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Thursday, August 25, 2011

VI. El Moro

Del libro de Pedro de Santa Cruz, donde se presentan por vez primera los menesteres y sobresaltos de la vida de este fulano.
  
En el nombre de Ala, el misericordioso, el todopoderoso, el justo, a cuya luz y juicio se atestiguan estos, los testimonios verídicos de los hechos de Yusuf Bin Omar, conocido también entre los castellanos como Pedro de Santa Cruz, renombrado cristiano viejo.

Encuentrome juzgado y sentenciado por el Tribunal del Santo Oficio por los delitos de herejía, necromancia, y rebeldía, cargos que acepto. Y este Santo Tribunal, asentado aquí en la Nueva España, esta compuesto por santos varones dominicos, insobornables, inflexibles, e inmisericordes. La Inquisición ha dispuesto mi entrega a la justicia seglar para proceder a mi castigo. En dos días, el domingo, se me exhibirá en la plaza mayor o zócalo de esta antaño Gran Tenochtitlan y hoy muy noble y señorial ciudad de Méjico, vestido con sambenito y portando una veladora, y se procederá a quemarme vivo en castigo a mis pecados.


Pero sé que el quemarme no ocurrirá, razón por la cual no me quita el sueño mi condena. Amigos fieles tengo. Esta madrugada apareceré “muerto” por tifo o tal vez otra enfermedad contagiosa, razón por la cual el celador mayor ordenara “quemar” mi cadáver inmediatamente para evitar esparcir el contagio. Habrá plata para los que quieran vender su silencio y acero toledano para los que no. Así pues, en este año de 1683 de la era cristiana, 1063 desde la huida del profeta a la ciudad de Medina, será el año en que muera Pedro de Santa Cruz. Inshallah.

No le tengo miedo a la muerte.  Nací en Sevilla de una mujer buena. Mi madre era la amasia de un mercader de la localidad, don Tomas de Santa Cruz, mi padre. Quiso Dios bendecirlo con tres hijos, mis medios hermanos, que tuvo con la mujer que la iglesia reconoce como su esposa. Mis medios hermanos crecieron hidalgos y eran renombrados en la ciudad por su estirpe y parrandas. Alcanzaron buenas posiciones en la corte por su apellido y la influencia de los amigos de nuestro padre.

Mi madre murió siendo yo tan solo un niño. Mi padre le encargó a un amigo de él, el cura Xavier Rosales, que me cuidara. Era don Xavier un hombre bueno, ya anciano, que fue como un padre para mí. Rosales me enseñó –a regañadientes y con sopapos—rudimentos del latín, griego, y las matemáticas. Quería don Xavier que siguiera yo la carrera eclesiástica pero esta no me atrajo. Había crecido en el barrio de Triana viendo a los buques entrar por el Guadalquivir trayendo toda clase de maravillas desde la tierra misteriosa que llamábamos Méjico. De ahí entonces que ya jovencito y al morir el buen cura decidí no entrar al seminario y preferí hacerme marino. ¡Cuantas veces, en medio de un tifón espantoso, con la nave haciendo aguas, achicando con desesperación, y maldiciendo tanto a Dios como a Belcebú, abjure de mi decisión!

En vida de mi madre mi padre nos visitaba seguido. Siempre fue cariñoso conmigo. Ya después de muerta mi madre sus visitas no fueron tan frecuentes pero nunca cesaron. Y una vez que me inicie en la carrera del mar pocas veces coincidimos.

La ultima vez que lo vide fue antes de mi primer viaje a las Indias. Había regresado de Venecia y le truje unos compuestos turcos hechos a base de opio. Mi padre languidecía para entonces debido a una enfermedad misteriosa que lo iba lentamente acabando y sufría mucho por sus dolores. Mi padre había envejecido bastante y ambos adivinábamos que tal vez ya no nos volveríamos a ver.

--Pedro, hijo mío --me dijo--, id y adquirid más experiencia. Un viaje a las Indias podrá hacer vuestra fortuna. Obedeced con prestancia las órdenes de vuestros superiores. Aprended a oír antes de hablar. Y a meditar vuestras palabras antes de decirlas. Ya que regreséis, os daré una recomendación para que os embarquéis con un capitán amigo mío que ahorita anda para las Filipinas. ¡Y jamás olvidéis vuestra estirpe ni neguéis a vuestra madre que fue una santa!

Seis meses después regresé a Sevilla. En el muelle buscándome estaba un caballero anciano de porte muy serio.

--¿Caballero Santa Cruz?  Soy el licenciado Urquiza, apoderado legal de vuestro padre, Tomas de Santa Cruz. Siento deciros pero vuestro padre murió recientemente.

Casi me desmaye al oír la noticia.

--Mi más sentido pésame, don Pedro.  Vuestro padre era mi amigo.  Daré lectura a su testamento. Fue la voluntad de vuestro padre que vos estéis presente.

Fue entonces la primera vez que cruce palabras con mis medios hermanos. Estos me recibieron de manera correcta aunque fría. Su madre, doña Catalina, sin embargo, me vio con un odio y resentimiento mal disimulado.

--¿Vos sois el hijo de la mujer que llamaban ‘la mora’? --me preguntó doña Catalina con mucho de veneno en su voz.

--En efecto, señora, tal soy. Y el nombre de mi santa madre era Miriam --fue mi respuesta.

Tenía yo entonces tan solo 23 años y se decía que era buen mozo. De niño mi padre solía acariciarme el pelo y decir que había heredado los ojos moriscos de mi madre. Había embarnecido con las rudas tareas del mar y mi piel estaba curtida por el sol de las Indias. El pelo me caía en bucles negrísimos en los hombres y portaba una buena toledana y sabia usarla. Aun vestido con las ropas humildes de un marino tenía yo más porte y presencia que mis tres hermanos.

--Don Pedro está aquí obedeciendo la voluntad del finado don Tomas --aclaró el licenciado Urquiza. Afortunadamente tal era el respeto que imponían sus canas que no hubo mas comentarios.

Como es de esperar, mis hermanos y su madre se llevaron la tajada del león. Entre fincas, ventas, rentas, y cedulas de proveeduría no iban a pasar hambres. Por lo que toca a mi, el licenciado Urquiza puso en mis manos una bolsa pesada llena de plata mejicana y unos folios sellados.

--Vuestro padre quería que abrierais estos documentos cuando estéis a solas --dijo Urquiza.

Mis hermanos y su madre vieron con envidia aun esta relativamente modesta herencia.

Esa noche renté aposentos en la taberna del Oso, enclavada en la vieja judería, un lugar que solía frecuentar entre viaje y viaje. Antes de retirarme, cené en el cuarto común. Había entre los comensales la parvada usual: matasietes a sueldo, chulos, las mujeres de estos, y caballeros esbozados buscando aventura. No les presté mayor atención y me retiré a mi cuarto, tomando la precaución de asegurar bien mi puerta. 

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