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Tuesday, August 9, 2011

XXII. La Iglesia de SanAndrés Tuxtla

Donde el lector sufre el riesgo de perder su alma al ser expuesto a los suras o versos del libro maldito del profeta.

San Andrés Tuxtla, Nueva España, 1732

--¡Santo Dios! –exclamo don José Antonio cerrando el libro de Santa Cruz.  Se levanto de su lecho trabajosamente.  Su recuperación había sido lenta pero los cuidados y esmeros de Guadalupe y el resto de los pobladores lo estaban reestableciendo.

--¿Llamo su señoría? –dijo Guadalupe entrando.

--Ay Guadalupe, Guadalupe, sacaste ventaja en vuestro trueque.  ¿Qué sabéis de este legendario cura Santa Cruz?

--Solo lo que me han contado mis abuelos, patrón.  Vino aquí hace muchos anos.  Nos enseño a orar a su manera.  No comía marrano ni tomaba vino.  Lo acompañaba un criado que fue el abuelo de don Faustino.  Tomo por mujer a una india de la localidad, mi abuela, que Dios guarde.

--Ah caray, el curita era hombre después de todo.

--Pues si.

--Ayúdame a vestirme.  Creo que ya estoy casi reestablecido.  Quisiera visitar la parroquia.

Sostenido por Guadalupe y acompañado de don Faustino don José Antonio visito la parroquia.

--La hemos tratado de mantener como la dejo el cura Santa Cruz –explico el alcalde.

El edificio estaba limpio y en buenas condiciones.  Tan solo habían unas cuantas marcas de humedad.

--Esas paredes van a necesitar ser remozadas –apunto don José Antonio.

--Tal haremos, patrón, ahora que acabe el tiempo de aguas –explico Guadalupe--.  También hay unas cuantas goteras que taparemos.

--No veo santos.  Tan solo hay un crucifijo –observo don José Antonio.

--En la sacristía tenemos la imagen del santo patrono, San Andrés.  El cura la hizo guardar ahí.

--Dejadme ver el libro de los evangelios –pidió don José Antonio.

--Tenga usted –le dijo Guadalupe extendiéndole el libro en el altar.

Don José Antonio lo abrió y leyó al azahar:

--Y aquel que se aparte del camino del dios de la misericordia lo llamaremos shaitan o demonio.  Y en verdad os digo que los que siguen este camino con persistencia se imaginan que siguen el camino del bien.

--Ansina conozco mucha gente –dijo don Faustino--.  Se dan baños de pureza y aseguran que su mierda no apesta y no paran las moscas en sus mojones.

--¿Qué os parece lo siguiente? –pregunto don José Antonio y siguió leyendo--.  Si hacéis el bien, bien de manera abierta o encubierta, o si perdonáis a los que os ofenden, tened la seguridad que Dios perdona y es omnipotente.

--Tal es cierto –dijo don Faustino.

--Igual creo –dijo don José Antonio volviendo a abrir otra página--.  Aquí dice: aquellos que crean y que lleven una vida recta Dios los recompensara y los llenara de su gracia.  Por lo que toca a aquellos que lo desdeñan y se vuelven arrogantes, Dios los castigara cual merecen.  No tendrán salvación.


--Bien se lo merecerían –dijo Guadalupe.


--Pero aquel que hace el mal y luego implora el perdón de Dios encontrara que este perdona y es misericordioso –siguió leyendo don José Antonio.


--Pos que bueno –respondió Guadalupe--.  Yo debo muchas.


--Yo también –concluyo don José Antonio--.  Bien, leamos más: y en aquellos tiempos hubo quien aseguro haber ajusticiado al Mesías, a Jesús, el hijo de María y mensajero de Dios.  La realidad es que nunca lo mataron, nunca lo crucificaron.  Más bien Dios los confundió y los hizo creer tal cosa.  Todos los que disputan sobre esto se basan en dudas.  No tienen conocimientos, solo conjeturas.  La verdad es que Jesús no murió.


--Inshallah –dijo Guadalupe.

--¿Qué habéis dicho Guadalupe?

--Inshallah.  Eso decían mis viejos.  Que ansina lo quiso Dios.  Si llovía, era inshallah.  Si no llovía, pos inshallah.  Si la abuela se moría, pos también era inshallah.  Quesque es hebreo, lo que hablaba Cristo, según enseñaba ese cura Santa Cruz.

--Válgame Dios, señores, tenemos un problema –dijo don José Antonio cerrando el libro y dejándolo en el altar.

--No entiendo patrón –dijo don Faustino rascándose la testa.

--No es culpa de ustedes, don Faustino, sino del obispo por haberlos casi olvidado aquí.  La corona solo se interesa en estos pueblos por el beneficio económico que le proporcionan.

--Ya vide patrón que al nopal nomás lo ven cuando tiene tunas –observo Guadalupe

Don José Antonio ya tenía varios lustros en Méjico y ya se sentía mexicano.  Conocía, además, como trabajaba la corte del virrey.

--Señores –anuncio don José Antonio--, en cualquier momento, y por cualquier pretexto, un día de estos se presenta alguien del gobierno que no tendrá mi entendimiento.  O peor, tal vez el obispo se digna mandaros finalmente un cura y este será un viejo intolerante y cabrón, como la mayoría que conozco.  No dudaría que tal hideputa llamaría a los dominicos de la inquisición y estos se presentarían aquí acompañados de soldados e instrumentos de tortura.  Se administraría lo que estos señores entienden por la caridad y misericordia cristiana y la mayoría del pueblo, incluyendo a ancianos, mujeres, y niños, acabaría en chicharrón. 

--Patrón –dijo Guadalupe—creo que entiendo de que habla.  Con disculpa de su señoría, que es todo un caballero, pero la mayoría de los españoles que he conocido no son muy tolerantes que digamos.  Le aseguro que la gente aquí no aguantaría si nos empiezan a ajusticiar con arbitrariedad y empezaría una buena bronca.  De alguna manera nos alzaríamos, aunque solo tengamos machetes.  La sangre correría como agua.

--¿Nos harían chicharrón?  ¿Por qué?  --pregunto don Faustino--.  ¿Por las goteras de la iglesia?

--No don Faustino, lo que tienen ustedes aquí no es una iglesia –explico don José Antonio--.  Es una mezquita.  El cura este Santa Cruz me temo que no era tal cosa.  Era más bien un moro encubierto y aparentemente era muy celoso de su fe.  Si se vino a refugiar aquí es porque sabia que el pueblo esta olvidado por las autoridades.  Lo que les enseño a ustedes no son los evangelios.  Este libro que les leí, señores, es un Coran.

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