Follow by Email

Thursday, August 18, 2011

XIII. El Codigo del Aguila

Donde conocemos a don Lorenzo…

Monte Tlaloc – 1668

Imaginaros, lector que sois un zopilote, pajarracos que abundaban mucho en esos tiempos y que surcaban los transparentes aires del valle de Méjico.  Alzaros a las alturas entonces conmigo.  Tomemos vuelo.  Ved el cráter del Popocatepetl, humeando, estaba muy activo entonces, mas que hoy, y don Carlos de Siguenza tomaba cuidadosas observaciones de sus exhalaciones. 

Sigamos rumbo al norte siguiendo la cordillera que llaman la Sierra Nevada.  Crucemos sobre el Ixzacihuatl, la mujer blanca dormida.  Este es un monte mas antiguo que el Popocatepetl, tan asi que, por los efectos de la erosión, ya no se disciernen sus cráteres.  Continuemos al norte. 

Bajo nuestras alas veréis otro estratovolcán, el Tlaloc.  Este monte es aun más antiguo que el Iztacihuatl o el Popocatepetl.  No hay cráter visible.  La erosión le ha restado altura.  Ved los múltiples flujos de lava o mal paiseses que salen de su cima.   Solo más abajo se ven los bosques que lo cubren.  La cima esta pelona, aparentemente, cubierta de rocas gigantescas.

Agudizad vuestra visión.  Ahí, entre las rocas y peñascos de la cima, observad, se encuentra una edificación ciclópea.  Tiene gruesas paredes y un camino que desemboca en un gran atrio.  Es obviamente de gran antigüedad.  No parece ser construcción española.  Pensareis que solo son ruinas.  Pero observad con más cuidado.  Una columna de humo sale de una chimenea.  Si, ahí hay vida humana, a pesar que el aire es enrarecido por la altura y el frio es intenso.  Entremos a uno de los aposentos de la construcción. 

Hemos entrado en una habitación espartana.  Un fogón apenas la caliente.  El frio cala. Ante nosotros se encuentra Lorenzo Ixtlilxochitl.  Se trata de un indígena, bastante alto, de pocas carnes, nariz aguileña, y musculatura bien definida.  Tendrá tal vez 40 años. Porta tan solo un taparrabos.  De una alacena produce petos de cuero y se viste con ellos.  Luego se calza un casco que sugiere un águila.  Se acomoda una rodela en su brazo izquierdo.  Luego se dirige a una pared de donde cuelgan varias macanas con piedras de obsidiana empotradas.  Escoge, sin embargo, una que es aparentemente bastante ligera, sin piedras, es decir, un arma acorde para usarse en un entrenamiento.

Ya vestido en esta forma guerrera, Lorenzo emerge de su habitación.  Sigámoslo.  Cruza los amplios corredores de la construcción.  A veces se topa con servidumbre o hombres vestidos como monjes y guerreros.  Todos, por igual, hombres y mujeres, le hacen una reverencia la cual Lorenzo contesta cortésmente con una leve inclinación.  Lorenzo emerge en una amplia terraza.  Su respiración se condensa por el frio.  Observa la bruma de la lontananza.  A lo lejos se divisa el lago y un caserío distante que es Texcoco.  Se oye un caracol.  Lorenzo alza su vista hacia uno de los torreones de la construcción.  Se observan en su cima dos hombres vestidos de monje que toman mediciones de la posición del sol.  Lorenzo sonríe y encamina sus pasos hacia unas escaleras muy pendientes que acaban en otra construcción titánica. 

Lorenzo entra a este edificio.  Es obviamente un gimnasio.  Diversos hombres se ejercitan con la macana y levantan pesas.  Dos hombres, vestidos de igual manera que Lorenzo y portando macanas de entrenamiento, hacen una reverencia al verlo y se aproximan.  El mayor porta canas y es bajito y musculoso.  El más joven tiene unos 18 años y es un mozo alto y de buen ver.  En su rostro porta la misma nariz recia de don Lorenzo. 

--Don Raúl, Guadalupe –responde Lorenzo en mexicano haciendo una ligera caravana.

--Alteza –contestaron ambos.

--Comencemos –ordena Lorenzo.

El combate, de uno contra dos, comienza.  Lorenzo se mantiene inmutable en el centro con los ojos entrecerrados respirando profundamente.  Cada adversario lo embiste soltándole marrazos que Lorenzo detenía con gran agilidad.  A veces, la embestida es combinada.  Pero aun así Lorenzo lograba detener los golpes y contestarlos.  Quien viera el combate quedaría asombrado de la agilidad y destreza que Lorenzo despliega.  Y más de asombrar era la concentración con que mantiene su trance.

Sin embargo, en cierto momento en que Lorenzo es embestido por ambos contrincantes se le ve titubear.  El adversario más joven, Guadalupe, le asesta un golpe sólido en el hombro.  Lorenzo dejo caer su macana y cae de rodillas.

--¡Deteneos! –ordena don Raúl, el adversario de más edad.

Lorenzo cubre sus ojos con sus manos.  Se le oye sollozar.

--Alteza, no fue mi intención… --ofrece Guadalupe.

--Fue en buena lid, príncipe, no os preocupéis –apunta don Raúl--.  Alteza, ¿estáis bien?  ¿Qué os pasa?

--Estoy bien.  No sufro por el golpe ese, despreocupaos Guadalupe.  No –dijo Lorenzo con lágrimas en los ojos--, don Diego, mi padrino, ha muerto.  Lo sé.  Lo siento.  Oí su voz.

Volvamos a surcar los aires, lector, y esperemos,  Pronto vemos bajo nuestras alas a Lorenzo Ixtlilxóchitl bajar de la montaña y tomar el camino a la ciudad de Méjico.  Los recuerdos le embargan y las lagrimas a veces lo hacen detenerse y rememorar el día en que su padre lo llevo, siendo tan solo un niño, a ver a su padrino, don Diego Rodríguez.

--Le traigo a su ahijado, compadre.

--¡Que gusto de verlo compadre!  ¡Qué milagro!

--Los achaques, compadre.  Creo que ya oí el tecolote. 

--¿Y eso?  ¡No invente!

--Vine a ver a un medico aquí en la capital pero solo me saco dinero y fue tan inútil como los curanderos de San Juan Teotihuacan.  Estoy desahuciado, compadre.  Sé que me voy a morir.

--No la chingue compadre.

--Quería pedirle que me cuidara a Lorencito.  Es la única sangre que queda del rey coyote.

Y esa fue la última vez que Lorenzo Ixtlilxóchitl vio a su padre.

Lorenzo llego a amar a su padrino, el anciano don Diego, como si fuera su padre.  Don Diego le metió el latín y el griego y las matemáticas y las letras de Castilla con sangre, no cabe duda.  Pero lo más importante fueron las enseñanzas que vinieron después, cuando ya era un jovencito de unos quince anos.  Corría el año de 1645…

--¿Tenéis idea de la nobleza de la sangre que corre en tus venas, Lorenzo?

--Pos no padrino.  La vez que de chiquito me caí y me rompí la nariz vide que era roja como cualquier otra.

--¿Si sabéis que el arzobispo Fray García Guerra, que Dios guarde, hizo que el rey reconociera la nobleza de tu estirpe?

--Pos con todo respeto, padrino, algo me dijo mi padre de esos menesteres pero, ¿de que nos vale?  Estamos tan pobres como el resto de la gente en San Juan Teotihuacan.

--¿Ciertamente habéis leído los libros de tu abuelo?

--Si padrino.  Pero las glorias esas no borran la pobreza.

--Os equivocáis, hijo.  Posees un gran tesoro.  Vamos, apréstate.  Vamos a tener que hacer un viaje.

--¿Adonde padrino?

--A Texcoco, hijo.

Y así fue como Lorenzo Ixtlilxóchitl y su padrino, Diego Rodríguez, fraile de la Merced y profesor de astrología y matemáticas en la Universidad Pontificia de Méjico, comenzaron la travesía a Texcoco.  Esto tomaría dos días de camino.  Su padrino, anciano ya, iba montado en una mula y Lorenzo la guiaba caminando a su lado. 

--Imagínate, Lorenzo, como viajaban antes los reyes de Texcoco cuando iban a visitar a sus primos en Méjico Tenochtitlan.

--¿Cómo padrino?  Que yo sepa, los mexicanos antiguos no tenían mulas.  ¿Era acaso a lomo de indio en que viajaba el soberano?

--Definitivamente no.  El soberano de Texcoco cruzaba el lago abordo de una magnifica piragua, tan majestuosa que aun los faraones, soberanos del Nilo, no la hubieran despreciado.  Esta nave era propulsada por una docena de remeros, los mozos mas robustos del reino.  Y el soberano viajaba acompañado de sus nobles, concubinas, guardias, poetas, chambelanes y embajadores.  La travesía les tomaba tan solo unas horas y así llegaban hasta Méjico Tenochtitlan donde el gran chambelán del palacio y una guardia de honor integrada por caballeros águila los recibía para escoltarlos hasta el palacio del tlatoani.

--¿El rey tenia poetas?

--Lorenzo, en la antigüedad todos los reyes mexicanos se preciaban de ser poetas y tener por lo menos nociones de las ciencias.  Y el más grande rey poeta fue sin duda tu tatarabuelo, el rey coyote, Netzahualcoyotl.  Y si, Texcoco era una ciudad de poetas.

--No entiendo, padrino.  Mi padre me contó que mi abuelo, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl murió en la mayor pobreza.  Y mi mismo viejo apenas tuvo un petate para enterrar.  Y míreme a mí, que no tengo ni un cobre partido por la mitad a mi nombre.  ¿Cómo fue que eso pasó?  Yo pensaba que los Ixtlilxóchitl se habían aliado con los españoles.

--En efecto, cuando Cortez y sus aliados tlaxcaltecas se presentaron en el valle de Méjico los texcoquenses se pasaron al lado de los invasores.

--Pero, ¿y los lazos de familia con los mexicas que usted había mencionado?  ¿Provengo acaso de una estirpe de traidores?

--Vamos por partes, Lorenzo.  ¿Habéis oído hablar de Cholula?

--No padrino.  Sé que esta por Puebla.

--Cholula, Lorenzo, fue fundada por refugiados que huían de la caída de Teotihuacan, la ciudad donde los hombres se hacían dioses.  Cholula era el centro cultural de Anahuac.  Y era una ciudad abierta.  Y esto era así por sus astrónomos.

--¿Ciudad abierta?

--Si.  Cholula no tenía murallas o defensas o ejercito.  Pero los reyes la respetaban porque ahí vivían los mejores astrónomos de Anahuac.  Y los reyes tenían la obligación de hacer en persona sacrificios y ceremonias en ciertos días sagrados.  De ahí que dependían mucho de las observaciones que hacían los astrónomos de Cholula. 

Tu ancestro, el rey coyote, se educo en Cholula, bajo la dirección de la Hermandad Blanca, la cual era una secta de astrónomos y científicos que aconsejaban a los reyes de Anahuac.  La Hermandad no tenía injerencia política.  Su misión era dar consejo a todos los reyes, sin importar si tenían rivalidades políticas entre ellos.  La hermandad buscaba asegurar el bienestar de Anahuac.  Y hacían eso determinando el mejor momento para hacer las siembras, interpretando los portentos de los cielos, y moderando con sus consejos la soberbia de los reyes.

Cuando el rey coyote recupero su trono en Texcoco convirtió a Texcoco también en una ciudad de científicos y poetas, igual que Cholula, sin murallas o ejercito.  Y entre ambos se desarrollo un continuo intercambio de datos, ideas, y propuestas. 

--Pero, padrino, el rey coyote se le recuerda también por sus victorias militares sobre el tirano Maxtla.  ¿Cómo es posible que haya desarmado a su ciudad?  ¿No era eso peligroso?  Después de todo, los reyes de Anahuac eran tan ambiciosos como cualquier otro político.

--Todo lo que dices, Lorenzo, es cierto.  El rey coyote, sin embargo, se había hastiado de la guerra.  El mismo había ofrecido el corazón del tirano, Maxtla, al dios Huitzilopochtli.  Y después de vengar la muerte de su padre juro nunca más manchar sus manos con sangre humana.  En Texcoco se prohibieron los sacrificios humanos y la deidad reinante, Quetzalcoatl, recibía solamente ofrendas de rosas.

Y como también es cierto que los reyes de Anahuac podían ser crueles, el rey coyote cimentó una alianza con su primo Tlacaelel.  Este último era el primer ministro de los tlatoanis mexicas.  Texcoco estaría siempre bajo la protección de las armas mejicanas.  A cambio, los mejores guerreros mexica se comprometían a ir a Texcoco para estudiar ahí el toltecayototl.  Este era todo el compendio de la sabiduría de los antiguos teotihuacanos y toltecas.

--¿Pero padrino, a un guerrero no le sería mejor estudiar cómo manejar la macana que aprender sobre hierbas o que se yo?

--¿Hierbas Lorenzo?

--Mi padre me decía que eso del toltecayototl eran recetas para curarse la sarna o algo ansina.

--¡Válgame Dios!  Bueno, el toltecayototl si incluía toda la herbolaria y medicina indígena pero no, Lorenzo, era más que eso.  El toltecayototl incluía toda la poesía y técnica poética de los antiguos, los anales de los reyes de Anahuac desde el comienzo de la cuenta larga, las lecciones de ética y filosofía del mismo Quetzalcoatl, las matemáticas, física, y astronomía de los antiguos.  Eso y mucho más era el toltecayototl.

--Pero, insisto, padrino, ¿para qué le serviría a un guerrero conocer todo eso?  Bien entiendo que nunca la lanza emboto la pluma ni la pluma la lanza. Pero nunca he oído que la pluma haga a la lanza más filosa ni está a la pluma.

--Depende del guerrero, Lorenzo.  Estos eran los menesteres de una secta muy especial de guerreros, los caballeros águila de Méjico-Tenochtitlan.  Ellos eran diestros no solo en las armas sino también en el toltecayototl.  Y los caballeros águila seguían su propio código.  Dime, Lorenzo, ¿habéis visto alguna vez el escudo de armas de los antiguos reyes mexicas?

--Lo vide una vez en una casa vieja en el centro que reputaban del príncipe Axayacatl.  Era un águila montada sobre un nopal.

--El príncipe Axayacatl fue el gran maestro de la orden de los caballeros águila.  Tenéis que entender que el escudo de armas representa también al código del águila, las reglas bajo las cuales se regían los caballeros del mismo nombre, los mismos que iban a Texcoco a educarse en el toltecayototl.  Veras, Lorenzo, las reglas del código del águila eran tres.

Primero, los que se sujetaban a sus reglas debían servir a su patria por sobre todas las cosas.  El morir sirviéndola era el mayor honor que podían obtener.  Y bien que dieron muestra de su fidelidad a sus juramentos en la defensa final de Tenochtitlan donde no se pedía ni se daba cuartel.  

Segundo, un caballero águila nunca debería deshonrarse.  Es decir, jamás podían mentir, emborracharse, robar, no asearse, maltratar a los débiles, sentirse más que sus compatriotas, o traicionar a su patria.  Su trato era amable y cortes con todo mundo, ya sea este el más humilde macehual o un príncipe de la casa reinante. 

Tercero, y aquí entra lo del toltecayototl, un caballero águila estaba obligado a conocer y venerar la herencia de sus ancestros.  Y siguiendo las lecciones de ética y filosofía que el mismo Quetzalcoatl les había legado debería prepararse a bien morir, sin deshonrarse. 

Así pues, Lorenzo, el estudiar el toltecayototl hacia que estos guerreros pudieran apreciar mas las bellezas que los rodeaban y a no temerle a la muerte o Mictlacihuatl.  Más de un caballero águila, en los últimos días de Tenochtitlan, iba al combate recitando su poema de muerte, dispuesto a hacerse matar defendiendo a su patria.  Así pues, Lorenzo, las armas de los antiguos reyes mexicas no solo hacen alusión a la fundación de su ciudad sino también a los ideales del código del águila.  Los hombres que se sujetaban a su disciplina se sobreponían al vulgo, es decir, la nopalera, y podían surcar los cielos como el águila.  Sin embargo, con humildad nunca olvidaban de donde venían, de la nopalera, de ahí que no tuvieran problema en posarse entre esta.

--Padrino, con todo respeto, pero no puedo creer que hayan existido hombres así.

--Bueno, ese era el ideal.  No todos podían siempre cumplir con él.  Por eso es que el número de caballeros águila era pequeño.  No cualquiera hacia los sacrificios requeridos ni se sujetaba a la disciplina férrea a la que se sometían.  El código de la orden fue escrito por el mismo rey coyote y por su primo Tlacaelel  La orden estaba abierta tanto a nobles como macehuales.  Pero solo se entraba por invitación.  Los muchachos que se distinguían por su valor, inteligencia, cortesía, y disciplina eran invitados a comenzar el entrenamiento de un caballero águila.  Y pocos lo acababan con éxito.  Y si dudáis de que tales hombres existan, dime, Lorenzo, ¿habéis oído de Felipe de Jesús?

--¿No fue un cura que el virrey mando a un lugar más allá de las Filipinas?

--En efecto, el virrey mando una comitiva de clérigos a evangelizar una tierra lejana que llaman Cipango, más allá de las Filipinas.  Las cartas que mando Felipe de Jesús describen a una secta de guerreros de ese lugar que se llaman samurai y que tienen muchas coincidencias con los caballeros águila de Méjico Tenochtitlan. 

Pero, Lorenzo, volviendo a tu pregunta sobre si desciendes de una estirpe de traidores debo reseñar lo que paso en Anahuac cuando llego Cortez.

Por principio, los de Castilla se ensañaron en destruir Cholula.  Prácticamente la arrasaron.  Y sobre cada teocali, escuela, observatorio, y academia que había ahí construyeron una iglesia.  ¿Por qué esa saña Lorenzo?  ¿No te parece sospechosa?

--Pues sí, padrino.  Dicen que en Cholula hay una iglesia en cada esquina.

--Imaginaos entonces como era Cholula antes de ser destruida, Lorenzo.  ¡En cada esquina había una academia o centro de investigación!  ¡Toda la ciudad era una universidad!  Y es que Cortez entendía bien que si destruía la esencia de la cultura de Anahuac mas fácil le seria conquistarla.  Un pueblo que desconoce sus raíces es presa fácil de cualquier oportunista. 

Pero aunque Cholula cayo si hubieron sobrevivientes entre sus sabios y estos se fueron a refugiar en Méjico-Tenochtitlan y especialmente en Texcoco donde los reyes de ahí, tus ancestros, los recibieron y protegieron.

Y cuando Cortez se presento en el valle ya con sus aliados tlaxcaltecas el tlatoani mexica le aconsejo al rey de Texcoco que no opusiera resistencia, que hiciera todo por evitar la destrucción de su ciudad, aliándose si fuera necesario, con los invasores.  Méjico-Tenochtitlan estaba ya sitiada y no podía ofrecerles socorro.  Y Texcoco no tenia murallas o defensas.  El rey coyote las había quitado confiado en el poder mexica. 

No, Lorenzo, la misión encomendada a los texcocanos era proteger el toltecayototl y a los sabios que entendían sobre esos menesteres.  Lorenzo, estad tranquilo, vuestra estirpe no es de traidores.  Es más, en vuestras venas corre también la sangre de los soberanos de Méjico-Tenochtitlan.

--¿Cómo sabe usted todo esto, padrino?

--Es que, Lorenzo, yo soy el actual gran maestre de la Hermandad Blanca, los protectores del Toltecayototl.

--¡Válgame Dios, padrino!  Si los españoles se enteran…

--Si, lo se bien, Lorenzo.  La inquisición me haría chicharrón.  Pero no os preocupéis.  A vos no os tocarían y por lo que toca a mí, pues a mis años no le temo ya a la Mictlacihuatl.

--Pero, padrino, ¿a qué vamos a Texcoco?  ¡Ese mundo ya no existe!

--Te equivocas, Lorenzo.  Todavía queda algo de ese mundo.  No se ha muerto del todo.  Mañana, Dios mediante, llegaremos a Texcoco.  Y ahí empezareis vuestro entrenamiento.

--¿Entrenamiento?

--Si, Lorenzo, vos sois el ultimo heredero del rey coyote y el primero en línea al trono de Texcoco y de Méjico-Tenochtitlan.  Vamos, hasta el rey de España admitiría esto pues Castilla reconoció la nobleza de vuestro linaje.  Pero vuestra sangre tiene obligaciones que debéis de asumir.  He arreglado que se os enseñe todo lo que todavía nos queda del toltecayototl, que es todavía mucho, gracias a Dios.  Y si Dios así lo quiere y vuestro cuerpo aguanta, también os convertiréis en un caballero águila.

No comments:

Post a Comment