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Saturday, August 13, 2011

XVIII. La Venta

Del libro de Pedro Santa Cruz, donde se describe un San Quintín sangriento en una venta,  escena violenta, con mucho desenvainar de espadas y votos a Belcebú, que es de rigor en este tipo de historias.

Tres días después entre en una venta y decidí pernoctar en esta. La venta era bastante amplia. Había un cuarto común y una cantina. Tomé una mesa en el primero y le pedí de cenar al posadero. En la mesa de junto había tres hombres con facha de matarifes. Uno de estos era un gigante pelirrojo, unicejal, de barba cerrada como un godo. Era evidente que ya habían tomado en demasía pues sus voces eran demasiado altas. No pude evitar oír lo que decían.


--¿Os imagináis que alguien hiriese al zurdo? --pregunto uno que tenia los ojos muy juntos, cual una rata--.  ¡Imposible!

--¿Estais seguro de lo que decís? --preguntó el gigante cuya nariz estaba enrojecida por el vino--.  ¡El zurdo es el mejor de todos nosotros! Yo solo he oído versiones fantásticas de como fue herido.

--Yo vide al zurdo con mis propios ojos --apunto el cara de rata--. Está convaleciendo allá en Sevilla. Los cirujanos lo sangraron, cosa que se recomienda en esos casos, y lo dejaron casi a las puertas de la muerte.

--¿A quien se le ocurre sangrar mas a un herido? --dijo el gigante escupiendo en el piso--. A mi me hirieron varias veces en Flandes y no dejaba que me tocara ningún cirujano. Es mejor curarse uno que caer en manos de esos hideputas.

--El zurdo se ha de estar haciendo viejo – observo el tercero. Este era un hombre calvo con un parche en un ojo.

--Pues solo así se explica –respondió el cara de rata.

--Gott im Himmel! --juró el gigante que aparentemente era un tudesco. Había muchos de estos que servían bajo nuestros reyes Habsburgos y que luego abandonaban los tercios para meterse a matarifes--. Ojala que el Zurdo no se muera. Me debe dinero.

--¿A usted también, don Hermann? --preguntó el cara de rata riéndose.

--Esa es la debilidad del zurdo --explicó el tuerto--. El dinero se le va entre las manos pero siempre ha sido buena paga.

Eso último lo podía yo atestiguar.

El gigante se trago un puñado de salchichas y sorbió un tarro de cerveza y eructó.

--Bien, ¿pero quien fue el que lo hirió? He oído muchas versiones. ¿Seria José el vizcaíno? Solo él tendría la técnica.

--No, ni ese le llegaba a los talones al zurdo --explico el cara de rata--, además José el vizcaíno ya se metió de fraile para expiar sus pecados.

--Pues yo oí que fue un tal conde del Santo Cirio y que lo hizo junto con cincuenta de sus seguidores, cuarenta de los cuales el zurdo mató antes de caer herido --explicó el tuerto.

Yo casi me atragante de la risa.

--¡Pamplinas! --dijo el gigante--. A mi me dieron la versión que fue un francés que había sido instructor de esgrima en la escuela de Treville. Fue el mismo Luis XIV el que lo mandó a matar. Pero el zurdo se logro escapar, aunque malherido.

Desafortunadamente yo me puse a toser pues casi me ahogaba tratando de no reírme.

--¿Esta usted bien amigo? --me preguntó el gigante.

--Si, caballero, ustedes disculpen, se me atoro un hueso de pollo.

El cara de rata me veía fijamente.

--Ninguna de esas versiones es correcta. El mismo zurdo me contó que fue un tal Pedro de Santa Cruz. Es un muchacho como de veintitantos años, con facha de moro, pelo hasta los hombros, y viste como marinero.

Cinco ojos (al tuerto le faltaba uno) se posaron sobre de mi.

--Pues muy peligroso será ese fulano --dijo el gigante mirándome fijamente. Su mano gigantesca yacía sobre la empuñadura de su espada.

--En efecto, los alguaciles en Sevilla ofrecen una recompensa por él, vivo o muerto --apunto el cara de rata.

--¿En verdad? ¿De cuanto es la recompensa? --preguntó el tuerto.

--Bastante para repartir. Aun entre tres. Aparentemente tiene enemigos que lo quieren bien muerto --explicó el cara de rata.

Yo apresuré mi cena, tomé mis alforjas, y me dirigí al aposento que había rentado. Me encaminé a las escaleras que daban a los pisos superiores. Detrás de mi oí a los tres hombres pararse de su mesa.

--¡Oiga amigo! ¡Si, usted! –me espeto el cara de rata.

Volteé. Los tres fulanos tenían ya sus espadas desenvainadas.

--Schwinehund! --juró el gigante--.  Os estabais riendo de nosotros, ¿verdad?

El usar el pretexto del honor injuriado era común entre los perdonavidas para iniciar una camorra.

Saqué mi espada.

--Yo no soy el que buscáis --dije inútilmente. Aun si no lo fuere estos desgraciados ofrecerían mi cadáver a ver si les daban la recompensa. Apenas tuve tiempo de enrollar mis alforjas alrededor de mi otro brazo para servir de escudo.

Me encontraba ya en la escalera. Di una mirada rápida a mi espalda. No había nadie. El gigante se abalanzó sobre de mi lanzándome un tremendo mandoble que logre desviar de milagro. Impulsado por el miedo, lo confieso, subí unos escalones más y volví a presentar mi guardia.

Esta vez el gigante intento enterrarme su espada entre los ojos pero logre agacharme a tiempo. Contesté con un sablazo a su estomago. Para mi sorpresa el gigante salto hacia atrás como un oso con una agilidad que no me esperaba.

Volví a voltearme y subí mas escalones. Atrás de mí oía el resuello del gigante y sus maldiciones. El teutón me asestó otro sablazo que logre detener con la guarda de mi espada. Mi brazo casi se rompió, tal era la fuerza del fulano. Le piqué los ojos con mi mano libre y eso solo sirvió para enojarlo más. Su cara estaba encarnecida y sudorosa. Podía oler los salchichones y la cerveza que se había zampado.

Salté otros escalones más y lo encaré otra vez. Era evidente que no podía medir mis fuerzas con el. Trataba desesperado de recordar cuantos pisos tenia la venta. ¿Eran dos o tres?

Recordé un dicho que me había dado el cura Rosales un día que me había hartado con sus lecciones de latín y había tirado los comentarios de Cesar en el suelo: el que se enoja pierde.

--¿Es cierto señor teutón que en Alemania las mujeres se aparean con los cerdos? Vos sois la prueba de esto ¿verdad?

El gigante juró algo en su lengua.

Esta vez yo de plano ni siquiera intente presentarle batalla. Me volteé y me puse a subir las escaleras a saltos. Más estas pronto se acabaron y me encontré con un pasillo. ¡La venta solo tenia dos pisos!

El gigante me seguía los pasos gritando como un endemoniado. No podía correr más. El pasillo no tenia salida y todas las puertas parecían solidamente cerradas. Me volteé para encarar al teutón.

--Pero yo he oído que los mejores puercos vienen de las Polonias. ¿Sois entonces hijo de un marrano polaco?

Con el esfuerzo físico y la muina el gigante ya espumeaba por la boca. Sus compañeros estaban todavía subiendo las escaleras.

--¡Si! ¡Creo ver lo polaco en vuestra cara!

Si el gigante me iba a despellejar mejor que valiera la pena.

El gigante dio un grito y se plantó frente a mí. Sus ojos estaban desorbitados. De pronto la espada cayó de sus manos y se crisparon en su pecho. Cayó de rodillas frente a mí. Trató de decir algo pero solo una espuma sanguinolenta salía de su boca. Por puro instinto hice lo que tenia que hacer: le dí una estocada que le atravesé el pescuezo. Cayó muerto a mis pies. No sé si fue por mi estocada o porque el corazón le había estallado. De todas maneras no me importaba como el diablo se lo había llevado.

--¡Ave María! ¡Si ya mato a Hermann!  --exclamó con horror el cara de rata que acababa de llegar al segundo piso--. ¡Era la segunda espada de España!

--¡Y dejó malherido al zurdo, que era la primera! --dijo el tuerto persignándose.

Lo dicho: actuaba tan solo por instinto. Podía oler su miedo. Grité un voto a Belcebú y me abalancé sobre ellos. Tiraron sus espadas y huyeron despavoridos escalera abajo dando trompicones. Los seguí sin tanta premura pues estaba yo también a punto de desfallecer. Tenía la espada chorreando la sangre del alemán. Agarre un mantel y la limpie. Tenía también una sed de los mil diablos. Tomé una bota de vino y me sacie con ella. Los hombres que estaban en el cuarto común me veían con horror. El cara de rata y el tuerto ya se habían hecho escasos.

--Y bien, ¿quién es el siguiente? --pregunté.

Los hombres se apresuraron a salir de la venta gritando.

Era obvio que no podía quedarme ahí. Encaré al posadero que me veía con los ojos desorbitados y estaba tan pálido como un cadáver.

--Posadero, dadme mi plata de regreso, no me quedare.

--¡Te-te-tened, su excelencia! --dijo el posadero entregándome toda la plata que tenia en su caja. Acepté. ¿Quién iba a ser yo para cuestionar como manejaba el hombre su hacienda?

Salí de la venta. En el establo encontré un caballote, percherón, obviamente el único que podía haber montado el teutón. Me subí al caballote y me dirigí otra vez al norte.

Una hora después me percate que traía la camisa llena de sangre.  Me inspeccione con cuidado.  Aparentemente el gigante teutón había alcanzado a darme un arañazo que casi calificaba como estocada.  Me empecé a sentir desfallecer.  A duras penas divise un fortín abandonado, difícil de divisar desde el camino, que tal vez era obra de mis ancestros moros, y hacia ese lugar me dirigí. 

Vide por mi caballote al cual acomode en lo que parecía haber sido un establo.  Me asegure que tuviera suficiente pienso y agua.  El portón era endeble y si acaso me moría a causa de mi herida semejante corcel no hubiera tenido problemas en salirse solo de ahí. 

Encontré una habitación en el fortín que era más o menos habitable.  Me quite la camisa empapada de sangre y bañe mi herida con aguardiente.  De mis alforjas saque ungüentos y vendas que me aplique.  Acto seguido me acosté a esperar que viniera la fiebre, cosa inevitable en tales heridas.  Después no supe más de mí.

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