junto al monolito.  Y un horizonte de tobas volcánicas completa el triste paisaje.

El jinete se aproxima al monolito y lee la inscripción en griego antiguo: “…escuchad viajero, ve y decidle a los espartanos que aquí, fieles a sus leyes, seguimos…”.  El jinete sonríe reconociendo el monumento a Leónidas.  El lugar es las Termopilas.  El jinete vacía la vejiga en la poza de agua hedionda.

El tiempo y las fuerzas geológicas han cambiado el lugar.  Ya no es el paso estrecho que los espartanos defendieron sino que se ha convertido en un llano de unas 200 yardas romanas de ancho.  No, concluyo el hombre, aquí hoy no se podría detener a nadie con tan solo 300 hombres.  O 301 si se contaba a sí mismo, aclaro el jinete, recordando que el había sido testigo de los hechos.

El jinete se vuelve a subir a su caballo y se apresta a continuar.  Pero la perra negra gruñe y su pelo se eriza. 

--¿Qué os perturba Zenobia? –pregunta el hombre.

El hombre alza sus ojos y escudriña el cielo.  La resolana es intensa.  La perra gime ahora.  El hombre no lo duda más y entierra sus espuelas en los flancos de su caballo y se interna en una cañada. 

--Por aquí fue que los persas flanquearon a los espartanos.  Quiera Dios que la cueva todavía este aquí –murmura el hombre.

Para su fortuna, la cueva todavía existe.  Su boca es amplia pero está escondida por la maleza y por una gran piedra que corona la entrada.  Sería imposible detectarla desde el aire y muy difícil desde la tierra.  El hombre desmonta y guía a su caballo dentro de la cueva.

--No ladréis, Zenobia –aconsejo el jinete--.  Aquí me refugie cuando me dieron por muerto a causa de mis heridas.

Con sumo cuidado y manteniéndose entre las sombras de la cueva el hombre examina otra vez el cielo.  Cree ver lo que los mortales pensarían es un gran pájaro cruzando el cielo.  Pero que el jinete sabe que no era tal sino un hombre alado, es decir, un ángel.  Y este vestiría a la romana y portaría una gran spata que le seria mortal al jinete y no le daría ni le pediría cuartel.

El jinete suspiro reconociendo a su adversario. 

--Eleazar.  No lo había visto desde Megido.  Se dirige a Atenas.  Cree que me embarcare ahí.  Seguro hay otros esbirros que vigilan ya en Venecia.  Buscare como cruzar a Italia en un buque de pescadores.

Y el hombre recuerda entonces un llano siniestro en el Sinaí que los hombres llaman Megido o Armagedón y como hace milenios dos ejércitos se disputaron ahí el control de la tierra.  El bando del hombre, los rebeldes, estaba en desventaja numérica pero por tres días logro mantener incierto el resultado.  Eventualmente la ventaja numérica de los contrarios se impuso y la batalla se perdió.

El ejercito derrotado busco refugiarse y hacerse fuerte en Egipto.  El comandante de los rebeldes, a cuyo servicio el hombre estaba, lo designo comandante de la retaguardia.  Y fue ahí donde el hombre se batió varias veces con la caballería  de ese Eleazar que ahora surcaba los aires.

Y con los restos de su retaguardia el hombre eventualmente llego a Egipto donde se le entero que la guerra había terminado y que la victoria no seria de ellos.

--Señor conde –le dijo su comandante--, sabed que he aceptado el ofrecimiento que me hicieron.  Me exiliare y abandonare la tierra.  ¿Estáis dispuesto a seguirme al exilio?

--Con la venia de mi señor, prefiero seguir en el mundo.

--No me extraña de vos, señor conde.  Os relevo de vuestras obligaciones a mi servicio para que podáis seguir en el mundo.  Sabed, sin embargo, que seréis perseguidos inmisericordemente.

Y así fue.  Y mientras Alejandro forjaba un imperio y este se desintegraba y Roma surgía y caía y los hombres del profeta conquistaban el medio oriente y entraban a Al Andaluz y los normandos se enseñoreaban en tierra santa y sus reinos ahí se convertían en polvo y Bizancio agonizaba lentamente, el hombre y otros fugitivos de Armagedon como él vagaron sobre la faz de la tierra, siempre perseguidos por sus adversarios.  Y cuando estos los descubrían no había misericordia y eran despedazados hasta que llego el momento en que el hombre dudo que quedaran mas como él y pensó que tal vez era el ultimo.

Y ahora, después de vivir tranquilamente 200 años en Trebisonda fue inevitable que alguno de sus adversarios lo reconociera.  El hombre salio huyendo de la ciudad en medio de la noche.  Dejo atrás un seraglio con cien mujeres bellísimas, eunucos leales, libros exquisitos, joyas y otros tesoros.  Pero por lo menos estaba todavía libre.

Pasaron horas y el jinete y sus animales aguardaron dentro de la cueva pacientemente.  Al caer la noche reanudaron su camino.  Antes de llegar a Atenas doblaron rumbo a Delfi.  Y fue así que después de varios días de camino eventualmente llegaron ante un conjunto melancólico de ruinas al pie de una cordillera volcánica. 

El jinete se apeo y seguido de su perra penetro en las ruinas.  Reconoció la leyenda escrita sobre el pórtico: “conoceos a ti mismo”.  El silencio sepulcral del lugar solo fue roto por el cantar de los búhos, avatares de Minerva, que anunciaban su llegada.

--Si nos van a emboscar, Zenobia, ahora seria el momento y este seria el lugar –dijo el hombre mientras desnudaba su alfanje.

El hombre observo a su alrededor y una honda melancolía lo embargo.  Aquí, se dijo, se levantaba la estatua a Athena que Pericles mando eregir.  Tan solo un pie de la diosa quedaba arriba de un pedestal carcomido por el tiempo.  Y allá, recordó también el hombre, se encontraba la victoria alada que Cayo Mario había mandado alzar para recordar sus victorias sobre los teutones.  Ahora solo un zócalo erosionado era todo lo que quedaba.

La perra gruño quedamente.

--Vuestro mundo ya no existe, ¿verdad Zenobia?  --dijo el hombre dándole de palmadas a la perra--.  ¿Os acordáis como las sacerdotisas de Afrodita y sus esclavas caminaban por esta calzada sonriendo, orgullosas, alegres, altivas, completamente desnudas, con la piel tatuada bronceada por el sol, tan hermosas que recordaban a la diosa a la que servían?  El que supiera lo que he visto entendería por que amo tanto al mundo y me rehúso a abandonarlo.

El hombre suspiro y camino entre las ruinas y escombros.  Finalmente se detuvo enfrente de las ruinas del templo de Apolo.  El hombre subió por la amplia escalinata y penetro en el lugar.  La bóveda había caído.  El hombre camino entre los escombros hasta encontrar la entrada a una caverna tétrica.  El hombre no dudo por un momento y penetro en la cueva, seguido de cerca por la perra.

La gruta era ancha y su corredor tenía un declive hacia las entrañas de la tierra.  El hombre prendió una tea para alumbrarse y recorrió el camino con cautela.  Eventualmente el corredor desemboco en un anfiteatro subterráneo.  Reconoció la grieta por donde salían vapores mefíticos que enerve cian a las sibilas y les permitían hablar con la voz de los dioses.  Pero ahora no había nada en el anfiteatro excepto por los escombros de un altar.

El hombre saco un pequeño tazón de plata y lo puso reverentemente sobre el altar.  Luego deposito en el tazón una ofrenda de vino.  Abrió un pergamino antiquísimo y elevo una plegaria que no se había oído ahí en siglos.  Apago su tea.  Espero en la oscuridad sentado entre las piedras.  Su perra se echo a su lado.

Pasaron horas.  De pronto sintió como la tierra se movía.  Un terremoto, concluyo el hombre mientras volvía a prender su tea.  Cayo polvo del techo de la cueva y una nube de vapores mefíticos salio exhalada de la grieta en la pared.  La perra simio.

El hombre puso su mano sobre la perra para calmarla. 

--Esperad un poco mas, Zenobia, los dioses están modorros.  Hace siglos no se les invoca.

Pasaron unos minutos y entonces una voz de dulzura celestial se oyó claramente hablando en griego antiguo:

--Para encontrar lo que buscáis, id al fin del mundo, y pedídselo a mi hija.

El hombre se puso de rodillas.

--¿Cómo la reconoceré, mi señor?

--Por su lira –fue la respuesta.

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